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- Capítulo 50Cinco minutos habían pasado desde que el Sr. Queólogo, satisfecho ya tras la comilona, había creído conveniente despedirse de los tres extraños turistas que habían aparecido aquella mañana en las excavaciones con la repentina intención de ayudar. Cinco minutos desde que el reloj del enorme campanario al otro lado del río había anunciado que era la una. Sin embargo, la lluvia continuaba cayendo con la misma fuerza con la que lo hacía cinco, diez y veinte minutos atrás.
La Fiesta
- A menuda isla hemos venido a parar... -protestó Tony, observando desde el cobijo que ofrecía el toldo cómo el agua taladraba el adoquinado de la acera.
- Pues a mí me gusta -discrepó John, que acababa de terminarse su séptimo plato de "Fish&Chips".- La comida engancha.
Anthony, que estaba completamente ensimismado, lamentó por un instante el hecho de ser un hombre de arena, y sólo acertó a musitar:
- Jodida lluvia...
John, a la par que sentía el bolo alimenticio descender a través de su esófago, reparó en que las luces del enorme edifico adjunto al campanario estaban encendidas, y parecía haber revuelo en la otra orilla. Miró al cielo a continuación. Ni siquiera se veían las nubes. Soltó un fuerte resoplido, en señal de aburrimiento. Y dedicó una discreta mirada a sus compañeros después. Mientras Anthony seguía en su mundo -seco-, Tony mantenía en su rostro una expresión muy similar a la de Conde.
- Psst, Tony -dijo, cuidándose de no "despertar" al Desertor.
- Dime -contestó el otro, siguiendo con el código del silencio impuesto.
- ¿Hace una excursión? -lanzó finalmente el capitán, señalando al campanario con una pícara sonrisa en la cara.
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La dulce melodía de los violines, el delicioso aroma a tabaco mezclado con perfume de mujer, la viva y animada conversación que mantenían, aquí y allá, pequeños grupos de personas. Los momentos, las melodías, los aromas, amaban a Diego, y Diego los amaba también, a primera vista. Pequeños instantes. Perfectas imperfecciones. Tan superficiales y tan profundos a la vez.
Se había tomado la libertad de dejar de lado su conversación con un selecto grupo de ilustres personajes que se habían dado cita en aquel lugar, y darse un garbeo por la segunda planta del edificio, visitar los rincones, estudiar su riqueza. Los violines, los perfumes y las charlas resultaban ahora el recuerdo de lo vivido diez minutos atrás. Y lo cierto es que le daba pereza volver al salón. Salir de su burbuja, de su universo particular. Donde podía expresar claramente y sin tapujos su opinión, sin absurdas limitaciones impuestas por el código de la elegancia.
Caminaba a través de un largo pasillo, admirando el tapizado suelo, las ornamentadas paredes, las emperifolladas lámparas del techo. Dio una profunda calada al puro, apoyándose en una de las paredes, y clavó su mirada en el vacío. Lamentablemente, aquella no era la fiesta más aburrida a la que había acudido durante los últimos meses.
Exhaló humo hasta que en sus pulmones no quedaron vestigios de aire. Nada más que residuos.
Un desgarrador grito, que provenía del salón donde se celebraba la fiesta, le sacó de sus superficiales y profundas reflexiones. Y, con el puro en la mano derecha, echó a correr a través del pasillo.
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Bajo el empapado techo celestial, un hombre buscaba algún lugar en el que cobijarse. Portaba una enorme maleta llena de botellas de alcohol que transportaba con cuidado para no romper. Salía de un estrecho callejón, en el cual dejaba un par de cuerpos calcinados, que estaban siendo rebozados por el incesante aguacero.
- Menudo día me están dando los puñeteros asaltadores… No sé si me ven cara de espantajo o qué… -murmuraba, casi para sus adentros.
