CONCURSO MENSUAL
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- GatoAzul
- Recluta Privado de Primera

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- Ubicación: En un mundo donde prevalece la incoherencia en neutro.
- Edad: 39
Ok pues como queda poco para el comienzo, y dado que en la 14ª edición me tacharon de irresponsable por no presentar el boletín oficial mensual del concurso, si no os importa, me uniré a la tropa literaria nuevamente y dejo constancia del documento típico:
[font=Verdana] -------------------------------------------
16ª (creo) EDICIÓN DE CONCURSO MENSUAL
---------------------------------------------- [/font]
Temática de esta edición:
Libre elección
Tamaño máximo del relato:
2800 palabras
Plazo máximo de entrega de relatos:
1 de Septiembre
Encargado de recogida de relatos:

---- Ramsus ----
Participantes de esta edición: (SIN ORDEN)
Plazo máximo de entrega de puntuaciones:
8 de Septiembre? (Por decir algo)
Metodología de puntuación:
"Eurovisiva"
Preguntas frecuentes:
[font=Verdana] ¡LA 16ª EDICIÓN DEL CONCURSO MENSUAL HA DADO COMIENZO! [/font]
[font=Verdana] -------------------------------------------
16ª (creo) EDICIÓN DE CONCURSO MENSUAL
---------------------------------------------- [/font]
Temática de esta edición:
Libre elección
Tamaño máximo del relato:
2800 palabras
Plazo máximo de entrega de relatos:
1 de Septiembre
Encargado de recogida de relatos:

---- Ramsus ----
Participantes de esta edición: (SIN ORDEN)

-- Ghorrhyon -------- Halane ---------- Y. Noa -----

--- MDragoon ------- Alabanda --------- Kyoshi -----
-------- Kid------------ GatoAzul ------- Juevescasi ---
Plazo máximo de entrega de puntuaciones:
8 de Septiembre? (Por decir algo)
Metodología de puntuación:
"Eurovisiva"
Preguntas frecuentes:
- Spoiler: Mostrar
- ¿Qué?¿Cómo?¿Dónde?
Para los que aún estén un poco perdidos, en resumidas cuentas el concurso mensual consiste en realizar un relato propio, de no más de 2.500 palabras, y cuya temática se centre en la escogida por el ganador de la edición pasada (en este caso, la temática de esta edición es Libre).
¿2.500 Palabras?¿He de contarlas yo?
No, no es necesario ponerse a contar uno mismo las palabras (se puede hacer, pero no lo aconsejamos). La mayoría de los editores de texto poseen una función que se encarga de dicha tarea. En el caso de Microsoft Office, puedes encontrarla en: "Herramientas/Contador de Palabras..."
Bien, ya tengo mi historia ¿Ahora qué?
Una vez tengas terminado tu relato, tendrás que enviárselo al encargado de recogidas (en esta edición Ramsus se ha ofrecido voluntario) mediante Mensaje Privado. Recuerda que el relato no entrará en concurso si no cumple la norma de máximo de palabras o si se entrega fuera del plazo previsto (aunque siempre hay excepciones).
¿Y luego?
Posteriormente, el encargado de recogida posteará todas las historias sin los nombres de los autores. Cada participante tendrá que leer el resto de historias enviadas al concurso para posteriormente someterlas a votación.
¿Sistema de votación?
El "sistema eurovisivo". Habiendo X participantes se otorgarán X-1 puntos a todos los relatos menos al propio.
(X-1 puntos) A la mejor historia.
(X-2 puntos) A la segunda mejor.
...
(1 punto) A la última historia.
Conjuntamente a la puntuación se añadirán comentarios acerca del relato y los motivos por los cuales se le ha asignado dicha puntuación.
Finalmente se agregará un comentario personal acerca de la historia que ha escrito su propio autor: Inspiración, anécdotas, calificación personal...
¿Y el premio?
Gracias a CrUsTa, actualmente sí que se otorga un premio al ganador del CONCURSO MENSUAL. Se trata de la firma exclusiva del concurso como reconocimiento. Al ganador se le cederá esta firma del ganador anterior y ésta se irá pasando de autor en autor como símbolo de ésta gran e insustituible sección de Pirateking. Posteriormente, el ganador de la edición decidirá la temática en la que se basarán los relatos de la próxima edición del concurso.
[font=Verdana] ¡LA 16ª EDICIÓN DEL CONCURSO MENSUAL HA DADO COMIENZO! [/font]
Última edición por GatoAzul el Mar Ago 28, 2007 12:07 pm, editado 1 vez en total.


- Shichibukai
- Sargento Mayor

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Mensaje por Shichibukai »
¿Qué tal si lo dejamos en 2800 palabras máximo?GatoAzul escribió:Tamaño máximo del relato:
2500 palabras (convendría comentar este punto por que no me ha quedado muy claro si al final habeis decidido cambiarlo)
Al ser tema libre las historias pueden salir más largas de lo normal, no lo digo porque la mia vaya a ser larga, fue Ghorryhon el primero en proponerlo.
Yo creo que el límite está bien así, pero realmente me da igual. Que decida el resto, a mí me da lo mismo una cosa que otraAlabanda escribió:¿Qué tal si lo dejamos en 2800 palabras máximo?GatoAzul escribió:Tamaño máximo del relato:
2500 palabras (convendría comentar este punto por que no me ha quedado muy claro si al final habeis decidido cambiarlo)
Al ser tema libre las historias pueden salir más largas de lo normal, no lo digo porque la mia vaya a ser larga, fue Ghorryhon el primero en proponerlo.
- MDragoon
- Recluta Privado de Segunda

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"el tamaño del barco no importa, sino el movimiento de este en la mar" proberbio sabio, (me imagino, nada de experiencia personal) asi que en realidad 2800 esta bien, tampoco se trata de abusar del tiempo que uno puede dedicarle a la lectura....ya que como predije, se unieron un par al concurso....eso es siempre bienvenido, aunque el tiempo es importante para calificar los relatos.....bye....
Ya no se q cresta decir....quizas Plop?


- GatoAzul
- Recluta Privado de Primera

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De hecho, si envias un documento word y en él has usado letra cursiva, negrita o similares, luego no aparecerán cuando se posteen aquí, a menos que Ramsus se ponga a pasarlo a BBCode, cosa que tampoco es plan. Así que lo mejor es postearlo en un MP y revisar como quieres que quede antes de enviarlo.Kyoshi escribió:Como le envío el relato a Ramsus? Si, ya se que por MP, pero quiero decir, de qué manera? Había pensado en ponerlo en spoiler, pero luego me surgió la duda de que podía subir el archivo .doc a Megaupload y enviarlo, por eso no se que hacer. Decidme algo, que la fecha límite es dentro de nada!
PD@kid: Gizmo NUNCA falla


Tras varios días sin conexión, parece que todo va bien, así que podré estar para las votaciones (ya me iba temiendo que no). Por desgracia le envié mi relato a Ramsus por si no podía conectarme en unos días, y eso que prefería esperar hasta el final para que no hiciera trampas
P.D: supongo que nadie de los "interesados" lo leerá porque no se miran este tema, pero quien dudaba de mí o iba diciendo gilipolleces sobre mi persona por este asunto, ya puede besarme el final de la espalda
No me hagas hablar de más, por favorRamsus escribió:PD: Kid, estás perdiendo facultades.
Maldito loco xDDDDDD.GatoAzul escribió:PD@kid: Gizmo NUNCA falla
P.D: supongo que nadie de los "interesados" lo leerá porque no se miran este tema, pero quien dudaba de mí o iba diciendo gilipolleces sobre mi persona por este asunto, ya puede besarme el final de la espalda
-
Ramsus
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Bien, os recuerdo que mañana es la fecha límite. Hasta el momento tengo 6 relatos entregados (mas uno nulo que, curiosamente, no era muy extenso...
).
De modo que este mensaje va dirigido a las tres personas que faltan por entregar su relato:

De modo que este mensaje va dirigido a las tres personas que faltan por entregar su relato:
- Spoiler: Mostrar
ESCRIBID! MALDITOS!!
-
Ramsus
- Moderador

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Seguro?Ramsus escribió: Si es posible, mañana colgaré todos los relatos.
Pero vayamos con lo realmente interesante:
Relato Nº 1:
- Spoiler: Mostrar
- Ajustes de Cuentas Morales
Donovan colgó su sombrero en el perchero y cerró la puerta del despacho mientras Frank tomaba asiento.
- Bueno viejo, parece que al fin tenemos algo con lo que trabajar. – dijo Frank – No es una destilería como esperábamos, pero… ¿quién sabe? Igual acude alguien importante a ese tugurio.
- Tampoco te entusiasmes muchacho, no se puede dar por ganada una mano con un full. – bromeó Donovan. Se contentó con hacer ese sencillo y pesimista comentario en lugar de decirle abiertamente que, en realidad, no tenían nada. Donovan llevaba casi treinta años en el cuerpo, y la experiencia que reflejaban las canas de su pelo y cuidado bigote, le otorgaban la capacidad de adelantar todo tipo de acontecimientos. La ley seca no estaba funcionando como se esperaba, pero eso no era ningún secreto, el problema residía principalmente en la corrupción. Tal era la situación, que aunque cogieran al mismísimo Soriano, el actual cabecilla del crimen organizado, con un fajo de billetes en una mano, una caja de whisky escocés en la otra, una pistola en su cinturón y un cadáver bajo sus pies con un disparo en la cabeza, serviría de más bien poco.
- ¡Venga viejo! Ten un poco más de fe. Seguro que podemos sacar algo de esto. – animó el joven aprendiz de policía. – Trabajo a parte… ¿vendrás esta noche a cenar con nosotros? Kate se muere de ganas por volver a verte y le dije a Gabriel que su tío Donovan iba a invitarnos a comer unos chuletones en Cutlet’s.
- Perdona… ¿has dicho que el tío Donovan iba a invitaros? – preguntó dirigiendo su irascible mirada hacia Frank, pero éste ya salía por la puerta.
- ¡Te esperamos a las ocho! – gritó Frank desde el pasillo huyendo a toda velocidad.
- … Maldita sea… - musitó el viejo. No fue solo la idea de pagar semejante cuenta esa misma noche la que le molestó, más bien era la situación. Donovan trataba de no entablar demasiada relación con Frank y su familia, pues en su profesión habían dos caminos a tomar, el legal y el corrupto. Más para mal que para bien, el camino de Frank era completamente legal… Siendo un policía corrupto, se podía vivir en la más absoluta calma: mujer, hijos, hogar, amigos… todo quedaba a salvo bajo el sórdido manto de la corrupción. Pero para un policía honrado, lo mejor era no tener familia ni amigos, pues casi siempre acababan siendo el sustituto de los billetes que se utilizaban para comprar a los otros policías, salvo que en este caso, no había transacción alguna de efectivo…
***Vincent dejó el coche junto al callejón y los tres bajaron del coche. Parecía un trabajo rutinario, entrar por la puerta trasera hablar con Tony sobre su impago de la deuda que tenía con el señor Soriano, romperle unas cuantas costillas y volver al local. Doug golpeó un par de veces la puerta de la cocina y se abrió inmediatamente.
- ¿Podemos hablar a solas, Tony? – preguntó Michael muy tranquilamente.
Tony hizo salir al personal de la cocina, cerró la puerta y se quedó en silencio.
- Tony… creo que sabes a lo que venimos, así que no nos andaremos con rodeos. ¿Tienes el dinero? – preguntó Doug haciendo crujir sus nudillos.
- Sabes que no… - respondió él mirando al suelo. Inmediatamente, cogió a Vincent por los hombros y comenzó a llorar - ¡Vincent, por favor! ¡Sabes que es imposible conseguir tanto en tan poco tiempo! ¡Habla con Don Soriano, él te escuchará!
Sin mediar más palabras, Doug le asistió un puñetazo en el estómago al dueño del local, dejándolo de rodillas en el suelo. Vincent sentía cierta compasión por aquel pobre hombre, pero así era su trabajo.
- Lo sentimos Tony, pero esto no puede quedar así… - dijo Vincent. Probablemente el silencio que se produjo después de aquella sentencia tan poco prometedora, hizo que aquel hombre se temiera lo peor y, presa del pánico, sacó instintivamente un pequeño revolver de su cintura.
- Pues… decidle a ese bastardo… - dijo Tony tratando de disimular su más que evidente congoja – que ya no le tengo miedo y que… que… si volvéis por aquí no me hago cargo de lo que pueda pasar.
- … Joder… - suspiró Michael. Vincent interpretó perfectamente ese comentario. Tony no iba a salir vivo de aquel local. Un simple impago se sentenciaba con una paliza y una segunda oportunidad, pero una amenaza semejante no podía correr esa suerte.
***- ¿Tío Don, en serio nos invitas tú a cenar? – preguntó el pequeño Gabriel.
- ¿Sí, tío Don, en serio? – bromeó Frank tratando de pinchar al viejo.
Donovan cerró con fuerza su puño y asintió sin apartar su fría mirada a Frank. Kate disimuló una leve sonrisa cubriéndose la boca con la servilleta.
- Frank me ha dicho que habéis dado con un local importante. – dijo ella - ¿Otro barecillo clandestino?
- No exactamente, parece que bajo una de las naves industriales portuarias, han querido montar algo más grande. Lo dirige Vincent Doccero, y por lo que hemos averiguado, se trata de una sala enorme, con escenario para espectáculos incluido.
- Vaya… quizás podríamos pasarnos por allí a tomar algo antes de que lo... – poco antes de que Kate pudiera reírse de su propio comentario un estruendoso ruido hizo silenciar a todo el restaurante. Disparos.
- ¡Vienen de la cocina! – dijo Frank desenfundando su Walter.
- ¡Tú quédate aquí y cuida de tu familia! – gritó Donovan mientras corría hacia allí sacando su arma.
- ¡Mierda! ¿Por qué cojones ya no se abre la puerta? – exclamó Doug al ver que sus patadas contra la salida trasera no surgían efecto.
Donovan se asomó por la entrada de la cocina y pudo ver como el dueño del local yacía sangrando en el suelo. Habían tres hombres más allí dentro, uno entretenido tratando de abrir la puerta trasera y otro, Vincent Doccero, el encargado del local clandestino, sujetando del brazo a un tercero, que parecía haber recibido un balazo.
- Vincent… no te gires, pero hay un tipo junto a la puerta de la entrada. – susurró Michael – Y creo que va armado.
- Bien ahora nos ocupamos, pero tú no gastes energías… - le contestó él también entre balbuceos - tu herida no tiene buena pinta.
Donovan se volvió a Frank y levantando tres dedos, le hizo entender a qué se enfrentaban. El viejo tomó aire decidido a entrar bruscamente y tratar de disparar al tipo de la puerta, pero en cuanto se dio la vuelta para llevar a cabo su táctica, un cuerpo chocó contra él derribándolo. Doug se había adelantado y placó a Donovan justo cuando él trataba de entrar. Vincent aprovechó y salió de la cocina con su compañero todavía a cuestas.
-¡Alto!¡No deis un paso más! – gritó Frank a la pareja de fugitivos apuntándoles con su pistola. Y de pronto… otro disparo. Doug derribaba esta vez al joven policía con una sola bala.
- ¡¡¡Hijos de puta!!! – Donovan recogió su arma del suelo y se dirigió corriendo hacia ellos, mas pronto se frenó en seco. Doug se adelantaba nuevamente a sus movimientos y permitía que sus compañeros huyeran por la entrada principal del restaurante sin ser molestados por nadie… nadie quería ver otra muerte aquella noche, y mucho menos la del niño que había tomado como rehén.
