El One Piece es Sabo escribió: ↑Mié Nov 19, 2025 9:45 pm
Además de los incontables defectos de Rocks como personaje, uno de los más sangrantes quizás sea, para mí, cómo ejemplifica la explotación del paradigma barthesiano, o sea,
La muerte del autor expuesta por Roland Barthes, que tanto define el arte actual; y, en particular, el énfasis en el consumidor, en este caso lector, como parte activa como agente constructor de significado (para, a menudo, llenar la más absoluta nada, tan cómodo para el autor).
Y me explico: Rocks, como personaje, es un cascarón. Es la completa nulidad y un ejercicio de pereza como escritor. No tiene raíces, no tiene motivaciones, no tiene relaciones; no tiene nada mínimamente palpable, con un poquito de realidad. Todo, absolutamente todo, lo que tiene es
concepto y Oda, no sé si consciente o inconscientemente, aprovecha al lector barthesiano para que éste le llene los huecos con su racionalización a posteriori.
La evidencia más clara, los últimos capítulos con Rocks, Roger y Garp. Rocks y Garp no habían interactuado hasta tenerse frente a frente hará un par de capítulos; con Roger sólo tuvimos el rifirrafe en el bar. Aun con todo, y aun existiendo cualquier vínculo emocional sólido entre Rocks y Roger y Garp, Oda espera que el lector sienta
algo cuando presencia cómo Rocks les pide que lo maten o cuando dibuja a Roger secándose las lágrimas previo a la estocada final.
Y, aparentemente, lo consigue, pues desconozco por qué, pero el lector va y siente, y ante la evidente reclamación de sustento para este sentimiento, de motivos por los cuales deberíamos creernos que a Roger le duela matar a Rocks, o que existe cualquier gravedad en que Rocks les pida que le den matarile, dicho lector habla de, decía,
conceptos, de ideas o, si acaso, promesas de que dentro de diez años veremos el trasfondo común a estos tres, y cómo lo lloraremos entonces. O sea, tienes que sentir algo con este esperpento forzado porque, cómo no vas a sentir algo, si son Rocks, Roger y Garp, y donde Oda no se ha esforzado por construir el más mínimo fondo emocional, llega el lector a ser parte activa y hacerle el trabajo al escritor, porque claro, no nos lo va a dar todo mascado y es que no necesitamos verlos tener relación para asumir que dicha relación existe y deducir, cual silogismo, que debemos sentir pena.
Emociones sobre el papel, teóricas, casi robóticas y basadas en lógica proposicional.
Lo cual nos dice, básicamente, que Oda puede servir lo que quiera en el comedero, que le van a venir a comer igual y ya se encargarán los lectores de racionalizar que no están comiendo porquería, sino chocolate.
Que Rocks ejemplifique uno de los mayores cánceres del arte actual, eso sí, no es sino parte de la montaña de defectos que tiene como personaje: vacío de motivaciones propias (lo hemos visto vivir y morir sin entender por qué narices quiere ser el rey del mundo, pues la única justificación de Oda no es sino un pretexto para añadir un nuevo gancho en forma de Davy Jones, personaje dibujado en servilleta de papel elevado, en cosa de dos días, a la categoría de Imu y Joy Boy, y así ha convertido la motivación de Rocks en la de Davy, despojándolo de ambición propia); vacío de relaciones significativas (Ay, qué penita, que Rocks quiere proteger a su familia con la que ha tenido un espectacular total de cero interacciones que nos enseñen por qué deberíamos sentir su dolor más allá del concepto racional de «ser querido»; ay, qué dramático, que Roger llora porque tiene que matar a Rocks, el tipo con quien sólo lo hemos visto interactuar una vez en un bar; ay, qué profundo, que Rocks le pide a Garp que lo mate, aunque no hayan cruzado viñetas hasta ese mismo momento); vacío de raíces (¿Os acordáis de cuando Oda dibujó aquella escena de Rocks creciendo en God Valley para que conectemos con que lo vea como lugar seguro donde mandar a su familia, y para que nos duela ver cómo el Gobierno viola dicha seguridad del hogar hasta destruirlo? Yo tampoco); vacío de legado; vacío de... todo, prácticamente...
...y, aun con todo, capaz de arrebatar hitos a los protagonistas (que un pirata pise por primera vez el rincón personal de Imu), de quitarle mérito a los antagonistas (ahora no es que Barbanegra fuera un huérfano salido de la nada que ha aprendido sobre los tabúes del mundo, ahora es que es el heredero profetizado de Davy Jones, el hijo del grandísimo pirata que ya estuvo metiéndose en los misterios del mundo, y no es que quiera ser el rey del mundo como su propia ambición, pues la tenía su padre también), de apropiarse de rivalidades (Barbablanca dejó de ser el mayor rival de Roger, ahora tenemos que tragarnos a éste), y así.