Su vestimenta estaba completamente mojada, y temía que la maleta se pudiera deteriorar a causa de la lluvia. Había transcurrido más bien poco tiempo desde que había arribado en la ciudad, y ya tenía un par de anécdotas. La primera de ellas, en una enorme tienda de Whisky, en la cual, tras vaciar tres botellas en un rincón apartado de la vista del dueño, compró veinte, por si en el barco le daban antojos. Y el segundo, era el hecho de que, por segunda vez en aquel día, unos barriobajeros armados con cuchillitos le habían atacado con idéntico resultado. A estos últimos tuvo que llevarlos incluso de una zona bastante céntrica a una callejuela de los suburbios. Había acordado estar en el hostal por la noche, pero Van sentía la tentación de regresar ipso facto y aguardar ahí la llegada de sus compañeros, de cuyas intenciones en la Gran Ciudad sabía más bien nada. Le ponía nervioso. Hasta aquel momento siempre había estado acostumbrado a lidiar con la vida en solitario, pero, de un día para otro, sentía la molesta necesidad de la compañía humana.
Esbozó una ligera sonrisa, y, tras detener un taxi en una esquina de la carretera que encontró más próxima, le dijo al conductor la dirección del lugar al que se disponía a regresar y se puso en ruta. No tardó en darse cuenta de que este chófer era animado también.
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Dos valientes. Así los describió algún transeúnte. Los dos permanecían de pie, alzando la mirada hasta la cumbre de aquella temible y espectacular torre. Se alzaba imponente hasta los 100 metros, con sus cuatro fachadas doradas dándole presencia y su elegante cumbre coronándola.
- Vaya… -dijo John, enarcando una ceja.- Sr. Queólogo tenía razón. Menuda barbaridad.
- Y tanto… -contestó Tony, también alucinado por la vista que tenía a pie de torre.
- Parece una patata frita gigante.
- Gigante… Oye, John: ¿crees que se verá toda la ciudad desde ahí arriba?
- No lo sé. La ciudad es enorme.
- Una ración de patatas fritas a que se ve la ciudad entera.
- Acepto la apuesta.
- Pues perfecto –concluyó Tony esbozando una sonrisa.
Sin decir nada más, miraron a su alrededor para confirmar que nadie los miraba –la gente se encontraba en una terraza cercana mayormente-, John se subió al lomo de su amigo y emprendieron el vuelo hacia el cielo.
Al otro lado del río, entretanto, sonó un reprimido pero enrabietado comentario.
- Me cago en su vena de exploradores.
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Un enorme corro de personas alrededor de algo que sus brillantes ojos no alcanzaban a ver. Diego, impulsado por su naturaleza curiosa, se abría paso entre la histérica muchedumbre. El corro, sin embargo, no era tan corro como parecía. Se extendía hasta una de las puertas del salón, hasta alcanzar su epicentro en una esquina del pasillo posterior. El joven, finalmente, llegó hasta la escena, y no pudo evitar dar un ligero respingo.
Un cadáver. No cualquier cadáver, tal y como cabía esperar en una fiesta de ese calibre. Spencer Gergibond, Primer Ministro del país, yacía en el suelo, con una profunda herida en el cuello. Diego se rascó su engominada cabellera, pensativo. Las personas más influyentes que habían acudido a la fiesta no tardaron en asomar sus cabezas entre la gente.
Un hombre de cabello negro y extenso se presentó ante Diego. Su rosto era pálido y sus ojos grises, mientras en su boca lucía una inexplicable y espeluznante sonrisa de absoluto psicópata. Vestía smoking negro. Sin embargo, al joven no pareció sorprenderle.
Whisper Gulligulli – Jefe de Policía de Downpour
- ¿Qué rayos sucede? –preguntó, aparentemente sorprendido por el cadáver. Su boca seguía sonriendo.
- Ni idea –respondió Diego, cuando Stewart hacía acto de presencia.- Estaba caminando por aquel pasillo –dijo, señalando al lado opuesto de la sala- cuando he oído un grito. Y esto es lo que me he encontrado…
- ¡Sir Spencer! –exclamó el Gobernador. Le costó medir sus palabras a continuación.- ¿Quién cojones ha sido?
- Nadie parece saber nad…
- ¡¿Se puede saber a qué viene tanto alboroto?! –exclamó una poderosa voz femenina. Una mujer cuya espalda estaba cubierta por una capa de la Marina hizo su aparición.
