Soy Ereum, me gusta One Piece (lógico), escribir aunque se me dé como el culo, tocar el violín y el piano como Brook, el japonés, el inglés, la química, el Diablo II (genial videojuego para frikis que nunca nunca nunca pasará de moda
En cuanto a las cosas que odio, están el color rosa, las lentejas (puaj!!), la gente que va de chula, los trolls, los spams, el WoW (videojuego online para mí odioso donde los haya, perdón si hay alguien a quien le guste
La historia de todo esto viene de que me puse a escribir un FanFic de One Piece. En principio la iba a hacer por satisfacción personal, pero luego dije... ¿qué mejor que presentarse en el foro dando a conocer mi obra? Y aquí estoy, esperando aceptación, comprensión, cariño, amor... Ups, que se me va la olla. Bueno, lo dicho, me apetecía dar a conocer este proyecto que me gusta escribir a las 2 de la mañana si puede ser; cuando todo está en silencio me siento más inspirado.
Antes de terminar este tostón querría que todos supierais lo que me gusta sobre mi creación:
Me gusta cuando la gente dice: "Tu fic está muy bien, ¡¡¡continualo!!!". Sientes que por lo menos una persona ha leído tu obra, y eso satisface muchísimo a cualquiera, sobre todo lo sabrán los que escriben asiduamente.
Me gusta aún más cuando la gente comenta: "Me gusta que en tu fic haya tal tal tal tal... Es muy bueno, ¡¡¡continúalo!!!". Sientes que aparte de que lo lean, gustas a la gente. Y eso te hace continuar con ilusión el fic, lo que a la vez hace que salga mejor.
Pero aún me gusta mucho más cuando los comentarios son tipo: "Me gusta mucho el relato, deberías continuarlo. .............. es lo que más me gusta, es muy gracioso/interesante/emocionante... PERO DEBERÍAS MEJORAR EN ..............". Ahí está la clave. Cuando alguien te dice en qué deberías mejorar para que a la gente le resulte más agradable leer lo que escribes, entonces tu fic mejora, y mucho. Porque cuando alguien escribe, normalmente no es consciente de sus errores. O si lo es, no sabe como remediarlo. En cambio, si alguien de fuera te dice cómo puedes arreglarlo para que quede mejor, entonces es muy positivo. Este tipo de comentarios, a mi gusto cuantos más, mucho mejor.
Buah, os voy a aburrir en mi primer post xD. Bueno, espero que tengáis en cuenta lo que he dicho, espero también hacer muchos amigos, conocer gente, etc... y sobre todo que os guste mi fic.
¡¡¡Aaaah, se me olvidaba!!! Soy jodida y absolutamente pésimo para elegir los títulos (tanto de la obra en sí como de los capítulos). Tengo pensado, una vez que el fic avance un poco, en hacer una encuesta donde pondré ideas vuestras en cuanto al título, para poner uno que sea adecuado. Pero bueno, eso se irá viendo, por ahora es un proyecto.
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Tras pensarlo un poco, he decidido poner en el primer post un índice con todos los capítulos juntos, para no tener que ir buscándolos uno por uno, y más cuando se alargue el fic, que espero que haya que cambiar de página
Prólogo:
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- PRÓLOGO
Pesadilla
Como tantas otras noches, caía al vacío, sin que nada lo retuviese. Pero muy lejos de sentirse libre, se estremecía de terror. Porque, además, sabía lo que venía a continuación: caía con estrépito sobre la superficie del agua, un agua fría y desagradable. No podía moverse, el miedo paralizaba su cuerpo y sus sentidos; era una horrible sensación de impotencia la que se apoderaba de él, por no poder luchar, por no poder dominarse.
Por no poder despertar.
Porque él sabía que estaba soñando, conocía demasiado bien la situación. Tenía la sobrada certeza de que acabaría en algún momento… siempre más tarde de lo que desearía.
Y, mientras, se hundía más y más en el agua. Si alguien, en alguna parte, controlaba sus sueños, sencillamente era cruel.
Incluso podía sentir con total claridad la presión que el agua ejercía sobre su cuerpo, el dolor de sus pulmones por la falta de aire. Y seguía bajando, hundiéndose como un navío abandonado. A su suerte.