- ¡Gabri! – Kate lloraba desconsolada, apenas lograba asimilar todo lo que le habían quitado, todo lo que había sucedido, en apenas cinco segundos y que continuaba sucediendo.
Cuando se pudo ver el coche de Vincent por la ventana del restaurante, Doug se alejó lentamente protegiéndose con el cuerpo del muchacho, salió a la calle y subió al vehículo llevándose con él al rehén.
Kate y Donovan corrieron hacia el cuerpo inmóvil de Frank. No se podía hacer ya nada por él. El viejo cogió entre sus brazos a Kate quien apenas podía respirar entre sollozos.
- Voy a traer de vuelta a Gabriel, Kate. – dijo Donovan – Esto no va a quedar así, te lo juro.
***Vincent conducía lo más rápido posible, ya que a Michael no parecía quedarle mucho tiempo. Trataba de poner en orden todos sus pensamientos, pero el pequeño al que habían secuestrado no paraba de gritar y llorar.
- ¡¡¡Joder niño!!!¡Cállate de una puta vez! – gritó Doug mientras le sacudía. Pero dado que sus avisos pasaban inadvertidos, tomó su revolver y, apuntando a su cabeza, disparó. - ¡Mierda! ¡Me he quedado sin balas! ¡Michael dame tu jodido revolver!
Michael parecía hacer caso omiso a Doug, aunque también parecía estar bastante molesto con el numerito protagonizado por el crío.
- Espera… da igual, - comentó Doug – he encontrado mi navaja. ¡Ahora verás mocoso!
Justo cuando el mafioso se disponía a rajarle el cuello al pequeño, Michael sacó su revolver y le apuntó en la cabeza.
- ¿Qué coño te crees que estás haciendo? – preguntó Doug deteniendo el avance de su cuchillo.
- Deja al crío en paz, Doug. No te lo diré dos veces.
Vincent apenas daba crédito a lo que estaba sucediendo. Siempre había dado por sentado que Michael era el más frío de los tres dado que casi nunca hablaba… sólo preguntaba a quién había que cargarse.
Doug sonrió ante la amenaza, y acercó un poco más el cuchillo hasta el cuello del chico. En una fracción de segundo, se pudo ver por la ventanilla trasera del Chevrolet de Vincent, una intensa luz y seguidamente, un estallido de sangre que la cubría por completo.
Vincent continuó conduciendo, los gritos habían cesado de golpe y de pronto, los echaba de menos. El silencio duró unos minutos, hasta que el conductor se vio con valor para preguntar qué había sucedido.
- Tenemos más que ganado el infierno por nuestra forma de vida, Vincent, pero eso no significa que hayamos dejado de ser humanos. – aclaró Michael sin dejar de observar al pequeño que había quedado inconsciente. – El chico ya ha pasado bastante por hoy. Además… nunca me cayó bien Doug.
Michael comenzó a reírse, pero sus carcajadas pronto se convirtieron en una tos con sangre acumulada.
- Entonces… ¿Qué hacemos con el crío? ¿Lo dejamos libre? –preguntó Vincent.
- De momento vayamos al club y mañana pensaremos qué hacer con él. Despiértame en cuanto lleguemos y nos desharemos de Doug y del coche.
Cuando llegaron al local, Vincent tuvo que deshacerse solo del vehículo, del cuerpo de Doug y del de Michael, el cual no llegó con vida.
***Donovan cerró bruscamente la puerta de su despacho. Tenía la certeza que las dos horas de reunión con sus superiores no habían servido de nada. El viejo corrió las cortinas de la ventana y se quedó pensativo durante unos segundos, hasta que una conversación al fondo del pasillo le llamó la atención.
- ¿Quién era al teléfono? – preguntaba una voz.
- La llamada que esperábamos, parece que podremos dormir tranquilos esta noche. – respondió un segundo – nos darán un cabeza de turco y así mantendremos a la prensa callada.
- ¿A quién van a vender?
- Probablemente ni siquiera será de los suyos, igual es algún vagabundo… yo que sé. Con tal de tener una confesión nos vale.
Probablemente, la reacción más lógica del viejo habría sido salir y liarse a puñetazos con todo el departamento, pero aquella conversación no le pilló por sorpresa. Sabía perfectamente que pasaría eso mismo… el crimen organizado siempre gana. Comenzó a concentrar su rabia en los que se hacían llamar ítalo-americanos. Maldijo su existencia y el día en que todos ellos llegaron a su país, haciéndose con él a base de prepotencia y extorsión. Los calificó de cobardes terroristas que excusaban su incapacidad como individuos con el término de “familia”. Y tras estos pensamientos inducidos por una rabia xenófoba, sólo llegó a una conclusión… el país estaría mucho mejor sin todos ellos.
***- Señor Doccero, estamos a punto de cerrar el local. Ha sido una noche bastante floja. – comentó Larry, el encargado del club en ausencia de Vincent - ¿se encuentra bien?
- Ha sido una noche muy larga, ya te lo explicaré mañana. – contestó él - ¿Se ha ido ya Mary?
- No señor, es la única que aún no se ha marchado. Creo que está en los camerinos. ¿Quiere que la llame?
- No, ahora iré a verla. Puedes retirarte. – concluyó Vincent.
- Está bien. Ahora mismo iba a ir a ver a Don Soriano para llevarle el libro de cuentas. – añadió Larry antes de partir - ¿Quiere que le de algún recado?
- Sí, supongo que ya estará al corriente, pero de todos modos dile que nuestra cita con Tony, el dueño de Cutlet’s, dio bastantes problemas. Ya le informaré yo personalmente de lo ocurrido.
Larry se retiró y cuando se alejó del lugar en su automóvil, Vincent volvió a la entrada, cogió al pequeño Gabriel, que todavía seguía inconsciente en sus brazos y se metió en el local.
- ¿Vincent eres tú? Estaba pensando que… – dijo Mary terminando de secarse el pelo - ¿pero qué demonios…?
Mary quedó paralizada al ver a su amante con un niño dormido en sus brazos.
- Tenemos un pequeño problema… - comentó Vincent depositando al niño sobre un canapé. Pero antes de poder explicarle nada, un coche en el exterior llamó su atención.
- ¡Señor Doccero! ¡Ha ocurrido algo terrible! – Larry salía de su vehículo junto con Todd, uno de los matones de Soriano.
- ¡Un solo tipo, entró en la mansión de Don Soriano y se los ha cargado a todos! – dijo Todd.
- ¿Era de alguno de los sindicatos?
- Lo dudo… parece ser que también se han cargado a la familia Lucciani esta misma noche. – respondió Larry.
- ¿Cómo era? ¿Llegasteis a verle la cara?
- Parecía un tipo muy viejo, tenía el pelo blanco y bigote … - describió Todd.
- Mierda… es el tipo del restaurante… - murmuró Vincent.
- ¿Qué vamos a hacer? – preguntó Larry.
- De momento nos quedaremos aquí, es posible que no conozca este lugar… Todd coge todas las armas que tengáis.
El subordinado corrió al maletero del coche y cogió un par de Tommy guns.
- Bien, ahora quiero que… - el comentario de Vincent se vio interrumpido cuando Larry cayó al suelo fulminado por un disparo - ¡Mierda! ¡Adentro!
Los disparos se siguieron efectuando, sin llegar a impactar sobre ellos.
- ¡Todd, ves a ver como está Mary!
Todd desapareció de la sala y todo quedó en silencio. La puerta principal había quedado completamente abierta y justo en el momento en que Vincent aprovechó para recargar su revolver, Donovan entró por ella lanzándose directamente detrás de una mesa. Los disparos comenzaron a cruzarse pero ninguno daba en el blanco, por lo que ambos se vieron obligados a ir cambiando ágilmente de posición, hasta el momento en que los dos quedaron separados por una simple mesa, pero ninguno de los dos continuo disparando aún a sabiendas que las balas la atravesarían fácilmente. En lugar de ello, ambos se pusieron de pie, apuntándose uno al otro en la cabeza con sus respectivas armas.
- ¿No vas a matarme? – preguntó Donovan intrigado.
- Creo que ambos tendríamos buenos motivos para hacerlo, pero las cosas pueden tener otro final… – respondió Vincent. En ese preciso instante se abrió una puerta y los dos apuntaron sus armas hacia ella.
- ¿Tío Don? – Gabriel salió corriendo en busca del viejo.
Donovan se quedó inmóvil ante tal sorpresa, soltó su arma y cogió entre sus brazos al muchacho. Pero tras el pequeño Gabriel salió por la misma puerta Todd, empuñando su Tommy Gun y apuntándola directamente contra ellos dos. Y nuevamente… disparos.
***
Vincent se encontraba sentado en el único banco de aquella maloliente celda. Su abogado había conseguido llegar a un acuerdo con el juez por el cual sólo pasaría siete años en prisión. Un trato más que favorable si se tenía en cuenta que él había sido el encargado de un club clandestino en el que se servían bebidas alcohólicas en plena ley seca y que en él se habían hallado un buen número de cadáveres…
- ¡Entra! – dijo el celador a otro recluso que acababa de recibir visita.
- ¿Cuántos? – pregunto Vincent.
Donovan extendió los dedos de su mano derecha y sonrió.
- ¿Sólo cinco? ¡Pero si han freído a gente en la silla por mucho menos! – exclamó Vincent.
- Sí, pero el departamento sabe que cuando el juez me pregunte por qué lo hice, podría llevarme a todos conmigo. Así que llegamos a una especie de acuerdo mutuo.
Donovan tomó asiento y suspiró.
- ¿Por qué nos salvaste? – preguntó el viejo.
- No lo sé… quizás fue por lo que alguien me dijo… que pese a tenernos bien merecido el infierno, no por ello dejamos de ser humanos…
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- Atraco a las tres
Escucho a veces Things I don´t understand en el interior de los autobuses, y bailo o te recuerdo. A veces mi vaho se queda impregnado en las páginas de alguno de mis libros y allí, como en un espejo, dibujo tus ojos verticales.
Hubiera invierno en tus labios sobre mi cintura, y no me daría cuenta. Hubiera invierno dentro de tus puños, en las manifestaciones o en las primeras veces y nadie se daría cuenta. Hubiera invierno en tus pupilas siempre que parpadeas o siempre que una de tus manos me abofetea la cara sin querer en mitad de un sueño. Hubiera invierno en el interior de los auriculares, pero dentro Yellow o Things I don´t understand.
Si hubiera invierno en tus labios cuando tomas un sorbo de tu copa y me besas, si en verdad copos de nieve descienden por mi garganta cuando acaricio tu clítoris con la punta de mi lengua… no he de coger ese tren, debo dormir entre las vías y preguntar por ti cuando todo arde. Si hubiera invierno en el cañón de la pistola que apunta hacia mi cabeza, no sería el tuyo.
Ahora me acuerdo de ti. Ahora que tiemblo en un rincón de la entidad junto a otras 7 personas, ahora que uno de ellos me obliga a suplicar por mi vida o exige el resto del dinero o dispara dos veces seguidas contra el techo. Ahora pienso en ti. No en las despedidas. No en tus manos ni en tus cabellos. El guardia se desangra en la entrada (como un reloj, María, se desangraba como un reloj, créeme) o detrás de la caja, o bajo la planta de uno de los pies de los atracadores, ojalá nunca desee tu piel como entonces.
No invierno, verano. Agosto pero viento y chaquetas y corbatas, y atracadores con pasamontañas juegan a la ruleta rusa con uno de los pies del director. Y otro disparo y esa vez Things I don´t understand se convirtió en un ruido, en un trotar de cerdos sobre las cuerdas vocales del director. Luego ímpetu, luego una de las pistolas sobre mi cabeza y el gatillo listo, luego mis dientes furiosos y mi corazón pequeño (era invierno si tus manos sobre mi torso desnudo en la suite del hotel), luego un disparo.
Ora pienso que sobre mi frente, ora pienso que las balas atravesaron la masa cerebral y se alojaron en la pared. Y gritos y una bala traspasa una de mis rodillas (si nos volvemos a ver me podrías traer una bufanda a la puerta del trabajo). No hace frío porque todos los policías que esperan fuera, parapetados entre los coches patrulla, visten manga corta. No hace frío porque siento mi propia sangre por mis piernas hasta mis pies.
Se hace de noche, termina de desangrarse el guardia. No siento mi pierna, está fría, los atracadores cenan pizza delante de nosotros (un director, una señora, un joven, una señora, un señor, una cajera) y charlan o nos apuntan con las pistolas entre cerveza y cerveza.
¡Qué difícil es soñar contigo en verano dentro de una de estas entidades! (no despertará el guardia, María, no pienses en él, tómate una copa a mi salud o brinda por el pie del director, por mi rodilla, brinda y pon Yellow en la radio del coche que te falta poco para llegar a la suite del hotel, que han muerto 26 personas en la carretera, y antes de morir, aunque fuesen niños o personas mayores, todas ellas tarareaban “Where do we go? Nobody knows” y nadie me asegura que aquel guardia, a 6 metros de mí, no lo hiciese).
De los dos atracadores, es el más alto quien se quita el pasamontañas, quien se dirige a lavarse las manos. Creo no haber visto nunca su rostro (a veces, sí; a veces me cruzo con personas por la calle y creo haberlas visto en sueños, en tiendas).
El otro, pequeño y delgado, se asoma a la ventana, observa el círculo policial en torno al banco, murmura una canción, se rasca la cabeza. Vuelve a sonar el teléfono en la oficina. Tampoco acceden a negociar con la policía esta vez. Yo pensaba que nos iban a soltar, estaba convencido de su miedo.
El alto extiende una raya sobre la mesa del director.
Preside dicha mesa la foto de una mujer con la boca cerrada, no como la tuya (habrás llegado al hotel, me estarás esperando en el sitio acordado ayer… lejos de los bancos y de las pistolas y de las rayas y de los ríos que orina la señora que se encuentra a mi lado, que me pide perdón, no se aguanta).
Cuando se dispone a introducir veneno en su piel, en sus manos, en su cerebro en el interior de sus pupilas (turbias, María, ojos amarillos), un disparo que proviene de la calle rompe los cristales. Un segundo después y con el veneno blanco en el interior de sus fosas nasales, el proyectil que hizo añicos las ventanas queda ubicado en su cerebro (no llevaba pasamontañas, muere en unos momentos, nunca sabrá de dónde venimos). Acto seguido se derrumba, de rodillas (sangraban sus ojos amarillos María).
El otro, el pequeño, rueda por el suelo entre cristales (su cuerpo los rompe a medida que rueda, es como si el olor a pólvora, que invade la habitación, mascase cubitos de hielo).
De por qué me interpuse entre la última bala del que rodaba y el tórax de la mujer de la orina, hablaremos otro día.
Ahora quiero que me cuentes cosas sobre ti, quiero que introduzcas el invierno en mi boca y lo alimentes con leña y lo mantengas caliente, han de devolverme tus ojos la luz que pierde a borbotones mi corazón. Has de imaginarme dentro del a suite de ese hotel, contigo, sobre una cama de dos por dos. Acordamos no llamarnos al móvil así que no me llames, la sirena de la ambulancia me dejará en el hotel en cinco minutos María, lo han dicho. Un médico gritó “¡Rápido, se nos va!” pero quiso decir (lo sé) “Vamos, al hotel”, así que antes de que marques el número de mi móvil llamaré a la puerta de la room 4004.
