Concurso mensual - 46ª Edición: Aventura

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Crusta
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por Crusta »

Avisarme porque tengo la cuenta llena y tendré que hacer hueco :3
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rido
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por rido »

Pues sería un puntazo que te encargaras ^^

Por otra parte, ya está editado el post añadidos los participantes y Taborda como recolector...

@Koel Un relato de ciencia ficción y espacio de los de toda la vida. La verdad es que el inicio es bastante inquietante. Esas preguntas del principio le dan un toque de misterio e intriga bastante grande. Nos presentas, aunque sea así a grandes rasgos, un universo bastante clásico pero muy bien trabajado. Agujeros de gusano, una guerra interplanetaria, problemas en la nave, planetas poco conocidos y criaturas extrañas... parecen los típicos ingredientes de un relato de aventuras en el espacio, pero en base a ellos has creado una buena historia. La única pega que le veo es que el final es demasiado precipitado, como si te hubieras quedado sin espacio y lo hubieras resuelto "a lo bruto". Pero en general está bien. Enhorabuena ^^
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juevescasi
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por juevescasi »

A comentar.

Hechicero nivel 94

A destacar de Rido, el autor, su alto nivel de inventiva, presente en cada uno de los relatos que he leído de él. Deja claro que lee mucho y bien. Poco que arañar: la ortografía exacta, y el ritmo de lectura también agradable al igual que en el anterior relato del concurso (desierto) anterior. Por ejemplo, el hecho de darnos el nombre del protagonista, Gustavp, al inicio del último tercio del relato, me gusta. Una pega que quizás me viene de la nula facilidad para distinguir entre poesía y relato: siempre espero más recurso estilísticos... metáforas, enumeraciones, variar el sentido de la frase (hipérbaton). No son quejas hacia el relato, sino recomendaciones; opino que el ritmo denso y profundo de la poesía está a un paso de la narrativa.

El relato de ciencia ficción de Koel

Gran fichaje el de Koel para el concurso mensual. Como bien dijo Rido en el post anterior, da la impresión de que la segunda parte del relato la hiciste deprisa. En los primeros compases nos muestras un entorno repleto de detalles, las frases iniciales de desconcierto me gustan mucho... y aunque creo que le deberías haber dado también a esa parte del texto (cambiar algunas construcciones con el fin de hacer más sencillo... ¿o más complicado?, digamos rico, el relato) una segunda lectura, me encanta la descripción de la nave y la de la situación. El desenlace: entusiasma la imagen que nos regalas de todos esos seres gritando al unísono pero me parecen precipitados los hechos posteriores. Te aconsejo que otra vez, dejes reposar el relato unos días u horas, y entonces vuelvas a él con la mente despejada pero repleta de ideas e imágenes.
De todas formas, un buen e interesante texto :ok:

pd: Intento reunir información algo más precisa de Roma, pero aparte del tráfico y de "losquevanamorirtesaludan", me da miedo meterme en algo más denso. A escribir, sin embargo.
"...sólo hay finales abiertos;
y la locura es más deseable que posible;
y nadie volverá a casa con el mismo paso;
y no hay reglas para bailar a dúo en el granero
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koel
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por koel »

Joder, se nota que estáis puestos en el tema. La verdad es que empecé el relato un buen día y luego me olvidé por completo. Cuando Hack me preguntó si ya lo había enviado resulta que era el último día para entregarlo, así que me senté en el ordenador y empecé a escribir. Cuando me di cuenta de que se me hacía tarde, lo acabé como buenamente pude y lo envié sin ni siquiera releerlo.
No se me da mal pensar historias, pero escribirlas es otra cosa. Después de 20 años siendo master, uno se acostumbra a improvisar y a que los jugadores te cambien lo que tenías pensado cuando menos te lo esperas. La verdad es que hacía mucho que no escribía, y a cada palabra me quedaba mirando a mi queco a ver si me decía algo, pero las bocas de resina se mueven muy poco...
En fin, no me enrollo más. Gracias por haber llegado hasta aquí, y muchas gracias por las críticas, son la única forma de escribir mejor cada día, o cada mes...
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Pirata del sol
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por Pirata del sol »

Falta una, y otra... y esa es blanca.
El camino por el cual andaba durante tanto tiempo, empezaba a tener un aspecto deslucido, eso solo podia significar una cosa, estaba llegando. Muchas horas de camino, muchas dudas sobre si llegaria el dia, pero por fin parecia que sí, lo tenia delante, el concurso habia llegado.
A falta de unos pocos dias llegue al tema con la ilusion de inscribirme. ¡¡Me apunto!!
____________________________________________________________________________________
Que eso, que me apunto, intentare entregar el relato antes del Lunes.
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Shichibukai
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por Shichibukai »

Después de un tiempo que me he tomado desaparecido de este gran tema, reaparezco de entre las sombras para confirmar mi participación en el concurso.

