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Ramsus
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Mensaje por Ramsus »

Relato Nº 9:
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SAN ISIDRO

A pies de los Montes de Toledo en un tranquilo y pequeño valle, se encontraba la abadía de la que hoy os hablaré.

Era una tarde de primavera, el sol ardía en el cielo, pero el calor que infundían sus rayos no podía asemejar a la calidez que aquellas almas emanaban. Entre cánticos y oraciones preparaban el campo, recolectaban los mejores frutos de su huerto y animosas, procedían incansables a realizar los preparativos de la fiesta del patrón de la villa más cercana. La actividad durante esa semana había sido frenética para todas. Se acercaba la festividad de San Isidro. Y, este año, volverían a acoger la tradición que en los últimos años habían dejado de lado. Para las más jóvenes e inocentes novicias, el acto representaba una auténtica novedad, una nueva ilusión en su monótona realidad. Para las mayores en cambio, solo una amenaza a su sagrada intimidad.

- ¿Es eso cierto? ¿Vendrá el Obispo de Toledo en persona? Aún no lo puedo creer…- comentó la impresionable María.
- Creo que es para informarnos de ello por lo que la Madre Prados nos ha convocado aquí esta tarde. Al parecer el obispo es pariente suyo y fue él mismo quien la animó a recuperar esta tradición. – resolvió Almudena
- Oh, ¡ya está aquí!
- Sshhh…- reprendió con seriedad la hermana Asunción

La Madre Prados había sido nombrada hacía poco tiempo, tenía edad suficiente para haber acumulado gran experiencia, pero a su vez era lo suficientemente joven como para que su espíritu anhelase grandes cambios y reformas en la abadía, y había comenzado por recuperar ciertas actividades que la mantuviesen en contacto con el pueblo.

- Hijas mías, os he congregado hoy aquí, para haceros partícipes de la Gran noticia que he recibido esta semana. Como ya sabéis, este año acogeremos a las gentes de la Villa en San Isidro. Éste será el primer año, tras muchos de retiro, en que volveremos a abrir nuestras puertas a todos aquellos que son ajenos a nuestra comunidad. Agradezco vuestro empeño en los ensayos, y todos los esfuerzos que durante estos días habéis estado haciendo para mayor hospitalidad de quienes se acerquen a la Casa del Señor. Es conocida por todas la diversidad de opiniones que la celebración ha generado, al igual, que todas sabéis que he pedido consejo en la toma final de esta decisión al mismo Obispo de Toledo, a quien no solo le ha agradado la idea, sino que además ha querido ser partícipe de ella. Mañana al alba partirá de Toledo, antes del mediodía estará aquí, espero que esté todo dispuesto para entonces, puesto que oficiará la Santa Misa a las 12. Es muy importante que todo salga bien. Confío vuestras acciones y vuestras almas inocentes e inmortales a Cristo Rey para que nos guíe en este día. Amén.
- Amén. – respondieron al unísono.

La comunidad se disolvió en un suspiro. Pronto todas rezaban en sus celdas las últimas oraciones antes de entregarse al abandono del sueño.
A la mañana siguiente la tranquilidad que sus facciones mostraban, no tenía nada que ver con el nerviosismo interior que todas sentían. La gente comenzó a llegar temprano, todos deseaban ver las caras de aquellas monjas, y como sería el interior de la abadía.


El camino hacia la Iglesia había quedado precioso tras trasplantar los últimos rosales. El Obispo paseaba por él, admirando el trabajo que las monjas habían realizado. Con gesto grave advirtió a los jóvenes seminaristas que le auxiliarían durante la ceremonia.

- Es muy importante que estéis a la altura de las circunstancias, esta congregación ha sufrido mucho y ha sido todo un sacrificio conseguir que volvieran a admitir villanos en su claustro, tengo grandes planes para esta abadía y no me gustarían que se echaran a perder por alguna chiquillada, espero que lo hayáis entendido.- Los dos jóvenes asintieron seriamente. – Ahora ya sabéis lo que debéis hacer. – Se encaminaron hacia la Iglesia mientras el Obispo se entretenía bendiciendo a los más pequeños, a los recién unidos en matrimonio, a los tullidos, a los más débiles y a los fuertes.
Llegaron a la puerta, la madre Prados les esperaba para darles instrucciones y guiarles directamente a la sacristía, no quería que husmeasen nada. Al abrir la puerta y entrar, quedaron cegados por la penumbra de la Iglesia, el olor a incienso era penetrante y la humedad de dentro en contraste con la calidez del día fuera, hacía que un escalofrío les recorriera la espalda y les erizase los pelos en su piel. La Madre Prados les dio un momento para acostumbrar sus ojos a la luz y les indicó las instrucciones que debían cumplir. Hábiles y raudos como eran en su tarea (preparar la casulla, las lecturas, el cáliz y la patena), José y Juan no tardaron en concluirla, y decidieron esperar meditando ante el Altar a que diera comienzo la ceremonia. Cansado por el viaje, Juan cayó en un agitado sueño, oía una voz rezando, era una voz de mujer que entre oraciones le llamaba: Juan…, Juan…, ven…- escuchaba.

- Juan, ¡Juan! ¡Vamos, despierta! Si el Obispo nos sorprende durmiendo… ¡no quiero ni pensar qué nos hará!
- Eh! ¿José? Soñaba que una chica me llamaba.
- No bromees, ¿a tí? Jejeje. Vamos, que esto va a dar comienzo.
- Ooohhh…! ¡Cuánta gente ha acudido! Oye, ¡¿por qué crees que todos tienen tanta expectación con este día!?
- Al final de la Misa te lo cuento.
Cuando la Iglesia estuvo llena, las monjas aparecieron por uno de los laterales en fila de dos, cantando alabanzas, desfilando hacia el coro haciendo gala de sus mejores y más sencillos hábitos. El pueblo, sobrecogido ante sus voces angelicales, creía entrar en comunión con Dios durante la ceremonia. Al concluir ésta, todos salieron al patio, las monjas habían preparado montones de dulces y verduras frescas, un regalo para todos. El pueblo y el Obispo quedaron gratamente sorprendidos, nadie se dio cuenta de la ausencia de los dos seminaristas.
- Te juro que he oído una voz de mujer-
- ¿Solo una?- respondió su compañero con ironía- Yo me voy a probar los dulces de las monjas, ¿vienes?
- Yo me quedaré un rato orando- concluyó su amigo algo ofendido.
Al quedarse solo, en silencio, volvió a escuchar la voz que le llamaba: “Juan…, Juan…, ven…”-
- ¿Quién va? ¿Madre Prados, es usted?- preguntó mientras se ponía en pie de un salto y giraba sobre si mismo buscando alguna otra persona. Echó a andar hacia el lugar de donde procedía la voz, el corazón le latía desbocado en su pecho, su respiración agitada se no le permitía oír nada más allá de su propio aliento. Habían vuelto a encender el incienso y su olor le quemaba la garganta. Ante él quedó la visión de una puerta de la que antes no se había percatado, estaba entreabierta y cautelosamente se asomó, respiró hondo, hasta que finalmente, armándose de valor… se decidió a pasar. Parecía una cueva, con solo cruzar el umbral se dio cuenta de que estaba en la Cripta y un escalofrío le recorrió de nuevo la espalda hasta punzarle la nuca. Sintió una fría corriente de aire en su cara, y escuchó como se cerró la puerta tras él.
- ¿José? No bromees por favor, este sitio no me gusta- trató de abrir la puerta, pero fue incapaz. Nervioso, comenzó a golpearla hasta hacerse daño, se sentó a su lado y pensó que pronto volverían a por él, que José regresaría a contarle lo buenos que estaban los dulces…
Llevaba algo de tiempo dentro, le era imposible calcular cuanto, puesto que los segundos en esa situación, le parecían horas, cuando comenzó a escuchar el susurro de una oración. Menos mal- pensó aliviado-, debe estar aquí alguna de las monjas haciendo su retiro. Avanzó por el lúgubre pasillo, sin fijarse demasiado en las tumbas que pisaba a su paso, hasta que este se ensanchaba y giraba a su izquierda convirtiéndose en una hermosa sala algo más iluminada. Dentro, la figura de una joven novicia que rezaba con verdadera ansiedad. Su cuerpo frágil arrodillado ante su Dios le daba un aire místico e incluso algo triste.
- Perdona que te interrumpa, pero es que no puedo salir y el Obispo me estará buscando fuera, ¿hay alguna otra puerta aquí?
- ¡No! ¿El Obispo? Juan, ayúdame, ¡salva mi alma!- su mirada aterrorizada se expresaba aún con más intensidad que sus palabras. Tenía la misma voz de quien había estado llamándole esa mañana. La novicia se echó a llorar -“Está aquí otra vez”-.
Juan vio al Obispo aparecer en la salita, la novicia rezaba una oración inteligible, el Obispo se acercaba a ella, comenzaba a reprenderla por estar allí abajo sola y sin más, la tomaba por la fuerza. Juan quedó paralizado ante los actos del Obispo, no reconocía en él al hombre que le educaba, ¿acaso no era él? Finalmente y tras luchar contra sus sentimientos encontrados, trató de defenderla.
- ¿¡Qué está Usted haciendo!? ¡Suéltela!
Al correr hacia ellos para separarlos, su alma quedó helada: allí no había nadie. El rumor de la novicia forcejeando y rezando por su pureza se desvanecía en la sala, y se hizo el silencio. Juan cayó al suelo sin comprender que ocurría allí. Sentía miedo, mucho miedo, salió corriendo hacia la puerta, que ahora sí estaba abierta.
A la salida, la cara de la Madre Prados parecía desencajada.
- ¡Cuéntame ahora mismo que ha pasado ahí dentro!- Exhortó.
- Yo, yo… no lo sé. – Aún no tenía claro nada de lo que allí había acontecido- Había una chica rezando, era una novicia, parecía nerviosa… y entonces ha llegado el Obispo y …
- No digas blasfemias, el Obispo ha permanecido fuera desde que terminó la Santa Misa. Acude conmigo a mi despacho, allí hablaremos más tranquilos.