Ten solamente, una bufanda y el invierno en tus labios, pero no en mis rodillas, pero no dentro de mi pecho porque me duele y me oprime y te echo de menos, y si acaso me desnudas en la bañera, si escuchas un rumor por mis venas como el paso de un tren por las vías (que vuelve para ir, y se va y vuelve y nos besa), si lo notas, dile al médico que estamos en verano, dile agosto. No lo debe saber…
María, una bala se aloja en el interior de uno de mis pulmones. Tengo miedo. Si puedes, ve a casa por el reproductor y cuando llegues a la suite coloca los dos auriculares en mis oídos, me gustaría volver a escuchar Yellow. Quizá pienses que no lo escucho. Quizá tengas razón pero si has de recordar tu clítoris entre mis labios, mejor hazlo con música, mejor baila en el interior de los autobuses.
Hubiera invierno contigo y no me daría cuenta, hubieran sido caducifolios tus besos en mi cintura y aun así, todos los trenes del mundo habrían dejado un resto de vaho en las páginas de los libros que leíamos a medias.
Nunca pronuncies mi nombre María.
Hoy por hoy, se desangra cualquiera
(será necesaria la miel de tus labios
menores cuando los grandes
anuncios de la felicidad lleguen),
hoy por hoy, a cualquier cosa llaman verano.
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- LOS SECRETOS DEL MAR
Dicen que en el mar se esconden los mayores secretos. ¿Será verdad? Al fin y al cabo es tan inmenso e inexplorado que podría haber de todo ahí abajo, ¿quién sabe? Tal vez en lo más hondo se encuentren las ruinas de civilizaciones arcanas ya extintas, ocupando miles de kilómetros de suelo submarino. Quizá en las más profundas fosas se encuentren plantas cuyas propiedades servirían para curar enfermedades modernas y extendidas como el cáncer o el SIDA, o tal vez haya especies animales jamás vistas por el ser humano, cuya forma no podemos ni imaginar. A lo mejor en lo más profundo de la bodega de un barco hundido se encuentran los más maravillosos tesoros por los que la sangre de países enteros ha sido derramada, o puede que se oculte el secreto de la vida, o de la muerte...
De pequeño, estaba obsesionado con los tesoros hundidos, que siglos atrás pertenecieron a desafortunados piratas que enfadaron a los dioses del mar y hallaron una rápida muerte en una impasible tumba de agua. Me los imaginaba imponentes, con largas barbas y salvajes melenas, con parches, garfios y patas de palo, y con loros de vivos colores encima del hombro. Los imaginaba asomándose por encima de la baranda de popa, mirando a lo lejos con un viejo catalejo muy querido para ellos, con su sable oxidado por la sangre de incontables marineros de agua dulce, riendo al avistar un nuevo horizonte que explorar, con sus dientes de oro asomando a través de su sonrisa, y la bandera de la calavera ondeando sobre ellos.
Buceaba en el mar buscando esos tesoros; me tiraba horas y horas buceando en busca de barcos hundidos, cofres cerrados o una botella a la deriva con el mapa de una misteriosa isla dentro, con una gran X señalando el lugar exacto donde estaría oculto el tesoro. Hacía levantarse a mi padre muy pronto para que me llevara a la playa, y nos marchábamos tarde, al atardecer. Él se pasaba la semana trabajando sin parar para poder mantenernos, y al día siguiente se levantaba pronto para pasarse todo el rato conmigo, jugando con la pelota, corriendo o buscando tesoros. Es ahora cuando me doy cuenta de lo significaba pasarse el fin de semana sin descansar tras una agotadora semana de trabajo, y de que a él no le importaba, porque disfrutaba mucho pasando el día conmigo. No obstante, los días que mejor lo pasábamos era cuando también venía mi madre. A veces, después de despertarnos el sábado, en vez de irse a abrir la tienda, decidía de improviso venirse con nosotros, y se traía a la por entonces pequeña Elena también. Esos eran los mejores días.
Me pregunto si habrá alguien que se preocupará tanto por mí como lo hacían mis padres. Ni siquiera Elena, con todo lo que me quiere, podría hacerlo. Está demasiado ocupada con su vida como para preocuparse tanto por mí. Sé que si no estuviera tan atareada se daría cuenta de que yo también sufro, de que yo también sólo soy fuerte en apariencia. Si se diera cuenta de lo mal que estoy, se preocuparía, y no pienso dejar que eso ocurra, porque Elena es lo único que me queda de ellos, y no voy a perderla. Me imaginaba que morir dejándome caer sobre esas rocas afiladas del acantilado y dejar que la embravecida marea del atardecer hiciera el resto, no sería demasiado doloroso. Incluso era posible que mi cuerpo quedara atrapado entre las rocas, y al amanecer fuera descubierto por algún pescador y su hijo. Morir pegándole un buen susto a algún chaval por la mañana, no era un mal plan después de todo. Y así dejaría de preocuparme por Elena.
- Hola –me dijo la voz de Sofía-, te he visto de lejos y he pensado que podrías ser tú.
- Hola... –contesté desganado, sentándome sobre las rocas del acantilado y abandonando mis ideas suicidas, dejándolas para más tarde.
- En realidad, te estaba buscando –confesó, sentándose junto a mí y subiéndose ligeramente las gafas, que habían resbalado por su pequeña nariz-. Elena me dijo que estarías por aquí.
- ¿Y qué quieres?
La miré con un falso desinterés: era imposible no interesarse por su belleza, por sus ojos azules y profundos como el mar, sus labios finos y de aspecto delicado, sus facciones suaves, sus pestañas largas y oscuras, su cabello negro y largo, enredándose con la brisa marina, su piel clara llena de lunares. Su sonrisa, siempre dulce y brillante, y a la vez amarga y misteriosa, como si ocultara un oscuro secreto inescrutable. Su personalidad era fuerte y encantadora, alegre y despreocupada, superficial para cualquiera que no la conociera lo suficiente como para percatarse de todo lo que no decía, de todo lo que se guardaba dentro. No importaba cuántas veces había intentado averiguarlo o cuánto se lo preguntase, pero nunca conseguí descubrir cuál era el secreto que se ocultaba tras esa mirada que parecía ver más allá de lo que veían los demás.
Sofía era la mejor amiga de Elena, y también la mía. Supuse que mi hermanita le habría pedido que hablara conmigo, notando que estaba peor de lo que aparentaba. Esas cosas se saben cuando llevas toda la vida viviendo con alguien y viéndolo cada día. Sofía sonrió y dijo:
- ¿Qué te pasa?
- Ya sabes lo que me pasa –respondí, dejando ir un molesto gruñido.
- Me dijiste que no ibas a volver a poner esa cara de melón hasta que te dieran las notas de los exámenes finales –bromeó, aunque a mí no me hizo ninguna gracia.
- La gente dice muchas cosas, y la mayoría son mentira. O son verdad, pero luego se les olvida que una vez lo fuera –me tumbé, cruzando las manos por detrás de mi cabeza.
- ¿Entonces, cuando me dijiste que cuidarías de mí durante toda tu vida, también mentías?
- No me acuerdo de eso –mentí, dando gracias al color rojo del atardecer por disimular mi evidente sonrojo-. Iba borracho.
- ¡Y los borrachos nunca mienten! –rió, sacando la lengua-. Entonces es la segunda opción: te olvidaste de tu promesa. Menudo desconsiderado...
- Debe ser eso...
Permanecimos un rato en silencio. Yo, contemplando el cielo y las alargadas nubes rojas y anaranjadas, que cada vez se oscurecían más; ella, mirando al sol ocultarse bajo el agua del color del fuego, y a las gaviotas que volaban en la lejanía. Me sorprendió al volverse hacia mí y colocarse encima mío sin llegar a tocarme, con las manos apoyadas a ambos lados de mi cara, mirándome fijamente con sus enigmáticos y arrebatadores ojos azules.
- Aún te quedan muchas cosas buenas.
- Ya lo sé –contesté con molestia. Todo el mundo se había encargado de recordarme lo bueno que me quedaba tras la muerte de mis padres: mi hermana, mis amigos y el resto de familiares, mi salud y tantas otras cosas. Sabía que mi vida era buena, pero antes era mejor, porque estaban mis padres. ¿Qué coño me importaba tener todavía eso? ¡Antes tenía eso y también a mis padres, y era más feliz! ¡¿Cómo pensaban alegrarme recordándome lo que me quedaba después de haber perdido a mis padres?!-. No hace falta que me lo recuerdes.
- No te enfades, idiota –fruncí el ceño con desagrado-. Te quedan las bromas, los cabreos tontos, mi risita cuando me meto contigo. Te queda el mar, el olor salado, las risas de la gente jugando en playa, el color del atardecer. ¡Te queda la sensación de recuperar un examen suspenso! –soltó una pequeña carcajada-. También el agobio de un atasco, o encontrarte una multa al dejar aparcado el coche en doble fila sólo cinco minutos, cuando otra gente lo deja ahí horas y te molesta al conducir.
- Eso no es divertido.
- Pasarte una noche con insomnio, probar... ¿no querías hacer paracaidismo? Un viaje en solitario, o con tus amigos, llorar viendo fotos antiguas, descubrir nuevos países, conocer nuevas caras, encontrar tesoros sumergidos... Te queda el amor.
- El amor es una mierda –dije con un suspiro, intentando no sonreír. Me gustaba hacerme de rogar-. Lo que nos une no es más que el deseo instintivo de emparejarnos y aparearnos. “Amor” sólo es una palabra que nos hemos inventado para intentar diferenciarnos de los animales.
- Pero yo te quiero –lo dijo con tanta naturalidad, que me sobrecogió por completo-. Desde que tenía ocho años, cuando nos llevabas a Elena y a mí en el manillar de tu bicicleta, y a buscar caracoles en el jardín. Desde entonces nunca he dejado de quererte.
- Pero no es lo mismo, no es como el amor de una pareja.
- ¿Y tú qué sabes? –me abrazó, cerrando los ojos y apoyando su cabeza sobre mi pecho, acurrucándose como si estuviera en una cama-. Sólo eres un idiota con cara de melón, no sabes nada de nada...
- Imbécil. –le acaricié el pelo. Nos quedamos un buen rato ahí abrazados, hasta que se hizo de noche y la luna creciente empezó a surgir con timidez para unirse a las estrellas.
Dicen que en el mar se esconden los mayores secretos. Incontables sentimientos se hallan perdidos entre sus olas, esperando a que alguien los recoja. Palabras susurradas una sola vez bailaban entre su brisa, esperando ser oídas por otras personas. Por eso al mirar al mar nos invade esa sensación de inmensidad, de deseo, de ganas de vivir: porque el mar es un lugar mágico, en el que residen los más bellos misterios que todos guardamos en nuestro interior.
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- EL REPOSO DEL GUERRERO
Anochecía. El cielo de color gris derramaba toda el agua del mundo sobre la llanura. Una incipiente luna asomaba por el horizonte, compitiendo sin posibilidades contra las rojas llamaradas del sol y contra el espeso manto de las nubes de lluvia. Perdiendo la batalla, como los elfos perdían su guerra contra el mundo. Pero la luna reinaría tarde o temprano, alta en el cielo nocturno, mientras que los elfos estaban irremisiblemente avocados al olvido, o a la leyenda.
Ésos, y no otros, eran los pensamientos que poblaban la mente de Qar’Andras hijo de F’Engar, Señor de Indullion, de la Casa del Sol de Mediodía. Tales negros presagios recorrían sus entrañas como un viento helado, contemplando la sencilla sepultura. Pues, bajo un alto olmo, yacía al fin F’Engar de Indullion, su padre, vencido por el aciago destino que parecía acosar más que nunca a su pueblo. Más ciertas que nunca llegaron a oídos del inconsolable Qar’Andras las palabras del canto fúnebre de los soldados de su Casa:
Oscura es la casa donde ahora moras, tú que habrías vivido largos años bajo el Sol...
Un estremecimiento recorrió de arriba a abajo la espalda de Qar’Andras. La lluvia, por helada que pudiera estar, no era la responsable, sino las palabras de la Antigua Lengua, pronunciadas con la lenta cadencia de la canción. Ya las había escuchado, en muchos funerales por sus soldados. Demasiados. Pero jamás, en su inconsciencia, había pensado en que algún día se cantarían en honor a nadie a quien conociese de verdad. No existe consuelo posible en la muerte de quienes tienen el plazo de vida más largo. Los retoños de los retoños del anciano árbol que ahora cobijaba a F’Engar entre sus raíces no habrían sobrevivido a éste, si las flechas de los trasgos no hubieran intervenido. Porque el destino de los Más Antiguos no era encontrar la muerte, salvo por violencia. Y se diría que la violencia acudía a ellos con demasiada frecuencia.
Qar’Andras siempre había pensado que los trasgos, los orcos, y las demás criaturas de la Oscuridad odiaban a los elfos por envidia, por la triste perspectiva de ver sus vidas agotarse mientras las de los Antiguos se extendían hasta el infinito. Sin duda había más razones, pero era evidente que por debajo de todas ellas subsistía ese rencor. La necesidad de destruir aquello que no se puede tener, para que nadie más lo tenga. Por eso, frente al odio y la barbarie, los elfos celebraban la vida y la respetaban por encima de todas las cosas. Hubo un tiempo en que ser soldado era oficio bajo e indigno, pero ahora todo había cambiado.
...trocaste tu vida en esperanza, y el brillo de tu espada relevará al Sol en su vigilia.
Las lágrimas de Qar’Andras resbalaron por su rostro, mezclándose con la copiosa lluvia, regando la tumba del Señor de Indullion.
Sonó un cuerno en la distancia. Algunos de los soldados que cantaban cesaron en su duelo, y empuñando lanzas y espadas (llovía demasiado para los arcos) corrieron a sus posiciones en las atalayas. Otro cuerno, más cercano, llegó al olmedo desde los altos muros de Caer Sehellendrim, la heredad de los Señores de Indullion. Por las notas de la llamada, Qar’Andras supo que no era un ataque. Trató de recuperar la compostura. Se sentía cansado e incómodo, aunque la lluvia no lo perturbaba: los fenómenos naturales comunes no dañaban ni molestaban a los Más Antiguos. Pensó que tenía que ser una comitiva fúnebre, pero desechó la idea. Su padre había muerto hacía una semana, en las Fronteras Orientales, y nadie sabía aún la noticia, pues todo lo que habían tenido tiempo de hacer había sido regresar a casa.
Era una columna compacta de guerreros que desfilaban a pie. Se podía decir que marchaban, pero no habría sido digno. Aquellos hombres marcaban el paso sin tacha, con un andar pesado, que los descartaba como elfos, pero con un aire noble, solemne. Parecía que a cada paso abrían la propia senda, y ni los elementos desatados les desviarían de ella. Ninguno llevaba montura, ni estandarte. No había heraldos entre ellos, y la única distinción parecía ser que el que iba en cabeza no llevaba lanza. Recorrían la llanura despacio, en apariencia, pero poco tiempo después Qar’Andras se sorprendió de que ya podía distinguir con claridad sus rostros y libreas. Y lo que distinguió le llenó de asombro: eran humanos. De Ereban, nada menos, Ancestrales de la Ciudad Sin Muros.
Al frente de la columna marchaba un muchacho. De acuerdo con las cuentas de los Ancestrales, la más antigua de las razas humanas, aún lo era, y se notaba en su rostro. Pero en años de los hombres comunes, el “chico” rondaría la treintena, aunque hubiera pasado por la mitad de su edad. Era alto, y tenía el pelo corto, negro y rizado. Había un brillo tembloroso en sus ojos grises, como una especie de temor reverente, que se acrecentaba conforme la compañía se acercaba a Caer Sehellendrim. Qar’Andras lo interpretó como que el muchacho, a pesar de dirigir a tan prodigiosa hueste, jamás había tenido contacto con elfos. Se dijo que tendría que ser condescendiente con sus titubeos, y avanzó a su encuentro.