Siempre me ha gustado todo lo que tiene que ver con la antigua Roma.
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juevescasi
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por juevescasi »

Por si acaso alguien no lo recordase, sobre todo Taborda, en principio encargado de recoger relatos, hoy terminaba el plazo de entrega.
Así, llegado el día, yo seré el principal responsable del retraso en la lectura de los susodichos pues por causas varias (trabajo, Pilares, pereza) no he podido terminarlo. Mis disculpas a los afectados, mi cara de apesadumbrado :( y mi cara de vergüenza :gota:

De regalo, un aplauso cargado de sarcasmo para mí :aplausos: Mañana por la noche a más tardar, se lo mandaré a Taborda.
Ta lue

Edit: ya se lo mandé a Taborda. ¿Qué son los "nagios"? Curiosidad y eso.
Última edición por juevescasi el Vie Oct 17, 2008 12:03 pm, editado 1 vez en total.
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rido
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por rido »

Guay... yo ya se lo mandé ayer (o fue antes de ayer?) así que sabemos que al menos dos somos ^^ A ver qué sale ^^
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koel
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por koel »

Lo siento, al final en este no participo. Voy muy liado últimamente. A ver si para el próximo. Por cierto si hay algún forero experto en Nagios que avise.
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por rido »

A ver... Yo mandé mi relato a Taborda, pero el mensaje aún no aparece en la bandeja de salida. ¿Os parece si, de forma excepcional, recojo yo los relatos (aunque sea el organizador) y ya me encargo yo de repartirlos a todo el mundo?
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por juevescasi »

Continúo sin saber acerca de los Nagios...

Habría que presuponerlo, pero aun así pregunto si Shichibukai y Pirata del Sol han entregado el relato a Taborda. Quizá sólo haya dos.
La solución que das, Rido, si no te supone un gran inconveniente me parece bien; no obstante, si alguien de fuera tiene ganas de recoger los relatos que lo diga. Podríamos dar de plazo hasta esta noche y si los post´s de relatos aparecen todavía en la bandeja de salida de los MP pues procedemos con lo dicho y te los mandamos.

Aquí llueve y hace viento y me apetece leer cosas nuevas. Antes de que el ruido de los coches y el de la crisis nos dejé sordos, al menos.

Edit: enviado ha sido el relato.
Última edición por juevescasi el Mié Oct 22, 2008 2:28 pm, editado 1 vez en total.
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por rido »

Nagios: http://es.wikipedia.org/wiki/Nagios

A mí ya ha me ha enviado su relato. Pirata del Sol ha dicho en el hilo del debate que no tenía conexión estos días y... bueno, el otro que dijo que participaba eras tú. Así que si lo envías ya está ^^

De todas formas podemos hacer esperar, si queréis ^^
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Crusta
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por Crusta »

"Máteme pero no mienta..."

Pues he tenido problemas (reparando el PC...) y aparte la cuenta llena entre el concurso de firmas así que si todavía confiais en mi como recogedor, mandadmelos de nuevo :S

Perdón por las molestias ^^U
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Shichibukai
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por Shichibukai »

Taborda ya no es necesario que hagas de recogedor, rido se encargó de ello y nos enviamos los relatos por MP. Pero una vez decidido que es mejor hacerlos públicos para, como bien decía juevescasi, intentar hacer un poco de publicidad del tema en estas horas tan bajas, pues aquí los posteo. Lo que sí nos vendría bien es que te encargaras de recoger las votaciones y postear los resultados, habida cuenta de que ese trabajo no estaría bien que lo hiciese un participante.

Relato nº1
Spoiler: Mostrar
Tormenta de oriente

Por fin, junto con el alba del tercer día de asedio los hunos habían entrado. La empalizada había sucumbido a los atacantes y su entrada había sido como el estallido de una tormenta. El tribuno de la Duodécima legión romana Publio Stenis escuchaba las súplicas y los gritos, el chasquido de las pezuñas de los caballos contra las calles embarradas y los gruñidos y los golpes desesperados de una resistencia fútil. Con el rabillo del ojo creyó ver el destello de un pájaro surcando el cielo, pero no era sino una flecha que, habiendo errado su blanco, descendía en dirección a la calle. “¿Es este el final?” se preguntó. Hacía dos días que los hunos habían aparecido bajo una columna de polvo que se alzaba como si de humo se tratara. Habían rodeado la fortaleza al galope y amenazaron con la aniquilación si no se rendían. En vez de rendirse, todos se habían preparado para la defensa y desde entonces la resistencia romana había sido feroz. Recordó con claridad las palabras que apenas un año antes, Flavio Aecio, el gran general romano le había dirigido personalmente:

«Hasta el niño más pequeño es capaz de romper un avispero, tribuno, pero incluso el más aguerrido de los soldados dudaría en hacerlo, ¿por qué? Por los fieros centinelas que lo custodian ¡Qué esos insectos te sirvan de lección! Convierte a tus hombres en avispas, soldado, antes de que sea demasiado tarde».

Era para este momento para lo que se habían preparado, era acerca de este día sobre lo que le advirtió el general un año antes. Mirando ahora aquellos hombres formados a su alrededor sintió un profundo orgullo; “sí” pensó, avispas es lo que son, tan disciplinados y letales como las antiguas legiones de Julio César. Aquellos eran los legionarios de la Duodécima y Stenis era su comandante. Aquellos y no otros eran los hombres que habían convertido lo que debía haber sido una victoria fácil de Atila en una lucha encarnizada, pues habían mantenido a raya al inmenso ejército del rey de los hunos durante dos días y dos noches atrincherados en un pequeño fuerte a orillas del río Neckar, en Sumelocenna, Germania. No pocos legionarios habían muerto durante las casi cincuenta horas de lucha continuada, pero entre los atacantes las bajas se contaban por centenares.