La Madre le preparó una infusión para calmar los nervios, y tras entregársela aún humeante tomó la palabra.

- Está bien, comienza a hablar. Puedes estar seguro de que nada de lo que me digas saldrá jamás de este despacho. Desde hace algunos años en esta abadía se suceden acontecimientos que son imposibles de explicar a la razón. Pero Dios y su fe nos guiarán por el mejor camino. Paso a paso dime lo que has visto.-
Juan le contó lo que había vivido y como se había enfrentado al Obispo que aparecía en lo que él ahora denominaba su sueño, su visión, cuanto más tiempo pasaba, más raro se le hacía pensar que aquello no hubiera sido una mala pasada de su imaginación. Tras escuchar su relato, la Madre Prados decidió compartir con él el más privado secreto de su hogar.

- La novicia que has visto se llamaba Clara, no pensé que este año se repetiría tan temprano. Hace años, cuando yo era a penas una niña, las monjas me acogieron, y en una celebración como la de hoy, ocurrió algo terrible… aún me horroriza solo pensarlo: el Obispo que hoy has visto, forzó y mató a Clara encubierto por el silencio de la Cripta. Todas rezamos por la salvación de su alma, pero se repite todos los años, torturándose y torturándonos con sus oraciones, sus súplicas y su dolor. Su espíritu no pudo perdonarle ni encontrar a nadie que se enfrentara a ese Obispo, e hiciera públicos sus actos de mala fe. La maldad de ese hombre prevaleció sobre el descanso del alma inmortal de Clara. Perdió la fe en Dios y en sus hombres, en los últimos segundos de su vida, sí Juan, el Obispo no se conformó con tomarla, al resistirse su alma y su cuerpo, él la asesinó. Nosotras no hemos conseguido devolverle su descanso y reclama para ella un alma noble que le salve… Por eso es tan importante que me cuentes exactamente qué ha pasado hoy en la Cripta.
- Ya se lo he dicho Madre, ante tal crueldad, yo he reaccionado con violencia, de forma poco racional, no estoy orgulloso de mis actos pero, ¿¡qué podía hacer ante eso!? Me enfrenté al Obispo, me abalancé sobre él y ¡no conseguí nada!
- Creo que has conseguido más de lo que imaginas.- Asintió la Madre Prados con un atisbo de esperanza en su mirada.

Regresaron a la Cripta, allí no quedaba nada de lo acontecido, sin embargo, en el lugar donde Clara rezaba había un cálido olor a rosas.
El siguiente 15 de Mayo llegó pronto, Juan regresó a la abadía decidido a poner en práctica todas aquellas acciones con las que había pensado podría librar a Clara de su eterno destino. Una vez más atravesó el umbral de la Cripta, esperaba que se repitiera de nuevo el suceso del año anterior, pero esta vez estaba preparado. No sintió miedo, sintió algo diferente, la cripta olía a rosas, no quedaba nada del incienso que quemaba la garganta que se olía en el resto de la Iglesia. Concentrado en sus oraciones, una voz que reconoció al instante le habló. Ligeras palabras que no volvería a escuchar nunca más:
- Recuperé mi fe gracias a tu valentía y hoy vivo de la dicha, protégelas, protégelas a ellas como lo hiciste conmigo y tu fe nunca morirá.- sonaron en su cabeza como un delirio, pero él sabía que no lo era.


Juan dedicó el resto de sus días a la oración y a sus protegidas, la vida de la comunidad evolucionó increíblemente rápido. Los hechos de esta historia se rescataron de la biblioteca de la abadía, pero si hablas con las gentes del lugar sobre los restos de la misma, todos te dirán que:
“Narra la leyenda que todas las festividades de San Isidro al caer la noche sobre el valle, cuando todos vuelven a sus casas tras la romería, un espíritu vaga libremente sobre las ruinas de la abadía atemorizando a los curiosos infieles con el eco de su voz sin vida y alejando de ellas a todo aquel intrépido que osa acercarse, al caer el día”.
Relato Nº 10:
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Realidades


Tengo que decir que durante toda mi vida había sido una persona supersticiosa.
Las leyendas, los dichos, todas esas fantásticas creencias… nunca los había dejado completamente al margen ni negado la posibilidad de que fuesen reales, quizá en un intento por no abandonar del todo aquel tiempo mágico que la infancia había sido, como si mi corazón guardase todavía celosamente la ilusión de saber que todo es posible. Para mí las casualidades siempre tenían un significado, estaban ahí por algo más que por el mero hecho de ser simples coincidencias; guardaban tras ellas una extraña razón de ser, quizás una respuesta a algo. Y yo trataba de encontrarla a toda costa.
Curiosamente fue justo eso, una estúpida casualidad, lo que hizo cambiar de forma radical y fortuita mi modo de pensar y ver las cosas. Mi manera de afrontar el mundo.

Habíamos llegado allí un viernes, con la intención de pasar aquél puente juntos en plena naturaleza y lejos del ajetreo de la ciudad y su gris monotonía.
Mi novia Fátima había insistido en perdernos durante aquellos cinco días en alguna isla donde poder evadirnos, aunque sólo fuera las 120 maravillosas horas que nos esperaban, de nuestras vidas.
Qué equivocados estuvimos.

