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Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Vie Dic 26, 2014 7:08 pm
por Vito Corleone
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Capítulo 50
La Fiesta
Cinco minutos habían pasado desde que el Sr. Queólogo, satisfecho ya tras la comilona, había creído conveniente despedirse de los tres extraños turistas que habían aparecido aquella mañana en las excavaciones con la repentina intención de ayudar. Cinco minutos desde que el reloj del enorme campanario al otro lado del río había anunciado que era la una. Sin embargo, la lluvia continuaba cayendo con la misma fuerza con la que lo hacía cinco, diez y veinte minutos atrás.
- A menuda isla hemos venido a parar... -protestó Tony, observando desde el cobijo que ofrecía el toldo cómo el agua taladraba el adoquinado de la acera.
- Pues a mí me gusta -discrepó John, que acababa de terminarse su séptimo plato de "Fish&Chips".- La comida engancha.

Anthony, que estaba completamente ensimismado, lamentó por un instante el hecho de ser un hombre de arena, y sólo acertó a musitar:
- Jodida lluvia...

John, a la par que sentía el bolo alimenticio descender a través de su esófago, reparó en que las luces del enorme edifico adjunto al campanario estaban encendidas, y parecía haber revuelo en la otra orilla. Miró al cielo a continuación. Ni siquiera se veían las nubes. Soltó un fuerte resoplido, en señal de aburrimiento. Y dedicó una discreta mirada a sus compañeros después. Mientras Anthony seguía en su mundo -seco-, Tony mantenía en su rostro una expresión muy similar a la de Conde.
- Psst, Tony -dijo, cuidándose de no "despertar" al Desertor.
- Dime -contestó el otro, siguiendo con el código del silencio impuesto.
- ¿Hace una excursión? -lanzó finalmente el capitán, señalando al campanario con una pícara sonrisa en la cara.

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La dulce melodía de los violines, el delicioso aroma a tabaco mezclado con perfume de mujer, la viva y animada conversación que mantenían, aquí y allá, pequeños grupos de personas. Los momentos, las melodías, los aromas, amaban a Diego, y Diego los amaba también, a primera vista. Pequeños instantes. Perfectas imperfecciones. Tan superficiales y tan profundos a la vez.

Se había tomado la libertad de dejar de lado su conversación con un selecto grupo de ilustres personajes que se habían dado cita en aquel lugar, y darse un garbeo por la segunda planta del edificio, visitar los rincones, estudiar su riqueza. Los violines, los perfumes y las charlas resultaban ahora el recuerdo de lo vivido diez minutos atrás. Y lo cierto es que le daba pereza volver al salón. Salir de su burbuja, de su universo particular. Donde podía expresar claramente y sin tapujos su opinión, sin absurdas limitaciones impuestas por el código de la elegancia.

Caminaba a través de un largo pasillo, admirando el tapizado suelo, las ornamentadas paredes, las emperifolladas lámparas del techo. Dio una profunda calada al puro, apoyándose en una de las paredes, y clavó su mirada en el vacío. Lamentablemente, aquella no era la fiesta más aburrida a la que había acudido durante los últimos meses.

Exhaló humo hasta que en sus pulmones no quedaron vestigios de aire. Nada más que residuos.

Un desgarrador grito, que provenía del salón donde se celebraba la fiesta, le sacó de sus superficiales y profundas reflexiones. Y, con el puro en la mano derecha, echó a correr a través del pasillo.

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Bajo el empapado techo celestial, un hombre buscaba algún lugar en el que cobijarse. Portaba una enorme maleta llena de botellas de alcohol que transportaba con cuidado para no romper. Salía de un estrecho callejón, en el cual dejaba un par de cuerpos calcinados, que estaban siendo rebozados por el incesante aguacero.
- Menudo día me están dando los puñeteros asaltadores… No sé si me ven cara de espantajo o qué… -murmuraba, casi para sus adentros.

Su vestimenta estaba completamente mojada, y temía que la maleta se pudiera deteriorar a causa de la lluvia. Había transcurrido más bien poco tiempo desde que había arribado en la ciudad, y ya tenía un par de anécdotas. La primera de ellas, en una enorme tienda de Whisky, en la cual, tras vaciar tres botellas en un rincón apartado de la vista del dueño, compró veinte, por si en el barco le daban antojos. Y el segundo, era el hecho de que, por segunda vez en aquel día, unos barriobajeros armados con cuchillitos le habían atacado con idéntico resultado. A estos últimos tuvo que llevarlos incluso de una zona bastante céntrica a una callejuela de los suburbios. Había acordado estar en el hostal por la noche, pero Van sentía la tentación de regresar ipso facto y aguardar ahí la llegada de sus compañeros, de cuyas intenciones en la Gran Ciudad sabía más bien nada. Le ponía nervioso. Hasta aquel momento siempre había estado acostumbrado a lidiar con la vida en solitario, pero, de un día para otro, sentía la molesta necesidad de la compañía humana.

Esbozó una ligera sonrisa, y, tras detener un taxi en una esquina de la carretera que encontró más próxima, le dijo al conductor la dirección del lugar al que se disponía a regresar y se puso en ruta. No tardó en darse cuenta de que este chófer era animado también.

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Dos valientes. Así los describió algún transeúnte. Los dos permanecían de pie, alzando la mirada hasta la cumbre de aquella temible y espectacular torre. Se alzaba imponente hasta los 100 metros, con sus cuatro fachadas doradas dándole presencia y su elegante cumbre coronándola.
- Vaya… -dijo John, enarcando una ceja.- Sr. Queólogo tenía razón. Menuda barbaridad.
- Y tanto… -contestó Tony, también alucinado por la vista que tenía a pie de torre.
- Parece una patata frita gigante.
- Gigante… Oye, John: ¿crees que se verá toda la ciudad desde ahí arriba?
- No lo sé. La ciudad es enorme.
- Una ración de patatas fritas a que se ve la ciudad entera.
- Acepto la apuesta.
- Pues perfecto –concluyó Tony esbozando una sonrisa.

Sin decir nada más, miraron a su alrededor para confirmar que nadie los miraba –la gente se encontraba en una terraza cercana mayormente-, John se subió al lomo de su amigo y emprendieron el vuelo hacia el cielo.

Al otro lado del río, entretanto, sonó un reprimido pero enrabietado comentario.
- Me cago en su vena de exploradores.

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Un enorme corro de personas alrededor de algo que sus brillantes ojos no alcanzaban a ver. Diego, impulsado por su naturaleza curiosa, se abría paso entre la histérica muchedumbre. El corro, sin embargo, no era tan corro como parecía. Se extendía hasta una de las puertas del salón, hasta alcanzar su epicentro en una esquina del pasillo posterior. El joven, finalmente, llegó hasta la escena, y no pudo evitar dar un ligero respingo.

Un cadáver. No cualquier cadáver, tal y como cabía esperar en una fiesta de ese calibre. Spencer Gergibond, Primer Ministro del país, yacía en el suelo, con una profunda herida en el cuello. Diego se rascó su engominada cabellera, pensativo. Las personas más influyentes que habían acudido a la fiesta no tardaron en asomar sus cabezas entre la gente.

Un hombre de cabello negro y extenso se presentó ante Diego. Su rosto era pálido y sus ojos grises, mientras en su boca lucía una inexplicable y espeluznante sonrisa de absoluto psicópata. Vestía smoking negro. Sin embargo, al joven no pareció sorprenderle.

Whisper Gulligulli – Jefe de Policía de Downpour

- ¿Qué rayos sucede? –preguntó, aparentemente sorprendido por el cadáver. Su boca seguía sonriendo.
- Ni idea –respondió Diego, cuando Stewart hacía acto de presencia.- Estaba caminando por aquel pasillo –dijo, señalando al lado opuesto de la sala- cuando he oído un grito. Y esto es lo que me he encontrado…
- ¡Sir Spencer! –exclamó el Gobernador. Le costó medir sus palabras a continuación.- ¿Quién cojones ha sido?
- Nadie parece saber nad…
- ¡¿Se puede saber a qué viene tanto alboroto?! –exclamó una poderosa voz femenina. Una mujer cuya espalda estaba cubierta por una capa de la Marina hizo su aparición.

Isabella Regem – Vicealmirante de la base G-3 de la Marina

Una joven, que se había tenido que hacer hueco entre la gente para aparecer también, entró en aquel círculo privado, visiblemente asustada. Se lanzó, nerviosísima, directamente a los brazos de Diego, que la invitó a calmarse.
- Hey, Glad –la miró a los ojos. Trató de transmitir a la chica toda la seguridad que pudo, tanto en la mirada como en la voz.- Cálmate. Calma. Bien. Y ahora dime, ¿qué te pasa?
- Lo he… Visto –susurró.

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Ahí arriba no llovía. Irónicamente, en el punto más alto, en la cumbre de la ciudad, donde los pies estaban más cerca del cielo, las gotas no golpeaban las cabezas. John se dejó caer sobre el suelo, dejándose deslumbrar por lo que se encontró en aquel lugar.
- Menuda pedazo de campana… -musitó.
- Pues ya verás como suene… Nos va a dejar tontos –respondió Tony, suscribiendo lo comentado por su compañero.

John se asomó a la apertura por la que habían entrado a la estancia, cubierta por un techo sujetado por varios pilares que formaban hermosos ventanales de estilo neogótico. El lugar más alto de la ciudad. La Torre del Reloj de Rondinum. Y, pese a la creciente niebla, se veían desde aquella cúspide amagos de luz, hogares en el horizonte. La inmensidad de la ciudad hizo que el corazón del joven se sobrecogiera.
- Pues va a ser que no se ve toda la ciudad; me debes una de patatas.
- Seguimos sin estar arriba del todo… -contestó Tonny, entre picado y curioso.
- En el tejado no creo que haya donde pisar –objetó John, demasiado encantado con el paisaje como para moverse.
- Ni falta que hace.
- Teníamos que haberle avisado a Anthony. Se está perdiendo esto… -respondió John, ignorando a su compañero, que ya se había acercado hasta él.
- Debe estar enfadado… -comentó Tony, perdiendo su mirada en la lejanía también.
- Sip…

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El jefe de policía Whisper Gulligulli entró en aquella pequeña habitación cerrando la puerta tras de sí. Todos los que se encontraban en aquel lugar le dirigieron sus miradas. El hombre se ajustó la pajarita, y, acto seguido, señaló con el pulgar el otro lado de la abertura.
- Un par de agentes del palacio están llevando el cadáver a la enfermería.
- ¿Han cerrado las puertas? –preguntó el Gobernador, de pie e inquieto.
- Lo han hecho –contestó la Vicealmirante Isabella, sentada en una gran butaca.- He mandado a tres de mis mejores soldados controlar todas las salidas. Y sabiendo que los guardias registran a todos los que entran en la fiesta, basta con identificar a los que siguen en el edificio y a los que ya han salido para tener toda la lista de posibles sospechosos.
- Estupendo… -dijo Stewart, tranquilizándose un poco. Observó a Diego. Estaba sentado en otra de las butacas de la estancia. Sus brillantes ojos se habían perdido más allá de las fronteras de su mente. Tenía los codos apoyados en sus rodillas, las manos cruzadas; dejaba reposar su cabeza en ellas.- Diego…
- Eh… Sí, dime –contestó el joven, saliendo de su trance.
- ¿Dónde está Gladiss?
- Ah. Está en el baño. Necesitaba refrescarse –se frotó la frente y las sienes con ambas manos.
- ¿Y tú? –añadió Whisper, tratando de aportar algo de humor a aquel oscuro ambiente.
- Estaba pensando… -contestó Diego.- Me refiero… El corte que el Sr. Gergibond tenía en el cuello… Era muy profundo para haber sido proferido con una navaja común. El arma ha tenido que ser algo bastante más aparatoso.
- ¿Ella lo ha visto, no? –preguntó Stewart, acerca de Gladiss.- En ese caso, no debería ser un problema.
- Que lo haya visto o haya dejado de verlo me parece más bien algo secundario. Sin embargo, hay una cosa que me chirría.
- Te oímos –dijo Whisper, haciendo un gesto de aprobación. Después, miró a la Vicealmirante.- Enseña a los invitados.
- Los controles de seguridad de la entrada. Son estrictos; a mí mismo me han cacheado antes de caminar cinco metros en palacio. Con lo cual es prácticamente imposible entrar con un cuchillo jamonero en el calcetín.
- ¿Tan profundo era el corte? –interrogó el Gobernador.
- Me ha parecido ver dos navajazos. Uno destrozaba la vena yugular –se llevó el dedo al cuello.- Y el otro le ha desgarrado todo desde la nuez hasta la altura de la nuca. Con un cuchillo pequeño, de 5-7 centímertos, hubiera sido demasiado costoso hacer semejante corte.
- ¿Qué te sugiere eso? –preguntó la Vicealmirante.
- En pocas palabras, que el asesino no ha cruzado el control de seguridad. Lo más probable es que haya sido alguien de dentro, no alguien invitado a la fiesta.
- ¿Tenéis DenDen Mushis de seguridad aquí? –cuestionó Isabella, intentando no mostrarse demasiado sorprendida ante la deducción de aquel mocoso que no parecía ser mayor de veinte años.
- Sí, unos cuantos –contestó el Gobernador.- Sin embargo, y aunque los DenDen Mushis siguen grabando, hoy es día festivo para los vigilantes.
- Joder –dijo de pronto Diego, y, tras incorporarse de un salto, corrió hacia la puerta.
- ¿Qué pasa?
- Los vídeos… -comenzó a decir, si bien no terminó la frase. De un gesto indicó a los tertulianos que lo siguieran.- ¡Stewart, guíanos a la sala de vigilancia!

Corrieron durante un largo minuto, hasta detenerse ante una discreta puerta metálica, en una esquina de un corredor poco frecuentado. El Gobernador sacó una llave maestra del bolsillo interior de su impecable americana, y abrió la puerta. Diego se abalanzó rápidamente hacia los monitores que ofrecían imágenes en directo de casi todos los lugares del palacio. Tecleó rápidamente ante la expectante mirada de los presentes –alguno de los cuales jadeaba aún- y, tras ver diez segundos de vídeo en los que el monitor se saltaba casi dos minutos de grabación, se mordió el labio inferior. En la pantalla, se veía el pasillo en el que sucedió el crimen. En un principio, el Primer Ministro caminaba tan campante, y, a los pocos segundos y sin nada de por medio, aparecía degollado sobre el mismo suelo.
- Han hecho desaparecer el momento del asesinato.
- Al menos –propuso Whisper.- Tenemos una prueba más de que el asesino es alguien de palacio. Tenía las llaves de la sala de vigilancia. ¿Diego?

El joven negó cualquier respuesta, se giró hasta quedar de cara a sus compañeros y, tras colocarse bien la corbata, habló.
- Reunid a toda la plantilla de palacio en el Salón del Honor. Y duplicad la seguridad de las salidas. Tenemos trabajo.

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El automóvil dio una última curva sobre el resbaladizo adoquinado, provocando que el roce de la goma con la piedra mojada produjera un desagradable chirrido. Enfiló la recta que lo llevaría a su destino. Van, sentado en el asiento trasero del vehículo, ya se había acostumbrado a la desmesurada velocidad que aquél chófer, mediante una compleja maquinaria, imbuía al artefacto.
- Es al final de la calle –comentó el joven, señalando algún lugar perdido entre la densa niebla y la espesa lluvia.
- Oído, Sir.

Pese a todo, el conductor frenó bruscamente a unos veinte metros del final de la calle.
- ¿Sucede algo? –preguntó Van.
- ¿Ve ahí, Sir? Hay un coche aparcado enfrente –contestó el hombre, apuntando con el dedo índice hacia una sombra que apenas se veía.
- Oh… -dijo Van, entornando los ojos para ver algo.- Ah, sí, cierto. Gracias, señor.

Dio al conductor la tasa de rigor –al mismo Van le extrañaba aquello de andar pagando religiosamente a alguien a quien no conocía-, y salió del vehículo. Caminó hasta llegar enfrente del hostal en el que habían pasado la noche. A mano derecha, un automóvil negro, más largo de lo común. La lluvia le había empapado el traje ya. Golpeó la puerta. La luz estaba encendida, pero no obtuvo respuesta. Repitió la operación. Más de lo mismo. Finalmente, abrió la puerta.

La anciana se hallaba de pie, a unos cuatro metros de la puerta, mirando fijamente al joven, que no supo qué hacer. En ese instante, sintió el tacto del frío acero en la nuca, y un “clic” bastante familiar. Una voz de hombre sonó a su espalda.
- No se mueva, Sir.

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La campana golpeó con fuerza, anunciando que era la una y media. John y Tony, a quienes el tiempo se les había pasado volando, se quedaron algo atontados por el desmesurado ruido que sacó la maquinaria. Y ahora trataban de recuperarse haciendo exactamente lo mismo que venían haciendo los últimos veinte minutos: observar la ciudad que se extendía a los pies de aquella colosal torre, pese a que la niebla y la lluvia dificultaban la visión.

De pronto, un sonido metálico hizo que se volvieran. Una escotilla, colocada a cinco escasos metros de su ubicación, se abrió lentamente. De ella salió un hombre elegantemente vestido. Sin embargo, tenía la cara perfectamente tapada por una enorme barba –aparentemente postiza- y unas gafas de sol. En su esmoquin blanco había manchas rojas. Venía hablando con alguien a través de un DenDen Mushi.
- Sí, sí, estoy a salvo, todo ha salido bien, G… -decía. Se detuvo al percatarse de la presencia de otras dos personas en aquel lugar.


Continuará…
Capítulo cortito, sin cliffhangers y tal, pa qué.

Vamos con unos pocos apuntes:
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Trama del Palacio

- El hecho relevante del capítulo es el asesinato de Sir Spencer Gergibond (cuya figura he basado en el único primer ministro asesinado en Inglaterra, curiosamente en el Palacio de Westminster, Spencer Persival), y a partir de ello gira lo esencial del capítulo.