Ahora, los enemigos habían penetrado las murallas sedientos de sangre y de venganza, y en pleno desastre, bajo la tibia luz del amanecer de aquel nuevo día de 450 d.C., se erguía la Duodécima en perfecta formación, cansados y magullados sí, pero terribles y orgullosos incluso en la derrota.

-¡Legionarios!- tronó la voz de Publio Stenis por encima del fragor de la batalla.- Puedo ver en vuestros ojos que os preguntáis si ha llegado el final, puedo ver en vuestros ojos que os preguntáis cómo podemos combatir un número tan superior de enemigos ¡Yo tengo la respuesta! Los combatiremos con nuestro acero, los combatiremos con nuestro valor, pero por encima de todo los combatiremos con el orgullo de los verdaderos soldados de Roma. ¡Preparaos muchachos, para vender caras vuestras vidas!

Los gritos de aliento resonaron a su alrededor momentos antes de que una inmensa marea de enemigos se les echara encima.

------------------------

El griterío del exterior despertó al tribuno Stenis de su duermevela, se encontró empapado en sudor y sangre seca, y tendido en un suelo de roca. Trató de incorporarse pero el dolor le resultó insoportable, así que se contentó con arrastrarse hasta una pared que le sirviera de apoyo y permaneció sentado contra la pared hasta que su vista se hubo acostumbrado a la oscuridad. Se encontraba en una celda, probablemente en las mazmorras del fuerte. Era incapaz de racionalizar bien, no recordaba por qué estaba allí y la cabeza le dolía tanto que sentía como si estuviese a punto de estallar. Agotado, volvió a sumirse en un débil sueño. Esta vez tuvo pesadillas, vio una empalizada y multitud de enemigos penetrando las murallas, se vio a él rodeado de compañeros de armas muertos y después vio cómo él mismo caía fruto de un fuerte golpe en la cabeza.

----------------------

-¡Levántate, cerdo romano!- exclamó alguien en latín mal pronunciado mientras pateaba al prisionero. Publio Stenis abrió los ojos desconcertado y descubrió que había dos hombres más en su celda. El primero, el que no dejaba de golpearle era un hombre menudo de rasgos caucásicos, cuyo barbudo rostro se contorsionó en una divertida sonrisa al ver que el prisionero había despertado por fin; el otro era huno, sus rasgos orientales no dejaban duda al respecto, vestía una cota de malla de bella factura seguramente capturada del cadáver de un romano.

Venciendo a la fatiga y los vómitos, el tribuno logró ponerse en pie. Cuánto tiempo había permanecido allí entre la vida y la muerte, entre la lucidez y la inconsciencia o entre el sueño y la realidad no sabría decirlo; horas, tal vez días le parecían. El carcelero barbudo lo empujó fuera de su celda y le indicó que caminara con un gesto de la cabeza. Atravesaron un estrecho pasillo dejando atrás a ambos lados del corredor idénticas celdas a la que acababan de abandonar, en varias de ellas, el tribuno creyó percibir vagamente en la oscuridad diversas siluetas humanas, todas ellas inmóviles.

Por fin, tras ascender unas escaleras y atravesar una gruesa puerta de hierro salieron al exterior. Stenis llenó sus pulmones de aire, como si pretendiera purificarlos y percibió un fuerte olor a alcohol y a carne asada en el ambiente. El suelo estaba cubierto de cuerpos, la mayoría de ellos semidesnudos, pues se les había arrebatado todo objeto de valor. Por el aspecto de los cadáveres supuso que no deberían llevar muertos más de un día; reconoció a muchos de ellos, hombres con los que había bebido y reído pocos días antes, a los que había tratado como a hermanos, pues eran lo más parecido a una familia que le quedaba. Ahora todos estaban muertos, toda su cohorte yacía allí entre el polvo y la sangre. Tuvo que hacer uso de toda su capacidad de autocontrol para no lanzarse en busca de venganza contra los hombres que le custodiaban.

Avanzó entre una ruidosa y vociferante multitud que lo contemplaba fijamente hasta alcanzar el punto central de un improvisado círculo de unos cincuenta pasos rodeado por cientos de espectadores bárbaros. Intentó localizar una posible vía de escape pero fue inútil. De repente, los bárbaros dejaron paso a otro hombre que entró en el círculo. El tribuno reconoció en aquella figura desafiante a su centurión mayor, Antonio Tito Aurelio.

-¡Aurelio! hermano, me alegro de verte.
-Por todos los dioses que te creía muerto, comandante.
-Es posible que pronto lo esté centurión, pero todavía no- el gesto del comandante se ensombreció por un instante.- ¿Queda alguien de la Compañía vivo?
-No queda nadie, excepto tú y yo, se lo oí decir a esos bastardos hace un instante, ni siquiera han perdonado a los niños. Sólo viven algunas mujeres que han pasado a ser sus esclavas, un destino peor que la muerte a mi juicio.

Stenis se volvió para contemplar la muchedumbre que les rodeaba, rostros brutales ya saciados de su orgía de sangre, saqueo y destrucción. Reían, aullaban y charlaban en un idioma desconocido.
-Esto no me gusta.
-Nos van a matar, comandante.

La multitud se silenció de improviso cuando un huno sentado sobre una improvisada tarima se levantó e hizo un gesto con la mano. Todos los rostros se volvieron hacía él y un silencio sepulcral se apoderó del lugar. Aquel no podía ser otro que el hombre que comandaba las huestes, el hombre que hacía tambalear los cimientos del imperio de Roma, Atila, el señor de la guerra más poderoso del mundo conocido y el mismo que amenazaba con reducir la civilización occidental a un montón de ruinas.