Había en aquella isla, de escasos habitantes y dónde todos se conocían, una leyenda que nos contaron la primera y última noche que allí pasamos.
La dueña de la casa donde estábamos hospedados era una mujer mayor, de mirada clara y amable, y cuyo rostro mostraba esa vejez apacible de la que suele disfrutar la gente de vida no demasiado ajetreada.
Aquella noche nos había preparado una cena típica del lugar, de la que dimos buena cuenta nosotros tres y su marido. Sentados a la mesa después de haber terminado la deliciosa comida, y sin darnos cuenta de la manera en que nuestros temas de conversación dieron a desembocar en aquello, aquél hombre, con su semblante serio y su mirar despierto, fue la única persona, después de muchos años, que consiguió captar toda mi atención embelesadamente, del mismo modo en que mi padre hacía cuándo me contaba cuentos de niño, logrando elevarme por encima de cualquier tipo de espacio o tiempo concretos y haciendo que me perdiese como un protagonista más en la historia que relató aquella velada.
El tono profundo e hipnotizador de su voz tenía el poder inexorable de transportarte al mundo que sus palabras creaban, cogidas de la mano unas con otras en una danza mágica y maravillosa que convertía realidades en sueños y sueños en realidades.
Todavía recuerdo las palabras exactas que salieron de su boca para comenzar su relato, la manera precisa en que su voz osciló sílaba por sílaba, palabra a palabra, de modo estudiado y misterioso, y lo tremendamente identificado que con ellas me sentí en aquel momento:

“Las casualidades no existen. Todo tiene un motivo, y si somos afortunados, y estamos atentos, seremos capaces de ver cómo ellas mismas nos lo demuestran.”

Recuerdo cómo su mirada se iba fijando alternativamente, primero en mi novia, luego en mí, mirando de forma profunda en el interior de nuestros ojos, a la vez que de fondo se oía el ruido del agua y los platos que Flora, su mujer, iba lavando y dejando a escurrir en el fregadero.
Y recuerdo aquella vieja leyenda, tal y como mis oídos la escucharon aquella noche. Tal vez del mismo modo en que la había escuchado él muchos años atrás:

“Hace mucho tiempo, mucho más del que cualquier persona pueda recordar, vivía en esta isla un joven, se llamaba José. No era el más fuerte, ni el más rápido, ni siquiera el más valiente de los muchachos de su edad. No destacaba por encima de cualquiera de ellos, y sin embargo, algo, fuese lo que fuese, quiso que su historia se hiciera un hueco entre los recuerdos de este lugar.
José había vivido toda su vida en esta isla, pero era joven, y al igual que todos hemos hecho alguna vez, soñó con volar del nido y conocer nuevos horizontes y las innumerables oportunidades que él pensaba que podrían ofrecerle. Por suerte, o mejor dicho, por desgracia, él lo consiguió. Y se marchó de aquí.
Vagabundeó y malvivió por diferentes pueblos y ciudades, incapaz de encontrar trabajo, sintiendo por primera vez en su vida el frío y el abandono de la noche en la soledad que cruelmente le iba desengañando, y cómo sus sueños se hacían pedacitos bajo el cínico peso de la realidad a cada día que pasaba.
En el vacío hiriente de esa parte oculta de nuestras calles, donde la luz, la esperanza y la vida no son más que meras utopías, conoció a Laura, otra paria de la sociedad como tantos más; algo en lo que también él se estaba convirtiendo. Juntos se ayudaron a sobrevivir hasta que llegaron a ser imprescindibles el uno para el otro en el sentido más literal de la palabra. Especialmente Laura para José, cuyo corazón todavía creía en el amor.
Pero pronto se vio por enésima ver traicionado cuándo se encontró el cuerpo inerte de Laura abrazado a él una fría mañana de enero. Jamás llegó a saber qué le había pasado.
Con lágrimas en los ojos que eran la sangre de su corazón destrozado, se sacó del bolsillo el poco dinero que habían conseguido entre los dos mendigando, lo justo para coger el barco de vuelta al lugar que le había visto nacer.
Cuándo llegó a la isla, volvió para casa de su madre, que se alegró de volver a verle. Pero él no dio explicaciones.
Aquél no era el mismo joven que se había marchado unos meses antes, repleto de esperanza e ilusiones; ahora sabía lo que de verdad era la vida, aunque probablemente hubiese preferido no haberla conocido nunca.
No le importó lo que la gente murmurase por no haber sido capaz de valerse por sí mismo por el mundo adelante. Ni lo que dijesen por seguir viviendo a costa de su pobre madre a sus veintitantos años, o lo que comentasen por su extraño y repentino cambio de carácter. No le importó nada, nada excepto la honda añoranza que su corazón seguía sintiendo por Laura, el ferviente deseo de volver a verla alguna vez.
Se convirtió en una persona seria, apagada, mustia; todo lo contrario a lo que algún día había sido, y a raíz de una eventual visita, tomó una extraña costumbre que de allí en adelante llevó a cabo todos los días hasta el día de su muerte.
Comenzó a acudir cada tarde al acantilado de la parte oeste de la isla, para sentarse en el borde y contemplar la puesta de sol, con el que cada día se iban a dormir todos los sueños rotos que guardaba su corazón y que únicamente se liberaban durante aquellos efímeros instantes.
Así pasó el tiempo, hasta que llegó el día en que José fue al acantilado por última vez. Un día que a simple vista era igual a todos los demás, pero que, al igual que él mismo, destacaría por culpa de los caprichos del sino.
El cielo había estado claro desde el amanecer, y aquella puesta de sol fue una de las más bonitas que esta isla alguna vez ha presenciado.
Los destellos del sol besaban al mar sumiso dorándolo con toda su calidez, el tiempo pareció detenerse en el instante justo en que José se creyó unido a aquél lugar y momento eternamente, porque, consumido como estaba por el amor de Laura que no le dejaba vivir, sabía que era el último y quiso grabarlo para siempre en sus retinas.
Sus ojos iban robando, bebiéndose poco a poco aquél resplandor áureo que aquella tarde parecía irse consumiendo solamente para él.
Y justo cuándo el último rayo de sol se escondía tras el horizonte, un destello de color verde intenso iluminó por un segundo la línea en que cielo y mar se unen; y aquél segundo se volvió eterno para José, porque vio en el bello resplandor el conocido brillo que le había acompañado todo el tiempo durante su agonía interior, el que le había ido matando poco a poco. El brillo esperanzador de los ojos de Laura. Verdes, resplandeciendo cada día de la misma forma que aquella puesta de sol, destacando como esmeraldas de entre su demacrado aspecto.
Y él supo que aquél fulgor había sido una señal, una llamada a reunirse con ella. Simplemente lo supo.
Aquella noche, José se tiró al mar desde el acantilado para unirse con su amada para siempre. Ahora, una vieja cruz de piedra mira al mar desde el lugar en que él estuvo sentado en su último atardecer, como único vestigio real del amor de un corazón desengañado.
Y aún así, desde entonces ese resplandor verde que aparece a veces en el horizonte, es señal de buena suerte. De que algo bueno va a ocurrir. Porque fue aquél atardecer de color verde gracias al cual las almas de Laura y José pudieron permanecer juntas para siempre.”

Así habló aquel hombre una bella noche de luna, y yo, como de costumbre, confié ciegamente en algo sin ningún tipo de fundamento, puede que ayudado por el aire de sabio antiguo que aquél anciano profesaba, o la forma en que relató la historia, que me impidió apartarla de mi cabeza durante mucho tiempo.
Y aquella noche, mis sueños se vieron continuamente turbados por extrañas luces verdes y cruces de piedra.