Isabella Regem – Vicealmirante de la base G-3 de la Marina
Una joven, que se había tenido que hacer hueco entre la gente para aparecer también, entró en aquel círculo privado, visiblemente asustada. Se lanzó, nerviosísima, directamente a los brazos de Diego, que la invitó a calmarse.
- Hey, Glad –la miró a los ojos. Trató de transmitir a la chica toda la seguridad que pudo, tanto en la mirada como en la voz.- Cálmate. Calma. Bien. Y ahora dime, ¿qué te pasa?
- Lo he… Visto –susurró.
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Ahí arriba no llovía. Irónicamente, en el punto más alto, en la cumbre de la ciudad, donde los pies estaban más cerca del cielo, las gotas no golpeaban las cabezas. John se dejó caer sobre el suelo, dejándose deslumbrar por lo que se encontró en aquel lugar.
- Menuda pedazo de campana… -musitó.
- Pues ya verás como suene… Nos va a dejar tontos –respondió Tony, suscribiendo lo comentado por su compañero.
John se asomó a la apertura por la que habían entrado a la estancia, cubierta por un techo sujetado por varios pilares que formaban hermosos ventanales de estilo neogótico. El lugar más alto de la ciudad. La Torre del Reloj de Rondinum. Y, pese a la creciente niebla, se veían desde aquella cúspide amagos de luz, hogares en el horizonte. La inmensidad de la ciudad hizo que el corazón del joven se sobrecogiera.
- Pues va a ser que no se ve toda la ciudad; me debes una de patatas.
- Seguimos sin estar arriba del todo… -contestó Tonny, entre picado y curioso.
- En el tejado no creo que haya donde pisar –objetó John, demasiado encantado con el paisaje como para moverse.
- Ni falta que hace.
- Teníamos que haberle avisado a Anthony. Se está perdiendo esto… -respondió John, ignorando a su compañero, que ya se había acercado hasta él.
- Debe estar enfadado… -comentó Tony, perdiendo su mirada en la lejanía también.
- Sip…
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El jefe de policía Whisper Gulligulli entró en aquella pequeña habitación cerrando la puerta tras de sí. Todos los que se encontraban en aquel lugar le dirigieron sus miradas. El hombre se ajustó la pajarita, y, acto seguido, señaló con el pulgar el otro lado de la abertura.
- Un par de agentes del palacio están llevando el cadáver a la enfermería.
- ¿Han cerrado las puertas? –preguntó el Gobernador, de pie e inquieto.
- Lo han hecho –contestó la Vicealmirante Isabella, sentada en una gran butaca.- He mandado a tres de mis mejores soldados controlar todas las salidas. Y sabiendo que los guardias registran a todos los que entran en la fiesta, basta con identificar a los que siguen en el edificio y a los que ya han salido para tener toda la lista de posibles sospechosos.
- Estupendo… -dijo Stewart, tranquilizándose un poco. Observó a Diego. Estaba sentado en otra de las butacas de la estancia. Sus brillantes ojos se habían perdido más allá de las fronteras de su mente. Tenía los codos apoyados en sus rodillas, las manos cruzadas; dejaba reposar su cabeza en ellas.- Diego…
- Eh… Sí, dime –contestó el joven, saliendo de su trance.
- ¿Dónde está Gladiss?
- Ah. Está en el baño. Necesitaba refrescarse –se frotó la frente y las sienes con ambas manos.
- ¿Y tú? –añadió Whisper, tratando de aportar algo de humor a aquel oscuro ambiente.
- Estaba pensando… -contestó Diego.- Me refiero… El corte que el Sr. Gergibond tenía en el cuello… Era muy profundo para haber sido proferido con una navaja común. El arma ha tenido que ser algo bastante más aparatoso.
- ¿Ella lo ha visto, no? –preguntó Stewart, acerca de Gladiss.- En ese caso, no debería ser un problema.
- Que lo haya visto o haya dejado de verlo me parece más bien algo secundario. Sin embargo, hay una cosa que me chirría.
- Te oímos –dijo Whisper, haciendo un gesto de aprobación. Después, miró a la Vicealmirante.- Enseña a los invitados.
- Los controles de seguridad de la entrada. Son estrictos; a mí mismo me han cacheado antes de caminar cinco metros en palacio. Con lo cual es prácticamente imposible entrar con un cuchillo jamonero en el calcetín.