- A ver si acertáis quién es el asesino xD. En serio, hay unas pocas pistas que conectan algunas cosillas. No es gran cosa, pero meh. A partir de vuestras conjeturas, ya os contestaré antes de que salga el próximo capítulo. :fanfarron:


Trama de John y Tony

- Esta es bien sencilla. He utilizado el recurso de su curiosidad para colocarlos en la cumbre de la torre y dar la sensación de que mirar va a ser lo único que harán, para que al final del capítulo, un tío con el esmoquin manchado de rojo irrumpa en la escena. Lo que suceda a partir de ese encuentro es ya cosa del siguiente escritor, pero convendría que los Panteras no tuvieran una posición de fuerza o el dominio de la situación. Llámalas circunstancias.


Trama de Van

- Lo mismo que la anterior, aunque esta ya se viene cocinando desde el final del capítulo 49. Sobre el hombre misterioso, a ver cuándo hemos visto un coche negro y más largo de lo común, que hay que activar la neurona xD. No os va a costar.

Si veis algún error en la construcción de la trama, por mínimo que sea, anunciadlo, please. Recordemos que esta es una saga sobre todo de detalles y bastante compleja, así que no conviene que se escape nada.

Por último, decir que aún faltan lugares y personajes que introducir. Por ejemplo, la Yellow Mansion (la residencia de Stewart), el abade Charles MacAbbeh (que podría salir, por ejemplo, en un posible funeral del Primer Ministro), e ir metiendo a gente del CP5. Por ejemplo de, qué sé yo, monaguillos en la iglesia o algo.
Gracias por leer y un saludo ^^


Edito: A todo esto, ya pronto habrá que empezar a decidir el nombre del nuevo tomo... De momento, tenemos:

Panteras Negras Vol.5:
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Capítulo 41: Oración
Capítulo 42: Porcelana y sangre
Capítulo 43: Déjà Vu
Capítulo 44: Juro Solemnemente
Capítulo 45: Despedida
Capítulo 46: Rondinum
Capítulo 47: Ansioso por comer, el hombre de los pantalones blancos
Capítulo 48: Diego, un hombre enamorado
Capítulo 49: Grayhall y Southminster
Capítulo 50: ¿¿¿La fiesta???
Decir que ya he empezado a ordenarlo todo, aunque me llevará bastante tiempo. Con novedades de formato y esas cosicas. Pa cambiar un poco, más que nada. Decir que la longitud de este tomo será bastante mayor que la de las demás xDD

Y que, de los posibles títulos que hay, me decanto por "Oración". Me guztan loz títuloz cortoz.



EDIT: Para no dejar el marronaco al siguiente y si a nadie le importa, escribiré el 51 para cerrar la trama esta de la party hard y los líos temporales. Besis de fresis.

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Lun Dic 29, 2014 8:05 pm
por FuckerVergo
Traffy escribió:EDIT: Para no dejar el marronaco al siguiente y si a nadie le importa, escribiré el 51 para cerrar la trama esta de la party hard y los líos temporales. Besis de fresis.
¿Pero no iba a presentar Wild también?

En cuanto al titulo, si puedo votar, me quedo con "Oración", es cortita, como las que me gustan, y es la razón por la que están conectadas las dos sagas. Aunque "Juro solemnemente" tampoco se queda atrás. es un título muy significativo.

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Lun Dic 29, 2014 8:24 pm
por Vito Corleone
FuckerVergo escribió:
Traffy escribió:EDIT: Para no dejar el marronaco al siguiente y si a nadie le importa, escribiré el 51 para cerrar la trama esta de la party hard y los líos temporales. Besis de fresis.
¿Pero no iba a presentar Wild también?

En cuanto al titulo, si puedo votar, me quedo con "Oración", es cortita, como las que me gustan, y es la razón por la que están conectadas las dos sagas. Aunque "Juro solemnemente" tampoco se queda atrás. es un título muy significativo.
Wild me comentó que pensaba proponer para el 50 si nadie más proponía, así que no creo que proponga, a no ser que haya cambiado de idea... Por mi parte decir que escribiré el 51 para dejar la cosa encauzada, que la dejé complicadilla con el 49 y el 50. Si a nadie le importa, claro está ^^

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Lun Dic 29, 2014 9:07 pm
por FuckerVergo
Traffy escribió:
FuckerVergo escribió:
Traffy escribió:EDIT: Para no dejar el marronaco al siguiente y si a nadie le importa, escribiré el 51 para cerrar la trama esta de la party hard y los líos temporales. Besis de fresis.
¿Pero no iba a presentar Wild también?

En cuanto al titulo, si puedo votar, me quedo con "Oración", es cortita, como las que me gustan, y es la razón por la que están conectadas las dos sagas. Aunque "Juro solemnemente" tampoco se queda atrás. es un título muy significativo.
Wild me comentó que pensaba proponer para el 50 si nadie más proponía, así que no creo que proponga, a no ser que haya cambiado de idea... Por mi parte decir que escribiré el 51 para dejar la cosa encauzada, que la dejé complicadilla con el 49 y el 50. Si a nadie le importa, claro está ^^
Yo tenia intención de proponer, pero si ya tienes todo preparado desde el 49, dejare que me sorprendas ^^.

En cuanto al asesino, te mando mp.

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Mié Dic 31, 2014 6:14 am
por wild animal
Leido el capitulo. Me gustó bastante. Debo decir que ese ambiente de misterio es refrescante, es algo nuevo e intrigante.

No tengo una critica por que no le vi nada significatiamente malo, o rivales como para desenmarañar pedazo a pedazo analisandolo.

Debo decir que si pensaba proponer para el siguiente, de hecho hasta tengo una teoria y me gustaria plasmarla, pero tengo curiosidad de ver como traffy (vitto) cierra el miniarco.

Mi voto para el tomo es para ¨porcelana y sangre¨. Creo abarca bien lo pasado en Wolkenberg, una ciudad de porcelana bañada por una guerra, y un sufrimiento y guerra (con la pista, que al fin y al cabo todo fue por ella) que estamos arrastrando hasta Downpour.

Vitto Una sugerencia, si vaz a hacer el tomo recuerda los rostros que se mencionaron hace algunas paginas, incluida la muñeca de porcelana, salamandra, el caballero de la rosa negra, los panteras existentes (incluyendo a Diego), creo sería bueno incluirlo como material adicional, aunque solo es una idea.

Saludos.

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Jue Ene 01, 2015 3:18 pm
por TonyTonyRaul
Bueno chicos quiero anunciaros que apenas me quedan ya dos capítulos (contando este para el que se está proponiendo) para ponerme completamente al día en la historia. Quiero deciros que habéis seguido de una manera increíble desde que yo me fui, es cierto que no se ha avanzado mucho y que haya habido parones pero como se dice despacito y con buena letra. Me alegra que mi idea que tuve hace tiempo se haya seguido llevado acabo :cry: :cry:

De momento y digo de momento porque me falta por leer esos dos capítulos mi voto va a sar para porcelana y sangre, me parece un gran título incluso algún escritor de hoy en día nos lo podría copiar como título para su novela :lol:

Por último quisiera añadir que tengo una idea en mente para una saga próxima, pero me gustaría pensarla un poco más. Si alguien está interesado y quiere saber ya la idea y ayudarme a prepararla más que contacte conmigo por mp.

Saludos a todos :wave:

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Mar Ene 06, 2015 12:26 am
por Vito Corleone
Por fin el 51 xDD. Es un pelín largo, espero que sea leve la lectura ^^
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Capítulo 51
LUZ Y SOMBRA

Van sintió la irrefrenable necesidad de volverse y ver la cara de quien le apuntaba con una pistola. No era una situación a la que estuviera acostumbrado, pese a su historial. Y no se llevaba bien con el acero, así que optó por obedecer. Lo que escuchó a continuación no hizo más que convencerlo de que era la decisión correcta.
- Van, “La Bestia”. Teníamos entendido que habías movido tu base de operaciones a WolkenBerge. Es una grata sorpresa tenerte de vuelta en Rondinum –dijo la voz a su espalda. El joven no respondió nada.

Escuchó un ligero crujido metálico, y sintió que algo se cerraba alrededor de sus dos muñecas, con un pequeño “clic”. Trató de liberarse, pero una incontestable sensación de debilidad le invadió desde los pies a la cabeza.
- Es… Kairoseki… –farfulló, arrodillándose antes de agachar la cabeza. Notó que algo puntiagudo se le clavaba en el brazo derecho. E instantáneamente, se sintió aún más aturdido. Su visión se iba oscureciendo.
- No te lo tomes como algo personal. Pero los ojos ajenos no son bienvenidos aquí…

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- Mundi peccatis hunc fámulum tuum, et protege eum de manibus matris mare. Amen.

Se levantó. Tenía las rodillas agarrotadas, así que le costó caminar al principio. Sus huesos ya no eran tan fuertes como antaño. Su mente había perdido agilidad con el paso del tiempo. Pero, pese al transcurrir de los años, seguía celebrando el mismo ritual que ocho lustros atrás. A diario.

Era un hombre retaco, de paso corto y ligero. Y, pese a su apariencia y sus 77 años, se mantenía enérgico y vital en su conversación. Una generosa papada ocultaba el cuello. Una nariz redondeada, a su vez, sostenía unas discretas gafas tras las cuales se ocultaban unos brillantísimos ojos verdes. Vestía unos pantalones y una camisa completamente negros, sobre los cuales destacaba un alzacuello blanco, que se unía con la susodicha papada.

Y aquel lugar, inmenso, con coloridas vidrieras, un techo que se alzaba hasta unos flamantes 30 metros y terminaba en formas abovedadas, reducían la figura del anciano retaco a la mínima expresión. No en vano, era uno de los sitios más emblemáticos de la ciudad. Una colosal iglesia. La Abadía de Southminster.

Charles MacAbbeh – Superior de la Abadía de Southminster – Nueva Iglesia

Un hombre, espigado y pálido, entró corriendo en el edificio. Cruzó todo el pasillo central todo lo rápido que pudo, hasta casi darse de bruces contra el anciano.
- Su Ilustrísima… -dijo, tratando de recuperar el aire. Besó el anillo de oro de la mano izquierda del abad.- El Primer Ministro, Spencer Gergibond, ha sido asesinado. El Gobernador requiere de su presencia en el Palacio de Southminster lo antes posible.
- ¿Sir Spencer? –preguntó MacAbbeh, frunciendo el ceño.- ¿Cuándo? ¿Cómo?
- Soy un simple mensajero, Su Ilustrísima. Pero parece urgente.

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- ¿Brown? –decía una voz femenina al otro lado del DenDen Mushi.- ¿Va todo bien?

El aludido no acertó a contestar. Seguía manteniendo una tensa lucha de miradas con los otros dos presentes en aquel lugar. Trataba de ocultar la mancha roja de su esmoquin con la mano izquierda, pero era demasiado visible.
- ¿Brown? ¡Contesta, joder! Me estoy empezando a preocupar…
- No… Sí, ha sucedido algo inesperado –contestó el otro, a marchas forzadas. Después, pasó a susurrar, sin apartar la vista de los dos jóvenes que tenía enfrente.- Me los he encontrado… Me están mirando, y…
- ¿Quién eres? –preguntó John, acercándose al hombre.- Acércate, coñe, que no mordemos. ¿Has venido a ver la ciudad?
- Joder… Huye en cuanto pue… -decía la voz al otro lado del transmisor, en el instante en que el tal Brown cortó la llamada.
- Sí, sí, eso mismo… Quería… Ver la ciudad –respondió, tratando de mostrarse lo más natural posible. Salió de la escotilla. Tony se fijó en que llevaba unos guantes de silicona.
- Pues no se ve mucho, la verdad –objetó, ignorando el detalle.- Hay una niebla tremenda y llueve a cántaros.
- ¿Cómo has subido hasta aquí? –preguntó John, que no se había percatado de la existencia de la escotilla hasta ese momento.- ¿Hay algo ahí abajo?
- Eh… no, ¡no, qué va! –dijo Brown, sujetando al joven para evitar que se escabullera por la apertura.- Es la… sala de máquinas del reloj, nada importante.
- ¿Y hay que ir de esmoquin a la sala de máquinas? –preguntó extrañado Tony, que, ahora sí, se fijó con más detalle en la mancha roja que llevaba el hombre en la zona del hombro derecho.
- Pu… ¡Pues sí! De hecho, para pisar este edificio y el adjunto hay que venir en traje o esmoquin –comentó, improvisando.
- No te lo crees ni tú –respondió John, estallando en carcajadas después.- Te gusta ir de esmoquin y ya está, no pasa nada…
- Eso… -contestó Tony, que no acababa de fiarse de aquel hombre. Juraría que la mancha era sangre.
- Ohp… Sí, je… -dijo Brown, sonriendo después y levantando los brazos en señal de culpabilidad.- ¡Me habéis pillado! Soy de ir con esmoquin… ¿Qué le vamos a hacer?

Los dos jóvenes comenzaron a reír, motivados por la naturaleza extraña de aquel hombre que no sabían qué hacía ahí. Lo siguiente fue rapidísimo. Aprovechando el momento de relajación de los muchachos, Brown cogió dos jeringuillas de su bolsillo interior, y le clavó una de ellas a John en el hombro. Tony, que estaba aún con los ojos cerrados debido a la risa, no se dio cuenta de que el hombre se acercaba hacia él en décimas de segundo. Lo siguiente fue oscuridad.

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Diego dejó reposar la pluma en el tintero, que ya se encontraba semivacío. Se incorporó y estrechó la mano del hombre al que acababa de tomar declaraciones.
- Gracias, Sir Pou –dijo, sonriendo amablemente al caballero que tenía enfrente.- Creo que su testimonio tiene visos de ayudar a resolver este terrible caso.
- Es lo menos que podía haber hecho –respondió Sir Pou, algo contrariado. Miró a Diego a los ojos; este bebía de una copa de whisky que tenía en el escritorio.- Sir Spencer era buen amigo mío. ¿Por qué tendría nadie motivos para matarle?
- Hay mucha gente con oscuros intereses, Sir. Ojalá los supiéramos.

El jefe de policía, la Vicealmirante de la Marina y el Gobernador observaron cómo aquel hombre cerraba la puerta del despacho tras de sí. Stewart Strong miró a Diego, que rellenaba la copa.
- ¿Tienes algo? –preguntó, abriendo ligeramente los brazos.
- Son hipótesis sueltas, nada en físico. Para empezar, es difícil confirmar las coartadas: nos tendríamos que fiar de la palabra de un sospechoso. No tenemos el arma homicida, ni el instante exacto. Y, por lo visto, el pasillo por el que caminaba Sir Spencer estaba completamente vacío, al menos hasta que la limpiadora ha encontrado el cadáver. No ha sido más de minuto y medio, y sin embargo, nos han arrebatado toda base…
- O sea, que no tenemos nada –interrumpió Isabella, algo cansada ya por la verborrea del joven. Éste ignoró el tono áspero de la mujer, y se limitó a responder con cara de frustración.
- Efectivamente. Y no soy optimista, la verdad. Creo que lo mejor será colocarles un agente espía a todos, y…

En ese mismo instante, la puerta se abrió. Entraron dos personas. La primera, una esbelta y bellísima mujer, de cabello castaño y rizado; y el segundo, un anciano pequeño y rechoncho, con cara de preocupación y alzacuello blanco.

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Fue abriendo los ojos; hasta que, finalmente, fue capaz de ver lo que tenía alrededor. Escuchó el familiar sonido de un motor. Ladeó la cabeza. A su izquierda, a través de un cristal, vio un paisaje, casi en totalidad cubierto por una densa niebla. Sin embargo, se adivinaban montañas relativamente cercanas. El automóvil trazaba curvas a través de una carretera sobre la que traqueteaba. Y cuando giró la cabeza hacia la derecha, encontró a un hombre; alto, pálido como la porcelana, pelirrojo y de ojos verdes, manejaba el volante con destreza.
- Buenas tardes, Van –dijo, tratando de disimular su acento norteño.
- ¿Dónde estoy? –protestó el aludido, tratando de ser comedido al darse cuenta de que seguía atado con esposas de Kairoseki.
- ¿Ahora mismo? Saliendo de la Meseta Terralta. Hace cinco minutos hemos pasado a la provincia de O’Bitiland –respondió el chófer, sin alterarse un ápice.

Van recordó, de un momento para otro, el mensaje de la anciana aquella mañana. “Si sois piratas, no vayáis, bajo ningún concepto, a O’Bitiland.” Después recordó la escena del hostal. La anciana, la pistola en la nuca, las esposas. Su mente se puso a dar vueltas. Hasta que le vino a la cabeza la imagen de la noche anterior: el enmascarado, el automóvil. Enlazó las ideas.
- Ya veo… -dijo, casi para sus adentros.
- ¿Decías?
- Decía que qué coño pasa en ese hostal –comentó Van en tono exigente. Aquello de estar secuestrado no le gustaba. No era el lado al que se había acostumbrado. Lo que oyó a continuación le sorprendió y mosqueó al mismo tiempo.
- Señor, me temo que no entiende muy bien su situación.

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Dos horas más tarde…

Anthony pegó un sprint más, hasta colocarse bajo el toldo del mismo bar restaurante del que había salido veinte minutos atrás en busca del par de irresponsables a los que tuvo la desgracia de tener que acompañar aquella tarde. Sentía el chapoteo del agua entre su calcetín y la suela de su bota, sensación que le resultaba bastante desagradable.
- Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda, mierda, mierda –murmuraba, mientras miraba a su alrededor con la estúpida esperanza de encontrárselos ahí.

El reloj de la torre marcaba las cinco menos veinte. Todavía era muy pronto para regresar al hostal, y era completamente descartable que John y Tony lo hubieran hecho. Obviamente, recurrir a la policía era una mala idea. Había dado una vuelta completa al complejo del Palacio de Southminster, sin encontrar ni un rastro. La niebla tampoco facilitaba la tarea.

El hipnótico gotear de su propia ropa le fue suficiente para perderse –otra vez- en su mente. Al parecer, había revuelo en palacio. La gente se había apelotonado alrededor del edificio, así que algo tenía que haber sucedido en los últimos minutos. Había estado tentado de quedarse a mirar, pero la lluvia le resultaba demasiado molesta, y… Se detuvo. Volvió en sí. Relacionó ideas. Revuelo. Suceso. John. Tony. Veinte minutos.

