CONCURSO MENSUAL
Foro donde los usuarios pueden demostrar su destreza artística dando a conocer sus fanfics, fanart, poesia, historietas...
- Halane
- Recluta Privado de Primera

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- Registrado: Jue Abr 06, 2006 10:29 pm
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Tranquiloooo, que todavía faaaaaaaaaaaaaaaalta!!! XD Te asguro que ese día antes y/o a las doce tendrás mi relato felizmente entregado XD (yo es que dejo todo para el final, a las doce menos 5 estaré mirándolo con el word, fijo XD)
Otro participante más!! **
(¿Por qué me alegro? ¡Voy a tener que leer un montón! ToT *********pereza*********)
Otro participante más!! **
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- GatoAzul
- Recluta Privado de Primera

- Mensajes: 180
- Registrado: Jue Abr 20, 2006 8:16 pm
- Ubicación: En un mundo donde prevalece la incoherencia en neutro.
- Edad: 39
Ok T.T.C. ya estás apuntado en la lista... pero ten presente que en esta ocasión somos 11 concursantes más, así que imaginate el lapidamiento que te puede caer esta vez por no presentar (y a destiempo) tu relato
.
En cuanto a la entrega del relato, lo que dice Halane, todavía queda la tira... bufff... 2 días! no pides tú puntualidad ni na', y por cierto... espero que no me odies más por esto pero:
Mal empiezo yo la edición buscándole las cosquillas a un organizador, que es moderador y además ya me odia...
En cuanto a la entrega del relato, lo que dice Halane, todavía queda la tira... bufff... 2 días! no pides tú puntualidad ni na', y por cierto... espero que no me odies más por esto pero:
Ramsus escribió:
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- ...No penséis que voy a ser tan venebolente como otros organizadores. Recordad que estáis hablando con el jodido portador de las palomitas!!
A ESCRIBIR!!!
Y en consecuencía...Ramsus a fecha: 09/01/2007 escribió:*Sonido de trompetas estruendosas lanzadas al viento*
Como patrocinador de esta edición del concurso mensual especial Navidad, es un honor para mí entregar al vencedor GATOAZUL, el más glorioso de todos los premios:
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EL SAGRADO BOL DE PALOMITAS![]()
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Que usted las disfrute bien.
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Mal empiezo yo la edición buscándole las cosquillas a un organizador, que es moderador y además ya me odia...


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Ramsus
- Moderador

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- Registrado: Vie Sep 16, 2005 12:59 pm
- Ubicación: Etrenank. Solaris.
- Edad: 43
Te felicito. Tienes un sagrado bol de palomitas.GatoAzul escribió:Ok T.T.C. ya estás apuntado en la lista... pero ten presente que en esta ocasión somos 11 concursantes más, así que imaginate el lapidamiento que te puede caer esta vez por no presentar (y a destiempo) tu relato.
En cuanto a la entrega del relato, lo que dice Halane, todavía queda la tira... bufff... 2 días! no pides tú puntualidad ni na', y por cierto... espero que no me odies más por esto pero:
Ramsus escribió:
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- ...No penséis que voy a ser tan venebolente como otros organizadores. Recordad que estáis hablando con el jodido portador de las palomitas!!
A ESCRIBIR!!!Y en consecuencía...Ramsus a fecha: 09/01/2007 escribió:*Sonido de trompetas estruendosas lanzadas al viento*
Como patrocinador de esta edición del concurso mensual especial Navidad, es un honor para mí entregar al vencedor GATOAZUL, el más glorioso de todos los premios:
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EL SAGRADO BOL DE PALOMITAS![]()
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Que usted las disfrute bien.![]()
Búscate otro objeto sagrado xD!
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Mal empiezo yo la edición buscándole las cosquillas a un organizador, que es moderador y además ya me odia...
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Siento tener que decir que no voy a partcipar en este concurso ^^U
Ayer cuando iba a ponerme a escribir tuve que dejarlo por algo muy importante, y hoy seguramente tendré una tarde ocupada, y mañana es viernes xD (y por supuesto no pienso hacer esperar a nadie ningún día por algo que no sé si haré). Me emocioné demasiado al ver que participaba casi todo el mundo, pero no debí volver a apuntarme a esto
Espero que vaya muy bien y no haya más bajas, y a ser posible que gane Sure o Halane ^^ (o ambas
). Un saludo y suerte a todos
P.D: podéis ahorraros los comentarios del tipo "desertor" o "rajado"; no pienso pasarme a leerlos
Ayer cuando iba a ponerme a escribir tuve que dejarlo por algo muy importante, y hoy seguramente tendré una tarde ocupada, y mañana es viernes xD (y por supuesto no pienso hacer esperar a nadie ningún día por algo que no sé si haré). Me emocioné demasiado al ver que participaba casi todo el mundo, pero no debí volver a apuntarme a esto
Espero que vaya muy bien y no haya más bajas, y a ser posible que gane Sure o Halane ^^ (o ambas
P.D: podéis ahorraros los comentarios del tipo "desertor" o "rajado"; no pienso pasarme a leerlos
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Ramsus
- Moderador

- Mensajes: 3450
- Registrado: Vie Sep 16, 2005 12:59 pm
- Ubicación: Etrenank. Solaris.
- Edad: 43
Bien, bien, bien, esto es sin duda lo que yo llamo puntualidad. Prácticamente todos habéis entregado ya vuestros relatos en el plazo previsto tal y como se acordó. Bien hecho, si señor.
Peeeeero, no todo el mundo lo ha hecho y eso no está bien. Nada bien.
¿Qué debería hacer? ¿Descalificar a los impuntuales? ¿Castigarles con el cinto? Mmm... mejor optaré por una medida que os beneficiará a todos:
Voy a prorrogar el plazo a todo el día de mañana. Con esto pretendo matar dos pájaros de un tiro, ya que daré un último margen de tiempo a los rezagados y además, todos los que hayáis entregado el relato dispondréis de un día entero para repasarlo y pulir algunos detalles. Porque, sinceramente, a algunos se os han notado demasiado las prisas, y no me parece justo que una historia esté menos desarrollada por cumplir con la fecha que otra que se ha presentado después.
De modo que mañana a última hora (antes si recibo todos los relatos atrasados/repasados) postearé vuestras leyendas para que podáis irlas puntuando.
PD: Si sois tan "cool"
que pensáis que vuestro relato entregado no necesita ningún repaso, tan solo confirmádmelo con un MP.
Peeeeero, no todo el mundo lo ha hecho y eso no está bien. Nada bien.
Voy a prorrogar el plazo a todo el día de mañana. Con esto pretendo matar dos pájaros de un tiro, ya que daré un último margen de tiempo a los rezagados y además, todos los que hayáis entregado el relato dispondréis de un día entero para repasarlo y pulir algunos detalles. Porque, sinceramente, a algunos se os han notado demasiado las prisas, y no me parece justo que una historia esté menos desarrollada por cumplir con la fecha que otra que se ha presentado después.
De modo que mañana a última hora (antes si recibo todos los relatos atrasados/repasados) postearé vuestras leyendas para que podáis irlas puntuando.
PD: Si sois tan "cool"
- Deraka
- Cabo

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- Registrado: Jue Ago 18, 2005 3:57 pm
- Ubicación: En los brazos de Sanji-koi (juju)
- Edad: 38
Hay una cosa que no me ha quedado clara... publicaste el mensaje a las 3 de la madrugada del 5 de Mayo y dijiste que dabas todo el plazo de "mañana", con eso te refieres a que tenemos hasta el día 6 o que ese "mañana" se refería a hoy día 5?
Como me quite el cinto amos a correr to´s pal mismo lao xDDDDD (by: Ramsus)


-
Ramsus
- Moderador

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- Registrado: Vie Sep 16, 2005 12:59 pm
- Ubicación: Etrenank. Solaris.
- Edad: 43
En realidad me refería a todo el día de hoy (Sábado, 5 de Mayo). No es mucho tiempo, pero me parece suficiente para, por un lado, entregar las 2 historias que faltaban y, por el otro, dar un breve repaso a las ya entregadas. Digamos que esta noche a las 12 se acaba el plazo. O incluso antes, si ya tengo todos los relatos y confirmaciones, como creo que va a pasar.
- GatoAzul
- Recluta Privado de Primera

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- Registrado: Jue Abr 20, 2006 8:16 pm
- Ubicación: En un mundo donde prevalece la incoherencia en neutro.
- Edad: 39
Cabronazo! seguro que lo has hecho para joderme a mi y tener que volver a modificar todo el post de presentaciónkid escribió:Advinad quién ha entregado su relato en el último momento![]()
Pues eso, que aquí estoy, dispuesto a acompañar a mis damiselas en este concurso tal y como les dije para que vean que tengo palabra (aunque mi relato no me acabe de gustar xD). Así pues, nos vemos tras las votaciones ^^
Un saludo
Pues nada, lo remodifico con mucho gusto. Que empiece la revolución literaria
¡Qué ilusión!¡Seguro que con lo de "acompañar a mis damiselas en el concurso" se refería a mi también! ^^.
PD a los que faltan por entregar: ¡Vamos entregadlo ya! No me hagais tener que volver a cambiar la presentación


- Shichibukai
- Sargento Mayor

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- Registrado: Mié Oct 19, 2005 12:22 pm
- Ubicación: En Puerto Tortage esperando a embarcarme
- Edad: 38
Mensaje por Shichibukai »
No te fies GatoAzul que todavia nos informa de que se retira.
TIC-TAC
Bueno, bueno, bueno, que buena pinta tiene esto, ya estoy deseando que de comienzo.
Bueno, bueno, bueno, que buena pinta tiene esto, ya estoy deseando que de comienzo.
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Ramsus
- Moderador

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- Registrado: Vie Sep 16, 2005 12:59 pm
- Ubicación: Etrenank. Solaris.
- Edad: 43
Bueno, el momento ha llegado. ¿Cual de estas 12 leyendas logrará alzarse con la victoria?
Voy a poner aquí vuestras historias para que podáis leerlas con tranquilidad y posteriormente puntuarlas. Recordad que tenéis hasta el día 11 para enviarme vuestros votos, ok?
Relato Nº 1:
Voy a poner aquí vuestras historias para que podáis leerlas con tranquilidad y posteriormente puntuarlas. Recordad que tenéis hasta el día 11 para enviarme vuestros votos, ok?
Relato Nº 1:
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- La dama de las caléndulas
Mi padre y yo recorrimos aquel empedregado camino hasta que comenzaron a abandonarle las fuerzas. Los años le habían tratado bien, pero toda persona llega a una edad en la que trescientos metros de marcha suponen un largo trecho. Ojalá yo disfrute de su salud cuando cumpla los noventa… si es que llego a cumplirlos.
Ambos nos sentamos en uno de los bancos distribuidos de forma alternada a sendos lados del camino. Mi padre se quitó su sombrero y dejó escapar un largo suspiro de gratitud.
- Hace un día precioso… ¿Por qué me has querido traer aquí, Noelia? – me preguntó mientras contemplaba el lugar con cierto aire de nostalgia.
- ¿Recuerdas la historia que solía contarme mamá todas las noches cuando era pequeña? – dije yo mientras le ayudaba retirarse su abrigo.
- ¿La leyenda de la florista? Sí, la recuerdo bien… - contestó él esbozando una sonrisa – Es una historia que mi abuelo nos contó a los dos, pocos años antes de fallecer. Por lo visto todo el pueblo la conoce o ha oído hablar de ella. ¿Por qué lo preguntas?
- Necesitaba una historia para mi próxima novela, y me vino ese relato a la memoria. Ya está terminada y creo que te gustará.
- Te habrá sido complicado realizar una novela entera con tan poco material… - dijo frotando frotándose la barbilla – Con lo que te contaba tu madre solo había para hacer un cuento infantil.
- Quería que la gente la conociera y por eso me vine una temporada al pueblo, para informarme. – continué explicándole – Fui puerta por puerta para recolectar todos los detalles que los vecinos pudieran tener de esa leyenda, y encontré muchos datos que el abuelo debió omitir.