Las patrullas les habían dejado pasar sin preguntar. Los Ancestrales eran tenidos por aliados allí donde hubiera un elfo, y ésta no era una excepción. El motivo de su visita, sin embargo, se le seguía escapando a Qar’Andras. Llegó hasta el invisible Cerco de atalayas, la línea más exterior de las defensas de su mansión, y allí se plantó, erguido como un árbol, a la espera de su encuentro. Por su parte, los humanos avanzaban impertérritos bajo el aguacero, y no le hicieron esperar demasiado. La columna se detuvo a escasos veinte metros del Cerco, y el joven se adelantó resuelto hacia él. A sólo dos pasos, se detuvo. Qar’Andras se sorprendió de que toda sombra de duda hubiera desaparecido de sus ojos,
-Soy Gilrad, hijo de Gilatar, de la Casa de Fernheim. –Dijo esto manteniéndose muy firme, pero acto seguido se encorvó en una profunda reverencia, a la usanza antigua, añadiendo: -Mi padre y mi Casa te muestran las más profundas condolencias por tu pérdida, Señor, y tan sólo lamenta no estar aquí hoy en persona, o haber estado para cambiarse por el caído, como hubiera sido justo.
Las palabras del joven humano casi noquearon al elfo. ¿Cambiarse? Sin embargo, poco a poco retuvo el control de la situación. Había reconocido el nombre de Gilatar, un viejo amigo de F’Engar, y sabiendo que aún había muchos Ancestrales en Ereban que prestaban oídos a los Videntes (e incluso que ingresaban en sus filas), comprendió que la noticia podía haber llegado incluso antes de que ocurriese allí donde su padre aún fuese tenido en consideración.
-Tus palabras consuelan mi ánimo, Gilrad, hijo de Gilatar. Ven, acompáñame en esta hora de dolor, y ocupa un sitio en mi mesa para que mis ojos no se vuelvan al sitio que ahora estará vacío.
Las viejas fórmulas, pensó Qar’Andras, tenían una simple lógica que el mundo parecía empeñado en hacer olvidar.
Sólo dos horas más tarde, elfos y humanos compartían un sobrio refrigerio en la sala principal de Caer Sehellendrim. Los guerreros humanos no se habían quitado las armaduras, aunque era algo que se consideraba ligeramente indecoroso entre los elfos. El joven Gilrad hablaba con sus hombres en su profunda y desconocida lengua, y Qar’Andras se preguntó qué tendrían que decirse que no pudiera ser compartido con ellos. Más tarde, la explicación cesó, y Qar’Andras consiguió hablar con el muchacho. Su padre, advertido por un hermano de su madre, Vidente, se había enterado de la muerte de su mentor elfo en el instante de producirse. Esto maravilló a Qar’Andras, pues quería decir que los humanos habían tardado casi el mismo tiempo que sus soldados en cubrir, a pie, el doble de distancia. Supo también que Gilatar ya era considerado muy anciano entre los Ancestrales, y Gilrad era el séptimo de sus hijos e hijas. Hacía casi ciento veinte años que el humano había servido en Caer Sehellendrim como Ujier de Armas, cargo importante que se concedía temporalmente a los que entraban voluntarios al servicio de un noble elfo. Sin embargo, el servicio en la propia fortaleza había sido corto, pues F’Engar había partido un tiempo a las guerras de Radia. Precisamente por eso, pocos eran los recuerdos que su hijo conservaba de su amigo humano, ya que al ser el heredero del Señorío había tenido que quedarse a gobernar la heredad. Por su parte, Gilrad, aún no nacido por aquél entonces, nada recordaba, excepto las viejas historias de su padre.
Más tarde, elfos y humanos se retiraron a descansar, mientras fuera la lluvia seguía cayendo intensamente sobre el mundo de la noche. Qar’Andras, solo en su cuarto, no podía dormir, y quedó largo rato ensimismado en sus pensamientos, contemplando la llama de su lámpara de sobremesa.
De pronto, oyó un ruido. Un leve crujido de madera, lejos, en los pasillos inferiores de la casa. Inexplicablemente alterado, se levantó, y salió de su habitación. Ahora que se encontraba totalmente alerta pudo distinguir más sonidos. El siseo del metal en una vaina, y una tenue, muy tenue, respiración.
Deliberadamente, Qar’Andras salió medio vestido y apresurado de su habitación. Tenía una horrible sospecha, y en su mente empezaba a bailar la idea de haber invitado a su casa a hombres mortales, desconocidos salvo por una historia que no había verificado.
La habitación del Señor de la mansión estaba en el tercer piso de la torre, y bajo ella se encontraban los cuartos de los criados. Había guardias en la entrada de las escaleras, pero ninguno en las “salas de paz” como eran llamadas. Un asaltante hábil habría sido capaz de esquivarlos trepando por el tejado de las cocinas, y Qar’Andras sabía que aunque gritase, no tendría tiempo para esperar refuerzos. Corrió con un fingido y torpe sigilo hacia el ventanal del pasillo, deteniéndose para coger una espada embotada de una panoplia. La suya estaba en la armería, pero ésa serviría para detener estocadas, aunque no flechas. Tardando lo justo para que la sombra lo viese saltar, abrió la ventana y se descolgó con agilidad por las repisas hasta el patio. Aprovechando las sombras, se escondió en una esquina, y tuvo que maravillarse del escasísimo ruido que el extraño hizo al caer. En ese momento, saltó de su escondrijo, gritando -¡Por el Sol del Mediodía!
Qar’Andras estaba confuso. No había oído su propia voz, ni tampoco acertaba a distinguir más que un siseo cada vez que las espadas chocaban. Un siseo. Ahora sabía que los centinelas de la torre estaban muertos. El enemigo que lo acosaba era un extraño ser encorvado y escurridizo, todo vestido de negro, con una horrorosa máscara en la cara. Luchaba con dos espadas cortas y anchas, que debían de causar heridas profundas, difíciles de restañar, y muy posiblemente envenenadas. Por el momento, sin embargo, lo mantenía a raya, pero no era capaz de llamar la atención. El asesino llevaba consigo una brujería del Imperio de Khamodan, el viento espeso, una especie de gas que, rociado como un perfume, amortiguaba los sonidos de su portador.
Qar’Andras paró otro ataque, apoyando la punta de su inútil espada en el suelo. Giró sobre sí mismo, al tiempo que el enemigo giraba en sentido contrario. En la primera vuelta se agachó, y en la segunda levantó la espada con ambas manos, sujeta por punta y mango, para detener la doble cuchillada en diagonal que su enemigo ejecutaba. Trató de retroceder con la gracia propia de su estirpe, pero el enemigo lo acosaba para evitar que saliese del alcance de su viento espeso. Y pensar que no había querido saltar por la ventana para no tener que cambiar el cristal…
Justo en el momento en que Qar’Andras se decía que el asesino lo mataría, oyó un ruido. Un ruido de “fuera”. Por la puerta de las cocinas, Gilrad hijo de Gilatar cargaba contra el asesino gritando en la lengua ancestral. El muchacho embistió con todo su ímpetu, desequilibrando a su enemigo, y el estruendo del choque produjo un siseo más que audible. El elfo pensó que el joven Ancestral había firmado su sentencia de muerte. Una espada bastarda como aquella era demasiado lenta para las espadas del otro.
Como para querer corroborarlo, Gilrad tuvo que esquivar in extremis un tajo peligroso, tirado al cuello. Perdió la guardia, pero su contrario no pudo aprovecharlo. El joven se recuperó y lanzó una lluvia de estocadas a una velocidad sobrenatural. Qar’Andras empezó a dudar del resultado del combate. Además, las luces se encendían en los barracones, alertados por el grito del humano, y algunos centinelas de los torreones bajaban las escaleras.
Gilrad fintó, esquivó otra cuchillada, y eso le costó un jirón de su capa. Qar’Andras se fijó en que el chico estaba completamente pertrechado. Sus manos enguantadas empuñaron la espada con las dos manos, y con una técnica similar a la que él mismo había empleado antes, apoyó la punta en el suelo, abortando un ataque a las piernas. En esa posición, entonces, Gilrad hizo algo inesperado. Apoyándose en su espada como en un bastón, lanzó una patada al asesino. Éste, que había esperado una respuesta menos ágil de un hombre con cota de malla, se desequilibró, y no pudo reaccionar cuando, con el impulso, la espada de Gilrad recorrió todo el camino desde su lugar anterior hasta la mitad del pecho embutido en cuero negro. El asesino se desplomó, inerte, sin hacer el más mínimo ruido.
Una hora más tarde, todo estaba solucionado. Gilrad se había disculpado, y había salido del recinto de su mansión, pues tenía un deber ineludible al lado de sus hombres. Aquello extrañó a Qar’Andras, quien sólo había obtenido la explicación de un rastro encontrado fortuitamente en el exterior de su casa. De modo, que siguió al chico.
Estaban todos allí, erguidos bajo la lluvia, las espadas en posición de guardia, las puntas hacia el cielo, frente al rostro. Rodeaban la tumba de su padre como estatuas. El joven Gilrad se encontraba al frente, mirando hacia la mansión. Ninguno pronunciaba palabra, ni cantaba. Sólo los iluminaba la luz de la luna. Las lanzas, clavadas en el suelo, formaban un círculo más interior, y se hubiera dicho que ningún enemigo podría vulnerar semejante muralla.
Gilrad vio a su visitante. Se adelantó, abandonando su puesto. Miraba a Qar’Andras con una expresión extraña. Parecía auténtica reverencia.
-No hubiera querido que hubieseis visto esto. Nos produce demasiado dolor.
El noble elfo se quedó extrañado.
-Mi padre murió casi al mismo tiempo que el vuestro. Sus últimas palabras fueron para vos. Supimos de la muerte de vuestro padre días antes de que se produjese, pero la edad ya había vencido al mío. Avergonzado, me envió para cuando el momento llegase. Hubiera querido dar la vida por su señor, pero no le alcanzaron las fuerzas. Ahora yo velo esta tumba en vez de la suya, pues he de entender que tanto vale una como la otra para mi propio dolor.
Qar’Andras estaba paralizado. Aquel hombre había apartado a su hijo de su lado para honrar a un antiguo señor.
-Sólo aquellos que vivimos corto tiempo –prosiguió Gilrad, -comprendemos en toda su extensión el significado de la muerte. Su dolor nos atraviesa, pero pasa. Sin embargo, para vosotros la pérdida es totalmente irreparable. Por eso mi padre quiso que viniera. Os serviré, Qar’Andras, hijo de F’Engar, hasta el fin de mis días, y he de dar hasta la última gota de mi sangre para compensar que en la hora de la necesidad, Gilatar de Fernheim no estuvo al lado de su señor.
Sin esperar respuesta, Gilrad volvió a su lugar, levantando la espada que una hora antes ya había comenzado su servicio. Quar’Andras se hizo a un lado, contemplando a aquellos hombres antiguos y nobles honrar a su padre, y cantó.
Oscura es casa donde ahora moras, tú que habrías vivido largos años bajo el Sol.
Oscura es la hora en que aquí te hallas, tú que viviste las tuyas en larga paz.
Quiera el Cielo iluminar tu camino hasta la tierra donde las almas viven siempre.
Es la hora del reposo, guerrero de los Más Antiguos, y no puedes demorarla.
Pues trocaste tu vida en esperanza, y el brillo de tu espada relevará al Sol en su vigilia.
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- Nació con unos oscuros ojos rojos. Unos ojos que fueron su maldición, una maldición que le perseguiría hasta su muerte. Su madre murió en el parto, su padre se suicidó, sin poder aguantar más la presión de la muerte de su mujer. El niño, quedó abandonado a su suerte en el bosque, sin ninguna esperanza de vivir… Pero una manada de lobos pasó por allí, y criaron al niño como si fuera suyo… hasta que creció, y se convirtió en una maquina de matar.
Hyosuke salió del bosque un día nublado y lluvioso. Le acompañaban dos lobos, uno llamado Ookami, y el otro Kei. Habían abandonado la manada porque el chico, en ese momento de unos 17 años de edad, había matado a uno de los lobos. Pero ellos no le entendían. Nació con una maldición que le daban ganas de matar, matar por placer. Por eso se fue de su bosque. Ookami y Kei eran sus únicos amigos.
No tenían rumbo fijo. Se dirigían a cualquier sitio donde encontraran comida, y en ese momento, la ciudad más próxima era Alienar. Necesitaba comer, y allí encontraria todo lo que necesitaba para su viaje.
Hyosuke entró tranquilamente en la ciudad, vigilada atentamente por dos guardias rígidos y aparentemente sin sentimientos. Quiso matarlos, desgarrarlos y despedazarlos, pero sabía que si lo hacía no podría comer. Siguieron tranquilamente por las mojadas calles, no había nadie por ellas. Entraron en una carnicería, cogieron trozos de carne y empezaron a comérselas allí mismo.
-Tú, chico, creo que has de pagar eso, la comida no es gratis, sabes? –dijo el carnicero, con una extraña sonrisa.
-Pagar? No se lo que es eso, ni tampoco tengo interés en saberlo. Ahora déjenos comer.
-Llamaré a los guardias, sabes? No pienso quedarme aquí de brazos cruzados mientras tú te comes mi mercancía.
Hyosuke ya había oído hablar del dinero, pero no tenía. Así que cogió discretamente otros trozos de carne, y desenfundó su espada. Tenía intención de irse, pero la maldición no le dejaba. Con un gesto rápido, le cortó el cuello al carnicero, que cayó al suelo, muerto.
El chico y los dos lobos salieron corriendo de la tienda, conscientes de que ahora les perseguirían los guardias con intención de matarles, pero no tenían miedo. Hyosuke nunca tenía miedo de nada.
Cuando estaban llegando a la puerta, que en ese momento la estaban cerrando, vieron que un grupo de unos 20 soldados esperándoles con espadas.
La maldición se puso en marcha. A Hyosuke se le pusieron los ojos rojos, desenfundó su katana y empezó a matar a soldados. Ookami y Kei mordían y atacaban también, pero no con la violencia salvaje de Hyosuke: cortaba cabezas, clavaba la katana en los ojos de los guardias, un corte profundo en el estómago… muertes crueles y dolorosas.
Cuando hubieron acabado de matar a los guardias, Hyosuke, aún con los ojos rojos, hizo un movimiento con la katana y la puerta se partió por la mitad. Salieron andando de la ciudad, con unos aldeanos atemorizados mirándole en la distancia.
Pasaron los días. A Hyosuke y los lobos se le habían acabado los víveres. Creían que iban a morir, hasta que llegaron a un bosque, un bosque donde nada más entrar había un río. Bebieron y bebieron hasta saciar su sed y mucho más. Pero aún tenían hambre. Decidieron entrar en el bosque para encontrar presas y frutas que comer.
Cazaron zorros y conejos en escasez, pero esa noche hiceron una hoguera y comieron a gusto. Era la primera noche que dormían a gusto y con la tripa llena.
Una ninfa salió del interior del bosque. Tenía la apariencia de una niña de 9 años pero con la piel verde, llevaba una ropa hecha con hojas de los árboles del bosque. Empezó a hurgar entre las bolsas de Hyosuke pero no encontró nada. El chico maldito, que había estado atento a los movimientos de la extraña criatura, de repente se levantó y cogió a la ninfa de un brazo y la levantó a su altura.
-Quién eres. Qué eres. Si no quieres morir explícame lo que buscabas en mi bolsa –dijo, y acto seguido dejó a la ninfa en el suelo.
-Soy… soy una ninfa del bosque –dijo la ninfa, medio llorando- Somos criaturas asustadizas que no hacemos daño a nadie, vivimos y dejamos vivir.