Al día siguiente había amanecido despejado. Fátima y yo decidimos dar una excursión por toda la isla llevando comida para todo el día, y parar en el acantilado del que nos había hablado el esposo de Flora para ver desde allí la puesta de sol, como quizás hizo José hace muchos años. Y eso hicimos.

Era un lugar precioso, donde la naturaleza parecía provocar un extraño efecto sobre nosotros, haciéndonos sentir fundidos con ella misma. Desde allí arriba se veía el mar en toda su inmensidad, salvaje, indómito pero con cínica expresión de calma y tranquilidad en el rostro. Por entre las rocas que formaban la pared natural sobre la que estábamos bajaban unas escaleras hasta una pequeña playa de piedra en la base del acantilado, donde las olas iban a romper salpicándolo todo de espuma y agua cuyo olor llegaba hasta nosotros en suaves briznas de brisa vespertina.
Y justo enfrente a nosotros, el sol, terminando su trayectoria como todos los días, rojo, ardiente, hipnotizador, robándonos aquel tiempo para hacerlo pasar a formar parte de ese ciclo que nunca termina, que comienza una y otra vez cada alba, cada amanecer, sin alterarse por nada o inmutarse por lo que pueda pasar a su alrededor, imperturbable, estoico.

Me di cuenta de cómo nuestras vidas pasan, lo frágiles que somos, y sin embargo representamos tan sólo un pequeño fragmento fugaz y volátil de este mundo que sigue girando aunque nosotros no estemos en él para saberlo.
Eso fue lo que representó aquella puesta de sol para mí, incógnitas, dudas y preguntas. Todavía me gustaría saber por qué. La razón por la cual el destino eligió que el horizonte brillase de color verde aquel día, del mismo modo que en la leyenda que nos habían contado.

Pero lo que más me duele, lo que más lamento es no haberme dado cuenta de lo ingenuo que había sido todos esos años al pensar que las casualidades rigen nuestras vidas, porque no son más que demostraciones de algo que tiene que suceder y que posiblemente también demuestre otra cosa. De lo tremendamente estúpido que fue mi corazón al dar un vuelco cuándo vi aquella línea verde destellar un instante, de la alegría que invadió mi cuerpo, de haberme pasado tanto tiempo en mi vida confiando en tonterías que no son más que eso, tonterías. Porque no tienen fundamento y no hay nada que las demuestre.

Y me arrepiento de haber bajado aquella noche a la pequeña playa del acantilado, de la alegría que me invadía por culpa del inocente pensamiento de que algo bueno iba a pasar; de haber retado a Fátima a meterse en el agua, de que ella aceptase mi reto, de haber sido tan imprudente como para bañarnos en aquella zona, cegado como estaba, por la infundada certeza que algo bueno iba a pasar; de no haber conseguido que mis brazos venciesen a la corriente al ver como ella era arrastrada hasta las rocas y golpeada contra ellas una y otra vez con toda la fuerza de las olas que antes me habían parecido tan mansas, de no haber podido hacer nada al saber que su vida se iba escapando poco a poco como una fría brisa mezclada con su aliento. De no haberme muerto aquella noche con Fátima.

Eso fue lo que me hizo dejar de creer en las casualidades, las leyendas, en todo lo que antes había tenido fe. La demostración de que todo en lo que durante tanto tiempo había creído no son más que tonterías, ya que todavía no soy capaz de entender qué fue lo bueno que pasó aquella noche.

Porque ahora sé que nada más que yo mismo merece guardar mi confianza, excepto la propia muerte.
Relato Nº 11:
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La Chica del Lago

Dicen que, hace ya mucho tiempo, una hermosa joven pereció ahogada en este lago. Cuentan que aún se escuchan en el bosque sus tristes lamentos, y que si miras el reflejo de este lago en noches de luna llena, tu alma queda atrapada aquí para siempre, bajo las aguas cristalinas, haciéndole compañía a la triste doncella que mora allí por toda la eternidad.

Yo una vez vi un unicornio.
Estaba en un claro del bosque. Era una noche sin luna, muy oscura. Yo estaba perdido. Entonces observé un resplandor a través de los árboles y lo seguí. Entonces lo vi.
Grande y majestuoso, pastaba apaciblemente, reluciendo espectacularmente blanco en medio de la negrura. Entonces me miró, levantó su cuerno blanco al cielo, y hubo un gran resplandor que me cegó.
Cuando recobré la vista estaba fuera del bosque.

Otro día vi un hada.
Estaba allí, entre las flores, volando como una mariposa, traviesa y juguetona. Entonces se acercó a mí, me toco la nariz y se marcho, escabulléndose entre los árboles.

He visto gnomos, duendes, halcones que se convertían en personas y personas que se convertían en halcones, magos, brujas, pegasos y toda suerte de animales extraños.

Y un día también ví a la chica del lago.

Mi madre siempre me regaña. Dice que me invento las cosas, y cuando se enfada mucho se pone a llorar y dice que estoy loco, pero no es cierto. Yo digo siempre la verdad. Desde que era pequeño he visto cosas que los demás no ven, o fingen no ver o no han tenido la suerte de encontrarse. Están por todas partes: en el patio de mi colegio, en mi casa, en el parque, pero sobretodo están en el bosque.
Muchas veces, cuando me aburro, cojo mi cámara de fotos y me voy al bosque para retratarlos, aunque luego cuando revelo las fotos solo salgo yo, por que son muy tímidos. Asi fue como un día conocí a Swan, a la que todos llaman la chica del lago.

Me había perdido como de costumbre, y estaba dando vueltas tratando de encontrar el camino, cuando oí el sonido del agua a escasos metros de mí. Entonces recordé las historias que contaban los viejos sobre el bosque: historias macabras sobre una muchacha del pueblo que se había ahogado allí, en un lago del bosque, hacía muchos años después de que su novio la abandonase para casarse con otra chica. Tonterías, vaya. Como si los fantasmas fueran lo más alucinante que hay en ese bosque.
Como tenía sed, me acerqué al lugar donde se oía el agua. Y entonces la vi.
Tenía la piel blanca, las mejillas sonrosadas. Su melena, negra, y lustrosa le llegaba hasta el suelo y se arremolinaba alrededor de donde estaba sentada, a la orilla del arroyo con los pies en el agua. Estaba llena de pequeñas plantas marinas, y las gotas de agua resbalaban por su pelo y su piel. Cuando oyó mis pasos cerca de ella, levantó su hermoso rostro, me miró con sus ojos color azul marino, y me sonrió, pidiéndome que me acercara.
Obedecí, ya que era imposible negarse al encanto de su rostro y me senté junto a ella. Después de varios minutos y de mucho esfuerzo, recordé que sabía hablar y trate de armar una frase coherente:
- ¿Eres tu la chica del lago?- Atiné a decir, tartamudeando y casi babeando.
Ella rompió a reír, con una risa que sonaba igual al agua al correr.
- ¿Así es como me llaman?- preguntó
Asentí con la cabeza.
- ¿Qué más se cuenta sobre mí?
Yo le conté todo lo que sabía. Que se había suicidado porque su novio la había dejado. Ella arrugó la nariz.
- ¿No es cierto eso?- le pregunté
- No lo sé. No lo recuerdo. Pero no me gustaría que fuese verdad
- ¿Por qué?
- No me gustaría haber sido la típica doncella de cuento que se suicida por haber perdido su amor. Una chica tonta y dependiente que sólo vivía en base a lo que otra persona pensase de ella. No quiero haber sido ella.
- ¿No recuerdas quien fuiste en realidad?- le pregunté.
- No. No recuerdo nada de mi vida.
- ¿Ni siquiera tu nombre?
- Ni siquiera mi nombre.- parecía muy triste.
- Entonces yo encontraré un nombre para ti.- dije para animarla.- Cuando lo tenga volveré y te lo contaré.