Y se lanzó corriendo a brazos de la lluvia, tratando de cruzar el puente que separaba el bar con el palacio lo antes posible.

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Seis personas caminaban a través del palacio, y acababan de llegar a la entrada principal. Se juntaron en un pequeño corro a diez escasos metros de la puerta. Aquel petit comité, si bien estaba hasta arriba de personas influyentes, no era para nada homogéneo, y destacaba entre el resto de corritos de ricachones por, además del relumbrón de los nombres que lo formaban, no dar una imagen medio seria.
- Entonces, lo de asignar un agente de seguimiento a cada asistente… ¿te parece viable? –preguntó a Sir Whisper Gulligulli, enarcando las cejas, Sir Stewart Strong.
- Joder, no es fácil, pero supongo que se puede hacer –contestó este, aún con su sonrisa de psicópata peligroso inalterada.
- Yo puedo prestaros algunos de mis soldados si es menester –apoyó la Vicealmirante Isabella, que si no tenía el título de “Sir”, era porque no llevaba más de dos días en aquella isla y porque era mujer.
- Yo hoy estoy ocupado –intervino Diego, dando una fuerte calada al recién estrenado puro que tenía en la mano izquierda.- Pero mañana a primera hora repasaré las declaraciones, y os traeré novedades para mediodía, si las hay.
- Yo rezaré por vosotros… -comentó Charles MacAbbeh, en un intento de no quedarse excluido de aquella conversación.
- Creo que le estamos quitando hierro al asunto –dijo Stewart, que no parecía estar del todo de acuerdo con aquello.- Es el Primer Ministro del País. ¿Qué dirá la prensa?
- Stew, nadie conoce al Primer Ministro, seamos honestos… La prensa llenará el periódico de los próximos dos días con las chorradas que digamos al salir, y luego se calmarán las aguas –respondió Gulligulli, haciendo un gesto de insignificancia con la mano.- Creo que el sistema del seguimiento es bueno. Y sobre los soldados de la Vicealmirante, podrían ocupar los puestos de los agentes de policía mientras estos estén de misión.
- No habrá ningún problema por mi parte, os lo puedo asegurar –dijo la susodicha, asintiendo.- Todo por la seguridad.
- Mañana habrá funeral, ¿no? –preguntó MacAbbeh, integrándose de nuevo.
- Obviamente, obviamente.
- ¿Sobre qué hora? –preguntó Whisper. El Abad vaciló.
- Pufffff… No sé, ¿os parece bien a las 18:30?
- Correcto.
- Por mí bien.
- Yo tengo comida con los suegros en Larsat, pero vale –comentó Stewart.
- Contad conmigo.
- Apúntamelo, Glad –dijo Diego, antes de darse cuenta de que su compañera ya había sacado la agenda y el lápiz del bolso.
- Ya voy, ya voy.
- Decidido entonces –finalizó Charles.- Mañana a las 18:30 en la Abadía. Preparaos un discursito emotivo cada uno, al pueblo le gustará.
- Va.

La formalidad de la pintoresca reunión se vio mermada cuando el grupo se dispersó tras un par de cordiales saludos. El Abad enfiló hacia la salida principal; el Gobernador invitó a Isabella, Whisper, Diego y Gladiss a tomar un café, invitación a la cual los dos primeros accedieron gustosos. Los dos segundos, en cambio, andaban atareados y prefirieron dejarlo para otro día.

Se dirigieron hacia la entrada cuando ya no quedaba nadie más de aquel círculo de altas esferas. Se dedicaron una mirada cómplice, y sonrieron tímidamente. Se encontraban ya casi bajo la puerta cuando un DenDen Mushi en el bolso de la joven comenzó a emitir desagradables sonidos.

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10 minutos antes, en las carreteras de la provincia de Downpourton…

Brown lo había pasado francamente mal aquel mediodía. Le había tocado ensuciarse las manos más que de costumbre. Hasta el punto de mancharse no solo las manos, sino también su impecable esmoquin blanco. Abrió la guantera del automóvil, y comprobó con tranquilidad que la sangre de aquellas dos navajas pequeñas se había secado.

Luego, descuidando la conducción por un instante, comprobó que los dos prisioneros seguían dormidos en los asientos traseros. Los había tenido que sedar, cargar con ellos a la espalda, descender por la otra escotilla que había en el Mirador del Campanario a la sala de máquinas, y salir de la torre por la salida de emergencia. Un papelón. Un sonoro “poroporoporoporop” lo sacó de sus lamentos. Descolgó.
- ¿Diga?
- ¿Brown? –dijo una voz al otro lado del aparato.- Brown, ¿dónde estás?
- Pues… A 100 millas de Amparal. ¿Por qué?
- La reunión es a las seis y media…
- Joder, son las cuatro y media, voy sobradísimo…
- Lo que tú digas… Por cierto, tenemos “visitante” hoy. Una cara conocida –se escuchó el ligero sonido de un papel.
- Braunaunau… Entonces te gustará la sorpresa que llevo en el asiento trasero.
- ¿Galletitas?
- No, animal. Dos caras “conocidas”. Informa de ello.
- Oído.

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10 minutos después…

El joven se abría paso entre la muchedumbre. Una gran parte de los curiosos que se habían acercado a los aledaños del palacio acababan de iniciar su pacífica persecución tras un adorable ancianito que había salido, protegido por un paraguas negro, hacia un taxi que le aguardaba aparcado al lado de la acera.

Finalmente sacó la cabeza a un lugar abierto. Sin darse cuenta, había llegado hasta las escaleras de la puerta principal, protegida por dos musculosos guardias. Corría con los ojos cerrados hacia delante.
- ¡Jooooohnn, Toooonyyyy! –exclamó, abalanzándose, a ciegas, al interior del edificio.

Chocó contra alguien. Cuando se sacudió e hizo consciente de la situación, observó que un joven, con traje de seda verde, pelo rubio perfectamente peinado le observaba clavando su mirada en él tras un gesto de sorpresa. La joven que caminaba al lado del trajeado guardaba un DenDen Mushi en el bolso.
- Vaya… Tú eres el de las excavaciones, ¿no? Die…
- Diego Light Orlais; y sí, estaba antes en las excavaciones. ¿Dónde están tus amigos?
- Sobre eso quería hablar… Han desaparecido hace ya un par de horas, no los encuentro por ninguna parte, y…
- Y creías que esto –señaló a toda la gente reunida en las afueras del edificio- era su culpa. Habiendo conocido a tu amigo, yo también lo hubiera supuesto.
- Sí…- contestó Anthony, desconcertado por la certera deducción de Diego.- ¿Los has visto?
- Me temo que no. ¿Los has visto, Glad?
- No, lo siento.
- Vaya… -dijo Anthony, frunciendo el ceño.- Estaba seguro de que estarían aquí…
- Disculpa, pero tengo prisa –comentó el trajeado tras un silencio de 5 tensos segundos.- Aunque si no los encuentras para mañana, puedes contactar conmigo para iniciar una búsqueda. Toma mi tarjeta; en ella está anotada la dirección de la empresa que dirijo, y toda vía de contacto.
- Sí, esto… Gracias… -farfulló Anthony, mientras veía al detective y a su acompañante pasar a su lado.- Su… Supongo.
- Y suerte.
- Sí… Ah, esto… ¿Qué ha sucedido ahí dentro?
- Ah… -el joven pareció desconcertado.- Un suceso… Desagradable. ¡Hasta la vista!

Un taxi se detuvo cerca de la pareja, que ya estaba al borde de la acera. Charlaron durante cerca de medio minuto con el conductor, y, finalmente, entraron en el vehículo y se perdieron en el siempre denso tráfico de la ciudad.
- Habrá que volver al hostal…


Media hora después…

El Desertor dio las gracias al hombre que lo había llevado hasta aquel callejón. Avanzó corriendo bajo la intensísima lluvia. La luz del hostal estaba apagada. <<¿No están?>>, se preguntó a sí mismo. En el adoquinado adivinó huellas de goma, producto de algún derrape realizado por un automóvil.

Aquello no le transmitía buenas vibras. Daba vueltas a su cabeza, mirando a un punto fijo, cuando un sonido le dio un susto de muerte. Un chirrido, producido por la puerta del hostal al abrirse, dio paso a la aparición de una anciana de metro cincuenta y de prominente cabeza. Anthony dio un suspiro de alivio.
- Ho… Hola, señora, soy el inquilino del… piso de arriba –dijo, dubitativo. La anciana tenía los ojos llorosos por alguna razón.- ¿Ha visto a… mis amigos?
- Tus amigos han estado aquí.
- ¡Qué alivio! ¿Están arriba? –la cara de Anthony se iluminó.
- No, no volverán.
- ¿Cómo?
- No volverán. El joven del gorro y el chaleco.
- Van, sí, ¿qué pasa con Van?
- Él no volverá.
- ¿Y eso por qué?
- Porque se ha topado con un muro insalvable.
- Mu… ¿Muro? ¿Qué? –Anthony estaba cada vez más seguro de que aquella vieja estaba loca.
- La Sombra se cierne sobre Downpour. La Sombra es invisible. Ha de ser invisible. El chico vio La Sombra, La Sombra es invisible. Y ahora… Su amigo es invisible también.
- ¿Mi amigo? ¿Qué ha hecho? Qué… ¿Qué hemos hecho?
- Es poderosa…. –dijo la anciana, se dio media vuelta y se dirigió a la cocina del hostal.

Anthony se quedó clavado en el sitio. Por lo visto, “La Sombra” había hecho desaparecer a Van, y quién sabía si también a John y a Tony. Estaba sólo en una isla, desconocida salvo un par de localizaciones en su capital, sin compañía, sin rumbo y sin recursos. Y sin el Whisky que Van había prometido traer.

De pronto, lo recordó. Sacó del bolsillo una tarjeta de autopromoción, y comenzó a leerla con detenimiento.
Orlais & Co. S.L.

Diego Light Orlais
“La Luz que ilumina el camino cuando las cosas se ensombrecen”

New Avenue, 12, Rondinum (Downpour) 325

Contacto: Vía DenDen Mushi, Fax, Correo, Policía Nacional de Downpour
.
Era su única salida. Y no podía esperar hasta el día siguiente.

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Sir Stewart Strong dijo adiós a sus dos invitados, que, ya empachados de café, se dirigían a la puerta de la habitación. La Vicealmirante Isabella abandonó la sala cinco minutos antes que el jefe de policía Whisper Gulligulli. Se topó con sus fieles soldados, que aguardaban en formación en la entrada del Palacio de Southminster.

- ¿Qué tal ha ido la investigación, señora? –preguntó Lady Di, en tono militar.
- ¿Quieres la versión edulcorada o la de verdad?
- Edulcorante… -susurró Pyramid, torciendo el gesto hacia su perro Lázaro, que, sorprendentemente, le contestó con un gesto de complicidad.
- Lo cierto es que prefiero la versión edulcorada.
- Edulcorante…
- ¡Wof, Wof!
- Lo cierto es que nadie tiene puta idea de quién ha sido el asesino, pero como son todos tan elegantes, se limitan a decir que “Sólo hipótesis sueltas, Sir”.
- Esa no es la versión edulcorada…
- Nos han ofrecido alojamiento en el Grand Hotel. Debe ser una auténtica maravilla. Nos vamos, rompan filas.

Un par de pisos más arriba, el Gobernador observaba, de nuevo a través de la ventana, el oscuro panorama que reinaba en la ciudad. Whisper Gulligulli acababa de abandonar la estancia tras una breve charla privada. Lo de aquel día lo mosqueaba soberanamente.

Caminó hasta el escritorio de su despacho, en el que reposaba un pequeño DenDen Mushi de color caoba, que se camuflaba a la perfección en la madera de la mesa. Stewart clavó sus ojos en el comunicador. Éste tenía una cara rechoncha y llena de arrugas, con unas pequeñas gafas de cristal. Y, bajo lo que parecía ser la papada, un alzacuello.

Descolgó, y, al cabo de un par de segundos, se oyó un “chac” desde el otro lado de la línea.
- ¿Ilustrísima? –dijo Sir Strong.
- Ah, Stewart… Quería hablar contigo, en privado. Ya sabes a lo que me refiero.
- …

--------------

18:25, Amparal, Provincia de O’Bitiland.

Había cuatro sillas; tres de ellas estaban dispuestas en fila de manera horizontal. La cuarta, a unos tres metros de distancia, de cara a las demás. Dos hombres traían otras tres sillas. Uno, de altura media y compleción fuerte, cargaba con dos de las mismas, y el otro, espigado y pelirrojo, llevaba una. Ambos vestían de traje.
- Colócalas ahí, Brown –dijo este último, señalando a una esquina de la estancia, que era más bien austera. Unas paredes de madera iluminadas por unas cuantas lámparas.
- Ya voy, ya voy… ¿Para qué quiere el jefe tener a esos tres presentes en la reunión? ¿No se supone que son prisioneros? –dijo el otro. Se escuchó el ruido de un motor apagándose en algún lugar cercano, fuera de ahí.
- Ahí llega. Pregúntaselo a él.

Dos personas bajaron del automóvil, en silencio. Una pequeña cabaña ante ellos. Abrieron la puerta; en el interior, una mesa de madera y una alfombra. Uno de los dos levantó la alfombra, dejando al descubierto una trampilla. Descendieron. Un pasillo. Y al final, otra puerta.

- Sebastian, ayúdame a traer a los prisioneros.
- ¿Dónde están?
- En las celdas 1 y 2. Date prisa, ya están aquí.
- Voy, voy.

David Brown abrió la celda número 1. Dentro, tumbado en el suelo, yacía Van, La Bestia; reputado mafioso de la isla más cercana, WolkenBerge, y, anteriormente, de Downpour. Usuario de una Logia. Sebastian lo había sedado de nuevo instantes antes de llegar a su escondite, de modo que el prisionero no sabía dónde estaba. Tenía unas esposas de kairoseki rodeándole las manos. Brown cogió el cuerpo, cargó con él a la espalda y cerró de nuevo la puerta tras él.

Sebastian Giggs caminó a través de un estrecho pasillo, en cuyo final había una puerta de metal. Y tras ella, reposaban –sedados también- John Conde, pirata de 50 millones de recompensa y usuario de una Paramecia “explosiva” y Tony, usuario a su vez de una Zoan mitológica y, por lo visto, socio del señor Conde. Ambos estaban esposados. Sujetó a cada uno de un pie, y si bien no era tan robusto como Brown, acertó a arrastrar ambos cuerpos a través del pasillo.

Había sido una tarde productiva, sin duda alguna. Tenían la orden de arrestar a La Bestia desde la noche anterior, y Sebastian había preparado una emboscada milimétrica aprovechándose de la información que unos muchachos bajo su mando, que se paseaban por la ciudad como asaltantes, le habían transmitido. Era una cara conocida en los parajes oscuros de la isla por su pasado en la misma, por lo que ya sabía de los sobrenaturales poderes del hombre.

Por otra parte, David Brown tuvo que improvisar un secuestro que no pudo ser más fortuito y que, sin embargo, los llevó a conocer que aquellos tres jóvenes estaban conectados por lazos amistosos. El hombre había identificado a sus presas al poco rato de sedarlos en la Torre del Reloj; hecho facilitado por la lista de carteles de búsqueda y captura que guardaba en la guantera de su automóvil. Y daba gracias a su pericia, pues eso lo llevó a recurrir a las esposas de Kairoseki. John Conde venía siendo noticia además en los últimos periódicos, y su compañero no podía ser sino un aliado.

Llegaron a la sala en la que se celebraría la reunión. Colocaron los cuerpos, aún adormecidos, de los jóvenes sobre las sillas propiamente dispuestas para ello. Tras eso, tomaron asiento en sus respectivas butacas, más centradas en el plano del habitáculo. El primer paso del plan había salido a pedir de boca.


Van entreabrió los ojos. Sin embargo, eso no le ayudó a ver nada más que la negrura, disimulada con un par de lámparas en algún lado del lugar en el que estaba. Lo último que recordaba era un automóvil, un camino que se iba haciendo más y más estrecho. <<Me han vuelto a sedar>>. Cuando entornó los ojos, vio cuatro butacas, colocadas a unos pocos metros de su ubicación. Ladeó la cabeza, y se topó con algo que no se esperaba en absoluto. John y Tony se encontraban en la misma situación que él, aunque aún dormían. El primero comenzaba a moverse y hacer amagos de despertarse.

- Hey –dijo, susurrando.- ¡John!
- Mensmañns…
- Dios, ¿qué hacéis aquí?
- Eh,… Qué… ¡Hostia, Van!

Una puerta al otro lado de la estancia se abrió un escaso segundo antes de que John hubiera pegado el grito que había delatado su estado consciente. Los dos hombres que de antes se hallaban en la sala, así como los recién llegados, clavaron sus miradas en los reclusos.

Ambos, John y Van, abrieron sobremanera los ojos al ver a los dos seres que habían cruzado la puerta y se acercaban, junto a Sebastian y Brown, hacia su esquina. John, a causa de que una de las dos personas era una preciosa mujer, de ojos y cabello castaños, pelo rizado, y vestida con un elegante vestido negro con un extenso corte en los laterales que dejaba entrever sus largas piernas.

Van, a causa del otro, un varón respectivamente alto, que vestía smoking, con una pequeña rosa en el bolsillo izquierdo de la chaqueta. Sin embargo, lo que hizo que La Bestia quedara boquiabierta fue la máscara metálica que cubría el rostro del hombre. Los cuatro se detuvieron ante los jóvenes, que tragaron saliva.