- Vaya… parece que mi pequeña ha hecho un gran trabajo de investigación. Pero sigo sin comprender por que estamos aquí exactamente.
- Te lo explicaré…
***“Dicen que la dama de las caléndulas se presentaba ante la puerta de las casas en las que hubiera alguna persona enferma. Ella tenía un don, se veía en sus ojos. Depositaba una de sus preciosas flores sobre el paciente y se retiraba sin decir ni una sola palabra. A la mañana siguiente, por muy grave que fuera la enfermedad, el portador de aquella caléndula había sanado por completo.”
Básicamente aquello era lo que podía recordar de la leyenda de la florista cuando decidí empezar la novela. Era poco, pero presentía que detrás de aquella mujer se escondía una gran historia. Tampoco pude sacar mucho más de mis padres, por que ellos apenas recordaban aquel relato. Así que lo primero que hice fue ir al ayuntamiento. Seguramente el alcalde sabría algo de la historia o de las personas a las que sería conveniente ir a preguntar. Cuando llegué allí, el hombre me recibió con los brazos abiertos.
- ¡Noelia! ¡Cuánto tiempo sin verte cariño! Me dijeron que venías a verme y me llevé una gran alegría. – dijo el señor Tomás cediéndome una silla - ¡Vaya, como has crecido! ¿Será posible?
- Muchas gracias por recibirme señor alcalde. Sé que tiene una agenda bastante apretada.
- Por favor, llámame Tomás. Y para ti tengo todo el tiempo que necesites. – corrigió él – Y hablando de ello… ¿en qué puedo ayudarte?
- Verá, - pese a su insistencia no me atreví a tutearle - estoy trabajando en una novela sobre una vieja historia del pueblo y necesito algo de información de quien pueda aportármela. Es sobre la dama de las caléndulas.
- ¡Ah sí! Bonita historia. Mi abuela solía contármela una y otra vez. Por lo visto era de su época.
- ¿De su época? – pregunté confundida.
- Eso es. Toda leyenda tiene un margen histórico y la de aquella dama se centra en la guerra civil. – el alcalde tomó asiento y prosiguió - Nuestro pueblo permanecía en el bando republicano pero carecía de importancia estratégica. Sin embargo sus habitantes se veían obligados a participar en la defensa de las ciudades cercanas y este lugar, con el tiempo, pasó a convertirse en una especie de zona logística…
- ¿Quiere decir que siéndolo los franquistas no le atribuyeron importancia al pueblo?
- En absoluto, desde el principio lo vieron como un pueblo pacífico que se mantendría al margen de la guerra. Y eso mismo fue lo que aprovecharon. – respondió el alcalde – Todos los habitantes simulaban hacer vida normal, pero en sus casas escondían todo tipo de armas, combatientes y heridos de guerra sin alterar la fingida quietud del pueblo.
- Y de ahí que la dama de las flores fuera de puerta en puerta…- deduje de aquello - y no curaba a los enfermos, si no a los heridos de guerra. Era una doctora republicana.
- Es posible… - dijo él sin demasiado convencimiento - pero todos los que conocen esa historia no hablan de bandos políticos y tampoco recuerdo que ninguno mencionará que ella fuera doctora. Lo curioso de la historia es que, sencillamente les curaba imponiendo sus manos… de todos modos no puedo ayudarte con esa información, solo la sé por terceras personas. Creo que deberías ir a ver a Don Camilo, seguramente tendrá algo más interesante que contarte.
- Muchísimas gracias, me ha sido de mucha ayuda.
- Vuelve cuando quieras.
Don Camilo era un hombre un poco más joven que mi padre. No gozaba de tan buena salud, pero sí de una memoria extraordinaria. A él le habían contado una anécdota circunstancial de aquella historia y con ella, y el margen histórico pude ir ampliando mi boceto para la novela con algunas páginas algo más sustanciales:
“En una de aquellas noches en las que no habían dejado de oírse bombardeos en la lejanía, un camión irrumpió velozmente en la quietud de aquel pueblo. Tres hombres bajaron de él sin que éste se detuviera del todo, y una vez hecho se esfumó entre la oscuridad del mismo camino por el que había venido. Uno de los hombres cayó al suelo y los otros dos comenzaron a llevarle hasta una de las viviendas. Con ayuda de los que en ella habitaban dispusieron una cama para el hombre al que venían arrastrando desde el camión. Le habían disparado en el costado.
- Nosotros hemos de volver… debería esconderle, es posible que nos hayan seguido – dijo uno de los combatientes. – Tenga mucho cuidado.
- Me haré cargo – respondió la mujer que les había dejado instalarse en su casa – cuídense ustedes dos.
Ambos soldados abrieron la puerta corriendo decididos a volver al campo de batalla, pero un cuerpo se interpuso en su camino chocando con ellos bruscamente. Frente a los soldados se encontraba sentada en el suelo una mujer de una gran belleza, abrazada a un ramo de caléndulas del cual se habían desprendido algunas flores con el golpe.
- Es… ella… - uno de los soldados se quedó atónito ante su presencia e inmediatamente se agachó para incorporarla, mientras su compañero recogía las caléndulas que había perdido. La miró fijamente y con los ojos en lágrimas le dijo – Por favor… ayuda a nuestro amigo.
La dama le cogió del hombro y le dedicó una sonrisa, y sin decir nada entró en la casa. Los soldados abandonaron el lugar y emprendieron el camino de regreso a la batalla, pero… tras quince minutos de marcha, cruzaron en su camino un camión del ejército sublevado que iba en dirección al pueblo. Sin ser vistos, volvieron de nuevo para comprobar que no pasara nada, pero encontraron el mismo camión de sus enemigos en frente del portal de la casa donde dejaron a su compañero. De ella salió un militar al cual le dieron los siguientes resultados:
- Hemos inspeccionado a fondo todas y cada una de las viviendas del poblado señor y no hay rastro del hombre al que buscamos.
- ¡Maldita sea! Hubiera jurado que estaría aquí. No pueden haber ido más lejos, las carreteras están cortadas y él tiene una jodida herida de bala en el costado. – sentenció encolerizado el militar.
- ¿Tampoco está en esa casa? – le preguntó sus subordinado.
- ¿Me has tomado por ciego o por estúpido, muchacho? Aquí solo hay un hombre y dos mujeres… ¿seguro que tus hombres han hecho bien el trabajo? – replicó.
- Seguro señor, pero si quiere que volvamos…
- Es igual. Nos volvemos. Deja a un par de hombres aquí por si se les ocurriera venir.
El camión se retiró dejando a un guardia armado a cada salida del poblado. Los dos soldados republicanos no daban crédito a lo que habían oído, y desde su posición, pudieron ver como la florista abandonaba la casa silenciosamente con la misma sonrisa con la que la habían visto entrar.”
Por la ubicación y los datos históricos, parecía tratarse de una historia real, pero continuaba sin encontrarle veracidad alguna a lo concerniente a la florista. Pensé que debía tratarse de un cuento para moralizar a los combatientes, o de la historia de una enfermera muy bien adornada. Tenía que encontrar a más gente con la que contrastar la historia. Y Don Camilo me ayudó mucho con ello dándome la dirección de un hijo de aquellos supuestos soldados republicanos.
Dado el estado mental y físico de la siguiente fuente a la que tenía que recurrir, no pude obtener tanta información como, seguro, que habría podido conseguir en otras circunstancias. Me contó por encima un par de “milagros” de la dama, casos de supuestos soldados sin nombre que sanaron gracias a ella, pero sus galimatías iban en progresión, y llegó a un punto en el que no daban más que para una par de apuntes incoherentes y sin conexión alguna con lo que ya había recopilado en mi libreta. Sin embargo, algunas de las palabras y silencios del anciano parecían esconder muchos recuerdos que era incapaz de expresar, pero no de sentir…
“El jardín de la dama… el niño… jugando en el jardín…
… caléndulas.”
- Tendrá que disculpar a mi padre. – me dijo su hija ofreciéndome una taza de café – La edad ya ha empezado a afectarle.
- Tranquila, soy yo quien tiene que agradecerles la atención. – respondí pasando a limpio algunos apuntes – El jardín de la dama…
- Supongo que se referirá al jardín de la señorita Mercedes. Siempre dice eso cuando pasamos cerca de su casa. – apuntó ella.
- ¿Mercedes?
- Si vive dos calles más abajo… – respondió anotándome su dirección – Toma, esta es su dirección.
Agradecí la información a la chica y me despedí de su padre para dirigirme inmediatamente hacia allí. Seguramente no era nada importante… pero tenía que averiguarlo.
- ¿Mercedes? – pregunté a la mujer que abrió la puerta. Me encontraba ante la entrada de la dirección escrita con la ligera impresión de haberme equivocado. Se trataba de una casa normal y corriente, sin ningún tipo de jardín en la entrada o similares.
- Sí, soy yo… ¿Qué desea?
Le expliqué a la señora Mercedes el motivo de mi visita de manera muy resumida. Le conté que había llegado hasta allí siguiendo una ligera corazonada, pero que seguramente me habría equivocado.
- Has venido al lugar adecuado querida… - comenzó a cerrar la puerta y desde el interior prosiguió – Por favor, entra por la parte trasera.
Rodeé la casa y me encontré ante un enorme vallado que imposibilitaba vislumbrar que se ocultaba tras él. Un desagradable ruido electrónico se produjo en el cerrojo de la puerta que daba acceso a esa parte de la casa. Empujé la puerta y entré. Me quedé prendada ante el precioso paisaje que encerraban aquellos treinta metros cuadrados. Una enorme fuente adornaba el centro del terreno y un camino de baldosas de color pizarra invitaban a llegar a todos los rincones de aquel inmenso jardín de… caléndulas.
- Muchos dicen que era ella la que vivió aquí… - explicó Mercedes que accedía al patio desde el interior de la casa.
- Es precioso… - no tenía más palabras para describir aquello.
- Lo es. Sus anteriores dueños debieron cuidar este lugar con muchísimo aprecio. Según dicen las caléndulas tienen propiedades curativas… solo para heridas leves y arañazos, claro está. – continuó ella - ¿Pero quién sabe? Vivir tanto tiempo rodeada de tanta belleza, cuidarla con sus propias manos… quizás fue eso lo que le dio el don de poder curar.
- Entonces… ¿realmente curaba con las manos? – le pregunté.
- Eso me juró mi padre, en paz descanse. – respondió Mercedes -Volvió con una herida muy fea de una batalla y los franquistas le perseguían. Él creía que le encontrarían enseguida por que perdía mucha sangre. Y entonces llegó ella… le puso las manos sobre el costado y la herida, simplemente dejó de sangrar. No le cicatrizó del todo, pero lo suficiente como para que no siguiera supurando. Le cambiaron de ropa rápidamente y se pusieron a cenar a la mesa como si fueran una familia normal y corriente. Así, los soldados que buscaban a un soldado medio muerto solo se encontraron en aquella casa con un hombre y dos mujeres que cenaban tranquilamente en su casa.
- ¿Y sabe algo de un niño? El anciano mencionó a un niño jugando en este jardín.
- Supongo que se referiría al hijo que tuvo más adelante… venga se lo mostraré.
***-¿Así que te mostró una foto de su posible esposo y de su hijo? – me preguntó mi padre.
- Nada de posible… era una vieja foto suya, ahora estoy segura. – le respondí. Habíamos proseguido la marcha y llegamos hasta el lugar al que me había propuesto llevarle.
- Sí que es una bonita historia… ojalá el abuelo la hubiera conocido entera. – musitó mi padre junto a los nichos donde descansaban los cuerpos de mis bisabuelos.
- Seguro que la conocía… ¿Sabías por qué la dama de las caléndulas curaba y se iba sin decir nada? – le pregunté - …por que era muda.
- ¡Vaya! Igual que la abu… - mi padre detuvo el comentario y se quedó mirando el nicho de su abuela.