Estuve toda la semana siguiente buscando un nombre para la chica del lago. Me fijé en los nombres de todas las niñas de la clase, a las que oía llamar en el patio del colegio, en la tele… pero todos me parecían demasiado vulgares. Por fin encontré uno perfecto, en la contraportada de uno de los discos de mi hermana.

- Swan.-le dije muy contento el sábado siguiente cuando la encontré, sentada a orillas del lago como la última vez.- ¿Qué te parece?
- No sé… ¿Qué significa?
- Cisne en inglés. Los cisnes viven en los lagos, como tú.- le expliqué muy orgulloso de mi inspiración.
Ella sonrió.
- Me gustaría más haber tenido un nombre corriente, pero si ese te gusta, a mí me parece bien.

A partir de aquel día pasé muchos otros con la chica del lago. Al principio sólo iba los fines de semana, y al final, cada día. En cuanto volvía a mi casa dejaba la mochila, comía a toda velocidad y salía corriendo en dirección al bosque, para encontrarme con ella. Me contó todas las leyendas que conocía, las de ese bosque y las de otros lugares, las que le habían contado las hadas y los demás personajes que habitaban allí. A cambio, ella me pedía que le contara cosas sobre mi vida. Yo siempre le decía que mi vida era muy normal y aburrida, pero Swan parecía disfrutar mucho con las historias sobre los chicos de mi clase. Odiaba el momento de despedirme de ella y volver a mi casa, ya que allí sólo me esperaba mi madre, dispuesta siempre a regañarme por comportarme como un paranoico.

Así transcurrieron unos cuantos meses, hasta que un día Swan me hizo una petición:
- ¿Me harías un favor?
- Claro que sí.- respondí.
- Quiero saber quien soy. Quiero que averigües qué me pasó, y por qué estoy aquí. ¿lo harás por mí?
- Por supuesto.- le aseguré.

Dos días después, me arrepentí de habérselo prometido. Descubrir que le pasó a Swan no era una tarea fácil, puesto que ella no recordaba nada de su vida pasada, ni siquiera a qué edad murió. Indagar en el pasado de una leyenda es más que difícil. Busqué en todos los periódicos, y pregunté a todos los viejos sobre las historias locales de chicas ahogadas. Todos me contaban la misma: la muchacha que se ahogó por que su novio la abandonó.
-Quizás sea verdad que soy yo esa.- se resignó Swan con tristeza cuando le conté mi escaso éxito.
- No, no es posible. La Swan que yo conozco no se rendiría así.
- Pero entonces no era la Swan que tu conoces.- me replicó.- Es más, ni siquiera era Swan.
- Pero seguro que eras valiente… ¿Y si no eres un espíritu?- le pregunté.- Igual eres algún otro tipo de ser mitológico.
- No, no puede ser. Las hadas dicen que soy un espíritu.
- Las hadas pueden equivocarse.
- No, nunca se equivocan.- Se empeñó.
Sin darme tiempo a contestar, Swan se metió en las profundidades del lago. Yo me fui a mi casa, bastante triste por primera vez desde que conocí a Swan.

El mes siguiente no apareció ni una sola vez, a pesar de que me acerqué al lago muchas veces y me tiré horas en la orilla, esperando verla aunque solo fuera para enfadarse y decirme que me fuera.
Al cabo de otro mes, dejé de ir al lago. Me convencí de que Swan ya no volvería más, y no volví tampoco por el bosque. Quería alejarme de una vez de hadas, duendes y demás seres mágicos que solo me traían problemas. Volví a ser un niño normal y a relacionarme con la gente. Y mi madre dejó de llorar.

Justo entonces, la profesora de historia tuvo una excelente idea: un trabajo de mitología.
- Os pondréis por parejas y me entregaréis un trabajo de mínimo 5 folios sobre un par de seres mitológicos, los que queráis.
Por primera vez, los niños de la clase se pegaban por ir conmigo en el grupo. Durante tres años mis compañeros me habían aislado debido a las historias raras que contaba sobre seres mágicos. Ahora que todos se acordaban acudían a mí.
A pesar de que prefería hacer el trabajo yo sólo, la profesora me emparejó con uno de los niños que peor me caía de la clase. Para empezar no tenía ni puñetera idea, con lo cual empecé a sospechar que me tocaría a mí hacer todo el trabajo. Al menos el niño ofreció su casa para hacerlo. Asi me libraba de ver a mi madre llorar de alegría al verme llegar con un “amigo”.

A las seis en punto me presente en casa del niño con varios libros de mitología bajo el brazo. La madre del chico nos había preparado la merienda a los dos, pero el se comió la mía y la suya. Finalmente, después de varias meriendas más, y de ver una serie estúpida que echaban por la tele, nos pusimos al fin con el trabajo.
- Bien, ¿de qué bicho de éstos deberíamos hacer el trabajo, pirado?
Consideré por un par de instantes hacer el trabajo y presentárselo a la profesora solo con mi nombre. Era mil veces preferible aguantar una paliza que su prepotencia.
- No sé, elígelo tú.- le dije mientras pasaba las páginas de uno de mis libros.
- Algunos de éstos del bosque.- dijo hojeando el otro libro sin ningún cuidado.- ¿No era el bosque tu sitio preferido?
No le contesté por que me había quedado mirando la página en la que se había detenido. Le arranqué el libro de las manos.
Las hadas nunca se equivocan. Swan era un espíritu.
Solo que no el espíritu que yo creía.

Salí corriendo de casa de mi compañero, sin decir ni media palabra, y me fui derecho al bosque, al camino que tanto conocía, hacia el lago.
- ¡Swaaan! – grité desde la orilla.
Nadie me respondió.
- ¡Swaaaan! – volví a insistir. De nuevo no hubo respuesta.
Me quité los zapatos. Si ella no quería salir, yo la obligaría.
Dicen que es imposible ahogarse voluntariamente, que el propio instinto te hace salir y respirar finalmente, pero para alguien tan mal nadador como yo, y encima con toda la ropa puesta, fue muy fácil. Al cabo de menos de tres minutos el agua del lago comenzó a inundar mis pulmones y a nublarme el cerebro. Casi estaba inconsciente cuando noté que unas manos suaves tiraban de mí y me arrastraban hacia la orilla.
- ¿Es que estás loco?- oí que me regañaba la voz de Swan mientras tosía.
- Eso dicen.- le contesté cuando pude hablar.- Pero tenía algo importante que decirte.
Swan me miró con dureza. Parecía muy enfadada así que seguí hablando yo.
- Ya sé quien eres.
La expresión de su rostro se suavizó.
- ¿Qué?- me preguntó.
- Una náyade.- respondí yo.
- No.- volvió a negar.- Las hadas dicen…
- Las hadas dicen que eres un espíritu y lo eres. Un espíritu de la naturaleza. Una ninfa. En este caso una Náyade, por que estas ligada al agua. Al lago.
Swan miro al lago sin comprender.
- ¿Estás seguro?
- Absolutamente.
- ¿Y entonces, toda esa historia sobre la chica que se ahogó?
- Por algún motivo tu no sabias que eras una Náyade. Tampoco sabes cuanto tiempo llevas aquí. Seguramente algún otro humano a parte de mí te vio, e inventó esa historia.
Swan miró el lago, luego a sí misma, y de nuevo al lago.
- Tiene sentido. ¿Pero por qué yo no sabía que soy una náyade?
Reflexioné un instante.
- Quizás sea culpa nuestra… la gente ha dejado de creer en los seres de leyenda. Si nadie cree en ellas, pierden su sentido. Se mueren.
Swan me observó, esta vez con su expresión de siempre.
- ¿No te parece una explicación muy pobre?
Sonreí.
- ¿Se te ocurre algo mejor?
Estuvo un rato en silencio.
- ¿Y qué debo hacer ahora?
- Cuidar del bosque.- le dije.
- Eso me va a llevar mucho tiempo.
- No importa.- le dije- Yo ya no te molestaré más.
Ella me miró sin comprender.
-Yo seguiré creyendo en las leyendas para que este bosque siga viviendo. Pero el ayudarte a saber quién eres tú me ha hecho comprender quién soy yo. Éste no es mi mundo. Tengo que buscar mi propio lugar en el mío. Igual que tú.
Swan me sonrió.
- Quizás sea lo mejor.
- Además, cada vez que venga al bosque, aunque no te vea sabré que estas ahí. No es una despedida.
Ella sonrió.
- Entonces, si no es una despedida no nos digamos adiós. Simplemente hagamos lo mismo que otras tardes
Y juntos miramos al lago hasta que se hizo de noche.