- Bienvenidos, forasteros… -dijo el enmascarado, abriendo sus brazos. Su voz sonaba distorsionada debido al eco metálico que producía la máscara.
- ¿Quién… eres? –susurró Van, mordiéndose el labio. No podía soportar aquella impotencia de saberse incapaz de hacer nada.
- Me divierte que no sepas quién soy, y que yo en cambio sepa todo lo que has hecho durante el día de hoy, “Bestia” –respondió este.
- Contesta a mi pregunta –insistió Van, creciéndose un poco.
- ¿Recuerdas a los que te han asaltado hoy a la mañana en Rondinum? ¿Y los de Dilemburg?
- ¿¡¡Quién eres?!! –gritó Van, ya preso de la ira. Al enmascarado no pareció hacerla gracia la insolencia.
- Soy la noche, la oscuridad. Soy La Sombra.
- No… -susurró John, que se había mantenido al margen.

Los brillantes ojos, casi celestes, de al otro lado de la máscara, se clavaron en el muchacho.
- Tus ojos… -dijo este, clavando los suyos, a su vez, en los del enmascarado.- Te delatan.


Continuará...

PD: Menudo máquina nuestro Tony, buen ritmo llevas xDDD

PD2: Mañana los apuntes para no perder el hilo y un par de cosas que quiero comentar.


Besis de fresis.

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Mié Ene 07, 2015 11:08 pm
por wild animal
Leido el capitulo. Debo decir que ya terminada la trilogia de Vito.

El capitulo como casi todos los de Vito son buenos, aunque me recordó algo la escena y situación de Wolkenberg con el secuestro, pero puede dar un buen giro.

Lo unico que no me agradó es que terminó la acción, llevamos ya bastantes capitulos en Downpour sin alguna escena emocionante, pero eso es culpa de todos :lol: . Debo decir planeo meter algo de emoción al siguiente capitulo, espero les agrade.

En horabuena por el capitulo, quitando lo de la acción es uno muy bueno, y se ha ganado su lugar facilmente entre los demas de este majestuoso proyecto.

Saludos.

PDT: Aun sigo perdido con los personajes y provincias de Downpour, aveces confundo u olvido los nombre y personajes, si alguien tiene un resumen o guia agradecería mucho :lol:

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Vie Ene 09, 2015 10:59 pm
por Vito Corleone
A la petición de wild, mapa de Downpour:
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Sobre lo de la acción. La verdad es que ya me había dado cuenta. Sin embargo, al no tener los Panteras aún una posición de fuerza o ventaja, he decidido no meter todavía poderes ni demás sobrehumanidades, para no romper con la tónica.

Eso sí, a partir de ahora tiene que empezar el desarrollo de la saga, la revelación de que Diego es el que maquinó el asesinato (explicar cómo fue, si necesitáis lo que sea os paso mi esquemilla mental; si no se explica en este capítulo lo explicaré yo en el siguiente, no problem). Por qué mataron a Spencer Gergibond (propongo que supiera algo sobre la Maravilla que Diego buscaba o algo así). La relación del Abad con el Gobernador y los secretos que este esconde, Whisper Gulligulli, el CP5, los Marines, alguna aparición de Bastian a lo mejor... Ir definiendo la saga después de un inicio de misterios y superficialidades. Que vaya saliendo el trasfondo.


Besis de fresis.

Edit: Si no se ve la imagen ahí, pinchar aquí:
http://imgur.com/pDh9988

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Jue Ene 29, 2015 6:37 am
por wild animal
Es un gusto poder escribir aqui de nuevo. Pero no es sobre un capitulo, ya que se ha visto con Vito (traffy para los compas) que propondría él en parte una idea que traía yo, pero por tiempo no podré :( . Aunque debo decir que es un honor nuestro nakama lo hará.

Entonces ¿a que vengo?, facil. Recordemos que una saga sale mejor cuando tenemos algo preparado de antemano, una idea, un boceto inicial. Por MPs con Tony ha salido una idea, que os presento ahora:

La isla del tesoro
¿De que va? La idea es simple. Ya que los panteras por fin serán una banda establecida (y tal vez conocida) con la incorporación de Diego, ya es momento para hacer algo realmente como banda. Hasta ahora solo han sido unos desconocidos que andan por ahí en una barca, provocando destrucción pero igual nadie los conoce. Es hora de enfrentar retos verdaderamente piratiles, y sobre todo a otros piratas.

La idea es una isla, alguna diferente, donde hay que competir con otras bandas para conseguir un cofre, podría ser una semi-busqueda del tesoro (el juego), combates, competencias, etc.

No lo vean como un Daby back fight por que no es así, esto es algo mas grande. Imaginen a unas 4, 5 o 6 bandas, todas compitiendo, tal vez con algunos (o muchos) miembros fuertes o con habilidades que nos jodan bastane, y sobre todo aprovechar las habilidades de los panteras: la espontaniedad y astucia de John, la mente fria de Antony, el vuelo y habilidades animales de Tony, las brutalidad e instinto salvajes de van, y la astucia detectivesca de Diego.

Podría ser una saga que cumpla muchos objetivos, el primero es meter por fin acción, presentar personajes Dresrrosianos, dar a conocer por fin a la banda (si es que no lo hace antes) al mundo, y hacerse con una reputación. Otro objetivo importante es deberíamos meter a un nuevo nakama en la saga siguiente (que nadie quiere esperar 2 años a que pase a la que siga de esa jaja)

Espero les agrade, ¿que opinan?




Por cierto, hace mucho dejamos los rostros aparte, así que creo es momento para volver a retomarlos. Aqui mis propuestas.

Stewart Strong = Ryan Gosling Se le describe no muy viejo, algo atractivo, con un toque elegante.
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Gladis Novia/secretaria de Diego = Emma Watson Se le describe bella y elegante, ¿quien mas bella que Emma?
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Bastian = Zach McGowan Cabello largo, gabardina, es un pirata del nuevo mundo experimentado. No es fuerte pero trae sus musculos. Zach McGowan ha hecho de un pirata cruel y despiadado en la serie Black Sails, creo le viene perfecto
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Espero les agrade, y si pueden dejen su opinion.

Saludos.

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Jue Feb 05, 2015 12:57 am
por Vito Corleone
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Capítulo 52
DOCE ELEFANTES

La noche había caído ya sobre la isla de Downpour. Si bien la luna no se veía a causa de los nubarrones que mojaban, incesantes, los edificios, carreteras, prados, lagos –que estaban a rebosar- y montañas de la isla. Un automóvil recorría el extenso camino desde un alejado pueblo de la provincia de O’Bitiland hasta la capital. Y a lo lejos ya se adivinaban luces.

Una mujer, de esbelta figura y bellas facciones, se sentaba al volante, procurando ver lo máximo posible a través del empapado parabrisas. Y un hombre, vestido con smoking desde la cabeza hasta los pies, permanecía en silencio en el asiento del copiloto. Y, pese a estar en lo que parecía ser un lugar bastante privado, una máscara metálica le cubría toda la cara salvo la zona de los ojos, brillantes como pocos.
- Nadie nos ve aquí –dijo la mujer.
- Lo sé –contestó el otro. La máscara provocaba un extraño eco, lo cual hacía casi irreconocible la voz.- Pero no me parece adecuado. Definitivamente, no me la quitaré.
- Tú verás…

Hubo un silencio a continuación, que se extendió durante algo más de medio minuto. Al final, el enmascarado habló de nuevo, aun manteniéndose ambos impasibles.
- ¿Los habéis sedado bien?
- Brown es un experto en el tema, ya lo sabes. Ese grupito no escapará de las celdas, y aunque lo hagan, es imposible que estando esposados puedan batir a Sebastian y a David armados.
- Eso está bien…


Un par de horas antes…

El hombre enmascarado permaneció observando al joven que había lanzado al aire semejante deducción. Nadie hablaba. Por temor, por incertidumbre. El silencio, sepulcral, era cuanto menos inquietante. David Brown dio un paso al frente hasta colocarse a la par que el hombre vestido de smoking. Este estiró el brazo para evitar que fuera más allá, pues le veía la intención de pegar al joven.
- Quieto, Dave –dijo, en un tono que se adivinó seco pese al estruendo del metal.- Quiero saber qué más tiene que decir nuestro amigo John Conde –devolvió su mirada al muchacho, que permanecía callado.
- En realidad… No veo en tus ojos la confianza que requiere ser alguien que se hace llamar “La Sombra” en un tono tan superior, ¿no crees?

Nadie contestó. Los rostros parecían inalterables, tanto los de los secuestradores como los de los secuestrados. Giggs, finalmente, no pudo evitar soltar una especie de risa trompetera por la boca.
- En… ¿En serio? –dijo, en claro tono burlón. Contrastaba con las facciones tensas que mostraba en los instantes previos.- ¡Resulta que nuestro chiquillo es un detective de primerísima clase! Confianza… Tienes ante ti al hombre más peligroso de Downpour, chaval.
- Suficiente, Sebastian –regañó el enmascarado.- Sedadlos y encerradlos hasta nueva orden. Iniciaremos la reunión en breves, daos prisa.
- ¡Hijo de puta! –exclamó John sacando la lengua fuera, una décima de segundo antes de que notara un fuerte pinchazo en el hombro.




El coche viró bruscamente en un estrecho callejón, y frenó. Las palabras habían estado vetadas desde aquellas últimas del enmascarado que aprobaban el nivel de seguridad a la que se sometía a las víctimas. El hombre del esmoquin salió. Su rostro apenas se veía a causa de la intensísima lluvia.
- Estaremos en contacto –dijo la muchacha del volante.
- No lo dudes –contestó el otro. Se quitó la máscara, y se llevó las manos a los ojos. Dio las gracias por el viaje y se marchó.

Gladis arrancó el motor, que rugió con estruendo antes de dar media vuelta y recorrer unos cuantos callejones hasta incorporarse a la red principal de carreteras de la ciudad. Se dirigió al distrito de Grayhall y Southminster, su parada definitiva en aquel movido día. <<El primero de muchos>>, pensó.

Miró a través del cristal. Las luces de la ciudad se casaban con las gotas de lluvia pasajeras, transparentando el ámbar predominante. Cerró los ojos por un momento. Sentía poder estar tranquila por primera vez en las últimas veinticuatro horas. Recorrió calles. Distritos enteros, barrios. Cuando pasó enfrente del Palacio y de la torre, un escalofrío recorrió su espalda. Finalmente viró sobre mojado, adentrándose en el barrio más lujoso de toda la ciudad. Y, enfrente de una mansión de considerable tamaño, se detuvo.

Sacó unas pequeñas pero ornamentadas llaves de su bolso, y abrió la puerta de metal que daba paso al decorado y no muy extenso jardín que servía de entrada al hogar. Notaba las persistentes gotas de lluvia golpearla en la cabeza y recorrer su delicada cara después. Le gustaba, le transmitía paz. Corrió hasta la puerta principal, y la abrió tan rápido como pudo. Una vez dentro, respiró e inspiró profundamente. Una voz, dulce y tenaz a la vez, la llamó desde el comedor.
- ¿Glad? ¿Eres tú?
- ¡Sí, soy yo!

Y, con un delantal de cocinero sobre un atuendo algo más informal de lo que acostumbraba a llevar, apareció, dedicando la más sincera de sus sonrisas a la recién llegada. Esta no pudo evitar devolvérsela. Diego Orlais no acostumbraba a cocinar, pues llegaba tarde a casa, y normalmente cenaba en algún restaurante antes de hacerlo. Tampoco almorzaba en sus aposentos, pues el trabajo lo solía tener ocupado. Pero aquel día merecía, sin duda, una estupenda cena a modo de colofón. Se dieron un pequeño beso, y, sin mediar palabra, caminaron hasta el comedor.


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No le gustaba la lluvia. Odiaba la lluvia. Se refugiaba, siempre que hubiera opción, bajo techo. En espacios abiertos o cerrados, en extensos o angostos, un lugar en el que cobijarse cuando las nubes descargaban era lo que más agradecía. Y, malditos horarios lugareños, a aquellas horas no había más que bares y establecimientos cerrados, con sus respectivos toldos recogidos. Así que tuvo que conformarse con el desagradable contacto de las frías gotas, que se colaban por donde querían con tal de rozar su robusta piel. Apretó los dientes.

No le gustaba el frío. Odiaba el frío. Se cubría, siempre que hubiera necesidad, con gruesos abrigos de buen cuero. En terrenos de suelos helados o simplemente de clima gélido, en lugares frecuentados e inhóspitos, un atuendo con el que resguardarse era lo que más agradecía. Y, maldita su incomprensible buena voluntad, no tuvo intención de robar en ninguna tienda de abrigos. Así que tuvo que conformarse con la frígida brisa que azotaba su endeble figura, que mezclado con la lluvia, bien podría apagar los fuegos del averno.

Cerró los ojos y alzó la cara, dejando que las gotas apaciguaran el dolor de su castigado rostro. En cierto modo agradecía aquel baño divino, sin dejar de resultarle desagradable. Permanecía de pie, en aquel parque de roble frecuente, esperando el momento idóneo. No había nadie cerca. Media ciudad dormía, y la otra mitad circulaba por las congestionadas vías, tratando de arribar lo antes posible a su destino.

Ante su cuerpo, inmóvil y perezoso, se alzaba majestuoso uno de los monumentos más significativos de la ciudad. Y, sin duda, una de sus vistas más hermosas se hallaba cien metros en línea recta más allá. Las luces exteriores del edificio se encendieron, señal de que las interiores se apagaban para no encenderse hasta el alba. Caminó.

La llamaban “El hogar de los Sabios”. Diversas ornamentaciones sobre un sólido sistema arquitectónico gótico. Todo culminado en un espectacular torreón que se erigía como amo y señor de aquella cara de la Biblioteca de Rondinum.

El hombre siguió caminando, acercándose cada vez más a la iglesia, clavando su mirada en la nada. Musitaba. “Donde la tierra y el cielo se unen, el Santo guiara tu camino, y la corona te hará rey. Tierra… Cielo… Infierno. Y algún día… Todo será uno…”

De pronto, desapareció de la vista de cualquier persona que podía haber estado ahí.

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Una y media de la madrugada. Las calles se presentaban ya vacías casi en su totalidad, pudo adivinar el Gobernador, Sir Stewart Strong, desde la ventana de su despacho en el Palacio de Southminster. Sumido en sus pensamientos, no se dio cuenta de que alguien atravesó la puerta de la estancia hasta que esa persona abrió la boca para hablar.
- Está todo arreglado con la prensa –dijo Whisper Gulligulli. Su macabra y psicopática sonrisa puso nervioso por un momento a Stewart.- Pondrán una noticia falsa sobre un infarto en una esquina de la portada y la mayoría de la página la ocuparán fotografías de la fiesta y del desembarco de la vicealmirante.
- ¿Cuánto has tenido que pagar? –preguntó el Gobernador, sin dirigir su mirada al jefe de policía.
- Casi tres millones por no hacerlo pública la próxima.
- Tenemos una semana entonces… Si no se entera la gente antes. Hay muchos curiosos en la ciudad, alguno se dará cuenta. O los asistentes. Podría írsele la lengua a alguno.
- Son gente podrida, Sir –contestó Whisper.- Hemos sobornado a cada uno con veinte mil Berris por no abrir la boca durante una semana, junto a una agradable amenaza de muerte si incumplen lo pactado. El peligro es real, pero las opciones han disminuido.
- En total, los gastos aumentan a más de seis millones y medio, ¿verdad?
- Sí, superan esa cifra ligeramente –ladeó la cabeza ligeramente, resignado.

No hubo conversación durante el próximo minuto. Sir Stewart Strong continuó pasmado ante la ventana del Palacio, y Whisper Gulligulli permaneció de pie, con los brazos cruzados, ante la pasividad del jefe de estado.
- Whisper… Eres lo suficientemente inteligente como para saber que todo esto tiene un porqué bastante claro, ¿correcto?
- Afirmativo, Sir. Desde el momento en que he visto el cadáver.
- Sir Gergibond lo sabía, Whisper. Todo. Y alguien sabía que Spencer poseía información. Hay poca gente, Whisper. El Abad, los Ilustrados y los dos que estamos en esta puta habitación –subió ligeramente de tono.
- Sin duda es una situación bastante crítica, Sir –contestó el jefe de policía, tratando de apaciguar al Gobernador.
- ¡¿Crítica?! –comenzó a moverse y a gesticular tajantemente, rozando la violencia.- ¡Hay alguien ahí fuera que lo busca, Whisper! Hay alguien que lo sabe, si no todo, la gran mayoría de las cosas…
- Hay rumores de que La Sombra ha vuelto, Sir.
- ¡¿Y dónde está?! –exclamó Strong.- ¡¿Dónde está ese bastardo que lleva huyendo de la autoridad, ocultando su rostro tras una máscara, durante casi dos años?! –empujó airadamente un recipiente de porcelana al suelo rompiéndola, ante la perplejidad de Whisper.- ¿Acaso es que el cuerpo de policía está formado por ¡INÚTILES!? Un hombre, Whisper. ¡UNO! Ha encontrado la forma de entrar en el palacio, en MI palacio, sabotear el sistema de vigilancia, asesinar al Primer Ministro del país ¡¡y huir sin ser visto con un cuchillo de medio metro en la mano!! Consigue dar esquinazo al mejor detective que han visto mis ojos –se mostraba completamente pasional e iracundo en sus gestos.
- …
- ¡A Diego! ¡Ese chaval tiene una de las mentes con más potencial que he visto en mi puta vida! –se golpeó la sien con el índice. Su respiración era ansiosa.- ¡¡Si La Sombra “ha vuelto” es que nunca se ha ido, Whisper!! –se puso a escasos centímetros de Gulligulli, desafiante.- ¡¡Y está MUY CLARO que nos ataca con todo esta vez!! ¡¡CONTESTA!! ¡¡¿UN HOMBRE, UN PUTO MISERABLE MALNACIDO VA A DESTRUIR TODO UN SISTEMA POLÍTICO, WHISPER?!!

El jefe de policía, en un alarde de velocidad, enganchó a Strong por la camisa, y clavó su mirada en él. Su sonrisa había desaparecido, dejando lugar a la expresión más vacía que el Gobernador había visto jamás. Los ojos de color esmeralda del jefe de policía se clavaron como dagas en los de Stewart, que pareció tranquilizarse a los segundos, probablemente por una mezcla entre respeto y temor.
- Debería mantener un poco la compostura, Sir. Perder la calma nunca es bueno, menos en situaciones como esta. Ataremos a La Sombra antes de que lance su siguiente ataque.
- Lo siento, Whisper –contestó Strong, recuperando el aliento.- Lo siento, de verdad. He perdido… los nervios, no volverá… a pasar. Lo siento.