El gran kagan era como todos los hunos que Stenis había visto en su vida, era bajo, tenía las piernas cortas y la cintura alta; sus ojos, muy hundidos, parecían contemplar el mundo desde el interior de dos cavernas y sus mejillas aparecían atravesadas por las cicatrices rituales que marcaban a tantos de los suyos. Las manos, al igual que la cabeza, destacaban por su gran tamaño. A simple vista apenas se diferenciaba de los hombres que le rodeaban, pues no llevaba distintivos de ninguna clase, pero el silencio sepulcral que había provocado entre sus tropas con un simple gesto de la mano indicaba a las claras su gran autoridad. Atila había matado a cien hombres y había mandado matar a cien mil más, y toda aquella sangre le había otorgado presencia y poder.

De improviso habló en latín dirigiéndose a los dos cautivos:

-Vosotros, romanos, sois los responsables de la resistencia que encontramos aquí hace tres días y aunque no hay nada que desprecie más que a vuestro pueblo, ese corrupto y traicionero nido de gusanos, no soy tan cruel como pensáis y admiro a los buenos combatientes, por ello he decidido daros una oportunidad de salvar la vida. Os batiréis en un duelo a muerte el uno contra el otro y yo prometo liberar al vencedor.

Los dos romanos se miraron el uno al otro y fue Stenis el que habló:
-¿Sabes lo que es el honor, bárbaro? No mataría a un hermano ni aún amenazado de muerte.

El rey de los hunos taladró con la mirada al tribuno, el cual se la sostuvo impasible.

Bárbaros- dijo Atila empleando un tono bajo pero cargado de fuerza-. Sé que es así como nos llamáis los romanos, os creéis superiores tras los muros de vuestras ciudades, pero todo eso va a cambiar pronto. Escuchadme bien, ¡ahora es el Pueblo del Alba el que decide quién vive y quién muere, qué ciudad se construye y cuál arde, quién marcha y quién emprende la retirada! -Todos los hombres excepto los dos cautivos emitieron gritos de aprobación.
-Si no lucháis os crucificaré a los dos- concluyó.

Dos espadas desenvainadas fueron arrojadas a los pies de los romanos. Aurelio recogió la suya.
-Coge tu espada, comandante, démonos a uno de los dos la oportunidad de comprobar si lo que dice es cierto.
-Coge tu espada, romano- gritó uno de los lugartenientes y acto seguido se alzó un coro de voces que le exigían lo mismo.
Stenis hacía caso omiso.
-Te suplico que la cojas- repitió el centurión.
-Muy bien, si es lo que deseas, que así sea.

Ambos hombres se contemplaron durante unos instantes mientras la impaciencia de los allí congregados crecía, hasta que por fin el kagan alzó un brazo al cielo y lo hizo descender con un movimiento brusco. El combate debía comenzar.

-Suerte, comandante.
-Igualmente, soldado.

La multitud gritó al unísono cuando Aurelio se lanzó hacía su contrincante y le lanzó una estacada dirigida al pecho, pero la espada del tribuno, impulsada con la celeridad del rayo detuvo en seco el arma que caía sobre él, y saltaron chispas allí donde se encontraron las hojas de acero. Permanecieron así, con las espadas trabadas y los rostros a centímetros de distancia hasta que Stenis logró empujar a su rival que retrocedió dos pasos y lanzó un poderoso mandoble que Aurelio esquivó por milímetros.

Ambos hombres continuaron luchando mientras la multitud gritaba y silbaba, y a empujones estrechaban el círculo cada vez más. Los dos romanos describían círculos el uno frente al otro, buscando una brecha en la defensa del contrario y las espadas giraban y se movían a gran velocidad, hasta que por fin, en un rápido contraataque, Stenis logró estocar un brazo de Aurelio para acto seguido abrirle un corte profundo en una pierna. Fruto de las heridas, el centurión mayor perdía sangre a gran velocidad, lo que reducía sus ya de por sí mermadas fuerzas. Con rapidez, realizó una finta y atacó el costado derecho de su rival en un ataque desesperado, pero el tribuno lo esquivó y estampó con fuerza el puño en el rostro del hombre; éste, con un aullido de dolor cayó al suelo con el pómulo roto. Stenis aprovechó para desarmar a su rival, se apoderó de su espada y de esta forma el duelo quedó sentenciado.

El público continuaba estrechando el cerco presa de la emoción y hasta los dos romanos llegaba el olor de todos aquellos cuerpos tan juntos.
-¡Mátalo, mátalo, romano!- gritaban-. ¡Merece morir!

Stenis alzó la espada apuntando a la figura tendida en el suelo.
-Hazlo, comandante- logró decir Aurelio.
El vencedor clavó su mirada en la de su amigo.
-Ya dije antes- susurró-, que jamás mataría a un hermano.
En ese preciso instante, valiéndose de todas las fuerzas que le quedaban arrojó su espada hacia la posición de Atila, y éste hubiese recibido el impacto de no ser porque uno de sus lugartenientes dio un paso al frente para sacrificar su vida a cambio de la del rey. Sin dar su brazo a torcer, el comandante empuñó la otra espada y corrió hacia el kagan dispuesto a morir matando.