Ha pasado ya bastante tiempo. Volví a jugar con los chicos de mi colegio y ahora tengo amigos. No volví a contar historias raras. Nunca más ví hadas. Tampoco unicornios, ni gnomos ni duendes. Y nunca más he vuelto a ver a la chica del lago.

He vuelto al bosque muchas veces. Me gusta sentarme a la orilla del lago, sentir el viento entre las ramas y repasar las viejas leyendas. Como esa que cuentan de la chica del lago. Dicen que si miras el agua en noches de luna llena, tu corazón queda atrapado con ella, que sigue gimiendo y llorando por su amor atrapada allí eternamente. Muchas cosas son falsas en esa leyenda. Para empezar, no hace falta que sea luna llena. Tampoco la chica del lago gime ni llora, sino que ríe, ni esta atrapada allí eternamente. Aunque una cosa sí que es cierta.
Si la ves, tu alma le pertenecerá a ella eternamente.
Relato Nº 12:
Spoiler: Mostrar
La Dama de los Girasoles


La brisa matutina soplaba continuamente, acariciando sus cabellos con suavidad, balanceando armoniosamente las flores del campo de girasoles en el que ambos se hallaban. Ninguno de los dos dijo nada, pero sabían que seguramente el otro debía estar pensando en lo mismo: la primera vez que vieron a la doncella Sara Roseverd, en el campo de girasoles que había al lado de la capital del reino. Fue una visión efímera, pero los dos se quedaron embelesados por la belleza de aquella dama que se asomó por la ventanilla de su carruaje para lanzarle una mirada fugaz a los jóvenes y bien parecidos muchachos que practicaban con la espada. Uno recio, masculino; con una melena negra que ondeaba salvajemente al viento y una mirada fiera y decidida en sus ojos negros como el azabache; aventureros como el del más valiente de los caballeros del reino. El otro delgado y estilizado, con una gracilidad de movimientos que ocasionaba burlas en otros hombres y preocupación en sus adversarios cuando se percataban de su habilidad manejando la espada. Uno era Arturo, hijo del Duque de Santa Catarina; y el otro Damián, escultor hijo de artistas; su escudero, compañero de prácticas con la espada, y por encima de todo amigo.

Ambos habían quedado completamente hechizados por la belleza de aquella joven dama; por sus ojos grises y resplandecientes, su mirada penetrante y misteriosa, su melena negra y sedosa, sus elegantes modales y su dulce voz, que evocaba las más bellas sonatas que se habían entonado. Y por la más bella de las sonrisas jamás imaginada, por la que decenas de hombres luchaban, ya que arrancarle una sincera sonrisa a semejante dama de belleza y gracia incomparables era todo un logro y un tesoro que guardar en el recuerdo. Arturo le había arrancado varias.

Tal era el amor que sentía por aquella dama, que el joven noble se había embarcado en una arriesgada búsqueda: la del Collar de Asmira, el cual se decía que estaba completamente hecho de piedras preciosas de valor incalculable, y que fue tallado por los mayores artesanos de épocas pasadas como regalo para la esposa del rey de un reino ya extinto. Sabía que el padre de la doncella no podría negarse a concederle la mano de su hija a quien lograse tamaña hazaña; aquella mano que tantas veces había cogido en la oscuridad de la noche, mientras se contenía para no darle el beso que tanto anhelaba.

Por su parte, Damián debía conformarse con acompañar a su amigo en aquellas visitas secretas y pasarle a escondidas los mensajes de Arturo a su amada doncella, siendo estos los únicos momentos en los que ella le prestaba más atención que a nadie. Los únicos momentos en lo que podía decir que ella se interesaba por sus palabras. Arturo conocía los sentimientos de su amigo, pues muchas veces se los había expresado mientras esculpía figuras de piedra en su taller, pero ambos sabían que sólo un noble podría casarse con ella, y por eso el artista se había resignado a ayudar a su amigo en todo lo que pudiera.

La visión de aquél campo de girasoles fue como un espejismo en medio de todo lo que habían pasado desde que partieron, y una esperanzadora muestra de belleza que les hizo recordar por qué estaban ahí, tras más de un año viajando por tierras hostiles y habiendo perdido hasta el último de los treinta hombres al servicio del noble. Pero no podían detenerse allí, pues aún tenían que escalar una escarpada y traicionera montaña para llegar a la tumba en la que se decía que un enorme peligro custodiaba el colgante.

Después de tres días de viaje, bañados por la luz de un rojo atardecer, llegaron a la entrada de una enorme gruta que se abría en la pared de la montaña. Un silencio sepulcral e inquietante se había adueñado de la montaña cuando los dos valientes se acercaron a la entrada, sintiendo cómo su corazón se aceleraba por momentos. Un leve vistazo al interior reveló varios esqueletos en las inmediaciones, vestidos con viejas y polvorientas armaduras completamente destrozadas. Eso les alertó de que algún peligro se encontraba en el interior, por lo que ambos desenvainaron sus espadas. Tras encender una antorcha se aventuraron a entrar.

Caminaban lentamente, cuidando todos sus movimientos con tal de no hacer ni el más mínimo ruido, abriendo los ojos para intentar adivinar lo que se ocultaba en las tinieblas. Damián contempló con espanto los esqueletos despedazados y las armaduras con emblemas de los que jamás escuchó hablar. Comenzó a sudar: algo terrible debía ocultarse en la gruta, sin lugar a dudas. Sintió cómo se le secaba la garganta y los nervios se apoderaban de él.
- No te inquietes –le dijo Arturo con firmeza-. Hemos llegado muy lejos para marcharnos ahora.
- Lo sé –contestó Damián recuperando la calma.

De alguna manera, el valiente espíritu de su compañero siempre infundía el valor en los corazones de los demás. Era por ello por lo que era un espadachín tan admirado, además de por su evidente habilidad con la espada y su portentosa fuerza. Por ello las mujeres suspiraban por él.

Tras varios minutos caminando en el más absoluto de los silencios, llegaron a una sala descomunal construida con ladrillos de piedra gris y cuyo techo estaba sujeto por maltrechas columnas de piedra. Entraba un poco de luz del sol a través de varios agujeros en el techo, y frente a ellos, al otro lado de la sala, se encontraba un viejo y majestuoso trono de piedra con algo encima.