-Qué es este bosque, porque no hay casi animales y hay frutos extraños. Los árboles estás muertos, casi no hay vida .
-Este es el Bosque de la Tristeza. Todos los humanos que vienen aquí mueren de la desesperación de la tristeza de los seres vivos de aquí. Además hay criaturas asesinas que comen hombres. Te quería avisar de los peligros, para que tuvieras cuidado, porque ya no puedes salir. Morirás aquí –dijo la ninfa, que se esfumó dejando solo un rastro de humo verde.
-Bien –dijo Hyosuke- Salgamos de este bosque.
Avanzaron por el bosque con sumo cuidado, ya que la ninfa les había avisado de criaturas temibles que desesperaban a la gente y les mataban. Cuanto más se adentraban en la oscuridad del bosque, más cadáveres de personas encontraban, muchos desmembrados bestialmente. De repente, oyeron un ruido que venía de la profundidad del bosque. Se pusieron en guardia, y seguidamente apareció una bestia enorme, de unos 8 metros de altura. Tenía la piel roja y peluda, dos cuernos le aparecían de la cabeza. Se erguía y caminaba como un simio. El monstruo atacó primero: con su puño intentó aplastar al grupo, pero éstos lo esquivaron hábilmente. Hyosuke atacó a la bestia con su katana, pero esta le esquivó y cogió al chico con su mano, con la que le empezó a aplastar. Ookami pegó un salto y mordió a la mano del monstruo, que soltó a Hyosuke del dolor. Aprovechando el momento de confusión, le asestó un corte en toda la cara con la katana. El monstruo murió.
-Sigamos.
No encontraron más monstruos como ese, pero si pequeñas criaturas que mataron con facilidad. Al fin, llegaron a lo que era ya el tramo final del Bosque de la Tristeza. Les pareció raro que no hubiera aparecido ninguna bestia más.
Siguieron caminando, cuando, de repente, cayó un monstruo ardiendo y muerto de entre los árboles. Lo habían matado con alguna clase de katana, ya que tenía cortes profundos en diversas partes del cuerpo. Le habían matado brutalmente: le habían arrancado los ojos y habían partido la cabeza por la mitad, y después le habían prendido cuando aún permanecía vivo.
-Quién habrá sido? Debe de haber sido algun ser inteligente, un monstruo no mata tan cruelmente.
Algo saltó del interior del bosque con multitud de acrobacias y aterrizó justo delante de donde estaban Hyosuke y los lobos.
Tenía la apariencia de un elfo, pero la piel era de gris y los ojos rojos como el fuego. Su cabellera, roja también, le llegaba hasta las rodillas. Llevaba una vaina de katana en el cinto.
Sin decir nada, desenfundó su katana y arremetió contra Hyosuke, que se defendió como pudo.
-Quién eres, porque me atacas!? –preguntó Hyosuke, alarmado.
-Soy Elder, elfo oscuro protector de los bosques de la oscuridad. Has matado a una criatura muy fuerte que rondaba por estos bosques...
-Entiendo… sii quieres vengar a tus amigos, ¡hazlo! Te estoy esperando para matarte…
-Absolutamente al contrario. Este bosque está infestado de criaturas malignas, y mi clan ha sido asesinado por ellas. Estoy, digamos, fumigando el bosque.
-Si es así, déjame pasar. No tengo ganas de hablar con un estúpido elfo como tu.
-Por desgracia, me temo que eso no puede ocurrir. Desprendes una energía maligna muy potente, que haría peligrar la vida de los supervivientes de mi clan, además de que tus estúpidos animales podrían robar comida. Así que... ¡muere!
El elfo atacó a Hyosuke, pero esté lo esquivó fácilmente. El chico, con su katana intentó atravesar a Elder, que se tiró al suelo para esquivar el golpe. Éste dijo algo en una lengua extraña, y alrededor de Hyosuke y los lobos apareció una gran muralla de fuego. “Cobarde…” murmuró Hyosuke, incapaz de ver lo que pasaba fuera de su prisión.
El elfo apareció de un salto delante del chico con su katana apuntando al corazón de su enemigo. Hyosuke cogió el filo de la katana con una mano y tiró a Elder al suelo. Hyosuke le clavó la katana en el estómago el elfo. El fuego se apagó.
-Por favor, no me mates, yo… yo solo quería ayudar a mi pueblo, no quería hacerte daño… era solo una pelea amistosa –suplicó el elfo, entre escupitajos de sangre.
-Lo siento. Muere.
-Espera, espera!! Se… ¡se lo que buscas! ¡Conozco tu tormento! Puedo ayudarte a encontrarlo.
-Tú no me conoces, idiota. Explícame todo lo que se supone que sabes.
-Bien… Los elfos… tenemos una especie de “don” natural que nos hace diferentes al resto de criaturas. Podemos entender los sentimientos de la gente. Y tu lo que quieres es quitarte la maldad de dentro, la maldición que te hizo perder todo lo que querías.
-¡Eres un maldito farsante!! ¿Y como se supone que me vas a ayudar?
-Cerca de aquí… a unas cuantas millas… existe un templo. En él hay una daga… la conocida como “Daga Purificadora”. Los clérigos las usan para perdonar a todos los que han cometido alguna maldad que les tormenta… aunque el precio para usarla es muy grande. Debes clavártela en el corazón, aunque no muriendo… o eso creo.
-Bien… me llevarás allí. Si me mientes y allí no hay nada, te torturaré y luego te mataré lentamente. Vamos, levántate. No me pienso preocupar por tu herida. Vamos Ookami y Kei. No nos separaremos de este inútil.
Caminaron durante días al suspuesto templo. El elfo intentó varias veces de escapar, aunque siempre pillado por Hyosuke o sus lobos y castigado con duras palizas. Al fin, llegaron al templo.
-Bien… ¿ves? Te había dicho la verdad… la maldad en tu interior necesita descansar… Yo ya me puedo ir… -dijo el elfo.
-¡No! –gritó Hyosuke- Tu te quedas conmigo, puede que exista un templo, pero no la daga. Ookami, Kei, quedaos aquí.
Ambos entraron en el templo. Todo estaba medio en ruinas: las columnas, la inmensa mayoria habían quedado reducidad a polvo; la estatua divina de madera a la que rezar, quemada y golpeada; el suelo de piedra no existia, era suelo virgen y lleno de plantas. Tiempo atrás podría haber habido un suelo de mármol o piedra, pero en ese momento, no.
-Esto es inmenso… será difícil encontrar la dichosa daga por aquí. Tú, elfo, guíame hacia la daga.
-Lo siento… yo no conozco este templo, solo de oídas… pero aún así, sé del cierto que esa daga existe.
Siguieron buscando por todo el templo, pero ni rastro de ninguna daga o cualquier otra arma blanca. Hyosuke estaba perdiendo la paciencia, y como no encontraran la daga pronto, mataría a Elder sin pensar en las consecuencias.
-Ya he aguantado bastante, me has mentido y vas a morir –dijo de repente Kyoshi enfadado.
-Espera, eso no sería justo… yo te he dicho la verdad y te he traído hasta aquí, además, ¡estoy desarmado! Eres un cobarde… -Elder salió corriendo y tropezó con un jarrón, que, extrañamente no se cayó y se rompió, sino que abrió una puerta secreta que dejaba abiertas unas escaleras que bajan para abajo.
Hyosuke se asomó por el hueco de las escaleras. Cogió a Elder y lo empujó para que las bajara. Seguidamente Hyosuke empezó a descender.
-Espera… ¿por qué tengo que ir yo primero? Eres tu el interesado con clavarte esa daga… Déjame ir, ya te he llevado hacia tan preciado objeto –dijo Elder.
-No.
Las escaleras eran muy profundas, parecía que no se iban a acabar nunca. Al fin, llegaron abajo del todo. Les esperaba una cueva de dimensiones pequeñas, con un pequeño altar justo al lado de un acantilado que no parecía tener fondo.
Hyosuke se acercó al altar y vio una daga adornada con gemas y diversas piedras preciosas.
-Ahora, ¿qué debo hacer? –preguntó Hyosuke mientras cogía la daga.
-Pues como ya he dicho… debes clavártela en el corazón para que tu espíritu sea purificado y tus tormentos desaparezcan.
-Bien…
Hyosuke, sin pensarselo, se clavó la daga en el corazón. Gritó de dolor. Se arrodilló gimiendo de dolor mientras su sangre caía por el acantilado. Miró con furia a Elder, que se le escapaba una pequeña risa.
-Mira que eres idiota… ¿De verdad creíste que te podrías purificar con tan solo una daga que servía para matar a los infieles años atrás? Bueno, por lo menos vas a conseguir la muerte, que más o menos es lo mismo que te dije.
Hyosuke, sin poder hablar, cogió el tobillo de Elder y lo tiró al suelo. Estaba dispuesto a tirarse por el acantilado con el elfo que, a la vez, le había salvado y arruinado.
-¿Qué haces? No tienes ni fuerzas para empujarme. Deja de molestarme.
Empezó a pegar patadas y puñetazos a Hyosuke mientras éste se retorcía de dolor. Al fin, tiró a Hyosuke por el vacío del acantilado.
-Por cierto… ahora cuando salga… tus lobos… Jajajajajaja!! –se rió Elder mientras Hyosuke caía.
“Mierda… voy a morir… Kei, Ookami… lo siento…” Hyosuke pensaba mientras caía. Caía y sabía que iba a morir. Pero nunca fueron perdonados sus pecados.
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Ramsus
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Relato Nº 6:
Y esos son los relatos para el concurso de este mes. Mucha suerte a todos los participantes y que gane el mejor.
(Este tema siempre me obliga a hacer triples posts...)
- Spoiler: Mostrar
- Bajo la Luna Violeta
Aúllan los lobos bajo la luna violeta. Ella los oye a los lejos, pero no se desvía del camino. No le harán nada. Son sus aliados, viven en la noche, igual que ella. Las hojas doradas que caen de los árboles crujen bajo sus pies. Camina deprisa, impaciente por llegar pronto a lo alto de la colina.
De pronto, oye pasos tras ella. Se da la vuelta, pero no ve a nadie. Sigue caminando, aún más rápido, y vuelve a oír pasos. No se gira esta vez, echa a correr por el camino. Sabe bien quién es, porque la ha seguido más veces. Es ese hombre, ese hombre que siempre la acecha, esperando entre las sombras, aguardando el momento en que ella está sola para abalanzarse sobre ella, como un cazador sobre su pesa. Ella nunca le ha visto la cara, sólo la oscuridad que le envuelve siempre. La última vez estuvo a punto de llevársela. Por eso esta vez no se da la vuelta. Corre y corre sin pensar. Si llega a lo alto de la colina estará a salvo.
Al final consigue salir del bosque. La colina está ahí mismo, pero el hombre está ya casi al lado de ella. Oye su respiración, muy cerca de su cuello. Ella cierra los ojos. Tiene que conseguirlo, casi va a llegar. Sube con dificultad por la pendiente, resbalando con las piedras sueltas. Una vez tropieza, y el hombre la coge por el tobillo. Ella consigue darle una patada en la cara, y este la suelta, dolorido. Ella aprovecha ese momento para subir corriendo, y al final llega, jadeando, a la cima. Mira hacia atrás, pero el hombre de negro ya se ha ido.
-¡Diana!
Ella se da la vuelta, y avanza hacia el lugar de donde viene la voz. Un hombre sale de entre unos arbustos y Diana se lanza a sus brazos.
-Oh, Jack- llora,- me ha seguido de nuevo. Otra vez ha estado a punto de atraparme. Cada vez está más cerca. La próxima vez quizá…
-Shhh. No pasa nada- la tranquiliza él- Ahora estás a salvo. Aquí no puede hacerte daño.
Diana llora suavemente sobre su hombro un rato. Él le acaricia el pelo hasta que se calma.
-Todo esto se acabaría si estuviésemos juntos. ¿Cuánto tiempo más vamos a tener que esperar así?
-No lo sé.
-No sé si podré aguantar mucho más.
-Tienes que tener paciencia. Algún día volveremos a estar juntos de nuevo. Nos iremos a un lugar donde nadie se interpondrá, donde ese hombre no podrá separarnos. No sé cuando será, pero algún día sucederá. Mientras tanto tienes que ser valiente.
-No puedo. Cada vez está más cerca, cada vez me cuesta más huir de él.
-Tú eres más fuerte. No te dejes vencer. Si te atrapa, no podremos estar juntos.
La noche pasa rápidamente. Poco a poco, loa aullidos de los lobos se apagan, la luna violeta se esconde y en el horizonte, el cielo empieza a teñirse de rosa.
-¿Cuándo volveré a verte?- pregunta Diana.
-Cuando veas de nuevo la luna violeta. Entonces ven aquí. Te estaré esperando.
Esta noche la luna brilla con fuerza, casi roja. Mal augurio. Mientras camina por el sendero del bosque, Diana siente que algo malo va a pasar. Esta atenta al ruido de pasos detrás de ella. Sabe que no tardarán en oírse. Y efectivamente, cuando ya ve la colina entre los árboles, oye un crujir de hojas tras ella. El hombre de negro está ahí.
-¡Diana!
Ella echa a correr presa del pánico. Nunca antes la había llamado por su nombre. El hombre corre tras ella. Si sigue por el camino la alcanzará, así que Diana se interna entre los árboles. Confía en que el hombre no conozca el bosque tan bien como ella y que le cueste moverse entre los árboles con la oscuridad, pero se equivoca. El hombre atraviesa el bosque con facilidad, siguiéndola de cerca.
Aún así, consigue llegar a la falda del monte. Sólo un poco más y estará a salvo. Sale rauda de entre los árboles y comienza a ascender por el camino que lleva a la cima. Pegado a sus talones va el hombre de negro.
-¡No podrás esconderte siempre!- grita el hombre.
Ella no se frena. No permite que el miedo la atenace. En la cima la espera Jack, es lo único en lo que se permite pensar mientras corre.
Sin embargo, pronto se da cuenta de que algo ha cambiado esta noche. No sólo es que el hombre le haya hablado por primera vez. Están llegando a lo alto de la colina. Normalmente el hombre nunca la sigue hasta tan lejos. Cuando pisa al fin la cima, él aún sigue tras ella. Está perdida.
Desesperada, busca a Jack con la mirada. Pero no está. La única noche en la que no ha llegado antes que ella es justo en la que más lo necesitaba. El hombre la arrincona contra el acantilado.
Los lobos aúllan, hay luna llena. Nunca más volverá a ver a Jack.
-Ríndete.- le dice el hombre.- Y ven conmigo.
Diana respira entrecortadamente. Intenta retroceder, y sus pies resbalan en el borde de la pendiente.
-No hay nada que puedas hacer.
-No voy a renunciar a Jack.
-Ya le has perdido. No te engañes más. No hay otra opción.
Diana levanta la cabeza. Mira fijamente a los ojos al hombre. Hoy su cara se distingue perfectamente. Unos ojos grandes y castaños la miran desde un rostro ya arrugado, aunque joven.
-Sí que hay otra opción.
Un aullido de lobo se entremezcla con el grito del hombre. Mientras cae, Diana sonríe.
“Al fin se ha acabado la espera, Jack.”
--------
-¿Qué ha sucedido, doctor?
-Ha muerto.
Un hombre de ojos castaños y rostro arrugado pese a su juventud sostiene la inerte mano de Diana.
-¿Pero cómo puede haber sucedido? Estaba bien- pregunta incrédula la enfermera
-Físicamente estaba bien. Pero su dolor emocional era inmenso. Desde que sucedió el accidente en el que perdió la vida su novio Jack, no había vuelto a reaccionar. No tenía ningún problema, más que unas contusiones y magulladuras poco serias, pero el accidente la dejo en un estado de shock. No se movía, ni hablaba. Estaba como ausente. Como si estuviese en otro mundo.