- Exacto, papá… igual que ella. Era ella quien salía en la foto junto con el bisabuelo y el abuelo.
Mi padre se sentó y esbozó una amplia sonrisa acompañada de un par de lágrimas. Me senté junto a él y le dije:
- Cuando lo supe informé a varias personas de ello, personas a las que pensé que les gustaría saberlo. Son descendientes de los hombres que se salvaron gracias a ella. Quieren presentarle su gratitud… ¿te importa?
- En absoluto… - contestó secándose las lágrimas.
Hice un gesto para que fueran pasando. Familias del pueblo y de las afueras habían venido a visitar el lugar donde descansaba la mujer a la que sus predecesores debían parte de su vida, y como consecuencia directa, de la suya por completo. Fueron pasando por grupos familiares, mostrándonos sus respetos a mi padre y a mí y dejando junto a su nicho una muestra de gratitud, un símbolo que ella habría apreciado enormemente… todos dejaban a su paso una caléndula.
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- La Leyenda de la Mancha
Desde hace varias generaciones la familia Quijano, natural de un pequeño pueblo de la provincia de Albacete, había sido maldecida, por decirlo de algún modo, con una extraña maldición, que se manifestaba solo en los varones y en la época de la adolescencia.
Paquito Quijano había cumplido ya los 16 años pero seguía conservando la misma cara de mocetón de pueblo, con los carrillos muy marcados, el peinado descuidado y siempre la misma sonrisa picarona en su cara. Pasaba casi todo el tiempo cuidando del ganado que su familia tenia y el otro poco rato que le quedaba lo pasaba en la escuela. Su relación allí no distaba mucho de la que el gastaba usualmente, ya que siempre deambulaba solo, sin amigos… sin amigas… Solo tenia la grata compañía del párroco/profesor de la escuela, que pasaba con el los recreos y el tiempo que le sobraba cuando acababa de ayudar a la familia en las tareas ganaderas.
Una mañana cualquiera más se le acerco a su mesa una de las hijas del terrateniente mas importante de la zona, el señorito le llamaban, ella era “La Adela”, una muchacha de rasgos simplones, pecas en las mejillas, ojos pardos y un par de coletas que alegraban su expresión facial. Sin venir a cuento la joven chiquilla, le dejó una nota en la mesa de Paquito en la que ponía escrito: “Me gustas”. Paquito se quedó boquiabierto, era la primera vez que alguien que no fueran sus vacas o sus cabras, le prestaba atención. Luego echó la vista atrás y allí estaba ella, toda sonrojada, que no hizo más que sonrojarle a él también.
Al término de las clases Paquito no podía quitarse de la cabeza ni la nota, ni a la chica. Se paso todo el camino de vuelta pensando y pensando en lo que le había sucedido hoy en clase, sentía algo en su interior que despertaba bruscamente y se estremeció. Sintió tanto miedo que llego a su casa lo más rápido posible sin atender a la gente que lo saludaba por el camino. Al llegar, su padre lo miro extrañado, notaba en el algo diferente de siempre, su rostro parecía cambiado, pero en seguida se dio cuenta de lo que le había pasado… ¡había sido objetivo de la Leyenda de la Mancha! El padre esta confuso y no sabia que hacer, si contárselo o mantenerlo en secreto, si alegrarse o entristecerse. Cuando el sufrió la misma maldición su padre, o sea el abuelo de Paquito, no le dijo nada y espero a que se diera cuenta de por si solo para no romper el hechizo que tiene el contraer este tipo de actos.
Pero a Paquito el mal cuerpo se le pasaba cada vez que llegaba a clase por las mañanas, ya que se sentía mas liberado del mal que le llevaba atormentando los últimos días que por las noches no lo dejaba dormir. Pasaba todo el tiempo con Adela como si solo el estar con ella fuera un bálsamo que le curaba de sus heridas, por lo que se aferró cada vez más a ella. Con el tiempo su relación fue más estrecha y traspasó los limites de la amistad, no solo se veían después de clase, sino antes incluso para ir juntos, cogiditos de la mano al centro escolar. Tras los primeros meses de confidencias decidieron ir más allá de lo que sus mentes pensaban hasta el momento. Solos, al atardecer de los campos de Castilla, tumbados en la era manchega, juntaron sus labios primera vez jurándose amor eterno en el instante en que sus bocas se juntaron. Pero pobre de la feliz pareja que unos de los criados del señorito, que vio como la hija de su jefe, estaba realizando actos impuros a una corta edad. Por ello corrió en pos del rico terrateniente a contar lo que había visto con aquellos dos ojos.
La joven chiquilla llego a casa con el vestido revuelto y el pelo despeinado, por el acto de impurez al que había sometido a Paquito. Por ello su padre, que enterado de la osadía que había sufrido su vástago, ardía en deseos de expresar su malestar, descargando toda su ira contra ella. Durante la cena, la tensión se respiraba en el ambiente, el señorito miraba desafiante a su hija por el rabillo del ojo y esperaba el menor movimiento de la chiquilla para explotar todo lo que contenía dentro. Una leve tos, broto del cuerpo de Adela y enseguida su padre se enarboló contra ella gritándole que que hacia con ese chico de la familia de los Quijano y le prohibió volverle a ver ya que no era una persona de fiar debido a cierta leyenda.
Pero para ella esas duras palabras de su padre contenían algo más que la prohibición de ver a su amigo especial, sino que algo debería haber detrás de ello para que su padre se hubiese puesto de ese temperamento con ella, llegando a lanzar injurias contra el pobre chaval.
Las siguientes semanas para “Quijanito” fueron muy duras ya que la persona que le ayudaba a aliviar su dolor interno repentinamente se había distanciado de él. Paquito se empezó a ausentar de clase, en gran parte motivado por el rechazo que había sufrido por la única persona de su edad que había logrado sentirse bien en su corta vida. Pero paradójicamente, una nota volvió a llegar a su pupitre cuando toda esperanza estaba ya perdida. Abrió la nota y vio: “Nos vemos en la era de mi padre a las ocho”. Paquito esbozó una sonrisa y echando la mirada atrás vio como la chica también tenia el gesto más animado.
Las ocho, allí estaba él esperando a su amiga y esperando también una respuesta al comportamiento de las últimas semanas. La chica se sentó junto a él, cerca de unos fardos de heno que había apilados allí, pero no dijo nada. La situación era bastante tensa y Paquito decidió romper el hielo, pero en ese momento ella se le abalanzó y le besó en los labios apasionadamente. El joven albaceteño quedó perplejo por esta reacción y puso un gesto raro, como pidiendo explicaciones a la chiquilla. Por ello la chica le comento tímidamente las palabras que su padre le había dicho y le dijo que le contará lo de aquella maldición. Paquito aun más extrañado que ella, le negó la sapiencia de esa maldición, ya que no sabia absolutamente nada y la chica empezó a ponerse nerviosa por el secretismo mostrado, por lo que empezó a acalorarse y a sentirse incomoda. La piel se le pegaba a la blusa por el sudor producido y Paquito no conseguía apartar la vista de ello, excitándose. Adela también estaba excitándose y tenia unas ganas tremendas de desahogarse sexualmente en el más apropiado de los escenarios para estas situaciones: el granero. Dentro de este la situación seguía igual, nadie daba un paso al frente para romper el hielo de la situación, aunque ambos estaban deseosos de desahogarse. Pero en el instante en el cual la joven iba a abalanzarse sobre él, vio algo extraño en su entrepierna, algo como un charco que se marcaba y cada vez se hacia más y más amplio. La chica pensó, ¿qué seria esa mancha? A lo que el muchacho instintivamente le respondió como si le hubiera leído la mente.
-Esta es la Leyenda a la cual estamos sujetos todos los hombres de mi familia, la cual justo antes de perder la virginidad estamos expuestos a ella. Esta mancha confirma que ya estoy preparado para mantener relaciones sexuales.
Y lentamente besó a la chica apasionadamente mientras sus cuerpos se preparaban para la experiencia fundamental de sus vidas.
- Spoiler: Mostrar
- El caballero de Goldelot
“Cuanto más se acercaba su elegante corcel negro a las frías paredes del castillo, más iba desapareciendo de su mente de caballero fiel la misión que hasta allí le llevaba, difuminada por la visión deslumbrante de la más bella doncella, la cual asomaba por una de las ventanas en una posición fría e indiferente característica de quien no presta atención a un mundo inferior en el que ha tenido la desgracia de nacer.
Difícil era distinguir las formas exactas de sus facciones y cabellos desde tal distancia, saber si era una criada o una noble dama del castillo, si estaba prisionera o disfrutando de la intimidad y paz de arreglarse la fulgurante melena mientras contemplaba los extensos y bien cuidados campos. Y sin embargo fácilmente se identificaba su inigualable colorido, con la piel blanca como la más delicada flor del campo, como el más puro copo de nieve, y la cabellera larga y roja como la sangre que, ondeando al viento, hablaba de un carácter más apasionado que la más dura de las batallas, más dulce que la mejor miel de la mesa del rey. Una belleza capaz de quitar el aliento a cualquier hombre, desde el más vulgar plebeyo hasta el más gallardo caballero.
Mas pronto la imagen fue adoptando unas proporciones adecuadas. Las puertas cada vez más cercanas del castillo hacían desaparecer las ventanas, y sólo durante un instante fue capaz de observarla perfectamente antes de que desapareciera en las alturas.
Descendió del corcel listo para saludar a los guardias de la puerta, sacando la carta encomendada por su rey. Fue detenidamente observado, su carta despachada al interior y revisada por un noble consejero. Su entrada, consentida por la dama del castillo. Y finalmente, tras estos trámites rutinarios, se admitió su presencia en el salón principal.
Era también muy bella la señora, de lozana juventud y rubios cabellos, pálidos y azules ojos y delicada figura. De apariencia anémica, su misma fragilidad hacía surgir un deseo de protección en los cálidos corazones de quienes la conocían.
Se inclinó el caballero ante ella, hincando la rodilla en el suelo y agachando la cabeza, presentando sus respetos y tributos a la evidente elegancia, dispuesto a expresar en breves palabras la misión que le había sido encomendada, si bien esta era sobradamente conocida por la dama en cuestión.
- Mi noble señora, envíame mi rey a presentaros sus más humildes disculpas por no venir él mismo a buscaros, rogándoos que aceptéis la compañía de este noble caballero en vuestro viaje hacia el castillo. Desea, asimismo, que vos llevéis todo lo que podáis necesitar para vuestro ajuar, a fin de no tener que regresar en busca de vestidos, esencias u adornos.- explicó con voz grave y masculina.- Aunque asegura, y lo mismo yo, que vuestra belleza no requiere de tales frivolidades para destacar entre las demás damas.- añadió con una suave aunque pícara sonrisa.
La joven tendió su blanca y alargada mano con una etérea lentitud de movimientos, obligando al caballero a besarla.
- Por supuesto que partiré con vos al alba, acompañada de un séquito de mis doncellas. Supongo que vendréis agotado tras el largo viaje. Una habitación os espera en el ala norte, si gustáis ocuparla durante la noche.
- Será un placer compartir morada con esta bella flor.
Ella sonrió, haciendo un gesto a una de las criadas situadas en la puerta de piedra que había al fondo del salón.
La doncella le indicó con un gesto que la siguiese tras hacer una leve reverencia, siendo obedecida al instante.
Eternos pasillos, largas escaleras, infinitas habitaciones fueron recorridas por ambos hasta llegar al ala norte de la enorme fortaleza.
No tardaron en detenerse una vez allí, dos puertas más allá del comienzo del segundo desvío a la izquierda.
- Vuestra habitación, sir…
- Lawrence.
- Sir Lawrence.- la criada se retiró discretamente, dejando al fuerte muchacho con sus pensamientos y reflexiones.
La criada corrió rauda hacia las dependencias donde solían pasar el tiempo libre ella y sus compañeras. Un corrillo de muchachas y mujeres de todas las edades hablaban, jugaban, discutían, se acicalaban.
- ¡El caballero de Goldelot ha llegado!