De repente lo vieron: una monstruosa figura escamosa y grande como una granja apareció de la nada y se quedó a pocos metros de ellos, mirándolos fijamente con sus penetrantes ojos reptilianos. Tenía la cabeza alargada y plana, similar a la de una serpiente gigantesca y bestial, y se apoyaba sobre cuatro patas gruesas como el tronco de un árbol, acabadas en garras afiladas como cuchillas. Una cola que se dividía en dos al llegar a la mitad de su longitud se balanceaba de un lado a otro. ¿Cómo algo tan grande podía haberles pasado desapercibido hasta entonces?; ¿cómo podía haberse acercado tanto con semejante sigilo?

Un escalofrío recorrió el cuerpo de los dos hombres cuando sus enormes fauces se abrieron dejando ver sus puntiagudos y finos colmillos y su lengua asquerosa y viperina, relamiéndose entre ellos. Emitiendo un sonido a medio camino entre en un terrorífico aullido y un siseo serpentino, el monstruoso reptil se abalanzó contra ellos con una inusitada voracidad.
- ¡Aparta! –exclamó Arturo corriendo hacia un lado.

Damián reaccionó un poco más tarde, y por poco fue atrapado de un solo bocado por aquellas terroríficas fauces sedientas de sangre. Haciendo gala de un temple propio del maestro que se enfrenta a su impetuoso aprendiz, Arturo clavó su espada entre las duras escamas del cuello de la bestia, que emitió un ensordecedor quejido de dolor y se apartó inmediatamente, mientras un chorro de sangre negruzca brotaba de la herida. El escudero se quedó completamente paralizado cuando contempló a la bestia volverse hacia su amigo y gritar de tal forma que toda la sala pareció temblar. Arturo se echó hacia atrás lentamente, alzando su espada y aguardando a los movimientos de la bestia, que se movía espasmódicamente, igual que un lagarto común.

Esquivó ágilmente una de sus garras con un salto hacia atrás, pudiendo alcanzarla con un tajo horizontal, pero fue derribado por un feroz zarpazo de la otra, que desgarró las ropas y la armadura por la parte del pecho y lo hizo caer de espaldas al suelo. A continuación, el reptil emitió un prolongado siseo y se encogió lentamente como el depredador que era; sabiendo que se había ganado a su presa. Damián tenía que pensar en algo o su amigo sería devorado por la monstruosa criatura. Más por instinto que por certeza se le ocurrió una idea arriesgada, pero que podría funcionar, y como no tenía tiempo que perder echó a correr hacia la parte trasera del reptil. Sin dudar ni un instante clavó su espada en la base de la cola de la bestia, que de nuevo rugió atronadoramente, agitando su extremidad violentamente de un lado a otro y derribándole, al igual que a la columna que tenía a un lado. El escudero quedó aturdido por la fuerza del impacto, pero logró sacar todas sus fuerzas para arrastrarse hasta alejarse lo suficiente como para evitar que la columna, que inevitablemente se estaba desplomando tras el golpe, lo aplastase. Sin embargo la bestia no se había dado cuenta de lo sucedido, y fue cogida tan de sorpresa que ni tan siquiera gritó antes de quedar sepultada bajo la masa de piedra.

Después de recuperar las fuerzas, Damián corrió todo lo rápido que pudo hacia donde yacía su amigo, temiendo que él también hubiera sido aplastado, ya que no había podido calcular la longitud de la columna.
- Esa ha sido una hazaña digna de un caballero de la corte –dijo Arturo, sonriendo con una mueca de dolor al ver acercarse a su amigo-. Gracias por salvar mi vida.
- No se merecen, pues no han sido pocas las ocasiones en las que tú arriesgaste la tuya por mí –respondió Damián ayudándole a levantarse. Su herida era vistosa, pero poco profunda.

Los dos hombres observaron el cadáver de aquella bestia demoníaca mientras se dirigían al viejo trono de piedra, deteniéndose al llegar y comprobar que en él descansaban los restos de aquél rey de la antigüedad que había ordenado erigir esa tumba. Al contrario que los demás esqueletos, el suyo estaba perfectamente conservado, así como sus ropas polvorientas.
- Eso es... –titubeó Arturo acercándose.

Damián se percató de que una de las manos del esqueleto sujetaba un impresionante collar hecho de rubíes y esmeraldas relucientes y ostentosas. Arturo se volvió hacia su amigo con lágrimas en los ojos: ¡lo habían encontrado!, ¡el Collar de Asmira! Tras tantas penurias y pérdidas finalmente lo tenía ahí, al alcance de la mano. El caballero lo cogió con sus manos temblorosas de la emoción y lo alzó para contemplarlo mejor, sin notar la mirada encendida de su amigo Damián, ni percatarse de que había desenvainado su espada...

Al fin y al cabo, había sido él quien había matado a la bestia, y por lo tanto era él quien se merecía ese trofeo y la mano de la doncella Sara, que tantas veces se había negado a sí mismo coger como hubiera deseado. Arturo no lo merecía: era valeroso, pero un arrogante, y desde siempre había vivido amparado por la protección de su padre y en medio de todo tipo de lujos, mientras que la gente como él debía sudar para conseguir comer cada día, incluso siendo escudero de unos nobles. Siempre le salía todo bien: las mujeres suspiraban por él, los hombres le respetaban, los demás nobles le presentaban a sus hijas para tratar de que se casaran con él... Nadie reconocía la habilidad de Damián para la espada ni su arte con la escultura, ni se había preocupado por conocer su excelente gentileza y su saber, que en muchas ocasiones había sacado al noble de grandes problemas. “Si alguien se merece este collar; esta doncella; ese soy yo”, pensó Damián mientras atravesaba sin piedad el torso de su amigo por la espalda y a traición.

Arturo se volvió hacia él con una mirada vacía y desesperada, sin comprender por qué su amigo había hecho eso; sin entender el motivo de su traición. Nunca pensó que sería capaz de algo así, ni siquiera por la mujer que amaba, ya que suponía su amistad tan fuerte como para arriesgar su vida ante un monstruo surgido de las profundidades del infierno. Intentó acariciarle la cara con sus manos en un gesto de súplica, pero las fuerzas le fallaban y no logró levantarlas; y Damián interpretó ese gesto como el de un moribundo vengativo que pretendía estrangularle antes de desaparecer, así que fue él quien le remató, ahogándole con sus propias manos.

Cuando Arturo dejó escapar su último aliento, Damián contempló sus manos manchadas con la sangre del que había sido su amigo, y un miedo espantoso le embargó. No comprendía cómo podía haber hecho eso; cómo podía haberse cegado de forma semejante y asesinar con total frialdad a la única persona del mundo que parecía preocuparse por él. Lágrimas de ira y tristeza brotaron de sus ojos y no cesaron en toda la noche, mientras el desesperado joven se preguntaba continuamente por qué diablos había sido tan egoísta y envidioso como para matar a su único amigo verdadero, y no sólo eso; sino que no se veía con el valor suficiente como para regresar él solo por aquél peligroso camino y decirles a sus padres y a su amada que Arturo había muerto. No se veía capaz de mentirles tras cometer aquél vil asesinato, y mucho menos se atrevía a confesar la verdad, pues aunque deseaba acabar con el sentimiento de culpa que lo envolvía, era demasiado cobarde como para afrontar el castigo.

Los años pasaron, y al final incluso sus propios padres tuvieron que admitir que si Arturo no había regresado probablemente debía estar muerto. La doncella Sara lloró por su pérdida al igual que el resto de la ciudad, pero con los años acabó casándose con un noble de una próspera familia, olvidando su pérdida.