-El estado de shock no explica su muerte.- opina la enfermera.
-He intentado que reaccionase muchas veces desde entonces. Pero cuanto más cerca estaba de lograrlo, más empeoraba ella después. Es una suposición poco científica, pero yo creo que ella en el fondo sabía lo que había pasado. Y también sabía que si despertaba, tendría que aceptar la muerte de Jack. Ha preferido morir a vivir sin él.
-Esos suena muy a Romeo y Julieta, doctor.- dice la enfermera.- Demasiado irreal.
-Puede. Pero no por ello deja de ser hermoso.
- Spoiler: Mostrar
- La influencia de Alicia
No recuerdo cuándo empezó todo, cuándo fue la primera vez que me di cuenta de que algo había cambiado en mí. Sólo sé que ella fue el principio, como siempre: Alicia, mi mejor amiga.
La conocí en el colegio, estamos en la misma clase desde que no levantábamos más de un palmo del suelo. En su casa o en la mía, todos los días eran un continuo juego de risas y diversión que nuestras madres contemplaban complacidas.
Alicia era una niña preciosa, y seguía siendo muy bella cuando empezamos el instituto. Ahora, con veinticinco años, es una mujer que pocos osarían ignorar. Tiene una larga y ondulada melena de un extraño color entre caoba y anaranjado, tan llena de reflejos que parece llevar el sol sobre sus cabellos como una niña que tira de un globo. Ella odia las ondas, y por eso lo peina liso, haciendo unos bucles perfectos en las puntas que le llegan hasta media espalda formando unos tubos en los que todo el mundo desea enroscar los dedos para pasar el rato.
No tiene una cara especialmente bonita. Su piel es blanca, terriblemente blanca. A veces me burlaba de ella, diciéndole que como lleva el sol en su cabello este esquiva su piel, pero en seguida me callaba porque Alicia siempre está intentando ponerse tan morena como las otras, si bien sólo consigue que le salgan más pecas de las que tiene por naturaleza. Las esconde con maquillaje, aunque yo la prefiero con ellas, porque le dan un toque dulce a su rostro de duende, con la nariz respingona y la barbilla puntiaguda. Tiene los ojos verdes como un gato, grandes, con pestañas rubias e invisibles, y siempre mira con burla justo a las pupilas de los demás, sacando de quicio a todo el mundo.
No sé qué decir de Alicia. Es una de las personas más especiales de mi vida. Tiene un sentido del humor ligeramente retorcido que me costó años entender, es divertida, un poco caprichosa. Como es mi mejor amiga desde hace tantos años, la conozco, sus defectos ya no me molestan porque los tengo más que asumidos.
Lo sabe todo sobre mí. Nunca le oculté nada. ¿Para qué molestarme? Siempre acababa descubriéndolo, me miraba con esos ojos tan verdes y decía “Tú tienes un secreto”. Ya podía yo patalear, negarlo, llorar o lo que fuera, ella seguía presionándome hasta que se lo contaba. Claro que yo hacía lo mismo con ella, nunca le permití tener secretos conmigo porque quería que nuestra amistad fuera para siempre, y ambas pensábamos que para eso hacía falta confianza absoluta.
En realidad estoy mintiendo. Hay una cosa que le oculté a Alicia durante meses. Eso a lo que me refería al principio que no sé muy bien cuándo comenzó.
Creo que me di cuenta cuando cumplí catorce años. Recuerdo muy bien aquella tarde, era tres de agosto. Me habían castigado sin fiesta de cumpleaños por contestarle mal a mi madre, y para colmo de males mi abuelo había sufrido un infarto por la mañana y estaba en el hospital desde entonces. Mi madre estaba allí con mi padre y mi abuela, y yo estaba en casa, sola, sola el día de mi cumpleaños. Me largué a llorar en cuanto se fueron, odiándolos a todos: a mi madre por castigarme, a mi padre por decir que era mejor que me quedara en casa, a mi abuela por necesitarlos, a mi abuelo por sufrir un infarto por mi cumpleaños y al mundo por permitirme existir de esa manera.
Vagué por toda la casa sin dejar de llorar, buscando mi regalo, pensando que tenía que estar por ahí ya que mi madre, con todo el revuelo, se había olvidado de dármelo e incluso de felicitarme. No lo encontré, pero a cambio se me ocurrió una idea. Salí corriendo tan rápido que casi rompí una de las sillas del salón al chocar con ella, pero logré llegar al teléfono sin más daños que un enorme moratón en la rodilla izquierda. Marqué el número de Alicia desde la memoria del teléfono aunque era capaz de recitarlo incluso al revés.
- Happy birthdaaaay!- exclamó sorprendida sin siquiera saludarme. Supuse que había visto el número en el identificador de llamadas. No pude evitar sollozar más fuerte al escucharla tan contenta, casi me la imaginé saltando de entusiasmo al tiempo que gritaba.- ¡Carla, no llores!- me rogó sin preguntarme qué pasaba.
- Es que… mi abuelo…- musité entre mis lágrimas.
- Espérame un momento.- usé los treinta segundos que tardó en volver para intentar calmarme un poco, pero no lo conseguí del todo.- Hola, ya está. Voy para allá, ¿vale? Y me lo cuentas.- colgó de repente y yo miré al teléfono como si hubiera tenido la culpa, hasta tuve ganas de pegarle.
Al final llegó, jadeando, supuse que había hecho corriendo las tres calles que separaban su casa de la mía, todo un mérito en ese caluroso día de verano. Se quedó a comer, no nos preparamos nada porque no teníamos ganas, pero arrasamos todas las chucherías que pudimos encontrar en las alacenas. Después fuimos a mi habitación, donde de alguna manera consiguió hacerme hablar, jugar y reír como si nada hubiera pasado. Me dio de pronto su regalo, un precioso collar de plata con un colgante redondo, delante ponía “Para mi mejor amiga” y detrás ponía “Alicia” con la fecha de mi cumpleaños.
A partir de ese día, cada sonrisa de Alicia era algo especial para mí. Las atesoraba en mis recuerdos como lo más preciado. Era igual, pero distinta. Me pasaba las noches deseando volver a ver su sonrisa, deseando verla otra vez, escuchar su risa. Cada vez que me miraba con la alegría reflejada en sus facciones de duendecilla sentía ganas de saltar de felicidad.
Por aquel entonces, los chicos también empezaban a interesarse por ella. Catorce años es una buena edad para empezar a tener novio, y ellos sabían que lo pensábamos. Algunos empezaron a rondarla, si bien ella solía alejarlos alegando que ninguno le gustaba lo suficiente, que la mayoría eran tontos o aburridos.
Yo también tuve un par de admiradores por ahí, pero estaba de acuerdo con ella. No necesitábamos novio, al menos de momento. Podíamos salir, bailar, divertirnos. ¿Quién necesitaba algo tan serio como un novio? Pasamos buenos ratos por ahí, probamos a besar a un par de chicos. Nada serio, sólo curiosidad, la natural curiosidad de esas edades por el juego de los besos. Ambas lo encontramos divertido y comparamos nuestras experiencias, bromeando y riendo.
Al final, pasó lo que tenía que pasar. Alicia acabó interesándose un poco por Miguel, un chico moreno, nuevo en la ciudad, agradable y simpático. Se hicieron novios. Yo me busqué un novio también, para que pudiéramos salir los cuatro juntos. Se llamaba Rodrigo, era alto y delgado, muy calmado, y pasamos grandes ratos saliendo en grupo. No obstante Miguel me caía cada vez peor sin saber porqué. Tengo que admitir que estaba celosa, si bien no tenía muy claro porqué, cómo, hacia quién. Para mí, Miguel era un intruso en nuestro mundo. Siempre habíamos sido ella y yo, y ahora, de repente, metíamos a dos personas más. Yo había cambiado, intentaba llamarla más, pasar más tiempo con ella. Alicia no. Callarme, como si fuera un castigo, parecía interponer algo entre nosotras, algo que sólo yo sentía y que, si no afectaba mi manera de actuar, sí la de pensar. Si hasta entonces no lo había dicho era porque tenía miedo, miedo de decir cosas que después iba a lamentar. Pero mi resistencia tenía su límite, y un día no pude aguantarlo más y le pedí a Alicia que lo dejara de una vez.
Ahí discutimos seriamente por primera vez. Creo que las dos tuvimos miedo de que nuestra amistad fuera a acabar por culpa de los chicos, y por eso yo acabé disculpándome y ella accediendo a dejar al que había sido su primer novio. Me sentí tan culpable que acabé cortando yo con Rodrigo para compensarla, si bien sabía que no me sentiría igual.
Ese fue el motivo de la segunda revelación de todo esto. Quise mucho a Rodrigo, pero me di cuenta que los abrazos de Alicia me hacían sentir mejor que los suyos, que sus besos en la mejilla me gustaban más que los que me daba con él, que sus llamadas me alegraban más. Estaba confundida, era demasiado para mí todo lo que me pasaba por la cabeza en aquel entonces, tantos cambios en mi cuerpo, en mi manera de ver las cosas, en mi forma de pensar, en mis opiniones.
Se lo conté a mi madre y ella se rió. Me dijo que era de lo más normal, que a ella también le había pasado. Que cuando acababa la primera relación, una siempre notaba más cercanas a sus amigas porque se daba cuenta de que los novios iban y venían, pero las amigas siempre estaban ahí, y esa seguridad hacía que llenaran un lugar más grande de nuestras vidas. Me reí yo también, y acabé diciéndole todo a Alicia, que me confesó que ella se sentía igual, que yo era mejor y más importante para ella que cualquier chico del planeta porque confiaba en mí, porque conmigo podía ser tan Alicia como le diera la gana.
Las cosas siguieron su curso. Más tranquila al respecto, no volví a preocuparme por esas tonterías, acabamos el colegio sin más novios serios, llegó la hora de ir a la universidad y, aunque en carreras muy diferentes, ambas estábamos en la misma ciudad. Decidimos compartir un piso, y nuestras madres se mostraron contentas de ayudarnos a elegir el adecuado, así como nuestros padres de regalarnos un par de cosas útiles para empezar nuestras vidas de estudiantes.
Pasamos casi todo el último mes de vacaciones dando vueltas por la ciudad, piso que nos gustaba, piso que nuestras madres rechazaban y viceversa. No podíamos decirles nada, después de todo eran ellas las que pagaban… Ya empezábamos a pensar que no daríamos encontrado el lugar adecuado cuando encontramos uno que nos valía a las cuatro, era bastante discretito, un segundo sin ascensor, pero a pesar de todo era bonito y cómodo, con sus dos habitaciones, su baño y la cocina-comedor-salón. Las paredes, dijera mi madre lo que dijera, eran horribles, pero eso tenía arreglo, una mano de pintura y punto.
Las formalidades fueron cosa de nuestros padres, y quedamos en ir el último sábado antes del comienzo del curso a solucionar el tema de la pintura. Compramos todo entre discusiones y risas y nos pusimos manos a la obra.
La verdad es que estuvimos muy liadas ese día, y armamos mucho jaleo. Tanto, que yo acabe con un ojo morado y no precisamente por la pintura. Ella me pidió perdón infinitas veces, pero yo le insistía en que había sido un accidente. Se empeñó en curarme el ojo, y quizás fue esa la vez en la que me volví a sentir extraña junto a ella. Sus dedos eran finos, diminutos, largos y muy suaves, y cuando me tocaba, extendiéndome la pomada, sentía como si un millón de hormigas me recorriesen el esófago de arriba a bajo. Cuando me preguntó si me pasaba algo, sonreí con timidez y negué con la cabeza. Mientras terminaba de curarme, decidí no pensar en eso demasiado, quizás porque no quería llegar a conclusiones que no me gustaban o que simplemente no encajaban con mis planes.
Empezar a convivir fue a la vez mucho más fácil y mucho más difícil de lo que habíamos pensado. Tuvimos que repartirnos la tarea porque a los tres días todo era un desastre, aprendimos que cada una tenía costumbres, pequeñas pero inamovibles, que la otra no era capaz de adoptar. Descubrimos que teníamos manías que nos molestaban. Y sin embargo nuestro entusiasmo parecía barrer todas esas nimiedades cada vez que amenazaban con empezar una pelea.
Me gustaría decir que esas primeras semanas fuimos felices. La universidad era una aventura nueva, se nos reveló un sistema de vida distinto al que teníamos hasta entonces, un sistema que descubrimos de mano de dos o tres personas que ya llevaban un año allí. Alicia era feliz. Yo no.
Estaba confundida. Confundida porque no sabía qué significaba ella para mí. Hay cosas que no estás preparada para aceptar por mucho que te preparen, por mucho que te creas una chica madura y sensata.
Fue un viernes cuando, viendo una película, Alicia se quedó dormida sobre mis piernas y, observando su rostro de duende, jugando con sus mechones de sol, tuve que reconocer, me gustara o no, que mi admiración por ella iba más allá de la que sentía una amiga por otra.
Me fui a mi habitación sin despertarla y lloré, lloré durante horas hasta que me quedé dormida. Desperté con los ojos hinchados, y sólo pude librarme a medias del interrogatorio de Alicia porque la película, La vida es bella, había sido digna de llorar.
La verdad es que no sé porqué lloré. No estaba exactamente triste. Tampoco sorprendida. Más bien fue como encontrarse con una pared de cristal. Podía ver a través de ella, pero lo que había al otro lado aparecía irreal y fuera de mi mundo hasta esa noche, cuando logré romperla. Tenía un poco de miedo porque no sabía cómo reaccionar, cómo comportarme, cómo… cómo ser.
Creo que fue una especie de efecto shock, pero conseguí comportarme como siempre sin esfuerzo. Supongo que mi cerebro seguía haciéndome actuar por costumbre mientras yo intentaba ordenarme, elegir una manera de actuar, una manera de seguir adelante.
Quería contárselo a alguien, pero descubrí con cierto asco por mí misma que me daba miedo. A mí, una chica de dieciocho años que siempre había alardeado de lo bien que le parecía que los homosexuales y bisexuales lucharan por ser aceptados; a mí, que siempre había defendido que la heterosexualidad, la bisexualidad y la homosexualidad eran iguales; a mí, que había crecido en el seno de una familia que hablaba de esas cosas sin desprecio. Y aun así, susurró una vocecita, piensas en ellas como “esas cosas”, con una nota de desprecio, y te estás despreciando, estás pensando que no eres normal.
Quizás si no hubiese estado viviendo con Alicia hubiera sido más fácil aclararme, pero el hecho de verla cada vez que entraba en casa, cruzármela entre clases y a la hora de comer, compartir incluso alguna que otra ducha ocasionalmente o quedarnos hablando en mi habitación hasta altas horas de la madrugada no lo facilitaban. Tampoco me ayudaba mucho la noche que yo pasaba callada en mi habitación para que Alicia pudiese traer a algún chico o, si lo tenía, algún novio.
El final del primer curso llegó cuando yo seguía en esa especie de parálisis emocional. Me quedaron tres asignaturas, porque no pude hacer más. Alicia, en cambio, pasó limpia y, porqué no decirlo, incluso con bastante buenas notas en casi todo.
El verano me sentó bien. No vi a Alicia porque mis padres decidieron que nos iríamos de viaje toda la familia, y tuve tiempo para pensar, pensar de una manera diferente a la que había usado hasta entonces. Tuve que analizarme como nunca, reconocer mis defectos, profundizar en mí como si no hubiera pasado mi vida conmigo. Fue bastante duro pasar sola por todo eso, pero no era capaz de contárselo a nadie. Si me sentía mal, lloraba sola por la noche, en la cama, protegida por la oscuridad y la soledad.