- ¿Cómo es?
- ¿Es buena su armadura?
- ¿De qué color es su corcel?
Las preguntas se amontonaban en boca de las más jóvenes, deseosas de averiguar cuanto fuera posible del visitante, más por la normal curiosidad ante el desacostumbrado acontecimiento que por algún interés real.
Rápida y sin duda, la antes discreta criada proporcionó a las demás una bien provista descripción de sir Lawrence: habló de sus negros rizos, de sus valientes ojos oscuros, de su figura imponente y masculina, de la elegancia del galope de su corcel (al que de hecho no había visto) y de la gracia y desenvoltura que mostraba, así como de la manera exacta en que había comunicado su cometido.
- ¿Quién le atenderá?- preguntó de repente una de las más veteranas.- Supongo que habrá que servirle algo de comer, así como llevarle agua para que pueda lavarse.
Ansiosos murmullos recorrieron de lado a lado la concurrida sala, hasta que la más joven de las chicas se hizo oír por encima del resto.
- Creo que corresponde a Griselda hacer los honores. No sólo es quien suele ocuparse de esas dependencias, sino que es la más hermosa entre nosotras, lo cual sin duda complacerá a un caballero como el que describisteis, acostumbrado a las hermosas cortesanas de la capital del reino.
Tras unas cuantas quejas, gritos, reproches e indignadas exclamaciones, la más anciana de las doncellas aceptó la decisión de la menor, mandando buscar a Griselda por todo el castillo.
Algo indisciplinada, Griselda era siempre motivo de preocupación para las demás. Pero su evidente belleza y gracia, así como la eficiencia de la cual hacía gala cuando le venía en gana, la mantenían siempre como una de las más solicitadas por su señora.
Sara fue la encargada de llevarle la orden de ocuparse del caballero del rey, y sólo esperaba que su compañera y amiga tuviera un día de los buenos.
Sir Lawrence estaba ya instalado en la cómoda y enorme cama de dosel cuando un golpe en la puerta le alertó de que alguien deseaba entrar.
- Entrad.- accedió con curiosidad.
Su respiración se detuvo al ver entrar a esa mujer que le había hecho saltar el corazón dentro de la armadura, la cascada rojiza ahora recogida en un simple moño, el sencillo aunque bonito vestido de dama de compañía, los brillantes ojos verdes. Más cautivadora de cerca que de lejos, con ese aire de servidumbre.
- Os traigo el agua para lavaros, sir Lawrence.- comunicó dejando el recipiente que portaba entre las desgastadas manos.
Él se sentó en la cama para observarla mejor.
- ¿A quién tengo el placer de dirigirme?
- Mi nombre es Griselda, sir Lawrence.- replicó la muchacha, sin siquiera agachar la cabeza, si bien su mirada se mantenía servil.
- Muy agradecido he de estar a vuestra señora por mandaros a servirme, joven.- halagó el caballero.- ¿Podéis jurarme que sois una simple criada del castillo y no una protegida de la señora?- añadió deseoso de saber más, aprovechando los privilegios de su posición.
Entre preguntas y respuestas, cada cual más personal e indiscreta que la anterior, si bien todas impecablemente formuladas bajo el pretexto de ser amable, la conversación fue desarrollándose hasta extenderse más de treinta minutos que rápido pasaron para ambos interlocutores. Mas Griselda tenía obligaciones que cumplir, y tuvo que retirarse aunque fuera contra su voluntad.
El amanecer llegó, y sir Lawrence bajó a desayunar. Le recibieron con la noticia de que la señora estaba muy enferma, por lo que el viaje debía aplazarse un par de días en espera de su recuperación.
Aunque extrañado por la súbita enfermedad, el caballero no tuvo más remedio que ceder.
Dos, tres, cuatro días se sucedieron, días en los que la hermosa Griselda y el noble sir Lawrence fueron intimando. Su relación se hacía más y más cercana, y ninguna duda cabía ya acerca de las intenciones de ambos. Pero sir Lawrence debía marcharse algún día sin ella, ya que un caballero y una doncella no podían unir sus vidas.
Al quinto día, Griselda entró llorando en la habitación de su amado, cayendo en sus brazos entre lágrimas.
- ¿Qué ocurre?- interrogó el muchacho, dejando a un lado sus habituales modales.
- ¡Es horrible!- exclamó con una voz que estremeció hasta las entrañas al noble caballero.- La señora… Ella…- el llanto le impidió continuar, sus rizos rojos enredados entre las manos del confundido hombre.
- La señora…- animó intentando averiguar qué sucedía.
- ¡Ha muerto!
Él la consoló como pudo, si bien no entendía muy bien a qué venía tanto abatimiento. Por supuesto, sabía ya que Griselda era una de las favoritas de la dama del castillo, la misma a la que su rey iba a desposar. Él confiaba en que, a pesar de los miedos de la futura reina a la belleza de su doncella, la llevara a Goldelot, mas no había imaginado nunca que existiese entre ellas un lazo tan profundo como para justificar semejante reacción.
No pudieron pasar a solas mucho rato, si bien el avance que el abrazo representaba había dejado aun más claros que antes los sentimientos de ambos. Una vez más, el trabajo de Griselda la obligó a marcharse, y Lawrence sabía que, muerta la señora del castillo, tenía que marcharse para comunicar la triste noticia en le reino. Bajó a desayunar muy compungido, sabiendo que nunca más volvería a verla. La hermosa Griselda, con sus cabellos rojos como la sangre, tendría que quedar en él como una hermosa memoria, un inolvidable sueño.
El pensamiento le quitó gran parte de su considerable apetito, y no tardó en estar de vuelta en su habitación, listo para preparar las cosas para marcharse, mientras un mozo de la cuadra alistaba a su corcel para el viaje.
Tras guardar todas sus pertenencias, cogió la capa para ponérsela, y un collar y un papel cayeron de ella. Recogió ambos objetos con manos temblorosas, imaginando lo que podían ser: una despedida.
El collar era un guardapelo, dentro del cual resplandecía un mechón rojizo que no le costó reconocer. Sin duda había pertenecido a la señora, aunque ahora Griselda lo hubiera cogido para regalárselo. Colgándoselo al cuello, procedió a desdoblar el papel para leerlo.
En cuanto hubo acabado, su palidez llamó la atención de una criada que cruzaba el pasillo.
- ¿Estáis bien, joven caballero?- interrogó la mujer, ya algo mayor.
Un instante de silencio siguió a la pregunta, hasta que con aire ausente replicó un distraído “sí” y siguió su camino hacia la salida del castillo.
Mucho le costó asimilar lo que acababa de leer, tanto que hasta su regreso a Goldelot se le antojaba increíble. ¿Cómo era posible que una criatura como Griselda hubiera matado a su señora? ¿Y con qué motivo?”
- ¿Y qué tiene esta historia que ver con el fantasma del castillo, Mr. Brown?- preguntó una mujer morena con rostro ovejuno al dueño del mismo.
- Griselda había hecho enfermar a su señora con un tentempié que tomaba antes de desayunar para no tener que separarse de su amado, pero ese día se pasó con la dosis de veneno, causándole la muerte. Y por eso, desde entonces, el fantasma de Lady Violet vaga por los pasillos impidiendo que cualquier joven de cabellos rojizos se acerque a las habitaciones de los caballeros, temerosa de que otras corran la misma suerte que ella.
- Fue una historia interesante, Mr. Brown. Gracias por contármela. Me pregunto si sir Lawrence superaría lo de Griselda.
- Quién sabe, miss Bundle, quién sabe. Quizás no sea más que una vieja leyenda.
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- ALFEO Y ARETUSA
Dos enamorados están paseando por el casco antiguo de Siracusa, una bonita ciudad de Sicilia. Se sientan en un banco de la plaza a comerse un helado, cerca de una vieja pero preciosa fuente.
-¿Vaya, qué fuente tan bonita!-exclama la chica.
-Sí, y eso que lleva aquí más años que toda la gente de esta ciudad...
La verdad era que esa fuente llevaba muchísimos siglos más en la ciudad que cualquiera de los restantes edificios o monumentos, aunque a través de los años había sabido camuflarse en el ambiente de Siracusa con el aspecto adecuado.
Pues esa fuente no era una fuente cualquiera. En ella, aunque levemente, aún residía el espíritu de Aretusa, una ninfa emigrante de Arcadia, en Grecia. Pero no había llegado allí por placer, ni siquiera por necesidad. Aretusa había llegado a Sicilia huyendo. Huyendo de un enamorado incesante. Huyendo del miedo que tenía al amor.
***
Alfeo era un joven cazador arcadio, hijo de una familia humilde que se dedicaba al pastoreo. Pero a él lo que de verdad le interesaba era la caza. Disfrutaba con sus salidas al bosque cerca de su aldea, a primera hora de la mañana. Entre los árboles, buscando presas, él se sentía lleno de vida.
Un día, cuando perseguía a una liebre, la vio a ella. Era una cazadora, como él, y además conocía su identidad. Era Aretusa, una náyade que había decidido seguir a la gran diosa Ártemis . Había renunciado a los hombres y a los placeres del lecho, consagrando su vida a los correteos por los bosques y a tensar el arco. Alfeo sabía de ella porque en alguna ocasión le había hecho una libación como responsable del arroyo del bosque. Pero nunca soñó verla en persona. Y, sin remedio, se enamoró perdidamente de ella.
Desde entonces, la persiguió por todas partes incesantemente , buscando una mirada, un roce...Pero ella era esquiva, huidiza, y nunca se dejó atrapar. En el fondo, ella se había dejado observar para ver qué pasaría, si su vida cambiaría en algo. Y sintió miedo, miedo a sentir algo más por aquel cazador humano. Miedo a romper con su vida.
Entonces huyó. Cruzó toda Grecia, pero Alfeo, loco de eros y pothos*( ver nota a pie de página), la seguía sin descanso, olvidando todo lo demás. Ella, cada vez más desesperada, pidió ayuda a su hermana , una ninfa de mar, para que le guiara hasta una tierra lejana, donde Alfeo nunca la alcanzara. Así llegó a Siracusa. Allí, rota de dolor y de miedo y de amor, se deshizo en lágrimas, convirtiéndose en una fuente.
Pero Afrodita y sus secuaces, los dioses del amor, se apiadaron de Alfeo y apelando a su divino poder, lo transformaron en río. Pero aunque Alfeo tan solo era un corriente de agua, su amor no se apagó y llevando al límite su poder, cruzó sus aguas por todo el mar Adriático , en forma de corriente marina, hasta llegar a las aguas de Aretusa. Ella le permitió el paso, pues ya no le importaba dejarse llevar por la pasión del otro. Así, aunque en forma de agua, se unieron para siempre.
***
-¿Sabes? Dicen que si lanzas un objeto a este río, aparecerá despué en una fuente que hay en Sicilia.
-¿En Sicilia? ¿ Eso cae un pelín lejos, ¿no crees? Pero quien sabe, quizás esta vez la leyenda no se equivoca.
-Probemos. Lanzaré este botón. Y si alguien se lo encuetra en Sicilia, suyo para siempre.
***
La pareja se ha acercado a la bonita fuente de la plaza, admirando su belleza antigua y casi mágica. De pronto un botón aparece de repente en el agua. La chica lo recoge con curiosidad, delicadamente.
-¿De dónde ha salido este botón? Quizás se le ha caído a alguien. O igual ha saldio por arte de magia de la fuente. Es tan bonita que no me extrañaría. ¿Tú qué piensas?
-Who knows, who knows...?
***
Gracias a Pausanias, Estrabón, Eliano, Ovidio, Virgilio, Nono y Suidas por conservar en el tiempo esta preciosa historia de amor y rechazo.
* amor y pasión, respectivamente.
Última edición por Ramsus el Dom May 06, 2007 4:33 am, editado 2 veces en total.
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Ramsus
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Relato Nº 5:
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- Algunos hombres crédulos.
Día 18 de Octubre de 2005.
18:45.