Una docena de arcos apuntaron al tribuno y una docena de flechas silbaron para atravesar el cuerpo del romano antes de que hubiese sido capaz de dar tres pasos. El súbito encuentro con la muerte detuvo en seco la carrera de Stenis y lo hizo caer de rodillas mientras la espada resbalaba de unos dedos incapaces ya de sostenerla. Publio Sexto Stenis, tribuno militar de la quinta cohorte de la Duodécima Legión murió allí, a los pies de Atila, llamado el Azote de Dios. Un instante después se uniría a él Antonio Tito Aurelio, centurión mayor de la legión.

Atila se sentía satisfecho, con la muerte de los dos hombres, toda la guarnición de Sumelocenna, que con tanto ahínco había resistido en la batalla, había sido aniquilada por completo. Apoyó los pies sobre el cuerpo del tribuno y constató que la túnica del muerto se sostenía gracias a un broche de oro en forma de avispa que había permanecido oculto bajo los pliegues. Se agachó para arrancarlo. Nunca había visto un adorno como aquel, y decidió regalárselo a su esposa. «El hombre que la llevaba, aguijoneaba», le diría.

Relato nº 2
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Vello, vida y crucifixión

VIDA

Acerquémonos.
Con cuidado, llueve de noche. Pasaremos la oscuridad por delante de la puerta del prostíbulo abierto y repleto de un ruido de sombras que parpadean tal que moscas alrededor del fuego. Lleno a pesar de las amenazas de peste, de las muecas sardónicas, esta luna creciente menoscabada a causa de los truenos que chillan en el horizonte ampara el deseo y el cansancio de los depiladores que sudan con el fin de preparar prostitutas desde la hora prima hasta la prima vigilia.
Continuemos por las esquinas; una luz relampagueante ha de romper este hilo invisible que seguimos. No ha de retrasar vuestra huida de lectura el barro, esta luna calla y asiente, no así las estrellas.
Doblar la siguiente. Ésa es la casa. Quietos. ¿Las veis? Entran deprisa pues la mujer de tez pálida y pestañas empedradas, intenta dar a luz dentro de la única sala encendida de todo Roma. Si arrojar un vistazo os apetece a ese agujero del muro con forma de ventana, el olor de la sangre y el de la lluvia fina repetida, arcadas de producir os ha. Si no, mantén tú, ya solo en las calles de Roma del segundo siglo, los ojos abiertos. ¿La ves? Se desangra la mujer que intenta parir, esclavas con paños rojos inútiles pisotean la vida roja en el suelo a borbotones. Aguanta la respiración y también mi presencia molesta de nuevo a tu lado; contra la pared escucho el primer y último llanto del niño recién muerto. No hace falta explicar la postura que toman los cadáveres juntos, no me vuelvas a ofrecer más el racimo de uvas negras extraído del interior de la casa --da miel y uvas, no harina cocida, no latigazos, a las féminas o niñas o esclavas que lloran las dos muertes, mientras secan el suelo de arena ensangrentado.

Ahora que nos descubren, ahora que corro hacia un extremo de la ciudad distinto del tuyo, recuerdo un olvido: la mujer y el niño pertenecen al señor de toga que comía y maldecía en uno de los extremos de la habitación. Este ser, este viudo, es un pomposo mercader de Roma y tras el ruido de los días, no dudó, en elegir concubina en plural.

VELLO

Termas de Caracalla.
Tan popular se hizo el depilado de Caracalla, el alipilarius. Muchas jóvenes optaron por venir a los baños renunciando así a los sirvientes de sus casas. Decid "siempre ocupada la sala de las depilaciones, y cada tarde el silencio y la mudez del esclavo era interrumpido por los gritos de los clientes, de ojos enrojecidos por el vapor", dichos chillidos y lamentos se podían escuchar en cada una de las salas de las termas, también
en la biblioteca, también los oían los esclavos rojos (rojos por avivar el calor y suplir de agua caliente al complejo).
Y quizás solamente en el segundo piso se escuchaban las canciones: el alipilarius obligaba a algunos no acostumbrados al philotrum (ni al tacto de la vosella en el culo) a cantar con el fin de mitigar el dolor. Era extendido el philotrum a modo de cera, y después retirado con una espátula. Peludos entraban y lisos volvían al agua tibia de las termas:
las lágrimas en los ojos nos hace dudar de estos honorables descendientes de verdugos, que a las noches de aldeas de invierno regalan pogromos.

Libertos contenían la risa bajo el agua... pero "qué hermosas eran" las que avanzaban por las termas, quienes exhibían sus piernas tras la visita del alipilarius forzado a contener el deseo, lícito al amparo de las cortinas de la sala: las mujeres que se excitaban con el philotrum o con las pinzas le ofrecían serenos labios como uvas y melocotones. Pero él, y su amor también esclava, hizo de la renuncia una costumbre y conscientes de ello, quienes acercaban en carros (decid que al paso de los carros se apartarían los romanos de arena) a sus mujeres hasta las termas eran los mismos señores . Decid que los baños públicos de Caracalla fueron una oda a la promiscuidad, hablad en la plaza de las fuentes sobre el reducto de obsolescencia carnal conocido como sala de depilaciones.
Que comprendióse nunca el amor confeso de este esclavo, pero todos entendieron la elección del mercader viudo tras los días de lluvia y peste. Nulo por ley el enlace entre esclavos, una mañana de cielo estrellado, "el nariz de patata", el viudo, elige como concubina a la mujer de los ojos de cristal y agua, al cinturón de castidad y besos.
A la compañera del depilador de Caracalla.