A principio de curso ya me había decidido: se lo diría. Habíamos compartido tantas cosas, tantas experiencias… No podía acabarse nuestra amistad por algo así. Además ya no me sentía igual respecto a Alicia… Cosa que se ocupó de enmendar nada más llegar, con su radiante sonrisa traviesa y su voz cantarina, renovando todo lo que, en realidad, ya sabía que estaba ahí.
Dos semanas. Dejé pasar dos semanas en las que nos instalamos, nos adaptamos a los nuevos horarios y a los estudios del segundo año lo suficiente como para no sentirnos perdidas. Y se lo dije. Estábamos sentadas en el sofá, hablando de nuestras cosas, apoyadas una en la otra y lo solté así sin más. Creo que dije algo así como “Alicia, soy lesbiana.” Quise soltarlo con más suavidad, pero me salió tan natural como los buenos días.
Esperé que se sorprendiera, que me gritara, incluso que me mirara con rechazo aunque siempre había defendido que no rechazaría a alguien por su condición sexual. Lo que no había esperado era que se apartara bruscamente de mí y me dirigiera esa mirada entre asustada y dubitativa que me lanzó, la mirada de una niña ante un enorme perro que, aunque le gusta, puede morderla.
Alargué mi brazo para tocarla, pero se alejó. Me preguntó si estaba de broma, y negué con la cabeza, mis lágrimas se deslizaron por mi cara antes de que me diera cuenta y, como si de un espejo se tratara, se reflejaron en las que Alicia dejó caer.
Se levantó atropelladamente y me pidió que la dejara salir a dar una vuelta, que necesitaba pensar en lo que acababa de decirle. Asentí con un gesto otra vez, incapaz de hablar.
- Dime una sola cosa.- exigió desde la puerta, ya enfundada en un precioso abrigo anaranjado.- ¿Te gusto, Carla?
Tragué, confundida por la pregunta, pero sabiendo que no iba a mentirle. Y esto, me exigí, tenía que decirlo en alto, para que quedara bien claro. Nada de gestos ambiguos, nada de tonterías. Había dicho que iba a afrontarlo, y tenía que hacerlo. Por mí, por Alicia, por nuestra amistad.
- Sí.- me sequé las lágrimas con una mano y clavé mis ojos negros en los suyos.- Mucho.
Atisbé su expresión dolida antes de que la puerta me impidiera verla, y me derrumbé en el sofá. A pesar de las lágrimas, a pesar de todo, una sonrisa se dibujó en mis labios. Me preocupaba la reacción de Alicia, pero también estaba feliz. Feliz porque me había aceptado a mí misma, porque podía ser yo sin miedo.
Cuando regresó de su paseo unas dos horas después, Alicia me dijo que, como yo ya suponía, no podía corresponder a mis sentimientos, pero que podíamos seguir siendo amigas. Le dije que eso era lo que había esperado de ella y nos fuimos a dormir. En la cama, me sentí bastante inquieta. Los ojos verdes de Alicia no me habían mirado ya como antes.
Mi impresión se confirmó durante los días, semanas y meses siguientes. Ya no salía sin pijama de su habitación, no me pedía que nos ducháramos juntas, no entraba en mi habitación por las noches. Cuando veíamos una película, no se apoyaba en mí como antes. No me abrazaba ni me daba besos casi nunca, no me contaba apenas sus cosas con los chicos, ni siquiera cuando empezó a salir más en serio con Joaquín, un estudiante de biología de tercer año. Sólo convivía conmigo, me preguntaba por mis cosas y se interesaba por mis notas, y yo tenía que hacer lo mismo, me veía obligada a no presionarla y seguir la pauta que me marcaba, aunque viera cómo la pequeña grieta del principio se convertía en un abismo ante mis ojos.
Yo seguí haciendo mi vida normal. Poco a poco fui diciéndoles a algunas personas que era homosexual. La noticia se expandió por toda la universidad, y si algunos murmuraron al principio, la mayoría simplemente lo aceptó como un dato más que añadir cuando me presentaran a algún novato o novata, casi como una curiosidad del tipo de “puede mover las orejas” o “se puede tocar la nariz con la punta de la lengua” que usan los niños de primaria, orgullosos de tener un amigo capaz de tales cosas.
Así conocí a Dalia. Ella, me contó, había pasado por lo mismo que yo. Estudiaba primer año de psicología, y era bajita, menudita y muy rubia, muy pálida. Sus ojos eran sorprendentemente oscuros e inatravesables, pero dejaban ver una velada ternura y un carácter que no me hubiera gustado desafiar. Nos fuimos haciendo más amigas cada vez y acabamos saliendo para cuando mayo asomaba ya como si fuera lo más natural del mundo.
Ya no sentía nada por Alicia más allá de nuestra amistad, y ella sabía que Dalia y yo salíamos. Pero no podía vivir con ella por más tiempo. No así, sintiéndola tan alejada de mí. No sintiendo las miradas de tristeza que me lanzaba, triste porque no era capaz de seguir siendo mi amiga como antes, porque tenía miedo, miedo de que volviera a enamorarme de ella y de volver a hacerme daño. Le dije que no lo tuviera, hablamos, pero era algo que no podía superar. Yo me mudé al piso de Dalia, que compartía con sus amigos Antonio y Marisa, los cuales también salían, y con Alan, que se dedicaba más bien a coleccionar líos pasajeros y estaba en mi clase.
Fui perdiendo a Alicia así, a base de nuevos amigos, de carreras diferentes, de vidas que no se cruzaban. Cuando la veía, una sombra de tristeza cruzaba mi mirada negra y la suya verde.
Ahora, acabando la carrera, sabiendo que no es probable que vuelva a verla salvo que nos crucemos por la calle, la recuerdo con cariño. Creo que, a pesar de todo, sigue siendo mi mejor amiga. No puedo borrar todo lo que compartimos desde pequeñas, y si volviera a mí con su sonrisa divertida y sus brillantes ojos verdes, yo la aceptaría encantada. Sé que no me olvidaré nunca de ella, de su cabello como el sol y sus rasgos de duendecilla, porque al fin y al cabo le debo a ella lo feliz que soy ahora. Si no me hubiera enamorado de Alicia, quizás nunca lo hubiera descubierto, habría sido desgraciada.
Dalia, Antonio, Marisa, Alan y yo miramos a nuestro alrededor. Nos íbamos. Todos. Dalia había acabado su carrera en un año menos a base de trabajar duro con su brillante cerebro para poder marcharse con nosotros. Nos íbamos juntas, ellos no, pero prometieron mantener el contacto. Mientras nos despedíamos silenciosos del piso en el que habíamos pasado esos bonitos años juntos, saqué mi móvil, en el que aun guardaba el número de Alicia.
“Soy feliz, Ali. Quiero que lo sepas.” Puse en el mensaje que le envié. “Pero aun así me pregunto si nuestra amistad no fue un precio demasiado alto por ello.”
- ¿Qué haces?- me preguntó Alan, vivaracho como siempre tras su flequillo negro.
- Despedirme.- respondí con una sonrisa, pero no me entendió. Alan no me conocía desde que era pequeña.
Me imaginé la cara de Alicia al leer mis palabras. Sonriendo, con sus ojos verdes de hada resplandeciendo mitad de tristeza, mitad de alegría. El sonido de un mensaje llegando a mi móvil me interrumpió.
“Sigo teniendo tu número. Yo también soy feliz, pero quiero ver el final de aquella peli algún día.”
Sonreí, esperando que nos encontráramos por la calle antes de que descatalogaran la película.
- Dal, tenemos que comprar La vida es bella.- comenté mientras cerrábamos ya la puerta del piso.
- Ya la tengo. Es mi película favorita.
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- Un nuevo horizonte
Año 416 d.C, Isla Sur de Nueva Zelanda
Ronuí Moetarauí empezaba a notar la fatiga en los músculos mientras buscaba un asidero al que aferrarse en la pared de roca. El sudor le corría por la espalda y casi le cegaba a pesar del inclemente viento que azotaba la loma de la montaña. El hombre halló un punto de apoyo para los pies y se detuvo pretendiendo calmar su agitada respiración. A pesar del gran esfuerzo que lo había llevado hasta allí se sintió recompensado con creces por el bello paisaje que se le ofrecía, aquel era el premio que otorgaba la montaña a todo valiente que se aventuraba en ella. Ronuí miró a su alrededor, a los lados se alzaban los grandiosos flancos grises de las elevaciones, muy por encima suyo destellaba la línea de nieve y los gélidos picos orgullosos. Él no pretendía conquistar la cumbre sino atravesar la montaña y para ello debía alcanzar el Paso Elevado, una antigua senda pedregosa que rodeaba el pico por su flanco. Dirigió la mirada hacia la gran caída vertical que tenía bajo sus pies. Muy al fondo contempló los valles que se extendían a los pies de las colinas y se percató de que el precipicio era tan hondo que las arboledas semejaban matojos de musgo sobre el paisaje. Un hombre, un rival, ascendía aferrado a la roca a unos cien pasos por debajo y pudo ver más hombres aquí y allá, decenas de ellos salpicados sobre la vasta roca y todos ascendiendo. Aquello le obligó a reaccionar y seguir adelante a pesar del cansancio, debía llegar al Paso Elevado antes del anochecer o moriría de frío.
Los días pasaban lentamente y el viaje parecía interminable, pero Ronuí estaba bien preparado. Poseía un cuerpo delgado y fibroso que le permitía correr durante todo el día sin alterar el ritmo, como un autómata que ni siquiera se viera en la necesidad de enviar órdenes a unas piernas que parecían vivir su propia vida. Corría desde el alba hasta la puesta de Sol y sólo se permitía descansar durante la noche, cerraba los ojos, despejaba la mente y desentumecía sus castigados músculos, pero apenas dormía sabedor de los peligros que acechaban a un hombre solitario en las Tierras Salvajes. Sobre todo temía a los lobos y a los solitarios chacales, muy capaces de cerrar sus hambrientas fauces sobre el desprotegido cuello de un hombre dormido.
Nunca encendía fuego.
El rojo elemento era un lujo que no podía permitirse, ni siquiera durante las más frías noches, puesto que atraería al instante a los depredadores. Se alimentaba de raíces y frutas, saqueaba los nidos que encontraba a su paso y de vez en cuando comía pescado, siempre crudo. En cuanto al agua, en muy pocas ocasiones pasó penurias.
Colinas y valles, ríos y bosques iban quedando atrás; se movía con el sigilo del viento, ningún anochecer le sorprendía fuera de un seguro refugio y solamente el omnipresente Sol era testigo de sus andanzas. A sus 24 años poseía unos sentidos tan agudos que le permitían controlar todo cuanto ocurría a su alrededor y a menudo se quedaba muy quieto, escuchando y escrutando con la vista el paisaje para no perder detalle de nada. Se podría decir que era él el más salvaje de cuantas salvajes criaturas le rodeaban. Los llamativos y hermosos tatuajes que cubrían su cuerpo evidenciaban hazañas pasadas, unas hazañas que le habían permitido participar en aquella competición y medirse contra los más aclamados héroes de todo el imperio.
En honor al Gran Dios Taaroa, cada treinta estaciones se convocaba a los mejores hombres del imperio: cazadores, guerreros, marinos, los mejores en sus disciplinas para competir entre ellos y ganarse el favor de su Dios. Así había sido desde generaciones remotas.
Al vigésimo octavo día de competición, cuando el Sol alcanzó su cenit en el cielo Ronuí alcanzó la costa. Ante él se extendía entonces el estrecho conocido hoy en día como “Estrecho de Cook”, en honor al navegante inglés que lo exploraría muchos años después. Se trata de una extensión de agua de 27 kilómetros de ancho que separa la Isla Sur de la Isla Norte de Nueva Zelanda, para Ronuí se trataba del último tramo de su viaje: el primero que pusiera un pie en la Isla Norte sería el campeón. No obstante, entre él y la gloria aún se interponían las peligrosas y caprichosas aguas del estrecho.
No era el único que había llegado hasta la playa. Allí, a la sombra de una gran palmera había un hombre sentado. El extraño se las había ingeniado para encender y mantener viva una pequeña fogata a pesar de la fuerte brisa del mar; cuatro peces se asaban al fuego. A Ronuí se le hizo la boca agua al recordar la tierna carne del pescado asado que tanto hacía que no saboreaba. El hombre también lo observaba fijamente.
-Acércate amigo, me gustaría compartir mi almuerzo contigo- dijo con tono jovial.
-No gracias, buscaré yo mi propio almuerzo.
-Vamos, aquí hay comida para los dos y nos vendrá bien un poco de compañía- dijo mientras le ofrecía de beber un coco abierto.
-Se lo agradezco.
Ambos hombres almorzaron junto a la playa, ninguno de los dos tenía prisa, pues sabían que internarse en las aguas con el Sol brillando sobre sus cabezas equivalía a la muerte. Sólo a la caída de la noche los carnívoros de las aguas se marcharían a las profundidades, y los dos hombres recorrerían a nado el último tramo con la esperanza de no encontrarse con ninguno.
Su interlocutor era un hombre bastante más viejo que Ronuí, aún así era alto y ancho de hombros y presentaba un aspecto muy saludable, ¿de qué otra manera habría llegado hasta aquí a la vez que yo?, pensó para sí el joven. De su cuello pendía un pequeño collar de perlas marinas y su cuerpo, al igual que el de Ronuí, se presentaba cubierto de tatuajes desde el cuello hasta los pies, los cuales simbolizaban hazañas pasadas de su propietario. Había algo en aquel hombre que al joven le era familiar, pensó que no era la primera vez que lo veía, pero no fue capaz de precisar de qué lo conocía. Se presentó como Hiro Tuatanuí.
Ambos eran rivales y sentían rivalidad, pero aún era más fuerte el respeto que se profesaban mutuamente, pues los dos sabían de las dificultades de la prueba y eran ellos los primeros en llegar hasta aquella playa entre cientos de competidores. Hiro contó varias anécdotas durante el almuerzo y reía y gesticulaba mientras hablaba, era evidente que estaba feliz, el joven en cambio, se encontraba nervioso por la prueba final y apenas tenía ganas de conversar.
Tras terminar una nueva anécdota, el anciano miró fijamente a Ronuí, casi traspasándolo con la mirada.
-Joven, percibo en ti gran fortaleza de espíritu, pero cargas con un gran peso de resentimiento en tu corazón, y odio. El odio no hace ningún bien en un corazón joven como el tuyo.
-¿Qué dice? Usted no sabe nada de mí.
-No, pero a juzgar por la expresión de tu cara tras habértelo dicho. Ahora sí que lo sé.- Las carcajadas del viejo tronaron y una bandada de pájaros de colores alzó el vuelo desde la arboleda. Ronuí enrojeció, irritado.
-Tan evidente ha sido.
Hiro Tetuanuí tras reír durante un minuto entero se frotó las lágrimas de sus ojos y se volvió hacia el joven.
-Desde que un ser humano nace hasta que muere, todas y cada una de las acciones que lleva a cabo las hace con un fin, con un objetivo, ya sea justo o sea malvado, siempre existe un fin, pero en tu caso… ¿para qué odias?
-No le entiendo.
-Es sencillo, no has negado que conservas odio en tu corazón, entonces sin duda deberás saber para qué lo conservas.
-Tengo mis motivos.
Hiro Tuatanuí esbozó una sonrisa.
-No te he preguntado el por qué, sino el para qué.