Ahí estaban los tres, totalmente absortos frente a la pantalla, conteniendo la respiración aún sin ser conscientes de ello. La mano de Patricia se movió instintivamente hasta la más cercana, apretándola con fuerza. Oscar sintió un cosquilleo en el estómago y la apretó también.
Con dedos temblorosos, Marcos pulsó el botoncito de “play” que puso en marcha el video.
Patricia ahogó un gritito. Marcos abrió los ojos desorbitados. Oscar tragó saliva.
Nieve.
La clásica nieve que indica el cierre de emisión, o que un canal está mal sintonizado, o que una película no funciona… todavía. Solo nieve se reflejada en la pantalla del televisor.
Día 18 de Octubre de 2005.
18:05
Toc… toc… toc…
- Properarem, properares, properaret… properaremus, properaretis properarent.
Toc… toc… toc…
- Properabo, properabit… ¡digo, properabis!, properabit, properabimus, properabitis ……. Properabunt…
Toc… toc… toc…
-¡Marcos! ¿¡Quieres dejar de joder con la pelota?!
-Lo siento, sabes que es la única forma que tengo de estudiar los verbos.
-No eres el único que está de exámenes, y me estás poniendo enfermo.
El chico que acababa de asomarse por la puerta tenía unas profundas ojeras marcadas bajo sus ojos castaños. Miró al chaval pelirrojo que se hallaba repantigado en una de esas sillas giratorias, orientada a la pared, con un libro con pinta de ser mortalmente aburrido sobre las rodillas, y una pelotita de goma de color verde pasando de una a otra mano. Se encogió de hombros.
-¿Tú no te ponías tapones para estudiar?.
El otro chico soltó un bufido.
- Tus golpes se oyen igual… sobretodo porque ¡estás dándole a mi pared!.
- Vale, vale… no lo haré más.- contestó con voz aburrida. Pero nada más desaparecer el ojeroso chico por la puerta, Marcos esbozó una traviesa sonrisa y continuó a lo suyo: que era recitar verbos mientras lanzaba la pelotita de marras contra la pared, produciendo un irritante sonido.
La puerta no tardó ni dos segundos en volver a abrirse.
-¡Mierda, Marcos! ¿Qué coño te pasa?- el aludido no pudo más que reír mientras continuaba chinchando a su amigo.
Toc… toc… toc… ¡crac!
¡¿Crac?!
-¡MARCOS!
-Ha sido sin querer ¡lo juro!- y esta vez, el chico parecía arrepentido de verdad. Y no era para menos. En uno de sus lanzamientos, la pelota había chocado contra una parte de la pared, que había sonado a hueco, antes de romperse formando un boquete de tamaño considerable y colándose la pelota dentro.
-¡Es que solo tú tenías que tener semejantes hábitos de estudio!- el otro chico se le acercó con pinta de querer estrangularlo (y tal vez esas fueran sus intenciones reales). - ¡Te voy a meter la pelotita por el…!
-¿Y yo que culpa le tengo si la casa ésta se cae a pedazos? – trató de disculparse ante su amigo que le sacaba casi una cabeza.- Deberían bajarnos el alquiler por esto. Un par de golpes en la pared y ya se rompe, pues qué cutre ¿no?
Llegados a este punto, el increpado tuvo que evitar una colleja por parte de su colega y seguir pidiendo perdón en lugar de justificarse. Se subió a su silla y alargó el brazo hasta llegar al hueco de la pared, en busca de su pelota. No obstante, en lugar de eso, sus dedos palparon otra cosa.
-Oscar, aquí hay algo.- estiró los dedos cuanto pudo, pero no llegó a coger ni una cosa ni la otra. Tras varios intentos decidió desistir y pedirle ayuda a su amigo. – En serio, tío, es como si fuera una especie de compartimiento secreto con algo dentro metido. Ayúdame a sacarlo, anda.
Los ojos verdes de Marcos brillaban pero Oscar, que no estaba para juegos, enarcó una ceja con escepticismo. No obstante, antes las insistencias de su amigo, se vio obligado a subirse y meter él mismo la mano en el boquete.
- Ostras…- sus ojos se ensancharon en sorpresa al tiempo que sus dedos se cerraban en torno a algo que para nada tenía forma de pelota.- ¿Y esto qué es?- murmuró más bien para sí mismo.
-Sácalo, venga. ¡Sácalo!.- suspiró, su amigo podía llegar a emocionarse con cada tontería... aunque siendo sinceros, a él también le picaba la curiosidad.
Lentamente, extrajo el objeto que durante tanto tiempo había permanecido oculto entre las paredes de aquella casa.
-¿¡Qué es!?
-Parece… una cinta de video.- Los dos chavales se miraron perplejos. Oscar pasó una manga por la superficie totalmente cubierta de polvo de la cinta mientras bajaba al lado de su amigo. Marcos tosió al tiempo que entrecerraba los ojos.- Una cinta de video corriente y moliente.- y en efecto, así era. La típica cinta de video casera sin etiqueta alguna que pudiese revelar su contenido, si es que estaba usada claro.
-Vale.- dijo Marcos al tiempo que se sentaba en la silla.- ¿Me quieres decir que coño hace una cinta de vídeo escondida en una pared? Es de locos.
-Ya te digo. – Marcos había vuelto a adoptar su usual tono aburrido, pero Oscar parecía mirar a la cinta más ceñudo de lo habitual, como si ésta le hubiese hecho algo que lo hubiera enfadado. – Y lo peor de todo es que no podemos verla. Porque aquí reproductor de DVD, playstation y lo que tú quieras, pero para ver VHS… como que no tenemos.
-Ajá…
- Y no vamos a ir a preguntarle a algún vecino a ver si tiene. Ni nosotros sabemos si en realidad está grabada o no.
-Ajá…
Ante la vaguedad de las respuestas, Marcos centró su atención en su amigo.
-¡Ey! ¿Qué tripa se te ha roto ahora?- y al no obtener respuesta, elevó la voz.- ¡Oscar!.
El aludido no dio un respingo, pero parecía que el oír su nombre lo había traído de vuelta a una realidad de la que hacía tiempo había salido. Suspiró consternado mientras se pasaba una mano por el pelo castaño claro, alborotándoselo, y por fin, tras lo que parecía una pausa para escoger las palabras adecuadas, habló.
-Mira… yo creo que deberíamos olvidarnos de la cinta ésta. No sé… tirarla o devolverla a su sitio. – su compañero enarcó las cejas.- Es que no me da muy buena espina, ¿sabes?.
Al oír esto, Marcos se llevó una mano a la boca, tratando malamente de contener la risa.
-No me lo puedo creer. No estarás pensando en lo que creo que estas pensando ¿no?- había una chispa de burla bailando en sus ojos verdes. Lo que provocó que Oscar se ruborizada levemente y comenzara a farfullar acerca de la cinta. Ahora sí, Marcos no pudo aguantar y se echó a reír.
-Definitivamente estás pensando en eso que creo que estás pensando.
-Oye, para tu información, hay quien dice que el libro en el que se basaron para hacer la película se inspiró a su vez en una historia real.
-Tío… no puedes ser tan inocente. Eso es solo una leyenda urbana. ¡Un cuento chino!
-¿Y tú qué sabes?
Marcos meneó la cabeza, como tratando de desechar de su mente la idea de tener por mejor amigo a un tío con la mentalidad de un mocoso asustadizo.
-Vamos a ver. Una persona se encuentra, por casualidad, una cinta de video venida de no se sabe dónde, y con ni un solo signo evidente de su contenido.- mostró entonces la susodicha cinta de su mano, como quien esgrime la prueba del delito.- Esa persona, como es lógico, pondrá la cinta en el vídeo para ver de qué trata… Y después de unos segundos de nieve en la pantalla, comienzan a aparecer una sucesión de imágenes de pesadilla sin ningún tipo de sentido ni cohesión entre ellas. Solo hay una visión que se repite recurrentemente. Y es la de un pozo. De hecho eso es lo que definitivamente finaliza la cinta.
-Ya, yo también me sé la historia. Después de eso, inmediatamente después, recibes una llamada de una voz desconocida y misteriosa que te anuncia que te quedan siete días de vida. Hay gente que, como tú, se lo cree, y otros que no. El caso es que, indiferentemente de unos u otros. Aquellos que hayan visto “la cinta” morirán exactamente a la misma hora que terminaron de ver la cinta siete días antes… Y a ti, eso te parece lo más real del mundo ¿verdad?- y al ver el rostro lívido de su amigo.- ¡Por favor! Es la típica gilipollez que se cuenta en los campamentos. ¡Una leyenda urbana hecha película!
-En realidad salió de un libro.
-Lo que sea. Mañana me dirás que hay cocodrilos viviendo en las alcantarillas. Que un tío de un amigo de un primo de un compañero tuyo lo vio ¿verdad que sí?.
-Vete a la mierda.- Marcos estalló en una nueva carcajada.
-No, no. ¡Si tiene muchísimo sentido! Espíritus vengativos plasmando su rencor hacia el mundo en cintas de vídeo. ¡Uuuuhhhh!- se puso la capucha de su sudadera y comenzó a mover los dedos como si estuviera lanzando una maldición. Oscar ya no pudo aguantar las burlas.
-Creo que, en realidad.- contestó mordaz.- Tienes miedo de averiguar lo que hay en la cinta, por si la leyenda no es tan leyenda.
Marcos bajó los brazos con visible expresión de asombro.
-¿Me estás vacilando? No me hace falta ver esa estúpida cinta para saber que no es cierto.- ahora fue el turno de Marcos de mirar a su amigo con mohín de fastidio. – No todos somos tan crédulos como tú, Oscar.
-Solo hay una manera de demostrarlo.- contestó él simplemente.
-Que es teniendo un reproductor de VHS, cosa que no tenemos.
-Nosotros no… pero Patricia sí.
-¡Serás capullo!, a ti te importa bien poco la cinta Lo que quieres es ir a tirarle los tejos a mi prima otra vez.
-¿Se te ocurre alguien mejor a quien pedirle ayuda? ¿Alguien de confianza?- Marcos tuvo entonces la certeza de que, sin habérselo propuesto, había caído como un bendito ante la provocación de su compañero de piso. Pero antes de permitirse dudar un ápice, su parte racional se impuso con fuerza “No es real. No hay ni una sola leyenda urbana real. Solo se inventó para asustar a los chavales. No hay porqué tener miedo a una estúpida cinta.” Su amigo no iba a conseguir hacerle temblar como un enano. Antes le haría temblar a él.
-Me parece perfecto.- contestó al fin para asombro de Oscar.- Entonces, ¿te apuestas algo?.
-¿Cómo?
-Mira, si voy a perder mi tiempo estando de exámenes en chiquilladas como estas, más me vale tener una compensación. ¿Qué te parece una pequeña apuesta? Si yo tengo razón- sonrió con suficiencia.- Me das 20 euros. Si resulta que eres tú quien la tiene, además de morirnos ambos…
-¡Mi vida no vale 20 euros de mierda! Además, ¿qué te hace pensar que yo voy a ver la cinta?
- Además de morirnos ambos… - Marcos continuó como si nadie le hubiera interrumpido.- Yo te consigo una cita con mi prima, y antes de una semana.- sonrió con sorna. Oscar enmudeció mientras notaba cierto calor en las mejillas. Ya no tenía muy claro quién estaba jugando con quién, y jamás había tenido intención de ver aquella maldita cinta. Estaba seguro de que Marcos debía saberlo, o no habría hecho semejante apuesta. Quizás en realidad él también tuviese cierto temor aunque se negase a reconocerlo. O quizás estaba tan absolutamente seguro de su victoria que no se había puesto a cavilar en las consecuencias que algo así podrían acarrear.
Y el pensamiento que más terror causó a Oscar es que, después de oír su recompensa si él ganaba, deseaba con todas sus fuerzas que en aquella estúpida cinta apareciese un maldito pozo.
Día 18 de Octubre 2005
18: 35
-Vale, veámosla.
Oscar miró a Patricia con ojos desencajados.