- ¿Tan profundo era el corte? –interrogó el Gobernador.
- Me ha parecido ver dos navajazos. Uno destrozaba la vena yugular –se llevó el dedo al cuello.- Y el otro le ha desgarrado todo desde la nuez hasta la altura de la nuca. Con un cuchillo pequeño, de 5-7 centímertos, hubiera sido demasiado costoso hacer semejante corte.
- ¿Qué te sugiere eso? –preguntó la Vicealmirante.
- En pocas palabras, que el asesino no ha cruzado el control de seguridad. Lo más probable es que haya sido alguien de dentro, no alguien invitado a la fiesta.
- ¿Tenéis DenDen Mushis de seguridad aquí? –cuestionó Isabella, intentando no mostrarse demasiado sorprendida ante la deducción de aquel mocoso que no parecía ser mayor de veinte años.
- Sí, unos cuantos –contestó el Gobernador.- Sin embargo, y aunque los DenDen Mushis siguen grabando, hoy es día festivo para los vigilantes.
- Joder –dijo de pronto Diego, y, tras incorporarse de un salto, corrió hacia la puerta.
- ¿Qué pasa?
- Los vídeos… -comenzó a decir, si bien no terminó la frase. De un gesto indicó a los tertulianos que lo siguieran.- ¡Stewart, guíanos a la sala de vigilancia!
Corrieron durante un largo minuto, hasta detenerse ante una discreta puerta metálica, en una esquina de un corredor poco frecuentado. El Gobernador sacó una llave maestra del bolsillo interior de su impecable americana, y abrió la puerta. Diego se abalanzó rápidamente hacia los monitores que ofrecían imágenes en directo de casi todos los lugares del palacio. Tecleó rápidamente ante la expectante mirada de los presentes –alguno de los cuales jadeaba aún- y, tras ver diez segundos de vídeo en los que el monitor se saltaba casi dos minutos de grabación, se mordió el labio inferior. En la pantalla, se veía el pasillo en el que sucedió el crimen. En un principio, el Primer Ministro caminaba tan campante, y, a los pocos segundos y sin nada de por medio, aparecía degollado sobre el mismo suelo.
- Han hecho desaparecer el momento del asesinato.
- Al menos –propuso Whisper.- Tenemos una prueba más de que el asesino es alguien de palacio. Tenía las llaves de la sala de vigilancia. ¿Diego?
El joven negó cualquier respuesta, se giró hasta quedar de cara a sus compañeros y, tras colocarse bien la corbata, habló.
- Reunid a toda la plantilla de palacio en el Salón del Honor. Y duplicad la seguridad de las salidas. Tenemos trabajo.
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El automóvil dio una última curva sobre el resbaladizo adoquinado, provocando que el roce de la goma con la piedra mojada produjera un desagradable chirrido. Enfiló la recta que lo llevaría a su destino. Van, sentado en el asiento trasero del vehículo, ya se había acostumbrado a la desmesurada velocidad que aquél chófer, mediante una compleja maquinaria, imbuía al artefacto.
- Es al final de la calle –comentó el joven, señalando algún lugar perdido entre la densa niebla y la espesa lluvia.
- Oído, Sir.
Pese a todo, el conductor frenó bruscamente a unos veinte metros del final de la calle.
- ¿Sucede algo? –preguntó Van.
- ¿Ve ahí, Sir? Hay un coche aparcado enfrente –contestó el hombre, apuntando con el dedo índice hacia una sombra que apenas se veía.
- Oh… -dijo Van, entornando los ojos para ver algo.- Ah, sí, cierto. Gracias, señor.
Dio al conductor la tasa de rigor –al mismo Van le extrañaba aquello de andar pagando religiosamente a alguien a quien no conocía-, y salió del vehículo. Caminó hasta llegar enfrente del hostal en el que habían pasado la noche. A mano derecha, un automóvil negro, más largo de lo común. La lluvia le había empapado el traje ya. Golpeó la puerta. La luz estaba encendida, pero no obtuvo respuesta. Repitió la operación. Más de lo mismo. Finalmente, abrió la puerta.