Gulligulli soltó al Gobernador, que permaneció de pie un par de segundos, y acto seguido buscó la butaca más cercana. Antes cogió un puro y se lo procuró. El ambiente, absolutamente tenso, se había relajado hasta el punto de parecer onírico. El jefe de policía tomó asiento también.
- ¿Diego lo sabe? Me refiero a…
- No. Es un crío. Podría ser de mucha ayuda, pero no entendería la importancia de esto. No quiero que se vea mezclado, además.

Sonó un DenDen Mushi. El que había dado pie a toda aquella conversación. Aquel con alzacuello blanco, gafas redondas y tez arrugada. Stewart hizo ademán de contestar, pero Whisper Gulligulli se prestó a hacerlo.
- ¿Diga?
- ¿Con… quién hablo? –preguntó una voz anciana, al darse cuenta de que no era el Gobernador.
- Con Whisper Gulligulli, jefe de policía. No se preocupe, Ilustrísima, estoy al tanto de todo.
- ¿Jefe de policía? Mejor que mejor. ¿Está Sir Strong ahí?
- Sí, fuma un puro justo a mi lado. ¿Quiere que le pase?
- No, gracias. Pero, por el amor de Dios, vengan cuanto antes.
- ¿A la Abadía? ¿A estas horas de la noche? –preguntó extrañado Whisper.- Puedo enviar una unidad de asistencia policial si es lo que necesita.
- No, no, ¡no! Vengan los dos. ¡Y deprisa! –colgó.
- ¿Qué quería? –dijo Stewart, con gesto de preocupación. Gulligulli ya se había incorporado y se dirigía a la puerta.
- Dice que vayamos inmediatamente a la Abadía. Parece ser urgente.


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O’Bitiland, 03:00 a.m.

- ¡¡CAAAABROOOONEEEESS!! –exclamaron los tres al unísono.

No hubo respuesta. Los tres se miraron, y, sin mediar palabra, corrieron a la vez hacia la puerta metálica que los separaba de la libertad con un sonoro <<¡¡AAAAH!!>>. La puerta no se rompió. El metal que les rodeaba las manos no sólo anulaba sus extraordinarios poderes, sino que los debilitaba hasta el punto de no ser capaces de romper una miserable portezuela de calabozo.

- Esto es lamentable –comentó Van, jadeando.
- Lo es –contestó John, dando débiles pataditas a la puerta desde el suelo.
- No nos teníamos que haber alejado de Anthony. No teníamos que haberlo hecho –se castigaba mientras tanto Tony, tumbado en el suelo.
- ¿Dónde está cuando lo necesitas?

Una voz sonó al otro lado de la celda. David Brown se acercaba, con unas pequeñas jeringuillas en la mano, al lugar donde permanecían encerrados los tres jóvenes que, por una razón o por otra, tuvieron contacto con los planes que habían llevado a cabo durante aquel día.
- ¿Queréis callaros, bastardos? –exclamó.- Así no hay quien eche una cabezadita…
- Nos callaremos… -respondió John, dispuesto a negociar.- ¡Si nos sueltas!
- Ahora mismo… -contestó Brown, en claro tono irónico.
- ¡Cojonudo! –sonrió John.
- Prrf…

David dio media vuelta y se dirigió a la zona de dormitorios, no sin antes cerciorarse de que Sebastian seguía montando guardia en la entrada. El pelirrojo seguía impasible en la entrada de la sala donde horas antes había tenido lugar la reunión que marcaría su futuro a corto, medio y largo plazo. Hipotecarían su futuro en pos de un plan, que, si bien arriesgado, se había demostrado posible. Estadísticas en mano, el porcentaje de éxito era muy alto.

Y sin embargo no estaba del todo tranquilo. Esa sensación de vértigo previa a la machada, a la acción. Ese estómago revuelto ante la incertidumbre del error humano, en una planificación sin fisuras. Se preguntó si el resto se encontraría en la misma situación. Esbozó una tierna sonrisa, algo extraño en un hombre como él, caminó hasta el final de un pasillo tras recorrer una especie de pequeño y enraizado laberinto, y se sentó en una de las butacas que había en la estancia, dispuesto a dormir hasta que tocara cambio de guardia.


Las celdas eran sucias y húmedas, como la inmensa mayoría de las celdas. Por eso seguían tres jóvenes, incansables en su esfuerzo, tratando de derribar una puerta de metal que no daba visos de ir a romperse.
- ¡Ábrete, sésamo! –probó John, sin fortuna.
- Así no se va a abrir, memo –regañó Tony.- ¡Avada Kedavra!

Previsiblemente, no sucedió nada. Frustrados, tanto John como Tony se sentaron en el suelo. Van los observaba atentamente, con gesto de desaprobación.
- No tenéis ni puta idea de cómo se abre una puerta metálica.
- ¿Con llave? Gracias, genio, no lo sabíamos –protestó el Grifo.
- Pues esta, casualmente, no –dijo el serio pero eficaz Van.- No tiene cerradura ni pomo por dentro, y lo más importante: se cierran y abren sin necesidad de bisagra –señaló a una de las esquinas de la apertura.- Apostaría por una clave numérica que…
- ¡¡Dos!! –exclamó John. Sus amigos lo miraron con una ceja enarcada.
- … Que generalmente suele ser de cuatro cifras –finalizó el ex mafioso.
- ¡¡Dos, dos, dos, DOS!! –repitió John, casi desgañitándose.
- Imbé… -comenzó a decir Tony.

No pudo terminar, el asombro no le dejó. La puerta metálica se abrió con estruendo ante sus narices. Los tres, el sorprendente genio de los números incluido, se quedaron pasmados ante el suceso. Se dirigieron una mirada de incredulidad, justo antes de escuchar la característica voz de Sebastian gritar.
- ¡¿Qué coño ha pasado ahí?!

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La habitación estaba sumida en la más profunda oscuridad, y no se oían más que dos respiraciones acompasadas. Era un dormitorio muy amplio, con una gran cama apoyada a la pared, pero bastante vacía por lo demás. Una mesita de noche a cada lado de la cama, un armario de madera ornamentado, una encimera en la entrada y un brillante suelo de cálido ébano. Y respiraciones.

Dos personas, que de juntos que estaban parecían una sola, dormían en el centro del lecho. Diego abrió sus ojos, relucientes aún en la oscuridad. Se encontró abrazado a Glad, que dormía, ajena a todo. El joven sonrió. Con su mano, temblorosa, acarició la suave piel desnuda de la muchacha, palmo a palmo. Se incorporó y miró al discreto reloj que había sobre la mesilla de noche. Las tres de la madrugada.

Salió de la habitación, y caminó hasta el cuarto de baño. Se empapó la cara, acercándola al lustroso lavabo, y se miró en el espejo. Se miró en su pureza, todo lo que la noche otorgaba a aquellos deambulantes de pasillos que en aquel momento, pensó, estarían empapándose la cara también. Dedicó un instante luego a sus ojos. Y a la cicatriz que cruzaba uno de ellos. Imágenes.

“¡Déjame en paz!”

Notó las lágrimas golpear con fuerza. Y las dejó salir. No le gustaba llorar, pero asumía hacerlo.

“¡No escaparás, enano ladrón hijo de puta!”

Con la mente en otra parte, se llevó la mano derecha al pecho, buscando algo. Pero se percató de que en aquel momento no llevaba corbata, no podía ajustársela. Se rascó la ligera barba que rodeaba su boca. Nunca dejaba que creciera demasiado, ni se la quitaba del todo. No era por cuestiones estéticas, sino para reconocerse como un adulto. Tenía cara de niño, algo común a sus 17 años, pero no se veía como tal. Desde pequeño había hecho gala de una madurez impropia de su edad, había sabido comportarse como un adulto respetable, y, pese a todo, la gente, de no ser porque era ya alguien con el título nobiliario de “Sir”, seguiría tratándolo como a un niño, algo más educado, pero un niño al fin y al cabo.

“Chsst… Eh, “Rubito”, ¡aquí! ¡Ven aquí!”

Dedicó una mirada a Glad. Había terminado por quererla mucho. No pudo evitar esbozar una sonrisa. Volvió a echar un poco de agua sobre sus ojos y mejillas, para limpiar las lágrimas. Salió del cuarto de baño, y se dirigió al vestidor, un par de pasillos más allá. Abrió un armario, del cual sacó un abrigo marinero oscuro como la noche. De otro sacó una camisa blanca y una corbata negra, negra como los pantalones que se puso a continuación. Se calzó unas botas azabaches, y se acercó de nuevo al dormitorio. Se sentó sobre la cama, de cara a la muchacha. Sonrió, y le dio un beso en la frente. Después, se levantó y caminó hasta la entrada de la mansión, no sin antes guardar un pequeño DenDen Mushi en el bolsillo. Cogió un paraguas y abrió la puerta. Miró al exterior, y tomó aire. Llovía. A cántaros. Mejor aún. A Diego le gustaba pasear bajo la lluvia por la noche. Cuando nadie más lo hacía. Cuando podía estar sólo consigo mismo. Cuando podía pensar.

El mundo era más bello por la noche. Rondinum era más bella por la noche. Y Glad brillaba en su mente como la más rutilante de las estrellas.



Larsat, noroeste de Downpour; provincia de O’Bitiland

Henry MacMoyes trabajaba durante todo el día. 24 horas ininterrumpidas. Y pese a que únicamente lo hacía dos días a la semana, los cinco restantes le eran necesarios para recuperar fuerzas. No trabajaba 24 horas consecutivas. Trabajaba 48, lo que venía a ser un fin de semana completo. Y aquella noche que servía de puente entre el sábado y el domingo se había sentado en su despacho con la terrible noticia del asesinato de Sir Spencer Gergibond en mente.

Era de cabello rubio y ciertamente ondulado, ojos azules, casi grisáceos, y una tez muy arrugada pese a que no pasaba de los cincuenta años. Vestía un sencillo traje de oficina, con americana, camisa y corbata.

Abrió uno de los 30 cajones de su escritorio circular, en el cual se movía con facilidad gracias a una silla giratoria. Sacó un gran montón de papeles, y los colocó sobre la mesa. Facturas de gastos de toda la provincia de Downpourton. Comenzó a revisarlas y, tal y como se esperaba, se encontró más de diez irregularidades en la primera página.

Aaron Abbot.
Ciudad: Amparal.
Calle: Sand Avenue 5, 3rd C
A pagar: 1439 Berries
Pagado: 392 Berries.

Enarcó las cejas. La falta era, sin duda, grave. Bajó la vista, tratando de buscar alguna barbaridad equiparable. Y vaya si la encontró. Encontró unas cuantas. Sin fijarse siquiera en los nombres, ojeó los papeles, encontrando más de cinco irregularidades en cada página. Un sudor frío recorrió su arrugada frente.

No había muchos que supieran tan bien como él lo mal que vivía la gran mayoría de gente en aquel país. Y en los últimos tres años, además, la exportación de kairoseki extraído de las Minas de Terralta había descendido exponencialmente, con lo cual la economía estatal tampoco estaba para echar cohetes. La solución impuesta había sido incrementar los impuestos hasta un punto en que los habitantes no podían más que lamentarse y pagar lo que podían.

Marcó con una pluma estilográfica de tinta roja los nombres de los que habían cometido impagos y se incorporó, cogiendo un pequeño DenDen Mushi. Llamó y esperó, hasta que obtuvo respuesta desde el otro lado.
- ¿Moisey? –preguntó una voz, sorprendentemente despierto para las horas que eran.
- ¿Stew? –respondió este.- Sí, soy yo. Era… Te llamaba para informarte de irregularidades; en el pago de las facturas, ya sabes.
-
- Me preguntaba qué hacer al respecto.
- ¿No fuiste policía hasta hace un par de años? Joder, te veo tímido…
- Sí, jejeje, esto…
- Que manden a los cabeza de familia a las minas tres meses y les paguen un sueldo de recibo. Estoy ocupado, Henry. Gracias por informar, y hasta mañana.
- Sí, gracias, Stew. Gracias. Adiós.

Colgó. El 50% de los hombres destinados a las Minas de Terralta no regresaban a sus hogares. El 20% lo hacían enfermos. Y Henry MacMoyes, que había sido el capitán más rudo que la isla hubiera conocido, sintió lástima por aquellas familias que perderían parte de su ser. Pero ese era el precio a pagar por una vida en Downpour.

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Sebastian Giggs llegó todo lo rápido que pudo al lugar donde había escuchado el ruido. Y se quedó patidifuso con lo que se encontró. Nada. Una puerta metálica de clave electrónico numérico por control de voz, abierta de par en par, como por arte de magia. Se abalanzó al interior. Nada. Nadie. Un escalofrío recorrió su espalda. Una voz, bastante familiar, lo sorprendió desde la retaguardia.

- No se mueva, Sir –escuchó, y luego todo fue oscuridad y silencio.

John y Tony habían huido a toda leche de la celda para no ser vistos, y habían torcido en la esquina más cercana para quedarse mirando después. Van, en cambio, prefirió quedarse pegado a la pared opuesta a la que estaba la puerta, seguro de que el que viniera no se percataría de su presencia. Además, su figura quedaba entre las sombras que los semi-apagados focos dejaban entre sí. El golpe había sido rápido y preciso. Sebastian Giggs yacía en el suelo con un buen chichón en la nuca.

- Le has atizado con los grilletes –dijo Tony, señalando a la víctima.
- Lo he hecho.
- Ha quedado muy bien –optimizó John.- La escena, en cómputo general, ha estado bien.
- ¿Y ahora? –preguntó el mafioso.
- No sé –contestó Conde.- Los demás no han venido, así que supongo que no están aquí.

Los muchachos caminaron siguiendo la flecha verde que señalaba hacia la salida de emergencia del lugar; no había duda de que los secuestradores no se esperaban ninguna fuga. Recorrieron –de puntillas- un par de pasillos y salas –en una de las cuales se había dado el desencuentro con el hombre enmascarado y los que parecían ser sus secuaces-, hasta encontrar una especie de trastero minúsculo pero alto con unas escaleras metálicas que conducían a una trampilla en el techo.

John subió primero. Le siguió Tony, y Van cerró la comitiva iniciando la subida como último hombre. Conde empujó la trampilla, saliendo al exterior de la misma como una bala de cañón. Esperaba encontrarse en algún bosque. En algún descampado. Sin embargo, se encontró en la más absoluta oscuridad. Pronto se dio cuenta de que estaba cubierto por un tapiz que se encargó de apartar. Vio una pequeña sala, modesta y rústica, con una pequeña chimenea al lado. Un par de butacas, un diminuto lienzo. Suelo de madera de roble, nada especial a primera vista. Y se acordó.
- Seguimos con los grilletes puestos –dijo.
- Joder, es verdad –respondió Van, que todavía estaba con la dulce resaca de la venganza contra el pelirrojo. Y por ende, algo atolondrado.
- Que… ¿Queréis que vuelva? –preguntó Tony, que no sabía si mirar arriba o abajo.
- Iremos todos. Si nos encuentra alguien los tres lo reduciremos más fácilmente.
- Habrá que ir… -finalizó Van, comenzando a descender de nuevo.

Una decena de pasillos más allá, David Brown abrió los ojos.

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No era un buen lugar ni un buen momento para pasear para alguien que había pasado toda su vida en el desierto. Y eso a pesar de que en las últimas fechas Anthony había visto terrenos de todo tipo. Boscosos y paradisíacos, gélidos y nevados, vacíos y oscuros… Había visto rocas flotar. Pero el suplicio de Rondinum tenía todas las papeletas de quedársele grabado a fuego –más bien a lluvia- en la mente. No había visto a las nubes despotricar con tan mala leche desde que tenía uso de razón. Y dudaba de si volvería a hacerlo.

Pero no podía detenerse. Tenía un sitio al que llegar. Y, a juzgar por lo que había preguntado a las almas en pena –borrachas como cubas- que sobrevivían a aquellas horas, estaba aún lejos de hacerlo. Hacía diez minutos que había preguntado y le habían indicado que, siguiendo los carteles señalizadores, llegaría en poco más de una hora. Y no había taxis. Y tenía mojadas partes del cuerpo que ni siquiera sabía que existían. Quiso gritar, pero tampoco era una buena idea despertar a todo el vecindario y atraer a la policía. Aunque a lo mejor la policía podía haberlo ayudado, Anthony no confiaba en las autoridades. Correr tampoco era una solución: tenía las botas encharcadas y hacían un desagradable “chof, chof”.

Así que siguió su odisea por las calles. Había salido tras cenar, y ya llevaba tres horas. Los pies empezaban a dolerle. Pensó, siendo sarcástico consigo mismo, que en lugar de “Desertor Blanco” lo llamarían “Peregrino Nocturno”, lo cual sonaba mucho peor. Caminó hasta situarse a la altura del río Thames. Sin ruido el susurro del agua era más bello. Sin luz el brillo de la luna se reflejaba mejor en la reflectante acera. Y sin un abrigo grueso, Anthony iba camino de cogerse una neumonía como nunca antes se había visto.

No había nadie a su alrededor, al menos nadie que la lluvia le permitiera ver. Y eso, al contrario de la mayoría de la gente, le proporcionaba una sensación de seguridad bastante agradable. De pronto, algo lo golpeó. No vio nada, no vio qué o quién era. Cayó al suelo, se golpeó la cabeza. Escuchó un fuerte “clonc” a un par de metros y luego todo se calmó.

- Qué cojones…

No vio a nadie. No vio nada alejarse, sin pedir la más miserable disculpa. Se llevó la mano a la nuca, y se palpó. Tenía una pequeña herida de la cual manaba sangre en cantidad despreciable. Pero el golpe había sido malo, veía algo borroso. A perro malo, todo son pulgas, pensó. Se dispuso a continuar su ruta, pero tropezó con algo. Bajó la mirada. Era una máscara metálica.