-Un momento, ¿cómo que veámosla? ¿No has entendido? ¡Te digo que podríamos acabar todos muertos!
-No esperarás que me crea semejante tontería ¿no?- le contestó ella resuelta.- Deberíais estar estudiando en lugar de inventaros bromitas pesadas para gastarme.
-¿No nos crees?, ¿Crees que nos lo hemos inventado?
- Ninguna niña psicótica va a salir de mi televisor dentro de siete días.- replicó ella.
-Oye, no digo que a Oscar le mole, pero yo tengo cosas mejores en las que perder el tiempo que inventarme gilipolleces de estas en las que ni yo mismo creo. De hecho si estamos aquí es por una apuesta y para ver si éste.- señaló con la cabeza al castaño.- Tiene lo que hay que tener para verla.
-¡Yo no me invento nada! ¡Y la idea de apostar fue tuya!- Oscar se había levantado de la silla y encaraba a su colega.- ¿Y quién parecía emocionado cuando metió la mano en el hueco ese? ¡La culpa es tuya por no saber estudiar como las personas normales!
-Oh, por favor, pon la puñetera cinta y desengañémonos de una vez.
-Vale, eso es lo que vamos a hacer. Patricia, tú puedes irte, esto ni te va ni te viene.
Pero la chica negó con una sonrisa.
-Vale que me llevéis dos años, pero no soy una cría ¿sabes? Yo no me creo nada de eso, y ya que vais a usar mi casa y tenéis una apuesta con dinero de por medio, sería justo que yo también ganase algo.
Oscar puso los ojos en blanco, desde luego estaba claro que aquellos dos eran primos. A su lado, Marcos sonrió burlonamente y se acercó a Patricia para susurrarle algo en el oído. Algo que hizo que se ruborizara ligeramente mientras fruncía el ceño y le dirigiera una rápida mirada al chico de pelo castaño.
-Acompañadme al salón, anda.- farfulló. Y antes de que Oscar pudiera decir nada, añadió.- ¡Y sí, y también voy a verla!
En el mismo instante en el que Patricia introdujo la cinta en la ranura del vídeo, Oscar consultó su reloj digital: eran exactamente las 18:44 de aquel lluvioso día 18 de Octubre de 2005. Notaba la boca seca y el pulso desbocado. No podía creerse que estuviera haciendo eso. Deseó con todas sus fuerzas tener un poco del raciocinio de su amigo, que estaba convencido de que aquello no era real.
-¿Preparados?- solo pudo asentir, se había quedado sin palabras.
De repente el salón se había sumido en un silencio aplastante, de hecho parecía que hasta al pelirrojo le había podido la presión del momento, ya que no bromeaba al respecto. Parecía sorprendido de que su amigo hubiera consentido a llegar tan lejos.
Ahí estaban los tres, totalmente absortos frente a la pantalla, conteniendo la respiración aún sin ser conscientes de ello. La mano de Patricia se movió instintivamente hasta la más cercana, apretándola con fuerza. Oscar sintió un cosquilleo en el estómago y la apretó también.
Con dedos temblorosos, Marcos pulsó el botoncito de “play” que puso en marcha el video.
Patricia ahogó un gritito. Marcos abrió los ojos desorbitados. Oscar tragó saliva.
Nieve.
La clásica nieve que indica el cierre de emisión, o que un canal está mal sintonizado, o que una película no funciona… todavía. Solo nieve se reflejada en la pantalla del televisor.
Y después…
-¡¿PERO QUE COÑO?!
Oscar no daba crédito a lo que veía. Marcos no tardó ni dos segundos en empezar a partirse la caja.
-Bueno tío, ahí tienes a tu fantasma. ¡Jajajajaja! ¡Un rapero de doce años! Jajaja…
Los esfuerzos de la chica por contener la risa tampoco dieron resultado, y al poco acompañaba a su primo, que a estas alturas ya estaba llorando de risa.
-Joder, podía esperarme de todo. Pero…. ¡¡¡Un videoclip de rap!!!.- trató de racionalizar Oscar con cara aún de alucinado.
-¿Qué coño va a ser eso un videoclip? ¡Es un vídeo casero, y el cámara tenía parkinson!
-¡Qué mal canta el tío!
-Esto… esto… ¡esto no es serio!
-¡Qué me mondo!
-No me extraña que escondieran esa mierda jajajaja.
-Yo la hubiera quemado.
Poco a poco, Oscar fue cediendo también a la risa, hasta que los tres estuvieron tirados en la alfombra, desternillándose y rebobinando una y otra vez la maqueta cutre de rap que habían tomado por una cinta maldita.
-¡No puedo creer que hayáis perdido toda la tarde de estudio para esta mierda!- se carcajeó Patricia.
-¡Mierda, es verdad! Todavía me quedan tres tablas de verbos por chapar.- a pesar de todo, Marcos no parecía excesivamente preocupado ya que siguió revolcándose por el suelo.
-Ibas a suspender de todas formas.- rió Oscar.
-Pues es verdad… pero al menos soy 20 euros más rico.
-En eso tienes raz… ¡mierda!
FIN
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- MÁS ALLÁ DEL FIN DEL MUNDO
Era el primer ser vivo que veía desde Wellington, y casi se me lleva por delante.
La despistada ballena resopló violentamente, probablemente tan asustada como yo, al pasar rozando el casco de mi barco. Era una ballena jorobada, común en la zona, y tremendamente grande. Podría haberme destrozado con un simple coletazo. De modo que respiré aliviado cuando pasó de largo, y la contemplé alejándose. No dejaba de ser una hermosa estampa, pasado el desafortunado encuentro.
Llevaba nada menos que dos semanas desde mi partida de Nueza Zelanda, en la penúltima etapa de mi viaje. Desde Wellington, llegaría a la costa Argentina, para luego cruzar el Atlántico de vuelta a casa, a mi ría de Bilbao, a la que ya empezaba a echar de menos. Era un trayecto casi calcado al de las regatas profesionales, pero lo había elegido porque era la primera vez que me atrevía con una vuelta al mundo, y no era muy aconsejable ir por rutas desconocidas y que además nadie hubiera recorrido antes.
El caso es que la última semana se estaba haciendo algo más corta. Había tenido suerte con el viento, y ganaba cada vez más velocidad, aparte de que no parecía que algún temporal fuera a cogerme desprevenido. Tras asegurar los aparejos después de esquivar al animalito, bajé a comprobar las previsiones meteorológicas en mi ordenador. Luego, saqué algo de comer y me recosté en la cubierta, pensando en cómo estarían todos allí en casa, y en cómo le iría al Athletic.
Pasaron unos pocos días más, y una tarde me decidí a virar al sur. Para pasar por el Cabo de Hornos debía llegar muy lejos, hasta los 56º, y había llevado mi travesía por el Pacífico a unos cómodos 40º. En esa latitud, los vientos eran fuertes, pero no desmesurados. A la altura del cabo, sin embargo, se hacían devastadores. Se acercaba la etapa más dura, pero si acababa bien, la más gratificante.
El ruido del transmisor por satélite me despertó por la noche. Era una comunicación de la Armada chilena, que venía a decirme que ya me veían. Eso quería decir que la noche siguiente, si avanzaba lo suficiente durante el día, alcanzaría el Cabo de Hornos. No me gustaba la idea de pasar el cabo por la noche, pero no habría remedio. El viento que tanto me había ayudado parecía meterme prisa, como si no quisiera que estuviera ahí en ese momento. De hecho, el oficial chileno había dicho algo parecido “vaya, no le esperábamos tan pronto, espero que todo le vaya bien en el cruce”. Si me había confirmado que no se esperaba mal tiempo (o al menos no peor de lo normal en el lugar), ¿qué podría ir mal?
Al día siguiente el sol no se mostraba tan cooperativo como las semanas anteriores. Amaneció perezoso, embozado en lejanas nubes que cubrían el horizonte, como una gigantesca pancarta que indicaba el punto donde atravesaría el paso Drake, la franja marítima que separa Sudamérica de la Antártida. Me preparé a conciencia, mientras me fijaba que otro frente nuboso venía detrás de mí, aún muy lejos.
Pasé toda la mañana tomando toda clase de precauciones, mientras mantenía el rumbo con cuidado de no ir demasiado deprisa. Recogí una de las velas, para evitar irme contra cualquier obstáculo. Las olas ya empezaban a ser demasiado altas, y casi se me quitaron las ganas de comer. Me obligué, para no perder las fuerzas, y a las dos de la tarde miré hacia atrás.
Era imposible. Las negras nubes de la mañana se me habían echado encima. Se haría oscuro antes incluso de que anocheciese. Jamás había visto nada igual, y lo más extraño era que el viento, aunque fuerte, no justificaba tal avance. Me quedé bastante inquieto, pero simplemente lo achaqué a que era el Cabo. Nadie tiene tanta suerte como para pasar el Cabo de Hornos sin ningún problema.
Maldije tres o cuatro veces al dichoso Cabo de Hornos entre las dos y las seis. El viento no amainó, pero aún así, las nubes llegaron antes que yo. Una capa negra tapaba el cielo, y las olas ya no tenían freno alguno. En aquel punto del mundo, nada interrumpe su transcurso. Rodean por completo la Tierra, imparables.
Imparablemente sacudían la popa de mi barco, haciéndome avanzar a saltos. Había arriado las dos velas, y me dejaba llevar por el oleaje, preparado para largar trapo en cuanto lo necesitase para maniobrar. Ya era noche cerrada, incluso fuera de aquel infernal manto de nubes que ni siquiera dejaban caer una gota.
Entonces, volví a mirar hacia atrás, y se me heló por completo la sangre. Allí, en la distancia, casi indistinguible, se veía otro barco. Debía ser más grande, pues apenas lo agitaba el oleaje, y llevaba una marcha muy rápida, lo cual podía ser justificable porque tenía todo el velamen desplegado. Me pregunté qué trataba de demostrar y a quién mientras repasaba mentalmente el calendario de grandes regatas, constatando que no pertenecería a ninguna de ellas. Podía ser un buque escuela, o un yate de millonarios, pero ambos solían utilizar poco esta vía para cruzar al Atlántico. Pudiendo cruzar por el Caribe, ¿quién elegiría el infierno sobre las olas?
Me quedé quieto, mientras un escalofrío recorría mi espina dorsal. ¿Por qué me habría venido esa frase a la cabeza? ¿A qué venía una descripción tan tétrica? Había visto tormentas peores en Gran Sol, y aquí estaba.
Justo cuando me dije eso a mí mismo, cayó el primer rayo.
La vorágine que se había desatado era indescriptible. En cuestión de segundos, el viento se desbocó, las olas se encresparon aún más, y el mar pareció duplicarse en el aguacero que caía del cielo. Recuerdo que pensé, de nuevo inconscientemente, que el Cabo había aceptado el desafío.
Mientras tanto, el barco de mi popa se acercaba tan velozmente como se había acercado la tempestad. Estaba ya a una milla o menos, perfectamente distinguible a la luz de los relámpagos, y se dirigía a todo trapo con el mismo rumbo que yo. Iba a doblar el Cabo, y tenía toda la pinta de que lo haría antes que yo. Entonces, me vino a la cabeza otro pensamiento, más fuerte que los anteriores: “No dejes que eso ocurra”.
Casi sin tener el control de mis actos, me puse en marcha. Sin quitar ojo de mi perseguidor (pues estaba convencido de que me perseguí a mí), empecé a desplegar mis velas, luchando contra el horroroso viento que amenazaba partir los mástiles. El vendaval gemía desesperado entre los aparejos, susurrándome amenazas y desafíos en su inmortal lengua. El mismo viento tenía un favorito para su carrera, y no era yo.