La anciana se hallaba de pie, a unos cuatro metros de la puerta, mirando fijamente al joven, que no supo qué hacer. En ese instante, sintió el tacto del frío acero en la nuca, y un “clic” bastante familiar. Una voz de hombre sonó a su espalda.
- No se mueva, Sir.
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La campana golpeó con fuerza, anunciando que era la una y media. John y Tony, a quienes el tiempo se les había pasado volando, se quedaron algo atontados por el desmesurado ruido que sacó la maquinaria. Y ahora trataban de recuperarse haciendo exactamente lo mismo que venían haciendo los últimos veinte minutos: observar la ciudad que se extendía a los pies de aquella colosal torre, pese a que la niebla y la lluvia dificultaban la visión.
De pronto, un sonido metálico hizo que se volvieran. Una escotilla, colocada a cinco escasos metros de su ubicación, se abrió lentamente. De ella salió un hombre elegantemente vestido. Sin embargo, tenía la cara perfectamente tapada por una enorme barba –aparentemente postiza- y unas gafas de sol. En su esmoquin blanco había manchas rojas. Venía hablando con alguien a través de un DenDen Mushi.
- Sí, sí, estoy a salvo, todo ha salido bien, G… -decía. Se detuvo al percatarse de la presencia de otras dos personas en aquel lugar.
Continuará…
Vamos con unos pocos apuntes:
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- Trama del Palacio
- El hecho relevante del capítulo es el asesinato de Sir Spencer Gergibond (cuya figura he basado en el único primer ministro asesinado en Inglaterra, curiosamente en el Palacio de Westminster, Spencer Persival), y a partir de ello gira lo esencial del capítulo.
- A ver si acertáis quién es el asesino xD. En serio, hay unas pocas pistas que conectan algunas cosillas. No es gran cosa, pero meh. A partir de vuestras conjeturas, ya os contestaré antes de que salga el próximo capítulo.
Trama de John y Tony
- Esta es bien sencilla. He utilizado el recurso de su curiosidad para colocarlos en la cumbre de la torre y dar la sensación de que mirar va a ser lo único que harán, para que al final del capítulo, un tío con el esmoquin manchado de rojo irrumpa en la escena. Lo que suceda a partir de ese encuentro es ya cosa del siguiente escritor, pero convendría que los Panteras no tuvieran una posición de fuerza o el dominio de la situación. Llámalas circunstancias.
Trama de Van
- Lo mismo que la anterior, aunque esta ya se viene cocinando desde el final del capítulo 49. Sobre el hombre misterioso, a ver cuándo hemos visto un coche negro y más largo de lo común, que hay que activar la neurona xD. No os va a costar.
Si veis algún error en la construcción de la trama, por mínimo que sea, anunciadlo, please. Recordemos que esta es una saga sobre todo de detalles y bastante compleja, así que no conviene que se escape nada.
Por último, decir que aún faltan lugares y personajes que introducir. Por ejemplo, la Yellow Mansion (la residencia de Stewart), el abade Charles MacAbbeh (que podría salir, por ejemplo, en un posible funeral del Primer Ministro), e ir metiendo a gente del CP5. Por ejemplo de, qué sé yo, monaguillos en la iglesia o algo.
Edito: A todo esto, ya pronto habrá que empezar a decidir el nombre del nuevo tomo... De momento, tenemos:
Panteras Negras Vol.5:
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- Capítulo 41: Oración
Capítulo 42: Porcelana y sangre
Capítulo 43: Déjà Vu
Capítulo 44: Juro Solemnemente
Capítulo 45: Despedida
Capítulo 46: Rondinum
Capítulo 47: Ansioso por comer, el hombre de los pantalones blancos
Capítulo 48: Diego, un hombre enamorado
Capítulo 49: Grayhall y Southminster
Capítulo 50: ¿¿¿La fiesta???
Y que, de los posibles títulos que hay, me decanto por "Oración". Me guztan loz títuloz cortoz.
EDIT: Para no dejar el marronaco al siguiente y si a nadie le importa, escribiré el 51 para cerrar la trama esta de la party hard y los líos temporales. Besis de fresis.







