Pasó el tiempo: las guerras se sucedieron, los reinos cambiaron; y lo que antaño fueron unas tierras llenas de peligros se convirtieron simplemente en un bonito y misterioso paraje por explorar. Los primeros colonos que llegaron a esas tierras se maravillaron al descubrir en un campo de girasoles la majestuosa estatua de una hermosa dama de indescriptible sonrisa perfectamente conservada.

La sorpresa no fue sólo hallar aquella bella obra de arte en medio un inhóspito paraje, sino comprobar que los ojos de la estatua habían sido tallados de forma tan perfecta que en ocasiones parecían tener vida propia debido a la calidez que desprendían. Nadie sabía quién era aquella dama, pero con el tiempo cientos de leyendas surgieron sobre la estatua, a la que muy acertadamente llamaron La Dama de los Girasoles...
Pues aquí los tenéis. 12 relatos de una altísima calidad para que los leáis, comentéis, critiquéis y puntueis. Tenéis trabajo por delante, de modo que ánimo y mucha suerte a tod@s.
Yo por mi parte esta noche ya he acabado el mío (pfff... triple post. Al menos es por una buena causa). Me voy a dormir. :zzz:
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kid
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Mensaje por kid »

Bien, yo ya he entregado las votaciones (lo hago pronto para compensar mi mareo de perdiz en cuanto a la participación), y estoy deseando saber de quién es cada relato (el ganador me da igual, yo quiero saber de quién es cada uno xD). Hay mucho tiempo para votar, pero procurad no entreteneros :neko:

Saludos :wave:
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Halane
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Mensaje por Halane »

Yo también envié ya mis votaciones, que me trajeron bastantes problemas la verdad (tenía CLARÍSIMOS casi todos los puntos, pero para nada los motivos :? una cosa muy rara XD)
A esperar los resultados nada más ;)
Ya queda menos...................
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Ailing
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Qué difícil!

Mensaje por Ailing »

Yo estoy ahora en pleno auge con las votaciones, te comprendo Halane, a mi me está pasando algo parecido... Creo que no sigo ninguna lógica rezonable al puntuar, al igual que he sido completamente caótica leyéndolos... Creo que es demasiado duro hacer de juez y argumentar los razonamientos, eso les va mejor a otros que sean más concienzudos o algo así...

Bueno, en breve las envío y ya estarán otras votaciones más. Estoy super intrigada por saber cual será el próximo tema, y eso que este aún no se ha resuelto...
Nos leemos!
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Mensaje por Y. Noa »

Bueno, pues servidora ha hecho ya tambien los deberes, y ya están mis puntuaciones entregadas. Me han costado más de un hora, he cambiado de opinión ochenta veces y me he hecho un lío al final, así que si leeis alguna incoherencia en mis comentarios ya sabeis a que se debe XD.

A pesar de que estoy convencida de que me voy a llevar una paliza de órdago, espero con impaciencia los resultados, y más aún, el saber los autores. A ver si se decide todo pronto.
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Mensaje por Ailing »

Finalmente los envié, ya solo quedan dos días para el veredicto final.
Me muerdo las uñas por saber de quien es cada historia porque no imagino casi ninguna... :roll:
Bueno, suerte para todos! :ok:
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Intromisión

Mensaje por juevescasi »

Mmm, hola.
Llevo algunos días, leyendo este tema, leyendo algunos de los relatos que habéis presentado para los concursos y he de decir que son fantásticos; no ya la mayor o menor calidad de los relatos, es fantástico el mero hecho de que los escribáis, y estoy deseoso de saber cual de los relatos que habéis escrito se proclamará ganador, en esta edición.
Dicho esto... me gustaría participar en la próxima edición, me chiflaría (del verbo chiflar... yo chiflo, tú chiflas, él chifla).

Ya diréis.
"...sólo hay finales abiertos;
y la locura es más deseable que posible;
y nadie volverá a casa con el mismo paso;
y no hay reglas para bailar a dúo en el granero
cuando trabajan duro los esclavos de la música..."
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Mensaje por Ramsus »

Bueno, pues tras haber recibido ya la mitad de las votaciones, debo decir que ya empiezan a vislumbrarse los primeros candidatos a la victoria, aunque la lucha va a ser muy reñida entre ellos por lo que puedo preveer, sobre todo porque también tenemos unos relatos en la llamada "zona media", que aún pueden dar la sorpresa perfectamente y colarse en la zona de arriba. Pues eso, que aún queda mucha tela por cortar y que espero impaciente el resto de votaciones.

@juevescasi: Claro que puedes participar en el siguiente, faltaría mas. Tan solo tienes que esperar a que el ganador de esta edición elija la siguiente temática.
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Mensaje por Ramsus »

Bueno, pues aquí estan!! Los resultados de las votac...

*Sonido de disco rayado*

NOOO!! Un momento!! Pero si aún faltan 3 personas por votar!
En fin, supongo que tendremos que seguir esperando...

Y no me gusta nada esperar... :evil:
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Mensaje por GatoAzul »

Ramsus escribió:Y no me gusta nada esperar... :evil:
Pues creo que no te has presentado a organizador en el concurso más adecuado :lol:. Ahora empieza la parte más emocionante del concurso mensual, la espera... ese periodo de 3 ó 4 días de prórroga utilizada para que terminen los participantes que faltan y para aumentar el instinto asesino de los que ya han entregado. Hay que tomárselo con filosofia, siempre acaban pasando estas cosas y... ENTREGAD YA MALDITOS!!! xDDD!

bueno pues nada... mientras esperamos os dejo aquí la ruletita de la incertidumbre de autores y relatos del concurso mensual:

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PD: Sí... hoy está siento uno de esos días laaaaargos y aburridos, xD!
Última edición por GatoAzul el Lun Jun 25, 2007 4:58 pm, editado 1 vez en total.
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Mensaje por Halane »

Vaya, pues me ha sorprendido eso de que esté reñido el resultado, estaba absolutamente segura de cuál iba a ser el relato ganador :? (y no, no digo el mío, que ya veo a algún listo saliéndose por banda XDDD :P )
Genial el gif, Gato! :lol: anda que no me reí :lol:
Pues a ver si los que faltan se apuran un poquito, joooo, que estoy aquí con la intriga (Y con el avatar en reserva ToT como tarde un par de días más ya me da por cambiar de firma otra vez, que la tengo es demasiado cursi y no me gusta tanto como mis firmas ensangrentadas *las hormonas piden sangreeeeeeeeeeeeXDDD*)
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Mensaje por kid »

Pobre Ramsus (que no quiere esperar, dice xD); este es el concurso de las esperas; el concurso donde das una semana de plazo para votar y la gente entrega tarde; donde todos quieren que los demás lean su relato y les guste pero no se molestan en leer los del resto cuando toca...

En fin, lástima de la tradición de no revelar los nombres de los que tardan, porque sería interesante conocerlos (y de hecho se puede deducir muy fácilmente por los comentarios, así que cuidado :twisted: ).

P.D: GatoAzul, mándame la ruleta esa a tamaño grande, que me ha gustado xD.
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Mensaje por Crusta »

Bueno, "faltan" 2 ya que yo esta mañana he mandado mis votaciones (a toda prisa pero mandadas estan ^^U)

Saludos :wave:
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Mensaje por Shichibukai »

A ser posible sería bueno saber los resultados antes de acabar la semana... sobre todo porque el plazo para el siguiente concurso se reduce.

Así que venga, que se den prisa los que faltan que la prórroga de un día ya ha pasado.

¡¡Arread!!
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Mensaje por kitakaze »

Bueno. Ya esta. He votado.

Me ha costado -en todos los sentidos ^^U-.

Mil disculpas por el retraso.

¡Suerte a los mejores! (me excluyo del colectivo, no creo que mi relato haya triunfado...)
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