Ya distinguía aquel oscuro barco. Era antiguo, un galeón, o un navío del siglo XVIII, de tres palos, y estaba totalmente deshecho. Su casco era negro, o lo parecía a la luz de los relámpagos, y lo mismo sus velas, casi hechas jirones. No parecía afectarlo la tormenta, pero avanzaba con la fuerza de un viento que sólo soplaba para él. El viento ardiente del Infierno, pensé, otra vez ensimismado. Volví a mi infierno particular, tratando de mantener cada fragmento de mi barco en su sitio. Entonces, mientras sujetaba con todas mis fuerzas un cable, vi mi salvación. Una especie de pasillo entre las olas, probablemente un canal profundo, una grieta en el fondo del mar, que impedía que aquéllas rompiesen por ahí. El problema es que las propias rocas me impulsarían, desviándome de mi rumbo. Pero si pasaba por ahí, doblaría primero el Cabo. De eso no cabía duda.
Me afané en la tarea. Viré levemente, interponiéndome en el rumbo de mi cercano competidor (ahora ya sabía que no me perseguía, sino que trataba de vencerme en la carrera). Acto seguido, con las velas totalmente hinchadas y los mástiles crujiendo terminalmente, me lancé a toda velocidad. Até uno de los cables a mi muñeca, y me aferré al timón. Si había una posibilidad de ganar y además salir con vida, era virar bruscamente a babor, y que el propio promontorio del cabo me protegiese del viento y las olas, una vez sobrepasado. Luché, gemí, recé, y gané.
Justo cuando la proa del tenebroso velero llegaba a mi altura, en el timón de mi nave, la mía sobrepasaba la altura del Cabo de Hornos. Hice girar el timón con todas mis fuerzas, y casi sin darme cuenta me giré a contemplar a mi derrotado competidor. Desde la cercanía, parecía aún más grande y amenazador, inmune al oleaje, y sensible sólo al constante viento que lo impulsaba. En la proa, de pie sobre el bauprés, había un hombre. No podía distinguir su rostro, y algo me decía que no quería distinguirlo. Sólo veía que iba vestido con una casaca larga y pesada, y un viejo sombrero. La negra silueta, aferrada a un cabo, me miraba directamente. Entonces, con movimientos lentos y deliberados, se quitó el sombrero y me saludó, reconociendo su derrota con deportividad. El barco, sin embargo, siguió adelante, sin detenerse, dejándome ver su popa. No distinguí a nadie más a bordo, ni luces en su interior. Pero un fanal brillaba en el castillo de popa, y a su luz distinguí el lugar donde debería haber estado el nombre. Las maderas parecían quemadas, o raspadas, como una horrenda cicatriz, y debajo estaba el nombre de su origen: Rotterdam.
Volví a Bilbao. Llegué a finales del mes siguiente. No tuve más problemas, pero no me sentí cómodo ni un solo día de mi travesía. Cada vez que veía nubes en el horizonte, oteaba buscando las negras velas del siniestro barco. No las volví a ver, pero en cuanto puse un pie en mi casa, no dejé de soñar con ellas.
Hice lo que tenía que hacer. Me despedí de mi familia y amigos, les prometí seguir en contacto, y eso he hecho. A la semana de llegar de mi última travesía por mar, cogí un vuelo hasta Santiago, y me desplacé hacia el sur, todo lo que pude.
Ahora trabajo en esta pensión, enseñando a chilenos y turistas lo que es un buen marmitako, y contándole a quien quiera escucharme que una vez al año, en el Cabo de Hornos, una tormenta venida del mismo infierno trae consigo al Holandés Errante, que busca un competidor digno para su barco, o quizá un nuevo tripulante avezado que le permita ganar sus regatas eternamente…
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- El Cronomante
El salón del albergue estaba totalmente lleno, los viajeros compartían cómo podían la mesa para cenar, mientras algunos niños, que habían sido los primeros en comer algo, revoloteaban alrededor sin saber que hacer. La cocinera entró al salón y depositó la enorme olla de sopa en el centro de la mesa, evitando como podía a la inquieta masa de infantes. Suspirando aliviada por no haber volcado el hirviente contenido de la olla sobre alguno de los comensales, pero preocupada por la posibilidad de hacerlo con el siguiente plato, Olga condujo a los niños, cómo si fuesen un rebaño de escurridizas y ruidosas ovejas, hacía una esquina del salón, donde acurrucado frente a una estufa, y totalmente cubierto por mantas y albornoces, descansaba un anciano.
Niños, pedidle al anciano Gustav que os cuente alguna historia, y dejad a los mayores comer en paz.
Uno de los niños se acercó al hombre que miraba a su impaciente público entre las capas de arrugas que surcaban su rostro y ocultaban sus facciones, y sin ningún tipo de consideración le tiró de una manga insistentemente mientras decía con voz aguda y cantarina:
Señor, cuéntenos alguna historia... por faaaavoooor.
Gustav suspiró profundamente, como aliviado de cierta carga, se incorporó tanto como pudo, y movido por cierta necesidad, comenzó a narrar con su ronca y pesada voz:
”Debéis de saber que esta historia es una leyenda que nadie ha escuchado, y que apenas nadie llegará a escuchar.
Como toda buena historia, esta habla de un viaje. Pero en este caso el viaje no ha empezado todavía...”
Haciendo caso omiso de los interrogantes rostros de su audiencia el anciano prosiguió con el relato.
”Cómo iba diciendo el viaje del protagonista de esta historia aún tiene que comenzar. Todo empezará en un lejano futuro. El mundo como lo conocéis habrá dejado de existir, las ciencias habrán evolucionado y los seres humanos habrán estado a punto de destruir el planeta en más de una ocasión. Habrá maquinas inteligentes, los hombres y las mujeres no necesitarán pareja para tener descendencia pero sus retoños serán casi perfectos y casi inmortales. Uno de ellos, será conocido como el Cronomante..
Este Cronomante es, por supuesto, el protagonista de esta historia. ¿Qué es un Cronomante? Os preguntaréis. Es, bueno, será, un hombre que descubrirá cómo viajar atrás en el tiempo, y al hacerlo descubrirá también que DEBERÁ viajar atrás en el tiempo, porque de hecho, ya lo hizo.
¿Confundidos? Es normal, al fin y al cabo incluso entonces muy pocos entenderán la importancia de este hombre, en su momento apenas el protagonista tuvo muy claro su papel en todo esto.
Veréis, en todo el mundo, en distintas épocas, se han descubierto o se descubrirán indicios de la presencia de vida inteligente en este planeta, de vida inteligente con conocimientos fuera de su propio tiempo. Estos descubrimientos serán denominados “Artefactos Fuera de su Tiempo”. El problema radica en que esos descubrimientos deben hacerse para que más adelante la sociedad de nuestro protagonista llegué al nivel necesario para permitirle descubrir los viajes en el tiempo... por que, como él mismo descubrirá más adelante, él será el responsable de provocar que todas esas cosas existan para posteriormente ser descubiertas.
Su vida, su misión, será asegurar que su futuro pudiese existir, pero para ello tendrá que viajar atrás en el tiempo, por distintas épocas y por distintos países, reinos, naciones y continentes, y convivir con distintas culturas y personajes, todo para poder más adelante descubrir cual sería su misión y poder emprenderla nuevamente.
Y así nuestro protagonista comenzará un viaje que le llevará primero a la era en la que los dinosaurios gobernaban la tierra, donde habrá fotografiado algunos especímenes para más adelante haberlos mostrado a algún pueblo de Perú que pudo así crear las Piedras de Ica y otro en México para que pudiesen inspirar las figuras de Acambaro.
Más tarde (o quizás más pronto, a mi edad ya no percibo bien el tiempo) viajó a Palenque, donde los sorprendidos Aztecas le veneraron como a un Dios y le ayudaron a construir la astronave, a cambio de parte de sus conocimientos, con la que más tarde se presentaría en el pasado, en las montañas de Dropa para contribuir a la creación del yacimiento y los misteriosos discos que más tarde serán hallados ahí.
También tuvo que desplazarse hasta la India, donde enseñó a un herrero local como crear una forma de hierro que sería casi inmune al paso del tiempo y de los elementos, a cambio de lo cual le pidió que le ayudase a construir el gigantesco pilar que mas tarde se exhibirá en Qutb. De ahí, y con similar misión se desplazó hasta Kottenfort en Alemania donde ayudó a la creación de otra pieza de similares cualidades.
Moviéndose atrás y adelante a lo largo del tiempo estuvo también presente durante la creación de los calaveras de cristal en la perdida Atlántida, creando mediante poderosos mecanismos las ruinas de Baigong, transportando desde la antigua babilonia hasta Bolivia la fuente Magna... pero su trabajo no acabaría ahí, ni mucho menos.
Instruyó a los egipcios en las ciencias necesarias para la construcción de las pirámides, dejó tras de sí el misterioso pájaro de Saqqara y les transmitió otros conocimientos aún más complejos que se perderían con el transcurso de los siglos, cómo las Lámparas de Dendera, pero cuya presencia en forma de posibilidad no podía ser alterada.
En el lago Winnipesaukee será el principal responsable de la creación de la extraña piedra que representará la mística unión entre dos tribus, viajando luego por el resto del continente americano y depositando la piedra Runica de Kensigton mientras dejaba en California, 50 millones de años antes, abandonado a su suerte un juego de mortero que más tarde traería a científicos e historiadores de cabeza. A punto estuvo también de depositar una jarra de zinc-plata en un estrato para que fuese descubierta miles de años más tardes en Dorchester, pero por suerte averiguó durante sus viajes que todo había sido un fraude.
En la antigua Grecia actuó inspirando o ayudando a las grandes mentes de esa época, diseminando artefactos y conocimientos cronológicamente desplazados cómo quien siembra calabazas, actuando cómo musa de los mitos del Coloso de Rodas y el caballo de Troya mientras creaba artefactos como el Mecanismo de Antikythera.
Sería él el que acompañase a Piri-Reis y le diese instrucciones precisas para crear un mapa de la Antártida, sería él el responsable del futuro desarrollo de las esferas de Klerksdorp, el que empujaría a los aborígenes australianos a construir la pirámide de gympie y luego eliminase sin ningún tipo de remordimiento (pues era consciente de que era algo que ya había hecho anteriormente) a los involucrados en su construcción, dejó en el antiguo Baghdad indicios de la presencia de primitivas baterías eléctricas, abandonó una aparente bujía que más tarde recibiría el nombre del artefacto de Coso, y tuvo que viajar millones de años atrás en el tiempo para dejar un clavo que sería descubierto y fechado muchísimo después.
Pese a todos los medios a su alcance, nuestro protagonista dedicó su larga vida casi en su totalidad a posibilitar el descubrimiento de dichos objetos, pero no fué su única intervención en la historia. Durante su trayecto pudo establecer ciertos lazos con grandes hombres y mujeres, que más adelante deberían revolucionar el mundo. Al principio él no sospechaba que su implicación con ellos fuese necesaria, hasta que llegaba a conocerles, pues al hacerlo comprendía de inmediato que sin su ayuda y presencia ellos no podrían haber efectuado nunca ciertos descubrimientos o realizado ciertos milagros.
Así, el Cronomante sirvió y servirá cómo herramienta del Espacio-Tiempo, manteniendo este universo íntegro y permitiendo que el ciclo se repita una y otra vez.”
*cof, cof *
Una repentina y húmeda tos detuvo momentáneamente el relato del anciano, que se percató de que la mayor parte de su público había surcado las puertas de plata a las tierras del sueño, excepto un joven muchacho que le miraba interesado y no parecía perder palabra.
El anciano, cuya voz iba perdiendo fuerza poco a poco se apresuró a continuar hablando:
”Pero al Cronomante todavía le quedaba una cosa por hacer, aunque ya estaba viejo y cansado, una única cosa, puesto que ya había dejado cada artefacto en su lugar apropiado y había influenciado en la vida de la gente que necesitaba de sus conocimientos o capacidades.
Debía hacer que al menos una persona escuchase su relato, que se convertiría en una extraña y poco extendida leyenda, pero que algún día, en un futuro muy lejano, llegará a los oídos del joven Gustav Crowley, primer y único descubridor del viaje en el tiempo, que comprenderá la importancia de este relato y de la misión que éste le empujaría a llevar a cabo, para acabar algún día acurrucado en el salón de un albergue, frente a una maltrecha estufa, calentando su moribundo cuerpo, esperando a que un ansioso muchacho le pidiese que contase una historia... y contarsela... pudiendo cerrar así... el ciclo...”