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No debía haber más de quinientas personas en la calle, pensó Diego. Incluso podían ser menos. El tiempo era propicio para pocos. La lluvia le era indiferente a una pequeña parte de esos pocos. Y gustaba a no más de una decena de elegidos. Se sentía afortunado de pertenecer a ese selecto grupo. Tanto que ni siquiera había abierto el paraguas, a costa de calarse hasta los huesos. Daba igual. Le gustaba. La noche. La lluvia. Caminar.

Eran ya las tres y media pasadas, y había recorrido buena parte del barrio residencial en el cual tenía la mansión. El barrio estaba situado en una pequeña colina en el centro de la ciudad, accesible por medio de unas lujosísimas escaleras doradas para los peatones –propiamente vigiladas por la policía- y un precioso camino, bordeado por árboles y cubierto por unas pérgolas a las cuales se encaramaban flores de rosas, para los automóviles. Diego escupió, y se acercó al mirador del barrio. Las vistas no eran, ni de lejos, tan espectaculares como las que ofrecía la Torre del Reloj, pero se veía la mayoría del distrito de Grayhall y Southminster, salvo la esquina donde estaba el barrio, llamado Holyhill por los habitantes más “corrientes”. El joven sonrió, y se regañó. Odiaba ser tratado como alguien superior al resto. Y, sin embargo, sabía que para sobrevivir y vivir plácidamente, era necesario el afecto fingido mutuo.

Dedicó unos segundos a observar la empapada paz de la ciudad. No se oían bocinas. Ni gritos. El retumbar de las gotas contra el suelo era el único alterador del silencio. Definitivamente, la noche lo curaba. Curaba su mente, liberaba su pensamiento. Era su paraíso. Lo mejor de todo era la sensación de despertarse la mañana siguiente, con la incertidumbre de si había sido real o había sido el sueño más dulce que una mente humana pudiera concebir.

Todo era tan perfecto que no pudo ser sino un sueño que tuvo triste despertar. Los ojos de Diego se posaron en la Abadía de Southminster, iluminada en su exterior. Pero algo no parecía ir bien. En el enorme rosetón de la fachada Este, reflectaban ligeramente luces azules y rojas. Igualmente, si uno se fijaba, se extendían a toda la fachada de la iglesia e incluso a los alrededores. Tragó saliva. Algo había sucedido, y no sabía qué.

Descendió a toda prisa las escaleras doradas, y ladeó la cabeza hasta ver un coche parado. Se acercó, y con estudiada potencia, dio un severo y seco golpe a la puerta, que se abrió para lo que el joven gustara. Se acomodó en el asiento delantero derecho y cerró la puerta con igual fuerza. Abrió el salpicadero. Efectivamente, había llaves de repuesto para el contacto.

El ruido de los derrapes se hacía más notorio cuando la carretera estaba mojada. Y aquel automóvil, aparcado tan cerca de un barrio tan lujoso, tenía buen motor y buena tracción, lo cual, sumado a la pericia del muchacho al volante, hicieron del viaje una travesía trepidante y corta. Obviamente, el hecho de que las carreteras estuvieran vacías a excepción de un par de coches sorprendidos, ayudó mucho.

El frenazo fue brutal, tanto que Diego casi acabo con el volante clavado entre las costillas. Había llegado a los aledaños de la Abadía. Más de diez coches de la policía, con sus respectivos agentes, patrullaban la zona. Al joven, más que el despliegue de fuerzas armadas –titánico de por sí, más a las cuatro menos cuarto de la madrugada- lo que le llamó la atención fue la expresión con la que caminaban todos los presentes. Sus caras no mostraban somnolencia, ni aburrimiento. Tampoco alegría –normal-. Ni siquiera enfado. Las caras de los agentes, hombres acostumbrados a ver todo tipo de atrocidades, estaban lánguidas de terror. Pálidas. Las miradas se perdían en algún rincón inhóspito de sus mentes. Diego sabía reconocer un alma aterrorizada. Y aquellas lo estaban.

No tardó más en salir del coche. Le extrañó que nadie saliera a detenerlo, o al menos a preguntarle por su identidad. Caminó hasta la entrada. Una sensación de entre confianza y pánico le invadió al ver a Whisper Gulligulli, Jefe de Policía de Downpour, Sir Stewart Strong, Gobernador y Señor de Downpour y a Charles MacAbbeh, Abad de Rondinum Cardenal de la Nueva Iglesia, de pie ante el portón de madera de la iglesia. Lo más inquietante era la expresión de shock que mostraban estos también. Se les acercó corriendo.

- ¡Eh! ¡Stew, Whisper, Ilustrísima! –exclamó, alzando un brazo. Los tres, sin grandes aspavientos, torcieron su mirada al joven.
- ¿Diego? Qué… ¿Qué haces aquí a estas horas? –preguntó, asombrado, el Gobernador.
- He salido a pasear; suelo hacerlo.
- No has podido ser más oportuno –comentó Whisper, que parecía algo más entero que los otros dos. Charles estaba completamente alelado.- Hemos intentado llamarte cinco veces.
- Qué raro, porque he salido con un DenDen… -dijo, llevándose la mano al bolsillo. Se llevó una ingrata sorpresa cuando supo que no estaba ahí.- Mierda… Se me ha debido caer por el camino.
- La cuestión es que estás aquí.
- ¿Qué demonios ha pasado? –preguntó, dando fin a los preámbulos.

Vio al abad negar, casi imperceptiblemente, con la cabeza, azotada por la lluvia. Estaba en pijama. Tarareaba una canción de críos, que se cantaba en los largos viajes familiares en automóvil desde Rondinum hasta Dilemburg, Joyful o Easthampton. Se podía decir que deliraba. Whisper lo miró con una expresión que rozaba el llanto interior.

- Será mejor que lo veas tú mismo.

La puerta se abrió. Diego dio dos pasos al frente, y alzó la mirada. Un respingo. Un grito ahogado. Y un escalofrío que tardaría semanas en desaparecer. Doce hombres colgados. Doce Ilustrados ahorcados, meciéndose en el tenebroso aire de la Abadía. Se escuchaba la lluvia en el exterior. Y la voz de un anciano delirante.

- Doce elefantess, se balanceaban…
- Doce elefantes –dijo Diego con un hilillo de voz, sin poder apartar la mirada de la muerte, del reino de las sombras y las tinieblas.


Continuará…

Mañana apuntes y esas cosas. He de decir que estoy contento con este capítulo, espero que seáis de la misma opinión.


Y bueno, decir que las caras de wild me guztan mucho (Emma Watson mmmm... :love: ) y que pondré yo alguna. Sobre la saga me extenderé más mañana, aunque por ahora he de decir que me gusta la idea.


Nanit.

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Jue Feb 05, 2015 12:58 am
por Vito Corleone
¡Vaaaamos allá!
Spoiler: Mostrar
Capítulo 52
DOCE ELEFANTES

La noche había caído ya sobre la isla de Downpour. Si bien la luna no se veía a causa de los nubarrones que mojaban, incesantes, los edificios, carreteras, prados, lagos –que estaban a rebosar- y montañas de la isla. Un automóvil recorría el extenso camino desde un alejado pueblo de la provincia de O’Bitiland hasta la capital. Y a lo lejos ya se adivinaban luces.

Una mujer, de esbelta figura y bellas facciones, se sentaba al volante, procurando ver lo máximo posible a través del empapado parabrisas. Y un hombre, vestido con smoking desde la cabeza hasta los pies, permanecía en silencio en el asiento del copiloto. Y, pese a estar en lo que parecía ser un lugar bastante privado, una máscara metálica le cubría toda la cara salvo la zona de los ojos, brillantes como pocos.
- Nadie nos ve aquí –dijo la mujer.
- Lo sé –contestó el otro. La máscara provocaba un extraño eco, lo cual hacía casi irreconocible la voz.- Pero no me parece adecuado. Definitivamente, no me la quitaré.
- Tú verás…

Hubo un silencio a continuación, que se extendió durante algo más de medio minuto. Al final, el enmascarado habló de nuevo, aun manteniéndose ambos impasibles.
- ¿Los habéis sedado bien?
- Brown es un experto en el tema, ya lo sabes. Ese grupito no escapará de las celdas, y aunque lo hagan, es imposible que estando esposados puedan batir a Sebastian y a David armados.
- Eso está bien…


Un par de horas antes…

El hombre enmascarado permaneció observando al joven que había lanzado al aire semejante deducción. Nadie hablaba. Por temor, por incertidumbre. El silencio, sepulcral, era cuanto menos inquietante. David Brown dio un paso al frente hasta colocarse a la par que el hombre vestido de smoking. Este estiró el brazo para evitar que fuera más allá, pues le veía la intención de pegar al joven.
- Quieto, Dave –dijo, en un tono que se adivinó seco pese al estruendo del metal.- Quiero saber qué más tiene que decir nuestro amigo John Conde –devolvió su mirada al muchacho, que permanecía callado.
- En realidad… No veo en tus ojos la confianza que requiere ser alguien que se hace llamar “La Sombra” en un tono tan superior, ¿no crees?

Nadie contestó. Los rostros parecían inalterables, tanto los de los secuestradores como los de los secuestrados. Giggs, finalmente, no pudo evitar soltar una especie de risa trompetera por la boca.
- En… ¿En serio? –dijo, en claro tono burlón. Contrastaba con las facciones tensas que mostraba en los instantes previos.- ¡Resulta que nuestro chiquillo es un detective de primerísima clase! Confianza… Tienes ante ti al hombre más peligroso de Downpour, chaval.
- Suficiente, Sebastian –regañó el enmascarado.- Sedadlos y encerradlos hasta nueva orden. Iniciaremos la reunión en breves, daos prisa.
- ¡Hijo de puta! –exclamó John sacando la lengua fuera, una décima de segundo antes de que notara un fuerte pinchazo en el hombro.




El coche viró bruscamente en un estrecho callejón, y frenó. Las palabras habían estado vetadas desde aquellas últimas del enmascarado que aprobaban el nivel de seguridad a la que se sometía a las víctimas. El hombre del esmoquin salió. Su rostro apenas se veía a causa de la intensísima lluvia.
- Estaremos en contacto –dijo la muchacha del volante.
- No lo dudes –contestó el otro. Se quitó la máscara, y se llevó las manos a los ojos. Dio las gracias por el viaje y se marchó.

Gladis arrancó el motor, que rugió con estruendo antes de dar media vuelta y recorrer unos cuantos callejones hasta incorporarse a la red principal de carreteras de la ciudad. Se dirigió al distrito de Grayhall y Southminster, su parada definitiva en aquel movido día. <<El primero de muchos>>, pensó.

Miró a través del cristal. Las luces de la ciudad se casaban con las gotas de lluvia pasajeras, transparentando el ámbar predominante. Cerró los ojos por un momento. Sentía poder estar tranquila por primera vez en las últimas veinticuatro horas. Recorrió calles. Distritos enteros, barrios. Cuando pasó enfrente del Palacio y de la torre, un escalofrío recorrió su espalda. Finalmente viró sobre mojado, adentrándose en el barrio más lujoso de toda la ciudad. Y, enfrente de una mansión de considerable tamaño, se detuvo.

Sacó unas pequeñas pero ornamentadas llaves de su bolso, y abrió la puerta de metal que daba paso al decorado y no muy extenso jardín que servía de entrada al hogar. Notaba las persistentes gotas de lluvia golpearla en la cabeza y recorrer su delicada cara después. Le gustaba, le transmitía paz. Corrió hasta la puerta principal, y la abrió tan rápido como pudo. Una vez dentro, respiró e inspiró profundamente. Una voz, dulce y tenaz a la vez, la llamó desde el comedor.
- ¿Glad? ¿Eres tú?
- ¡Sí, soy yo!

Y, con un delantal de cocinero sobre un atuendo algo más informal de lo que acostumbraba a llevar, apareció, dedicando la más sincera de sus sonrisas a la recién llegada. Esta no pudo evitar devolvérsela. Diego Orlais no acostumbraba a cocinar, pues llegaba tarde a casa, y normalmente cenaba en algún restaurante antes de hacerlo. Tampoco almorzaba en sus aposentos, pues el trabajo lo solía tener ocupado. Pero aquel día merecía, sin duda, una estupenda cena a modo de colofón. Se dieron un pequeño beso, y, sin mediar palabra, caminaron hasta el comedor.


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No le gustaba la lluvia. Odiaba la lluvia. Se refugiaba, siempre que hubiera opción, bajo techo. En espacios abiertos o cerrados, en extensos o angostos, un lugar en el que cobijarse cuando las nubes descargaban era lo que más agradecía. Y, malditos horarios lugareños, a aquellas horas no había más que bares y establecimientos cerrados, con sus respectivos toldos recogidos. Así que tuvo que conformarse con el desagradable contacto de las frías gotas, que se colaban por donde querían con tal de rozar su robusta piel. Apretó los dientes.

No le gustaba el frío. Odiaba el frío. Se cubría, siempre que hubiera necesidad, con gruesos abrigos de buen cuero. En terrenos de suelos helados o simplemente de clima gélido, en lugares frecuentados e inhóspitos, un atuendo con el que resguardarse era lo que más agradecía. Y, maldita su incomprensible buena voluntad, no tuvo intención de robar en ninguna tienda de abrigos. Así que tuvo que conformarse con la frígida brisa que azotaba su endeble figura, que mezclado con la lluvia, bien podría apagar los fuegos del averno.

Cerró los ojos y alzó la cara, dejando que las gotas apaciguaran el dolor de su castigado rostro. En cierto modo agradecía aquel baño divino, sin dejar de resultarle desagradable. Permanecía de pie, en aquel parque de roble frecuente, esperando el momento idóneo. No había nadie cerca. Media ciudad dormía, y la otra mitad circulaba por las congestionadas vías, tratando de arribar lo antes posible a su destino.

Ante su cuerpo, inmóvil y perezoso, se alzaba majestuoso uno de los monumentos más significativos de la ciudad. Y, sin duda, una de sus vistas más hermosas se hallaba cien metros en línea recta más allá. Las luces exteriores del edificio se encendieron, señal de que las interiores se apagaban para no encenderse hasta el alba. Caminó.

La llamaban “El hogar de los Sabios”. Diversas ornamentaciones sobre un sólido sistema arquitectónico gótico. Todo culminado en un espectacular torreón que se erigía como amo y señor de aquella cara de la Biblioteca de Rondinum.

El hombre siguió caminando, acercándose cada vez más a la iglesia, clavando su mirada en la nada. Musitaba. “Donde la tierra y el cielo se unen, el Santo guiara tu camino, y la corona te hará rey. Tierra… Cielo… Infierno. Y algún día… Todo será uno…”

De pronto, desapareció de la vista de cualquier persona que podía haber estado ahí.

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Una y media de la madrugada. Las calles se presentaban ya vacías casi en su totalidad, pudo adivinar el Gobernador, Sir Stewart Strong, desde la ventana de su despacho en el Palacio de Southminster. Sumido en sus pensamientos, no se dio cuenta de que alguien atravesó la puerta de la estancia hasta que esa persona abrió la boca para hablar.
- Está todo arreglado con la prensa –dijo Whisper Gulligulli. Su macabra y psicopática sonrisa puso nervioso por un momento a Stewart.- Pondrán una noticia falsa sobre un infarto en una esquina de la portada y la mayoría de la página la ocuparán fotografías de la fiesta y del desembarco de la vicealmirante.
- ¿Cuánto has tenido que pagar? –preguntó el Gobernador, sin dirigir su mirada al jefe de policía.
- Casi tres millones por no hacerlo pública la próxima.
- Tenemos una semana entonces… Si no se entera la gente antes. Hay muchos curiosos en la ciudad, alguno se dará cuenta. O los asistentes. Podría írsele la lengua a alguno.
- Son gente podrida, Sir –contestó Whisper.- Hemos sobornado a cada uno con veinte mil Berris por no abrir la boca durante una semana, junto a una agradable amenaza de muerte si incumplen lo pactado. El peligro es real, pero las opciones han disminuido.
- En total, los gastos aumentan a más de seis millones y medio, ¿verdad?
- Sí, superan esa cifra ligeramente –ladeó la cabeza ligeramente, resignado.

No hubo conversación durante el próximo minuto. Sir Stewart Strong continuó pasmado ante la ventana del Palacio, y Whisper Gulligulli permaneció de pie, con los brazos cruzados, ante la pasividad del jefe de estado.
- Whisper… Eres lo suficientemente inteligente como para saber que todo esto tiene un porqué bastante claro, ¿correcto?
- Afirmativo, Sir. Desde el momento en que he visto el cadáver.
- Sir Gergibond lo sabía, Whisper. Todo. Y alguien sabía que Spencer poseía información. Hay poca gente, Whisper. El Abad, los Ilustrados y los dos que estamos en esta puta habitación –subió ligeramente de tono.
- Sin duda es una situación bastante crítica, Sir –contestó el jefe de policía, tratando de apaciguar al Gobernador.
- ¡¿Crítica?! –comenzó a moverse y a gesticular tajantemente, rozando la violencia.- ¡Hay alguien ahí fuera que lo busca, Whisper! Hay alguien que lo sabe, si no todo, la gran mayoría de las cosas…
- Hay rumores de que La Sombra ha vuelto, Sir.
- ¡¿Y dónde está?! –exclamó Strong.- ¡¿Dónde está ese bastardo que lleva huyendo de la autoridad, ocultando su rostro tras una máscara, durante casi dos años?! –empujó airadamente un recipiente de porcelana al suelo rompiéndola, ante la perplejidad de Whisper.- ¿Acaso es que el cuerpo de policía está formado por ¡INÚTILES!? Un hombre, Whisper. ¡UNO! Ha encontrado la forma de entrar en el palacio, en MI palacio, sabotear el sistema de vigilancia, asesinar al Primer Ministro del país ¡¡y huir sin ser visto con un cuchillo de medio metro en la mano!! Consigue dar esquinazo al mejor detective que han visto mis ojos –se mostraba completamente pasional e iracundo en sus gestos.
- …
- ¡A Diego! ¡Ese chaval tiene una de las mentes con más potencial que he visto en mi puta vida! –se golpeó la sien con el índice. Su respiración era ansiosa.- ¡¡Si La Sombra “ha vuelto” es que nunca se ha ido, Whisper!! –se puso a escasos centímetros de Gulligulli, desafiante.- ¡¡Y está MUY CLARO que nos ataca con todo esta vez!! ¡¡CONTESTA!! ¡¡¿UN HOMBRE, UN PUTO MISERABLE MALNACIDO VA A DESTRUIR TODO UN SISTEMA POLÍTICO, WHISPER?!!