CRUCIFIXIÓN

Ven. Corramos. El viento levanta polvo en las cuestas y un estruendo de carros se agolpa en las calles adyacentes amarillas pero sigue mi estela e ignora las voces altas y el sonido del dinero en las bolsas. Evita a ese conjunto verde de soldados borrachos
y no te vuelvas, un pedazo de tela de toga en la mano colgará en el futuro de una de las lanzas. Nada importa.
¿Lo ves? Sí, es el alipilarius, el depilador de Caracalla. Le dan al oído la noticia. ¿Ves como asiente y duerme? Acaso nos equivocamos, acaso su corazón fue tan áspero como la yema de sus dedos. Cena conmigo y escuchémosle roncar en la primera
noche ¡mientras el mercader fornica boquiabierto con su nueva concubina!

La exactitud fue redentora y antes del Sol completo, una circular vida comenzó para el alipilarius envuelto en un diámetro de vello en la tierra y sueño. Adiós a los senos puntiagudos y a las llamas en la sala de depilaciones. Adiós, que toda Roma tuvo
en cuenta la ingente cantidad de concubinas que habitan la casa del mercader (nariz de patata).
La barba creció en el rostro del protagonista, una epidemia de peste se cierne luminosa, la hierba sardónica nos dejó rostros irreconocibles y finalmente, la nariz de patata andante se presentó una tarde de accidentes, harina y barro en la sala de depilaciones de Caracalla. Decid que en el año 253 una desconocida enfermedad se llevó miles de cuerpos al crematorio y que ya nadie recordaba el legal hurto de este señor desnudo, marrón y gordo sobre la tabla de la sala, que exige rapidez desde su voz de alcohol.
Si el ruido de las voces no les permitió deducir los siguientes hechos, habré de cerrar las ventanas, pues la venganza se hizo esperar pero la bandeja es de plata.
Lo primero que hizo el alipilarius fue preguntarle sobre el nombre de una de sus concubinas, pero para entonces el mercader ya estaba dormido. La manera de despertar a un monstruo es la siguiente: la vosella son unas pinzas de depilar que cortan y que
atravesaron el peludo ano del mercader, atado a la tabla de pies y manos. Para cuando quisó pedir auxilio la sangre llegaba hasta el agua de las baños, y en la garganta el sabor del arsénico se deshacía convirtiendo así sus gritos en gruñidos propios de alguien que no soporta el dolor de la depilación. Un sólo hilo de vida aguarda al mercader mientras el alipilarius escarba con la ayuda de las pinzas entre la grasa de su pecho el corazón: "¡Se llamaba Xenia!" le gritó al oído mientras se desangraba, mientras los ojos
escapaban de las cuencas.
Decid que la figura encorvada y minúscula del alipilarius arrastraba los pies de sangre por las sinuosas pobladas calles de Roma, agotado y consumido por la venganza. Decid que un par de libertos sufrieron un ataque de risa al encontrar el cuerpo deshollado del mercader, decid que sus concubinas pasaron frío y hambre el resto de las noches. O calla, y olvida que un alto magistrado se topó con el depilador a las puertas del foro. Traía el flácido grasiento músculo con forma de corazón en la mano izquierda, y los ojos cerrados.

En cuanto a la crucifixión... el sufrimiento fue de dos días y dos noches. Diré que el tormento no se alargó más debido a la ausencia de vello en las axilas del alipilarius subido al patibulum pero en condiciones normales la vida lucha extenuada y así fue: el aire de los pulmones y el caminar de la sangre no se detuvo hasta que el peso de todos los huesos y de todas las articulaciones vació su cuerpo convirtiéndolo en un "cometa con los hilos rotos". Lejos de morir desangrado, la asfixia fue la causa de la muerte.

Contad que tras la hora sexta, le dice al soldado borroso: "Para viajar al futuro / duerme / las ganas de asistir al circo".
Acusa la vida el viento un poco.

Relato nº 3
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Fuego sobre Roma

– ¡Marco!

La viga de madera, envuelta en llamas, acabó finalmente de desprenderse del techo y se abalanzó voraz sobre el poderoso hombretón, obligando a sus rodillas a besar el suelo para poder soportar el peso y deshacerse de aquella columna de fuego mientras un desesperado grito de dolor se abría paso por su garganta y el olor de la carne quemada comenzaba a extenderse por el lugar.

Al fin, de entre el humo, apareció el brazo de Judas, quien asió el del fornido liberto y tiró de él hacia fuera con todas sus fuerzas. Dios, el Padre de Nuestro Señor, que hace poderosos a aquellos a los que él ama y les confiere la fortaleza para afrontar las adversidades, le había asistido sin duda alguna en aquella tarea que, a juzgar por las circunstancias, hubiera parecido imposible.

La pequeña y humilde casa, situada en uno de los suburbios suroccidentales de la gloriosa Urbe, comenzaba a hundirse, consumida por las llamas al igual que todas las que los rodeaban. No ocurría así, sin embargo, con las esperanzas del joven doctor alejandrino. El mismo fuego que había acabado con el que, durante los pocos días que llevaba en la región latina, había su hogar, era el símbolo perfecto de la esperanza que consumía su corazón.