El anciano cerró los ojos y el joven niño comprendió que había asistido a algo importante. Esa historia nunca se borraría de su cabeza, y la transmitiría de padres a hijos, sabiendo que de alguna forma el joven que fue y será el anciano que murió poco después de contársela, llegaría a oírla algún día.
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- To Glory
El grupo llegó por fin tras varios días de marcha a los pies de la desolada colina, la misma colina en la que desde tiempos remotos moraba el dragón guardando celosamente sus tesoros, un dragón con el que Beowulf tenía un agravio que cobrarse, por eso estaba allí, el por entonces anciano monarca.
-Liberadme ahora señor, os lo suplico.
Beowulf le dirigió una mirada de profundo desprecio. Tan valiente entonces y tan cobarde ahora, pensó el rey. Aquel que se humillaba ante el soberano y temblaba visiblemente era el hombre que con su estupidez o su osadía había desencadenado los acontecimientos que habían llevado al anciano caudillo hasta el pie de aquella colina. El hombre era culpable del robo que había desatado la cólera del monstruo contra Beowulf y su gente, muchos hogares fueron calcinados aquel día y muertos sus habitantes, hombres, mujeres y niños por igual. Así castigó el dragón a los hombres por el robo de una única copa incrustada de perlas.
-Tu vida te será perdonada, pues no hay ley que condene a un hombre por robar a un dragón y has cumplido como guía, eres libre de quedarte con tu rey o de volverte.
El hombre, temblando, dio media vuelta y huyó. Beowulf se volvió entonces hacia su guardia personal, once guerreros de expresión ceñuda. Todos y cada uno de ellos percibían la presencia del monstruo ante ellos, se evidenciaba tanto en el aire como en la tierra. La hierba tenía allí un aspecto amarillento y chamuscado, como si la maligna presencia hubiese calado hondo en la tierra, corrompiéndola, y el aire, estancado y fétido les oprimía el pecho al tiempo que el ánimo de todos ellos decaía con cada paso que daban. Nada se oía en aquel desolado paraje, como si la vida hubiese abandonado el lugar tiempo atrás escapando de una muerte que ahora, silenciosa pero presente, flotaba sobre cada uno de los miembros de la expedición.
El rey se enderezó súbitamente, alto y orgulloso como en sus años de juventud, sus cabellos como ríos de nieve descendían libres hasta sus anchos hombros y sus ojos brillaron bajo el yelmo cuando comenzó a hablar.
-Muchos son los combates en los que he intervenido a lo largo de mi vida, jamás he dado un paso atrás en la lucha y de este modo lo haré mientras goce de vida. Ahora, de nuevo entraré en combate a ganarme renombre si el torvo enemigo del túmulo sale y conmigo se enfrenta. No he de retroceder ante el monstruo hoy. ¡Que nuestra lucha decida en lo alto del risco el destino que rige y gobierna a los hombres!
Así habló Beowulf a sus hombres antes del combate, y tomando el escudo, fiado en su fuerza, hacia el risco avanzó. Furioso se hallaba el monarca cuando con fuerza lanzó su llamada de guerra y su potente voz resonó en la roca grisácea. Allá hubo combate, pues el guardián del tesoro oyó el desafío.
De la cueva salió primero el aliento del monstruo, su cálido fuego, y la tierra tronó. Dispuesto a la lucha se hallaba el dragón y enfadado ante la osadía de aquel guerrero bajo el yelmo que con un escudo de hierro y empuñando una espada, de muerte le amenazaba. La bestia, encolerizada, hacia el monarca se lanzó con un rugido y fue el escudo lo que salvó la vida del anciano guerrero cuando las llamas lo alcanzaron. Agobiado como estaba entre las llamas consiguió alzar el brazo y su espada cayó sobre el monstruo, más no tanto mordió el filo brillante como el soberano hubiese querido. Mucha fue la rabia del guardián tras el golpe sufrido y los dos enemigos, con premura otra vez se atacaron y una vez más las llamas cayeron sobre el soberano, que preso del fuego y del calor no podía más que cubrirse para salvar su vida.
La sola presencia del dragón había hecho estragos cerca de allí, pues los guerreros de Beowulf sintieron en su ser el aura de los dragones, el profundo miedo que inspiraban incluso en el corazón más osado. Presos del hechizo, todos sus hombres habían huido en cuanto la poderosa criatura hizo acto de presencia ¿qué podía un hombre ante semejante monstruo?, se preguntaban. Resultaba imposible que el valor de un hombre pudiera prevalecer ante una cosa semejante. Uno sólo en su pecho la pena sintió. Su nombre era Wiglaf, un bravo señor que vio como el rey padecía bajo su yelmo de guerra y recordó la mucha consideración que de él tenía el monarca. Ya no quiso aguardar, agarró su escudo, sacó su espada y enojado, furiosas palabras dirigió a los otros:
-Recuerdo el día en que bebiendo hidromiel sentados en la sala del rey prestamos juramento a nuestro soberano de estar a su lado cuando falta le hiciera y pagarle en la lucha las cotas de guerra, los yelmos y las espadas. Por propio deseo nos quiso elegir para esta jornada pues él nos tenía por bravos guerreros, por héroes sin tacha. Ha llegado el momento en que al monarca le urge nuestro apoyo. ¡Acudamos al rey! ¡Prestémosle ayuda! ¡El fuego y las llamas lo abrasan!
Los miró a todos a los ojos y continuó:
-Dios es testigo de que prefiero morir con mi soberano, abrasado mi cuerpo, o no será con honor que regresemos llevando el escudo. ¡Un hombre honrado no olvida jamás lo que un vínculo exige!
Dicho esto avanzó por la horrible humareda a ayudar a su rey.
Solo, Wiglaf hijo de Wistan llegó junto a su señor.
-Oh querido Beowulf, no dejes de hacer lo que de joven juraste, que nunca en tu vida querrías que menguase tu fama. ¡Empléate ahora con toda tu fuerza! ¡Yo te presto mi apoyo!
Tras estas palabras, el enorme reptil entre llamas ardientes de nuevo atacó, buscando con odio a sus dos enemigos. Las llamas destruyeron el escudo del joven guerrero y presto se colocó tras su señor. Nuevamente el monarca, colérico, descargó su espada contra el cráneo del dragón, pero el hierro se quebró, le falló en la pelea. Estaba fijado que de hoja ninguna pudiera valerse el monarca pues era tanta su fuerza que cuando el arma en la lucha empuñaba, allá las rompía. Fue entonces cuando la bestia inició un nuevo descenso y aprovechando la ocasión se lanzó sobre el héroe con rabia, atrapó su cuerpo entre los dientes y cubierto de sangre lo arrojó lejos. Wiglaf demostró entonces ser un hombre de espíritu fiero, y viendo a su señor gravemente herido, más fuerte fue el fuego de la cólera que surgió en su interior que el del aliento del monstruo, y valiente, se adelantó para atacar. Sin embargo no buscó la cabeza, y el fuego del dragón el brazo le quemó cuando hirió al reptil en el vientre. El guerrero hundió hasta el puño su espada en el vientre exento de duras escamas y el dragón aulló por el dolor que le había causado, más no era una herida mortal y el monstruo se revolvió buscando una venganza que Beowulf no le concedería, pues habiendo recobrado el sentido, el rey desenvainó la daga que llevaba en la cota, afilada y temible, y cortó el cuello de su enemigo en una poderosa estocada.
El noble monarca, ninguna victoria más obtendría después de ésta, pues fue su última hazaña. El mordisco fatal del dragón pronto empezó a quemarle y dolerle y Beowulf supo al instante que el dañino veneno corría por su pecho. El anciano buscó un asiento al pie de la montaña y se sentó, agotado por el peso de la edad y por la herida mortal. Wiglaf le quitó el yelmo y lavó con agua el rostro de su señor.
-Se agota mi tiempo de vida. He regido a mi gente por cincuenta años: no he buscado querella ni he hecho juramentos en falso, y nunca un monarca de tierras vecinas tuvo el valor de venir a atacarme. Ahora por ello me siento feliz pues no ha de acusarme de muertes ajenas el Dios Celestial cuando de mi se separen la vida y el cuerpo. Oh Wiglaf amado, corre al momento a la cueva a buscar el tesoro. Apresúrate y haz que contemple las viejas riquezas, las piedras brillantes; después que las vea podré confortado marcharme del mundo y del reino que yo tanto tiempo he tenido.
Rápido corrió el noble guerrero a cumplir la voluntad de su señor, entró en la caverna y encontró abundantes riquezas, magnificas joyas cubrían el suelo, copas de héroes antiguos ya faltas de adorno y sin brillo, muchos yelmos había, mohosos y viejos, y también anillos hábilmente trenzados. Después sobre el oro vio que pendía un dorado estandarte, un trabajo excelente elaborado por manos muy hábiles, su brillo era tal que alumbraba el suelo a su alrededor. Copas y fuentes cargó contra su pecho, así como el reluciente estandarte. Llegó con el oro ante el noble caudillo, que exhausto y cubierto de sangre se hallaba, ya cercana su hora. Lavó nuevamente con agua su rostro.
-Doy gracias al Eterno Señor por las riquezas que ahora contemplo, por dejarme vivir hasta haberlas ganado y podérselas dar en herencia a mi gente. Ahora que yo el tesoro he ganado entregando mi vida, quiero que tú, Wiglaf hijo de Wistan, asumas la jefatura de los gautas tras mi partida.
El fiero monarca se sacó del cuello su dorado collar y se lo entregó al joven junto con su yelmo brillante y su cota anillada.
-Disfrútalos tú, pues eres el último de nuestro linaje, la estirpe wegmunda. El destino ya trajo a mis nobles parientes, heroicos señores, a todos, la muerte. ¡Ya parto tras ellos!
Entonces su alma del pecho salió a buscarse su premio. Ochenta y seis inviernos contaba Beowulf el día de su muerte, y mucha fue la pena del joven al ver que en el suelo quedaba sin vida el hombre que más estimaba en el mundo. En vano intentó reanimarle, y fue así como lo encontraron los diez malos vasallos que no se atrevieron a usar sus espadas estando su rey en tan grave peligro. Con vergüenza acudieron llevando los escudos y las cotas limpias y relucientes. Duras palabras dirigió el intrépido joven al grupo cobarde.
-Bien puede afirmarse que aquel que os entregaba los ricos arneses que tenéis puestos, que aquel que con frecuencia os regalaba cotas y escudos, en balde entregaba tan buenos pertrechos, pues sin apoyo ninguno se vio en el combate. Ya nunca os serán ofrecidas espadas o joyas que luego en herencia reciban los vuestros. Privados de patria y errantes por siempre tendrán que vagar los de vuestro linaje, y así, que los reyes de tierras lejanas conozcan la huida, la mala traición. ¡Para un noble guerrero es mejor la muerte que la vida sin gloria!
-------
En Punta Ballenas, en lo alto de un risco, le erigieron los hombres una magnífica pira de hermosa apariencia; la adornaron con yelmos, escudos de guerra y brillantes arneses. En el centro los bravos pusieron con pena al amado monarca. Altísimas llamas se alzaron después al prenderse la pira, del fuego se elevó un humo negro y se oyó el crepitar con el llanto mezclado. En el mismo lugar en que ardió la pira alzaron después un túmulo alto, grande y glorioso, digno del hombre que lo moraría durante los siglos venideros. A partir de ese momento, los hombres de mar, cuando venidos de lejos surcan sus naves las lúgubres aguas de la costa danesa, lo observan a la distancia y el Peñón de Beowulf lo llaman, y allí, aún hoy tantos siglos después, se puede leer un grabado que reza:
"Aquí yace Beowulf, el afable señor de los wedras, de entre todos los reyes el más apacible y amante del pueblo, el más amigable y ansioso de gloria"
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