El jefe de policía, en un alarde de velocidad, enganchó a Strong por la camisa, y clavó su mirada en él. Su sonrisa había desaparecido, dejando lugar a la expresión más vacía que el Gobernador había visto jamás. Los ojos de color esmeralda del jefe de policía se clavaron como dagas en los de Stewart, que pareció tranquilizarse a los segundos, probablemente por una mezcla entre respeto y temor.
- Debería mantener un poco la compostura, Sir. Perder la calma nunca es bueno, menos en situaciones como esta. Ataremos a La Sombra antes de que lance su siguiente ataque.
- Lo siento, Whisper –contestó Strong, recuperando el aliento.- Lo siento, de verdad. He perdido… los nervios, no volverá… a pasar. Lo siento.

Gulligulli soltó al Gobernador, que permaneció de pie un par de segundos, y acto seguido buscó la butaca más cercana. Antes cogió un puro y se lo procuró. El ambiente, absolutamente tenso, se había relajado hasta el punto de parecer onírico. El jefe de policía tomó asiento también.
- ¿Diego lo sabe? Me refiero a…
- No. Es un crío. Podría ser de mucha ayuda, pero no entendería la importancia de esto. No quiero que se vea mezclado, además.

Sonó un DenDen Mushi. El que había dado pie a toda aquella conversación. Aquel con alzacuello blanco, gafas redondas y tez arrugada. Stewart hizo ademán de contestar, pero Whisper Gulligulli se prestó a hacerlo.
- ¿Diga?
- ¿Con… quién hablo? –preguntó una voz anciana, al darse cuenta de que no era el Gobernador.
- Con Whisper Gulligulli, jefe de policía. No se preocupe, Ilustrísima, estoy al tanto de todo.
- ¿Jefe de policía? Mejor que mejor. ¿Está Sir Strong ahí?
- Sí, fuma un puro justo a mi lado. ¿Quiere que le pase?
- No, gracias. Pero, por el amor de Dios, vengan cuanto antes.
- ¿A la Abadía? ¿A estas horas de la noche? –preguntó extrañado Whisper.- Puedo enviar una unidad de asistencia policial si es lo que necesita.
- No, no, ¡no! Vengan los dos. ¡Y deprisa! –colgó.
- ¿Qué quería? –dijo Stewart, con gesto de preocupación. Gulligulli ya se había incorporado y se dirigía a la puerta.
- Dice que vayamos inmediatamente a la Abadía. Parece ser urgente.


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O’Bitiland, 03:00 a.m.

- ¡¡CAAAABROOOONEEEESS!! –exclamaron los tres al unísono.

No hubo respuesta. Los tres se miraron, y, sin mediar palabra, corrieron a la vez hacia la puerta metálica que los separaba de la libertad con un sonoro <<¡¡AAAAH!!>>. La puerta no se rompió. El metal que les rodeaba las manos no sólo anulaba sus extraordinarios poderes, sino que los debilitaba hasta el punto de no ser capaces de romper una miserable portezuela de calabozo.

- Esto es lamentable –comentó Van, jadeando.
- Lo es –contestó John, dando débiles pataditas a la puerta desde el suelo.
- No nos teníamos que haber alejado de Anthony. No teníamos que haberlo hecho –se castigaba mientras tanto Tony, tumbado en el suelo.
- ¿Dónde está cuando lo necesitas?

Una voz sonó al otro lado de la celda. David Brown se acercaba, con unas pequeñas jeringuillas en la mano, al lugar donde permanecían encerrados los tres jóvenes que, por una razón o por otra, tuvieron contacto con los planes que habían llevado a cabo durante aquel día.
- ¿Queréis callaros, bastardos? –exclamó.- Así no hay quien eche una cabezadita…
- Nos callaremos… -respondió John, dispuesto a negociar.- ¡Si nos sueltas!
- Ahora mismo… -contestó Brown, en claro tono irónico.
- ¡Cojonudo! –sonrió John.
- Prrf…

David dio media vuelta y se dirigió a la zona de dormitorios, no sin antes cerciorarse de que Sebastian seguía montando guardia en la entrada. El pelirrojo seguía impasible en la entrada de la sala donde horas antes había tenido lugar la reunión que marcaría su futuro a corto, medio y largo plazo. Hipotecarían su futuro en pos de un plan, que, si bien arriesgado, se había demostrado posible. Estadísticas en mano, el porcentaje de éxito era muy alto.

Y sin embargo no estaba del todo tranquilo. Esa sensación de vértigo previa a la machada, a la acción. Ese estómago revuelto ante la incertidumbre del error humano, en una planificación sin fisuras. Se preguntó si el resto se encontraría en la misma situación. Esbozó una tierna sonrisa, algo extraño en un hombre como él, caminó hasta el final de un pasillo tras recorrer una especie de pequeño y enraizado laberinto, y se sentó en una de las butacas que había en la estancia, dispuesto a dormir hasta que tocara cambio de guardia.


Las celdas eran sucias y húmedas, como la inmensa mayoría de las celdas. Por eso seguían tres jóvenes, incansables en su esfuerzo, tratando de derribar una puerta de metal que no daba visos de ir a romperse.
- ¡Ábrete, sésamo! –probó John, sin fortuna.
- Así no se va a abrir, memo –regañó Tony.- ¡Avada Kedavra!

Previsiblemente, no sucedió nada. Frustrados, tanto John como Tony se sentaron en el suelo. Van los observaba atentamente, con gesto de desaprobación.
- No tenéis ni puta idea de cómo se abre una puerta metálica.
- ¿Con llave? Gracias, genio, no lo sabíamos –protestó el Grifo.
- Pues esta, casualmente, no –dijo el serio pero eficaz Van.- No tiene cerradura ni pomo por dentro, y lo más importante: se cierran y abren sin necesidad de bisagra –señaló a una de las esquinas de la apertura.- Apostaría por una clave numérica que…
- ¡¡Dos!! –exclamó John. Sus amigos lo miraron con una ceja enarcada.
- … Que generalmente suele ser de cuatro cifras –finalizó el ex mafioso.
- ¡¡Dos, dos, dos, DOS!! –repitió John, casi desgañitándose.
- Imbé… -comenzó a decir Tony.

No pudo terminar, el asombro no le dejó. La puerta metálica se abrió con estruendo ante sus narices. Los tres, el sorprendente genio de los números incluido, se quedaron pasmados ante el suceso. Se dirigieron una mirada de incredulidad, justo antes de escuchar la característica voz de Sebastian gritar.
- ¡¿Qué coño ha pasado ahí?!

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La habitación estaba sumida en la más profunda oscuridad, y no se oían más que dos respiraciones acompasadas. Era un dormitorio muy amplio, con una gran cama apoyada a la pared, pero bastante vacía por lo demás. Una mesita de noche a cada lado de la cama, un armario de madera ornamentado, una encimera en la entrada y un brillante suelo de cálido ébano. Y respiraciones.

Dos personas, que de juntos que estaban parecían una sola, dormían en el centro del lecho. Diego abrió sus ojos, relucientes aún en la oscuridad. Se encontró abrazado a Glad, que dormía, ajena a todo. El joven sonrió. Con su mano, temblorosa, acarició la suave piel desnuda de la muchacha, palmo a palmo. Se incorporó y miró al discreto reloj que había sobre la mesilla de noche. Las tres de la madrugada.

Salió de la habitación, y caminó hasta el cuarto de baño. Se empapó la cara, acercándola al lustroso lavabo, y se miró en el espejo. Se miró en su pureza, todo lo que la noche otorgaba a aquellos deambulantes de pasillos que en aquel momento, pensó, estarían empapándose la cara también. Dedicó un instante luego a sus ojos. Y a la cicatriz que cruzaba uno de ellos. Imágenes.

“¡Déjame en paz!”

Notó las lágrimas golpear con fuerza. Y las dejó salir. No le gustaba llorar, pero asumía hacerlo.

“¡No escaparás, enano ladrón hijo de puta!”

Con la mente en otra parte, se llevó la mano derecha al pecho, buscando algo. Pero se percató de que en aquel momento no llevaba corbata, no podía ajustársela. Se rascó la ligera barba que rodeaba su boca. Nunca dejaba que creciera demasiado, ni se la quitaba del todo. No era por cuestiones estéticas, sino para reconocerse como un adulto. Tenía cara de niño, algo común a sus 17 años, pero no se veía como tal. Desde pequeño había hecho gala de una madurez impropia de su edad, había sabido comportarse como un adulto respetable, y, pese a todo, la gente, de no ser porque era ya alguien con el título nobiliario de “Sir”, seguiría tratándolo como a un niño, algo más educado, pero un niño al fin y al cabo.

“Chsst… Eh, “Rubito”, ¡aquí! ¡Ven aquí!”

Dedicó una mirada a Glad. Había terminado por quererla mucho. No pudo evitar esbozar una sonrisa. Volvió a echar un poco de agua sobre sus ojos y mejillas, para limpiar las lágrimas. Salió del cuarto de baño, y se dirigió al vestidor, un par de pasillos más allá. Abrió un armario, del cual sacó un abrigo marinero oscuro como la noche. De otro sacó una camisa blanca y una corbata negra, negra como los pantalones que se puso a continuación. Se calzó unas botas azabaches, y se acercó de nuevo al dormitorio. Se sentó sobre la cama, de cara a la muchacha. Sonrió, y le dio un beso en la frente. Después, se levantó y caminó hasta la entrada de la mansión, no sin antes guardar un pequeño DenDen Mushi en el bolsillo. Cogió un paraguas y abrió la puerta. Miró al exterior, y tomó aire. Llovía. A cántaros. Mejor aún. A Diego le gustaba pasear bajo la lluvia por la noche. Cuando nadie más lo hacía. Cuando podía estar sólo consigo mismo. Cuando podía pensar.

El mundo era más bello por la noche. Rondinum era más bella por la noche. Y Glad brillaba en su mente como la más rutilante de las estrellas.

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Larsat, noroeste de Downpour; provincia de O’Bitiland

Henry MacMoyes trabajaba durante todo el día. 24 horas ininterrumpidas. Y pese a que únicamente lo hacía dos días a la semana, los cinco restantes le eran necesarios para recuperar fuerzas. No trabajaba 24 horas consecutivas. Trabajaba 48, lo que venía a ser un fin de semana completo. Y aquella noche que servía de puente entre el sábado y el domingo se había sentado en su despacho con la terrible noticia del asesinato de Sir Spencer Gergibond en mente.

Era de cabello rubio y ciertamente ondulado, ojos azules, casi grisáceos, y una tez muy arrugada pese a que no pasaba de los cincuenta años. Vestía un sencillo traje de oficina, con americana, camisa y corbata.

Abrió uno de los 30 cajones de su escritorio circular, en el cual se movía con facilidad gracias a una silla giratoria. Sacó un gran montón de papeles, y los colocó sobre la mesa. Facturas de gastos de toda la provincia de Downpourton. Comenzó a revisarlas y, tal y como se esperaba, se encontró más de diez irregularidades en la primera página.

Aaron Abbot.
Ciudad: Amparal.
Calle: Sand Avenue 5, 3rd C
A pagar: 1439 Berries
Pagado: 392 Berries.

Enarcó las cejas. La falta era, sin duda, grave. Bajó la vista, tratando de buscar alguna barbaridad equiparable. Y vaya si la encontró. Encontró unas cuantas. Sin fijarse siquiera en los nombres, ojeó los papeles, encontrando más de cinco irregularidades en cada página. Un sudor frío recorrió su arrugada frente.

No había muchos que supieran tan bien como él lo mal que vivía la gran mayoría de gente en aquel país. Y en los últimos tres años, además, la exportación de kairoseki extraído de las Minas de Terralta había descendido exponencialmente, con lo cual la economía estatal tampoco estaba para echar cohetes. La solución impuesta había sido incrementar los impuestos hasta un punto en que los habitantes no podían más que lamentarse y pagar lo que podían.

Marcó con una pluma estilográfica de tinta roja los nombres de los que habían cometido impagos y se incorporó, cogiendo un pequeño DenDen Mushi. Llamó y esperó, hasta que obtuvo respuesta desde el otro lado.
- ¿Moisey? –preguntó una voz, sorprendentemente despierto para las horas que eran.
- ¿Stew? –respondió este.- Sí, soy yo. Era… Te llamaba para informarte de irregularidades; en el pago de las facturas, ya sabes.
-
- Me preguntaba qué hacer al respecto.
- ¿No fuiste policía hasta hace un par de años? Joder, te veo tímido…
- Sí, jejeje, esto…
- Que manden a los cabeza de familia a las minas tres meses y les paguen un sueldo de recibo. Estoy ocupado, Henry. Gracias por informar, y hasta mañana.
- Sí, gracias, Stew. Gracias. Adiós.

Colgó. El 50% de los hombres destinados a las Minas de Terralta no regresaban a sus hogares. El 20% lo hacían enfermos. Y Henry MacMoyes, que había sido el capitán más rudo que la isla hubiera conocido, sintió lástima por aquellas familias que perderían parte de su ser. Pero ese era el precio a pagar por una vida en Downpour.

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Sebastian Giggs llegó todo lo rápido que pudo al lugar donde había escuchado el ruido. Y se quedó patidifuso con lo que se encontró. Nada. Una puerta metálica de clave electrónico numérico por control de voz, abierta de par en par, como por arte de magia. Se abalanzó al interior. Nada. Nadie. Un escalofrío recorrió su espalda. Una voz, bastante familiar, lo sorprendió desde la retaguardia.

- No se mueva, Sir –escuchó, y luego todo fue oscuridad y silencio.

John y Tony habían huido a toda leche de la celda para no ser vistos, y habían torcido en la esquina más cercana para quedarse mirando después. Van, en cambio, prefirió quedarse pegado a la pared opuesta a la que estaba la puerta, seguro de que el que viniera no se percataría de su presencia. Además, su figura quedaba entre las sombras que los semi-apagados focos dejaban entre sí. El golpe había sido rápido y preciso. Sebastian Giggs yacía en el suelo con un buen chichón en la nuca.

- Le has atizado con los grilletes –dijo Tony, señalando a la víctima.
- Lo he hecho.
- Ha quedado muy bien –optimizó John.- La escena, en cómputo general, ha estado bien.
- ¿Y ahora? –preguntó el mafioso.
- No sé –contestó Conde.- Los demás no han venido, así que supongo que no están aquí.

Los muchachos caminaron siguiendo la flecha verde que señalaba hacia la salida de emergencia del lugar; no había duda de que los secuestradores no se esperaban ninguna fuga. Recorrieron –de puntillas- un par de pasillos y salas –en una de las cuales se había dado el desencuentro con el hombre enmascarado y los que parecían ser sus secuaces-, hasta encontrar una especie de trastero minúsculo pero alto con unas escaleras metálicas que conducían a una trampilla en el techo.

John subió primero. Le siguió Tony, y Van cerró la comitiva iniciando la subida como último hombre. Conde empujó la trampilla, saliendo al exterior de la misma como una bala de cañón. Esperaba encontrarse en algún bosque. En algún descampado. Sin embargo, se encontró en la más absoluta oscuridad. Pronto se dio cuenta de que estaba cubierto por un tapiz que se encargó de apartar. Vio una pequeña sala, modesta y rústica, con una pequeña chimenea al lado. Un par de butacas, un diminuto lienzo. Suelo de madera de roble, nada especial a primera vista. Y se acordó.
- Seguimos con los grilletes puestos –dijo.
- Joder, es verdad –respondió Van, que todavía estaba con la dulce resaca de la venganza contra el pelirrojo. Y por ende, algo atolondrado.
- Que… ¿Queréis que vuelva? –preguntó Tony, que no sabía si mirar arriba o abajo.
- Iremos todos. Si nos encuentra alguien los tres lo reduciremos más fácilmente.
- Habrá que ir… -finalizó Van, comenzando a descender de nuevo.

Una decena de pasillos más allá, David Brown abrió los ojos.

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No era un buen lugar ni un buen momento para pasear para alguien que había pasado toda su vida en el desierto. Y eso a pesar de que en las últimas fechas Anthony había visto terrenos de todo tipo. Boscosos y paradisíacos, gélidos y nevados, vacíos y oscuros… Había visto rocas flotar. Pero el suplicio de Rondinum tenía todas las papeletas de quedársele grabado a fuego –más bien a lluvia- en la mente. No había visto a las nubes despotricar con tan mala leche desde que tenía uso de razón. Y dudaba de si volvería a hacerlo.

Pero no podía detenerse. Tenía un sitio al que llegar. Y, a juzgar por lo que había preguntado a las almas en pena –borrachas como cubas- que sobrevivían a aquellas horas, estaba aún lejos de hacerlo. Hacía diez minutos que había preguntado y le habían indicado que, siguiendo los carteles señalizadores, llegaría en poco más de una hora. Y no había taxis. Y tenía mojadas partes del cuerpo que ni siquiera sabía que existían. Quiso gritar, pero tampoco era una buena idea despertar a todo el vecindario y atraer a la policía. Aunque a lo mejor la policía podía haberlo ayudado, Anthony no confiaba en las autoridades. Correr tampoco era una solución: tenía las botas encharcadas y hacían un desagradable “chof, chof”.