-En ese caso es una pregunta difícil de contestar- Ronuí recordó una escena tres años atrás; su llegada a casa, su esposa y sus dos hijos degollados, sus miradas vacías, y la profunda pena que había sentido, y también odio. Odio hacia sí mismo por no haber estado en casa para defenderlos, odio hacia los jefes que habían provocado la guerra, odio hacia los Dioses que habían arrancado a su familia de sus brazos.
-Piensa en tu vida cuando eras libre del peso que cargas ahora, antes del acontecimiento que te hizo cambiar –el anciano hizo una pausa y arrojó un puñado de arena sobre las llamas que se extinguieron de inmediato-. Piensa también en el presente. ¿Te ves beneficiado en algo? ¿Más amigos? ¿Algún amor? Medita sobre ello y te darás cuenta de que odias para nada, por eso no encuentras respuesta a mi pregunta.
-Gracias por el almuerzo, ahora he de ir a prepararme. – Ronuí echó a andar hacia la playa sumido en sus pensamientos, se preguntaba quién sería aquel hombre que pretendía saberlo todo, y ya estaba a mitad de camino cuando volvió a oír su voz:
-No te aferres al pasado, muchacho, no puedes devolverles la vida sólo con echarlos en falta.
El joven se detuvo en seco y se volvió hacia el otro, que se afanaba por encontrar una postura cómoda recostado contra el tronco de la palmera. -¿De qué me conoce? En ningún momento he hablado de ellos.
-Dejémoslo en que sé más de ti que tú de mí, también te diré que esta carrera la ganarás tú, los Dioses tienen fe en ti.
-Pues yo perdí mi fe en ellos.
-A pesar de ello participas en la carrera.
-Sólo pretendo probarme a mí mismo.
-Ya, claro.- El anciano esbozó una gran sonrisa-. Recuperarás tu fe.
-Jamás podré.
-Claro que sí, pero primero has de tener fe en ti mismo.- Dicho esto calló y lo siguiente que se escuchó de aquel hombre fueron sus sonoros ronquidos.
------------------------------
Segundos después de ponerse el Sol, los dos hombres se zambulleron en las aguas tintadas de plata bajo la luz de la Luna, que aquella noche se mostraba entera, orgullosa dominadora del cielo nocturno. Pero allá abajo, en los dominios de los hombres, dos campeones se afanaban por atravesar las aguas con largas y seguras brazadas. Ambos eran conscientes de que no se enfrentaban a una carrera de velocidad, sino de resistencia.
Hiro Tuatanuí se mostraba como un nadador excelente y durante las primeras dos horas de travesía ya tenía una distancia de un tercio de milla sobre su rival. Durante las próximas tres horas la distancia se mantuvo, pero fue entonces, casi a mitad de camino, cuando un terror irracional asaltó la mente y el cuerpo de Ronuí. A una milla de distancia al frente, su aguda vista podía distinguir con facilidad bajo la luz de la Luna, la amenazante aleta dorsal de un gigantesco escualo que se dirigía directamente hacia su rival, que se encontraba en primer lugar dentro del camino de la bestia. Aquel no era un tiburón cualquiera, se trataba de “Teatea-Mao”, el feroz tiburón blanco. La sola mención de ese nombre hacía que hasta al último habitante del Pacífico se le erizase el vello, la silenciosa fiera de los mil dientes como cuchillos y terror de los navegantes del Pacífico, casi nunca atacaba de noche, casi nunca....
Hiro Tuatanuí también se había percatado de la presencia del tiburón y permanecía quieto, como una estatua que flotara sobre las aguas. Ronuí no supo si su quietud se debía al terror o a la certeza de que no había escapatoria posible, lo cierto es que segundos después el hombre desapareció de la superficie para no reaparecer nunca más.
Ronuí permanecía inmóvil, helado ante lo que acababa de contemplar y horrorizado al ser consciente de que él sería el siguiente. Habían entrado en los dominios del gran carnívoro, y ahora él reclamaba sus vidas. Haciendo un gran esfuerzo consiguió, en parte, aplacar el terror que lo mantenía inmovilizado, cogió aire y se sumergió. Intentó penetrar la oscuridad con su vista pero a partir de los dos metros todo eran tinieblas que la luz lunar no conseguía traspasar. Sacó su cuchillo, que se le antojó en extremo ridículo ante el portentoso animal y aguardó el ataque fatal, sólo esperaba que fuese rápido.
Durante unos pocos tensos minutos nada ocurrió, pero Ronuí lo sentía cerca, podía oírlo. De pronto apareció surgiendo de la oscuridad a poca distancia de donde él se encontraba, se vio morir, aún así levantó el cuchillo y dejó que el tiburón contemplara el filo. El Gran Blanco que tenía ante él era realmente imponente; se trataba de un adulto que alcanzaba los ocho metros de longitud y sobrepasaba con creces las dos toneladas de peso. Su boca, llena de afilados y terribles dientes tenía un rictus que semejaba una macabra sonrisa que hizo estremecer al joven; sus ojos eran negros como el ébano y tras ellos ardía una inteligencia predadora. Para sorpresa del joven, el tiburón, en vez de atacar, se limitó a deslizar su enorme corpachón en torno al hombre fundiéndose en la oscuridad fuera de su alcance visual y volviendo a reaparecer súbitamente a su antojo. Ronuí no podía evitar sentirse horrorizado, estaba convencido de que el animal, en su extrema crueldad, se mofaba de él y disfrutaba aterrorizándolo con sus idas y venidas. Se paseaba a su alrededor con la seguridad con la que lo haría un león ante una indefensa liebre, postergando lo inevitable.
Pasaron quizás unos minutos o quizás una hora. Ronuí había perdido la noción del tiempo y era incapaz de precisar el tiempo transcurrido desde la aparición del animal, pero fuese cual fuese el tiempo nada había cambiado en tan curiosa escena y si en el corazón del joven empezó a formarse una llama de supervivencia dada la pasividad del escualo, pronto perdió toda esperanza cuando un segundo tiburón blanco que competía en tamaño con el anterior surgió de la oscuridad como un augurio de muerte segura.
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Pocas horas después del alba, un hombre tan exhausto como exultante abandonaba las tibias aguas para volver a pisar tierra firme horas después de que lo hiciera por última vez. Una multitud; hombres y mujeres, niños y ancianos, lo acamaban y danzaban de alegría. Todos y cada uno de ellos habían visto cómo un hombre nadaba junto a tres de los temidos “Teatea-Mao” sin que éstos se atrevieran a atacarle. Tal como lo haría uno de los míticos encantadores de serpientes de tierras lejanas sobre los que habían oído relatos de boca de los marineros. Aquellos enormes monstruos tan fieros habían acompañado al hombre hasta la orilla para después sumergirse silenciosamente en las infinitas aguas.
Los hombres le palmeaban en la espalda, las mujeres le besaban y los niños le admiraban, pero Ronuí Tetuanuí estaba aturdido. Continuaba con vida a pesar de haber estado rodeado de tiburones a varias horas a nado de la costa; pensó que nunca más vería un amanecer, sin embargo allí estaba, y sentir el calor del Sol contra su piel tatuada le llenaba de gozo.
EL Sacerdote Supremo de su pueblo se acercó a él para conducirlo al templo, como era costumbre, a rendir honores al Gran Taaroa. El anciano lo condujo a través un camino flanqueado por grandes estatuas talladas en roca, “Los Divinos” le dijo el sacerdote que eran, igual que Taaroa fueron hombres en tiempos pasados, hombres fuertes que igual que él habían vencido la carrera y se habían ganado un puesto allí. Al final del camino, a la entrada del templo, se alzaba la estatua más grande de todas en honor al Dios Taaroa. Impresionado, Ronuí reconoció aquellos rasgos tallados con maestría en la fría piedra. No era posible. El hombre de la playa, aquel que se hizo llamar Hiro Tuatanuí y fue devorado por el tiburón. Sin lugar a dudas era él. El sacerdote se detuvo y se giró hacia el joven que señalaba la estatua como si hubiese visto un fantasma.
-¿Cómo es posible? Juraría que estuve con él allí, en la playa, y hablé con él. Entonces no debió ser más que un sueño fruto del cansancio.
-¿Sueño? -la voz increíblemente grave del sacerdote le sobresaltó- sin lugar a dudas fue algo más que eso.- Su dedo señaló el cuello del joven, se desplazó hacia la estatua y después el hombre se adentró en el interior del templo.
En efecto, el collar de perlas que había visto en el cuello de Hiro, el mismo collar que veía tallado en la imagen del Dios, ahora estaba en su cuello. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Lo había llevado durante toda la noche? ¿Era por eso por lo que no le habían atacado los tiburones? En su interior conocía las respuestas a todas esas preguntas. Se arrodilló ante la imagen y recordó: "Recuperarás tu fe pero primero has de tener fe en ti mismo". El joven esbozó una sonrisa, quizá sí, quizás aquel viejo charlatán se la había ganado.
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- Belleza Paradojal.
Acababa de despertarse después de mas de 12 horas viajando a caballo, su vida corría peligro y lo único que lo había salvado era su condición de espía en el proceso de independencia de su país, por el cual supo a voz de su propio compañero y comandante de sus tropas que se planeaba un atentado en su contra, con ordenes directas del alto mando institucional, su nombre era Manuel Hidalgo y bordeaba los 30 años de edad, llevaba 3 días de viaje cruzando una cordillera escarpada y fría con destino hacia donde se escondería de los mismos personajes que una vez le pidieron ayuda y que ahora comandaban el país. Su figura emanaba mucha simpatía dentro del "populacho" ,como ellos lo nombraban, y esta condición hacían de Manuel una persona "non grata" pues era el único que tenia la virtud de opacar al "Director Supremo", titulo de la principal figura del nuevo gobierno independiente. Su descanso fue corto, no duro mas de dos horas, pues debía llegar lo mas pronto posible a la hacienda que le serviría de escondite y de autoexilio de sus ex compañeros de armas, ahora convertidos en sus mas acérrimos perseguidores, aun así, tenia sentimientos encontrados, por un lado toda su lucha fue en vano, pues lo que mas deseaba era convertir a su país en una república independiente y democrática, se equivoco, pues los personeros a los cuales apoyo, solo deseaban el poder ante el bienestar de sus compatriotas, pero por otro lado, en la hacienda lo esperaba hace 3 meses, la única persona en quien confiaba y la que mas amaba, su esposa doña María de Hidalgo la cual postergo cerca de 2 años por la lucha de la independencia.
Ya en la hacienda, Manuel gozaba de una buena situación económica, pues gracias al auspicio de su suegro, un connotado hacendado de su país, la administración de las distintas labores de la hacienda estaban bien controladas, Manuel solo procuraba de mantenerse al tanto de todo, en ese sentido podía pasar mas tiempo con María y dedicarse a su pasatiempo preferido, la lectura, de la cual prefería por sobre todo, las novelas pasionales, pues estas de alguna manera, reflejaban toda su forma de ser, es así como se convirtió en un rito acercarse a la ventana en su despacho a las horas de la tarde, sentarse en un cómodo sillón de satín rojo y disfrutar de la lectura junto a un paisaje inolvidable, sin antes repasar el plan de regreso a su patria, donde sin duda lograría una vez mas romper la tiranía que ahora la azotaba, en estas circunstancias iniciaba la lectura.
"Dos cuerpos jóvenes descansaban después de un agitado encuentro, su amor era secreto y por lo tanto muy intenso, aprovechaban cualquier momento libre para desatar sus pasiones presas de la vergüenza y remordimiento de hacer una actividad pecaminosa, aun así el sentimiento que se encontraba en ambos era mucho mas fuerte, lo sentían como un "pecado placentero".El era un hombre joven, de piel morena y de manos callosas producto de toda una vida dedicada a trabajos forzados relacionados con el campo, en cambio ella era una joven de alcurnia, Hija única de un matrimonio forzado, tenia modales de princesa y educación de excelencia, aunque su cualidad principal era su extraordinaria belleza, que la convirtieron en la muchacha mas pretendida de su ciudad, lo que finalmente se tradujo en un matrimonio concertado siendo ella muy joven, aun así acepto su destino por la cual había sido preparada. Rememoro aquellos momentos y dio cuenta que nunca se había enamorado, esta vez lo estaba, aquel moreno trabajador, la había cautivado con una simple mirada, sus ojos tenían una expresión triste pero intensa, aquella mirada que el le regalo trabajando junto al alambique fueron el inicio de una pasión desenfrenada.
Lo tenían todo concertado, ya hacia mas de 2 meses que se conocían y tenían que hacerlo esta tarde, pues la casa se encontraba sola, era imprescindible esta acción para que su amor tenga un futuro, debían hacerlo limpio y preciso, sin huella alguna de su culpabilidad, ya poseían una coartada perfecta, ella esperaba paciente en el lugar donde se preparaba y guardaba el vino, el era el encargado de realizar el trabajo difícil, como siempre en su vida, aunque este era el único que le traería una recompensa mejor que cualquier pago en dinero, sabia lo que tenia que hacer, pero le era difícil mas por que el afectado le inspiraba respeto, pero el amor era mas importante, o mejor dicho, lo único importante. Fue así como se acerca a la casa por el patio trasero, busca la manera de subir sin ruidos molestos, lo consigue escalando unas enredaderas que bordean la casa, ya en el segundo piso, abre la puerta que siempre se encuentra con llaves pero que esta vez se encontraba abierto según lo acordado, esta da a un pasillo largo que parecía extenderse con la presión que ejercía sobre el moreno trabajador, la acción que debía realizar, abre la ultima puerta del corredor, ya en el despacho, no hay reacción alguna a sus movimientos se acerca blandiendo un corvo, herramienta indispensable en el trabajo campesino, la idea era quitarle la vida violentamente, se acerca cada vez mas a la ventana, por donde se divisaba una vista impresionante de la región que lo hicieron olvidar por un instante el por que se encontraba allí, el objetivo se encontraba junto a aquella ventana, sentado en un elegante sillón de satín rojo, en su regazo se encontraba un libro, que en su portada se leía su titulo con grandes letras azules "El Amor en los Tiempos del Cólera", miro el rostro de "Don Manuel" como el le llamaba a pesar de ser casi de la misma edad. De un corte diagonal abre su estomago, Miguel abre los ojos de dolor, el susto y el dolor le nublan la visión.- ¿quien mierda eres?, ¿cuanto te pagaron los perros del gobierno?,¡¡ maldito vendido!!!- el trabajador calla, sabe que su trabajo esta finalizado, la sangre cubre la escena tal cual alfombra, la herida es letal, sin ayuda, su muerte es inminente, mira otra vez a Miguel y una sonrisa se dibuja en su rostro, pues las palabras de éste confirman su coartada, Miguel en sus ultimas palabras dice:- ¡ tu trabajo ya esta hecho, solo te pido que no dañes a María, dile que la amo, solo díselo, por favor!-,- ¡se lo diré, no se preocupe "Don Manuel", se lo diré!-con esa promesa se retiro, pensando en lo paradojal de la acción, el la realizo pensando en María y Manuel murió pensando también en ella, ni el propio gobierno era mas eficaz que la belleza de una mujer".
Y esos son los relatos para el concurso de este mes. Mucha suerte a todos los participantes y que gane el mejor.
(Este tema siempre me obliga a hacer triples posts...)
- Ghorrhyon
- Teniente Segundo

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- Registrado: Mié Jun 21, 2006 12:02 pm
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Hala, ha sido un detallazo por vuestra parte esperarme esta semana para que fuera el primero en postear, pero ya vale... aquí me pongo para que el tema suba y su anaranjado resplandor os dañe los ojos.
Espero que estéis entregando votos, no quisiera tener que pedir prestado un cinto a nadie...
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No sabemos mucho del amor. Con el amor es como con la pera. La pera es dulce y tiene forma. Tratad de definir la forma de la pera.
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