Hacía apenas cuatro días que había desembarcado en el gran puerto de Ostia, que nada tenía que envidiar a su querida Alejandría natal. Aquel muelle era la puerta de sus sueños. Había viajado a Roma por las palabras de un hombre de Colosas, Onésimo se llamaba, que afirmaba que había en la ciudad un hombre, Pablo, de Tarso, que daría respuesta sus más profundas dudas.

Por eso estaba allí. Marco, el liberto había ido a su encuentro en el puerto y lo había acogido en su casa por recomendación de un conocido común, Áquila, a quien Judas había conocido en Corinto. Aquella noche, al fin, después de varios días de ansiosa espera, pues, al parecer, Pablo se encontraba indispuesto, podría verle y ni el fuego ni la muerte podrían impedírselo. Estaba convencido de ello.

– ¡Vamos!

El grito de su anfitrión le ancló de nuevo a la realidad y, movido por la urgencia de la situación, comenzó a correr tras él. La herida en la espalda de Marco supuraba, pero el dolor parecía ajeno al viejo gladiador. El fuego se extendía rápidamente, y pronto todo a su alrededor era pasto de las llamas entre voluminosas lenguas flamígeras, crepitaciones y estallidos.

– ¡Por aquí!

Afortunadamente, Marco conocía bien la zona. En otro caso, Judas hubiera temido nunca poder salir de allí y verse él mismo también ardiendo entre los restos de hogares derruidos. Pronto se alejaron de aquella barriada y pudieron pararse a recuperar el aliento, aunque sólo fuera un momento, en un pequeño páramo pedregoso por el que discurría un pequeño arroyo.

– Déjame – dijo el egipcio, llevándose las manos a su bolsa. – A ver qué puedo hacer con eso...

Por suerte, llevaba siempre consigo su pequeño zurrón, una manía que muchos le criticaban pero que había siempre resultado ser muy útil. Después de rebuscar un poco, sacó una pequeña vasija de barro que contenía un emplasto de color verdoso que procedió a extender por la quemadura.

– Esto te aliviará – afirmó, mientras lo vendaba con un pedazo de lino blanco.

– Gracias, hermano – correspondió el hombretón.

– ¿Podremos ir a ver a Pablo?

– Al menos lo intentaremos – sonrió. – Ya no hay nada que podamos hacer por mi casa… Ven, es por aquí.

Siempre ocultando el gran dolor que debía producirle la llaga, el liberto condujo a su huésped a través de unos matorrales hasta una especie de otero formado por unas rocas y que no distaba más de una milla de las murallas de la Urbe, junto a la Via Ostia que, al otro lado del bosquecillo, mostraba toda su tetricidad ahora que el fuego iluminaba irregularmente los pequeños mausoleos, a cada cual más original, que se apilaban a ambos lados de la calzada.

– Esperaremos aquí – anunció Marco.

Judas miró hacia los lados examinando el territorio. Era una formación rocosa, en la que pequeñas grutas aquí y allá conferían cierto aspecto de casas excavadas en la roca, como las que había visto en Palestina hacía años, cuando había viajado para conocer la tierra donde había empezado todo.

– ¿Aquí?

– Es donde nos solemos reunir… – explicó su amigo, mientras se subía a un peñasco un tanto más alto. – Él se coloca aquí y…

– ¡¿Marco?!

El gigante se giró hacia la nueva voz, alerta, como si temiera algo: De entre los matorrales apareció entonces un hombre anciano, más bien bajo (y aún más lo parecía al lado del liberto). Sus rasgos, a pesar de los achaques propios de una vejez no muy avanzada, también diferían de los de Marco, que era fornido y lampiño. Éste, sin embargo, era enclenque y contrahecho y, como Judas, lucía una espesa barba que crecía por debajo de una nariz ganchuda que dejaba entrever que, al igual que el alejandrino, su árbol genealógico hundía sus raíces en la casa de Abraham, Isaac y Jacob.

– ¡Pablo!

Los ojos del joven peregrino se abrieron como platos al escuchar el nombre del hombre al que había ido a visitar mientras su anfitrión se fundía en un cariñoso abrazo con el recién llegado. Aquel hombre pequeño, débil y contrahecho, poco agradable a la vista, en definitiva, era, en realidad, un verdadero gigante en su interior.

– Vi arder vuestras casas y temí lo peor – confesó Pablo, separando a Marco de sí y sonriendo. – ¿Tu eres Judas, el alejandrino?

– Sí, rabbî.

– No me llames maestro – le abrazó también a él, sin variar su gesto. – Paz para ti, hermano Judas. Siéntate, creo que tenemos mucho de qué hablar.

Ambos se sentaron sobre una de las rocas y el egipcio comenzó a preguntarle, cualquiera diría que de una forma demasiado avasalladora, todas las dudas que inquietaban su ánimo desde que, por primera vez, siendo aún muy joven, había escuchado las Palabras de Vida que les había transmitido el insigne Apolo.

Por eso, precisamente, había abandonado Alejandría siguiendo los pasos de aquel hasta las tierras de los helenos, hasta Colosas, donde había oído hablar de un hombre mucho mayor, mucho más grande, mucho más sabio: de Pablo.