Así que siguió su odisea por las calles. Había salido tras cenar, y ya llevaba tres horas. Los pies empezaban a dolerle. Pensó, siendo sarcástico consigo mismo, que en lugar de “Desertor Blanco” lo llamarían “Peregrino Nocturno”, lo cual sonaba mucho peor. Caminó hasta situarse a la altura del río Thames. Sin ruido el susurro del agua era más bello. Sin luz el brillo de la luna se reflejaba mejor en la reflectante acera. Y sin un abrigo grueso, Anthony iba camino de cogerse una neumonía como nunca antes se había visto.

No había nadie a su alrededor, al menos nadie que la lluvia le permitiera ver. Y eso, al contrario de la mayoría de la gente, le proporcionaba una sensación de seguridad bastante agradable. De pronto, algo lo golpeó. No vio nada, no vio qué o quién era. Cayó al suelo, se golpeó la cabeza. Escuchó un fuerte “clonc” a un par de metros y luego todo se calmó.

- Qué cojones…

No vio a nadie. No vio nada alejarse, sin pedir la más miserable disculpa. Se llevó la mano a la nuca, y se palpó. Tenía una pequeña herida de la cual manaba sangre en cantidad despreciable. Pero el golpe había sido malo, veía algo borroso. A perro malo, todo son pulgas, pensó. Se dispuso a continuar su ruta, pero tropezó con algo. Bajó la mirada. Era una máscara metálica.

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No debía haber más de quinientas personas en la calle, pensó Diego. Incluso podían ser menos. El tiempo era propicio para pocos. La lluvia le era indiferente a una pequeña parte de esos pocos. Y gustaba a no más de una decena de elegidos. Se sentía afortunado de pertenecer a ese selecto grupo. Tanto que ni siquiera había abierto el paraguas, a costa de calarse hasta los huesos. Daba igual. Le gustaba. La noche. La lluvia. Caminar.

Eran ya las tres y media pasadas, y había recorrido buena parte del barrio residencial en el cual tenía la mansión. El barrio estaba situado en una pequeña colina en el centro de la ciudad, accesible por medio de unas lujosísimas escaleras doradas para los peatones –propiamente vigiladas por la policía- y un precioso camino, bordeado por árboles y cubierto por unas pérgolas a las cuales se encaramaban flores de rosas, para los automóviles. Diego escupió, y se acercó al mirador del barrio. Las vistas no eran, ni de lejos, tan espectaculares como las que ofrecía la Torre del Reloj, pero se veía la mayoría del distrito de Grayhall y Southminster, salvo la esquina donde estaba el barrio, llamado Holyhill por los habitantes más “corrientes”. El joven sonrió, y se regañó. Odiaba ser tratado como alguien superior al resto. Y, sin embargo, sabía que para sobrevivir y vivir plácidamente, era necesario el afecto fingido mutuo.

Dedicó unos segundos a observar la empapada paz de la ciudad. No se oían bocinas. Ni gritos. El retumbar de las gotas contra el suelo era el único alterador del silencio. Definitivamente, la noche lo curaba. Curaba su mente, liberaba su pensamiento. Era su paraíso. Lo mejor de todo era la sensación de despertarse la mañana siguiente, con la incertidumbre de si había sido real o había sido el sueño más dulce que una mente humana pudiera concebir.

Todo era tan perfecto que no pudo ser sino un sueño que tuvo triste despertar. Los ojos de Diego se posaron en la Abadía de Southminster, iluminada en su exterior. Pero algo no parecía ir bien. En el enorme rosetón de la fachada Este, reflectaban ligeramente luces azules y rojas. Igualmente, si uno se fijaba, se extendían a toda la fachada de la iglesia e incluso a los alrededores. Tragó saliva. Algo había sucedido, y no sabía qué.

Descendió a toda prisa las escaleras doradas, y ladeó la cabeza hasta ver un coche parado. Se acercó, y con estudiada potencia, dio un severo y seco golpe a la puerta, que se abrió para lo que el joven gustara. Se acomodó en el asiento delantero derecho y cerró la puerta con igual fuerza. Abrió el salpicadero. Efectivamente, había llaves de repuesto para el contacto.

El ruido de los derrapes se hacía más notorio cuando la carretera estaba mojada. Y aquel automóvil, aparcado tan cerca de un barrio tan lujoso, tenía buen motor y buena tracción, lo cual, sumado a la pericia del muchacho al volante, hicieron del viaje una travesía trepidante y corta. Obviamente, el hecho de que las carreteras estuvieran vacías a excepción de un par de coches sorprendidos, ayudó mucho.

El frenazo fue brutal, tanto que Diego casi acabo con el volante clavado entre las costillas. Había llegado a los aledaños de la Abadía. Más de diez coches de la policía, con sus respectivos agentes, patrullaban la zona. Al joven, más que el despliegue de fuerzas armadas –titánico de por sí, más a las cuatro menos cuarto de la madrugada- lo que le llamó la atención fue la expresión con la que caminaban todos los presentes. Sus caras no mostraban somnolencia, ni aburrimiento. Tampoco alegría –normal-. Ni siquiera enfado. Las caras de los agentes, hombres acostumbrados a ver todo tipo de atrocidades, estaban lánguidas de terror. Pálidas. Las miradas se perdían en algún rincón inhóspito de sus mentes. Diego sabía reconocer un alma aterrorizada. Y aquellas lo estaban.

No tardó más en salir del coche. Le extrañó que nadie saliera a detenerlo, o al menos a preguntarle por su identidad. Caminó hasta la entrada. Una sensación de entre confianza y pánico le invadió al ver a Whisper Gulligulli, Jefe de Policía de Downpour, Sir Stewart Strong, Gobernador y Señor de Downpour y a Charles MacAbbeh, Abad de Rondinum Cardenal de la Nueva Iglesia, de pie ante el portón de madera de la iglesia. Lo más inquietante era la expresión de shock que mostraban estos también. Se les acercó corriendo.

- ¡Eh! ¡Stew, Whisper, Ilustrísima! –exclamó, alzando un brazo. Los tres, sin grandes aspavientos, torcieron su mirada al joven.
- ¿Diego? Qué… ¿Qué haces aquí a estas horas? –preguntó, asombrado, el Gobernador.
- He salido a pasear; suelo hacerlo.
- No has podido ser más oportuno –comentó Whisper, que parecía algo más entero que los otros dos. Charles estaba completamente alelado.- Hemos intentado llamarte cinco veces.
- Qué raro, porque he salido con un DenDen… -dijo, llevándose la mano al bolsillo. Se llevó una ingrata sorpresa cuando supo que no estaba ahí.- Mierda… Se me ha debido caer por el camino.
- La cuestión es que estás aquí.
- ¿Qué demonios ha pasado? –preguntó, dando fin a los preámbulos.

Vio al abad negar, casi imperceptiblemente, con la cabeza, azotada por la lluvia. Estaba en pijama. Tarareaba una canción de críos, que se cantaba en los largos viajes familiares en automóvil desde Rondinum hasta Dilemburg, Joyful o Easthampton. Se podía decir que deliraba. Whisper lo miró con una expresión que rozaba el llanto interior.

- Será mejor que lo veas tú mismo.

La puerta se abrió. Diego dio dos pasos al frente, y alzó la mirada. Un respingo. Un grito ahogado. Y un escalofrío que tardaría semanas en desaparecer. Doce hombres colgados. Doce Ilustrados ahorcados, meciéndose en el tenebroso aire de la Abadía. Se escuchaba la lluvia en el exterior. Y la voz de un anciano delirante.

- Doce elefantess, se balanceaban…
- Doce elefantes –dijo Diego con un hilillo de voz, sin poder apartar la mirada de la muerte, del reino de las sombras y las tinieblas.


Continuará…

Mañana apuntes y esas cosas. He de decir que estoy contento con este capítulo, espero que seáis de la misma opinión.


Y bueno, decir que las caras de wild me guztan mucho (Emma Watson mmmm... :love: ) y que pondré yo alguna. Sobre la saga me extenderé más mañana, aunque por ahora he de decir que me gusta la idea.


Nanit.

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Jue Feb 05, 2015 7:23 am
por wild animal
Leido el capitulo, ahora es solo esperar a otro candidato... es broma XD.
Tomo 5
Primero que nada chicos debemos elegir el nombre del tomo 5, arriba Vito (traffy para el que siga despistado) ha puesto los nombres candidatos.

Capítulo
Leido el capitulo de pe a pa. Debo decir primeramente que me gusto, fue muy entretenido (sin duda muy largo pero nada lioso)

Lo de las minas y Henry me parecía innecesario, pero fuck, te odio, lo ultimo es tremendamente triste, me encantó, sentí lastima por esa gente y no sé por que me puse en su lugar :(

jajajaja avada kedabra, sin duda lo mejor :lol:

Lo de la barba de Diego me ha encantado, parece simple pero no lo es, es profundo, el hecho de no aceptarse, de querer ser algo distinto, de tratar de engañarse o pensar es adulto y maduro, me encantó, le da profundidad al personaje. Tuve que interrumpir mi lectura para hacer este apunte, solo imaginaos eso.

Debo decir que estoy impresionado, he mencionado que estos capitulos han sido liosos y este fue sumamente facil de leer, no sé si por que son momentos cortos de distintos personajes, pero realmente me ha gustado, es como un capitulo sobre lo que le ha pasado a todos esa noche.

Aparte del avada kedabra el final fue genial, imagino los relampagos iluminando los 12 cuerpos colgados de la abadia.

Debo decir que es tentador hacer un capitulo, realmente quiero hacer uno desde hace como 4 capitulos, pero me lio mucho con los personajes, sigo perdido y es la verdadera razón por las que no he propuesto (y estar algo ocupado)

Saga y siguiente saga
Estos ultimos días he podido analizar la historia que llevamos, sin duda es buena, aunque lo diga uno de los participes :oops: :oops: , pero como una vez nos dijeron, el barco es un crio de nabos, osea ocupamos una chica, así que propongo en la siguiente saga subamos a una, aunque sea provicional, tal vez a 2 hermanos para no ser igual que One Piece con Vivi, ¿que opinan?

Otra opción, y quería mencionarlo, podría ser la chica J.K.Read (Garrak), osea que propongo que el siguiente nakama sea Traffy, pues se lo ha ganado con creces. Espero (realmente lo espero :cry: :cry: :cry: ) que ni Yupi o Bargas lo tomen a mal, pero honor a quien honor merece, y Garrak siempre ha estado ahí, esperando, siempre amable y paciente.

Otra cosa, viendo el desembolvimiento de Diego tenemos a un muy buen personaje en potencia, pero hay algo que debe soltar antes de dejar la isla (preparate Vito), creo que Gladis debe morir. Así es, como os habeis leido, Diego tiene ese caracter mujeriego, y tiene ¨esa chica¨ que busca, su amor eterno, y creo choca mucho con una chica que pueda estar esperandolo y su corazón se divida. Piensenlo, Gladis podría dar un momento dramatiquisimo, un momento trascendente en la vida de Diego, dandole profundidad al personaje, y dando momentos epicos y de drama.

Espero no quedar como un psicopata con lo anterior y entiendan el punto que intenté expresar :lol: :lol:

Saludos.

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Jue Feb 05, 2015 1:11 pm
por Vito Corleone
Bueno, a lo del tomo hagamos recuento:
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Capítulo 41: Oración (2 votos)
Capítulo 42: Porcelana y sangre (2 votos)
Capítulo 43: Déjà Vu
Capítulo 44: Juro Solemnemente
Capítulo 45: Despedida
Capítulo 46: Rondinum
Capítulo 47: Ansioso por comer, el hombre de los pantalones blancos
Capítulo 48: Diego, un hombre enamorado
Capítulo 49: Grayhall y Southminster
Capítulo 50: La fiesta
El asunto está empatillado, ¿quién lo desempatillará? El desempatillador que lo desempatille buen desempatillador seRÁ.



Segundo punto: los apuntes del capítulo, casi fragmento a fragmento. No leer si (por casualidad) estáis leyendo la historia y no queréis saber cosas futuras o simplemente pasáis de explicaciones.
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- Lo primero que comentas, wild, lo de las minas y Henry. Sí, puede parecer innecesario, y de hecho, por lo que se ha visto hasta ahora, lo es. Pero la población ha de tener un papel más definido a todo esto, tiene que haber más de un lunar en el aparentemente preciosista gobierno de Strong. Hay que meter más trama, en resumen. Pero controlada, de ahí el personaje de Henry, al cual le tengo pensadas ciertas cosas.

- Bien. El primer fragmento está ahí para desviar las mirada. ¿Creíais que los Panteras desenmascararían a Diego así de primeras? ¡Ja! Será algo más complicado. Para eso y para explicar un poco lo que pasó después de la "perla" de John al final del anterior capítulo sin mostrar gran cosa de esa reunión. Posibles flashbacks. Y bueno, hacer hincapié en el detalle de Diego en la cocina. La justificación puede ser que Gladis es la única persona a la que le gusta su comida xDD

- El segundo fragmento es de Bastian, muy fácil de identificar, sobre todo al final. No es que esté tan cerca de la Maravilla, simplemente está en la biblioteca de Rondinum, seguramente buscando algo más de información; ya sabemos que le gusta saber todo lo que puede acerca de lo que va a requisar (recordemos los episodios que tuvo con Camus). Era para saber algo de él, que andaba... desaparecido.

- En el siguiente, la intención era meter la referencia de que hay algo que el Gobierno oculta, algo que saben Whisper, Charles, Stewart, y los Ilustrados y anteriormente, Spencer Gergibond. Y bueno, momento de tensión, y una referencia a quién lleva los pantalones entre esos dos. Junto a eso, al final se les llama a la Abadía, ya se sabe. Han pasado cosas.

- El cuarto es el relato de cómo les van las cosas a John, Tony y Van, simplemente, y cómo consiguen abrir una puerta que ni con el avada kedavra. Recurramos a la justificación del tomo 1 de OP, en palabras de anty, "Intuición".

- La siguiente es una parte a la vez de transición y de conocimiento del personaje de Diego. Hay que ir conociéndolo, es un personaje con una personalidad más compleja de lo pintado al inicio, y no sería bueno meterlo todo de sopetón. Se introducen algunos de sus complejos, sus debilidades, y su sentimiento verdadero hacia Glad. Recordad, Diego no es tan mujeriego, sino más bien enamoradizo xDD. Acerca de lo que wild comentaba, no creo que sea necesario que muera si en el flashback que Diego tendrá en esta saga se da la explicación, pero sí puede dar un grandísimo momento de drama. Aunque no querréis matar a Emma Watson... ¿no? :cry:

- Lo de MacMoyes lo dicho, es una forma de decir cómo vive la mayoría de la población en Downpour, lejos de los lujos de los distritos de Grayhall y Southmisnter (los barrios más ricos, vaya). Y es un personaje que puede salir interesante. Ya veremos.

- La huida de John, Tony y Van no es más que eso, una huida con tintes cómicos, un golpe de ojo al lugar donde están realmente y vuelta. David Brown se ha despertado. Y algo de lo que los protas no se han dado cuenta: ¿Shira? Seguramente lo habrán requisado. Todo lo que pueda suceder en esa base secretita queda en el aire.

- Vamos con el viejo Anthony, en uno de los sucesos más importantes a lo largo del capítulo. Porque esa máscara que se ha encontrado al final todos sabemos de quién es (ergo con quién se ha chocado). Tengo una idea en mente, pero aquí cada uno tiene la suya, claro. Preguntas por mp, sin vergüenchas.

- Y bueno, lo último es el colofón. Justo antes de que aparezcan "en pantalla" doce cuerpos colganderos, un hombre con máscara huye en dirección contraria a la abadía y su entorno. Enlazad hechos ahora xD. IMPORTANTE: LO DE LOS CUERPOS FUE IDEA DE WILD, CRÉDITOS A ÉL, POR FAVOR.


- Lo dicho, dudas y tal por MP. Gracias por leer el tostón.
Y bueno wild, muchas gracias por los piropos , me alegro de que te haya gustado y se te haya hecho ameno, porque junto a uno de WolkenBerge (concretamente el del flashback de la isla, con Camus y todo eso) es el más largo en lo que llevamos de serie.


Sobre la siguiente saga en líneas generales estoy bastante de acuerdo contigo. Teniendo en cuenta que se cerrará una trama con Downpour (WolkenBerge - Downpour), con la búsqueda de la Maravilla, convendría abrir otra trama capital, con un enemigo formidable al final de la misma, una especie de Crocodile, un Shichibukai tocho que exija un poco más de lo permitido a los protas. Si ya en esta saga van a tener un pequeño power up, que en esa sea más notorio. A lo que me refiero es a unas pequeñas sagas entrelazadas con una gran saga al final (tipo Laboon-Whiskey Peak-Little Garden-Drum-Alabasta). Y apoyo lo de J.K. Read, hace falta una fémina con carácter entre tanto tío.



Y bueno, una cosa ahora. Que me hace tilín, vamos con las caras. Pondré las de los Panteras de los que sabemos su cara.

John Conde
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Anthony
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Van
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Tony
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Diego Orlais
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J.K.Read
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Stan
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¡Hay que ir completando la lista eh!

Y bueno, los personajes en lo que llevamos (que hayan aparecido):


Salamandra
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Akiwalko
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Jennie Madina
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Camus
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Robert Aldridge - Caballero de la Rosa Negra
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Agatha
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Bastian
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Stewart Strong
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Gladis
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Y vamos con los nuevos; ya me diréis si os gustan:

Whisper Gulligulli - Johnny Depp (From Hell)
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Henry MacMoyes - David Moyes
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Charles MacAbbeh
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Sebastian Giggs - Benedict Cumberbatch
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David Brown - El Hombre de Negro
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Benjamin - Anthony Hopkins
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Y tras este tochopost, vuelvo a la cueva con la esperanza de salir pronto de nuevo. Besis de fresis.


Edit: Por favor, no me citéis por el bien de la página, porque hará bum. Grasias ;)

Re: Los Panteras Negras V3.

Publicado: Jue Feb 05, 2015 3:22 pm
por Takagi
-Como ya sabes Vito, el capítulo muy bonito.

-Voto a Oración, se acabó ya el culebrón.

-Me gustan las nuevas caras, sobre todo la de Moyes, gora reala!