Sin embargo, al apóstol no pareció importarle la premura de los interrogantes que planteaba su interlocutor. Todo lo contrario: escuchó con paciencia el aluvión de cuestiones y, levantando levemente la mano para tranquilizar a su nuevo amigo, comenzó a hablar una vez Judas calló, tratando de responder a todas ellas de forma pausada y clara.

No parecía que hablara él, sino los Ángeles del Buen Dios, que habían uso de tan endeble locutor para exponer mensajes más propios de los héroes clásicos que había conocido en la escuela, grandes hombres capaces de las gestas más osadas y de la dulzura más liviana.

Pero el físico importaba poco, sino que sus palabras llegaban tan profundo en el alma del joven Judas que apenas se dio cuenta de que pronto ya no estaban ellos tres solos, sino que una multitud de entregados espectadores les rodeaba escuchando con la misma devoción que el médico las palabras del maestro.

– Por eso os digo: debemos ser cautos ante las obras de la carne – decía. –Debemos estar despiertos, alerta, pues el diablo nos ronda cual león rugiente y nunca sabremos cuando…

– ¡Hermanos! ¡Hermanos!

Graco, un esclavo que trabajaba al servicio del mismísimo Emperador Nerón, había aparecido corriendo por el sendero que comunicaba el improvisado y natural areópago con la Via Ostia. Sofocado, tuvo que pararse a recuperar el aliento antes de proseguir hasta el centro de la asamblea.

– ¡Pretenden culparnos a nosotros!

– Tranquilízate, hijo mío… – trató de intervenir Pablo. – ¿Qué ha ocurrido?

Al parecer, Graco había escuchado sin querer una conversación entre dos miembros de la Guardia del Pretorio que afirmaban que todo había sido un ardid del infame Nerón y que pretendían culpar de ello a los cristianos. Al escucharlo, había salido corriendo a avisar al resto del peligro en el que se hallaban y también había conseguido enviar a alguien a alertar al grupo de Pedro, el primero de entre los discípulos de Nuestro Señor, quien también habitaba en la Urbe.

Sorpresa, miedo, nerviosismo, inquietud… La férrea mezcolanza de sentimientos que acudió a cernirse sobre los corazones de los allí presentes arrebató la profunda paz de espíritu que se había apoderado de ellos a través de las palabras del predicador palestino. Ahora todo era caos, todo era desánimo. Ahora la paz no era más que un recuerdo del pasado.

– ¡No temáis! – insistía el anciano. – ¡No temáis!

Pero el pánico es un arma demasiado poderosa. Oculta la razón y desvía el juicio de los hombres. Movida por el terror, la comunidad se disolvió de una manera tan escandalosa como discreta había sido su llegada. Tan sólo Judas, impertérrito, permanecía junto a Pablo.

– ¿Qué podemos hacer ahora, maes…?

– Rezar, hijo mío – contestó él. – Rezar.

Los días siguientes podrían definirse con una sola palabra: confusión. Algunos afirmaban que el regreso glorioso del Señor era inminente; otros elucubraban acerca de las causas humanas de lo ocurrido; otros, los menos, vivían totalmente al margen de lo sucedido, si es que eso podía ser posible. Había ardido buena parte de Roma. Había ardido el mundo.

Judas fue un testigo excepcional de aquellos días convulsos. Pablo le había acogido en su casa y, desde allí, pudo comprobar el nerviosismo que, para toda la comunidad, había supuesto la marcha de Pedro, el que había visto al Señor, y su vuelta para entregarse a manos del César.

Aquella misma tarde de la vuelta del primer apóstol, el alejandrino pudo acudir a la colina Vaticana y observar con terror de aquel loco coronado de laureles. El pescador galileo, sin embargo, no dudaba: daría su vida en la Cruz, del mismo modo que, años atrás, había hecho el hombre al que más había amado.

No llegó a pasar una semana cuando, reunidos en oración en el lugar habitual, fueron apresados muchos de los que estaban con Pablo, y el mismo maestro de Tarso fue llevado con ellos. Judas, milagrosamente, pudo escapar y, dos días después, fue a visitarlo en prisión.

– Tranquilo – le sonrió el anciano. – No es la primera vez que estoy en la cárcel.

– Pero…

– Acuérdate de Jesucristo, nuestro Señor – le interrumpió, con aquella perenne sonrisa en la boca. – Él murió para rescatarnos. Él resucitó de entre los muertos… Si morimos con Él, viviremos con Él. En Él está nuestra salvación. Confía en Él, Judas, como confiaste en mí.

Arengado por la fe de aquel enclenque fariseo, Judas logró regresar a Alejandría. Transmitiría lo que había aprendido de Pablo a sus paisanos, llevaría esa esperanza que él le había ayudado a afianzar y anunciaría el Evangelio de Jesucristo a todo hombre.

Un mes más tarde, unos mercaderes cartagineses que habían conocido la Buena Nueva, llevaron la noticia al puerto egipcio de que aquel rabino llamado Saulo por unos y Pablo por otros había sido decapitado por orden del César y que había sido enterrado por sus discípulos, aquellos que habían logrado eludir la misma suerte, en aquel pedregal junto a la Via Ostia, donde su cuerpo esperaría pacientemente el tan ansiado por él regreso glorioso del Señor.
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rido
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Re: Concurso mensual (II)

Mensaje por rido »

Venía yo precisamente a lo mismo... bueno, mejor, menos trabajo xD

Me parece buena idea lo de mandárselo a Taborda, pues ^^
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