Entonces, el dolor se hacía más agudo, el terror más intenso. Todo era oscuridad a su alrededor, y la falta de aire y la presión del agua se hacía más insoportable a cada segundo que pasaba. De poder haber gritado, lo habría hecho, con todas sus fuerzas, tan sólo para liberar una pequeña parte del miedo que sentía, que lo atenazaba, que lo torturaba.
El dolor seguía aumentando, y cuando, de no haber estado soñando hubiera muerto hacía ya rato, cuando la presión se volvía tan intensa que hubiera hecho estallar su cuerpo en mil pedazos, cuando el miedo se volvía tan irracional que habría enloquecido de puro terror, solamente entonces, acababa bruscamente.
Sí, definitivamente era cruel.
Se incorporó sobre la cama de un rápido movimiento, con gotas de sudor frío recorriendo toda su piel.
“Ha acabado. Una vez más, ha acabado”, pensó.
Pasó una mano por su cabello castaño, intentando poner en orden sus ideas. Era normal sentirse aturdido, tenía ya experiencia en esa clase de pesadillas. Al principio, cuando empezaron a rondarle esos malos sueños, se tumbaba de nuevo y comenzaba a derramar sus lágrimas sobre la almohada, lamentándose de que dormir fuera una necesidad básica. Ahora, sin embargo, se limitaba a no darle importancia, a aceptar que el fantasma de sus pesadillas seguramente le perseguiría por siempre.
Volvió a recostarse, intentando reconciliar el sueño. Podía parecer suicida, pero apenas había dormido esa noche un par de horas, y debía descansar.
“Aunque, sin duda, volverá”, se recordó a sí mismo.
A pesar de todo, no consiguió volver a dormirse, ya que el miedo volvía a golpearle con la fuerza de un grueso mazo cada vez que se sumergía en la vigilia. Cuando, tras un rato de dar vueltas sobre la cama, desistió, pensó que igual necesitaba despejarse un poco.
Se incorporó y lentamente se puso en pie, avanzando con paso cansino hasta la ventana de su pequeña habitación. La abrió, y una ráfaga de refrescante aire nocturno le revolvió el pelo y le hizo sentirse mejor. Agarró con sus manos los bordes de la ventana, y con un rápido movimiento pasó sus piernas a través de ella, quedándose sentado en el alféizar.
Contempló largamente el paisaje, con ademán pensativo. Ante él se desplegaba un manto de bajas casas blancas, que tenían un aspecto humilde pero a la vez acogedor.
Le gustaba mucho el pueblo. Se encontraba situado en una pequeña isla antes de llegar al Nuevo Mundo, muy próximo a la Red Line. Las temperaturas eran suaves a lo largo de todo el año, lo cual hacía a la isla un lugar apetecible tanto para vivir como para visitar. Las gentes de la pequeña villa eran alegres y joviales. Los adultos, gente trabajadora y honesta que hacía todo lo posible por mantener la felicidad de sus familias. Los ancianos, personas sabias y experimentadas. Entre algunos de ellos, se encontraban grandes guerreros piratas, en los cuales el paso de los años había ido haciendo mella. Ahora se habían trasladado al pueblo para vivir la última etapa de su vida de forma tranquila y pacífica, y cuando a alguno de ellos vencía la muerte, el pueblo entero se estremecía. Había un fuerte vínculo entre todas las gentes.
Los niños que habitaban allí representaban gran parte del espíritu del lugar. Siempre había en las plazas grupos jugando, o peleando amistosamente. Nunca rechazaban a quien quisiera unirse a ellos.
Antaño, él mismo había pasado ratos de ocio con los chavales, pero no se caracterizaba por ello. Siempre había sido una persona solitaria, y si bien se mostraba amable con la gente y no daba impresión reacia, no le agradaba demasiado la compañía. Y menos ahora, que acababa de cumplir los dieciséis años.
En vez de todo eso, pasaba la mayor parte del día paseando por el pueblo, respirando la suave brisa, o bien en su casa descansando. O dibujando.
Le encantaba dibujar. Le apasionaba hasta tal punto que se pasaba muchas noches en vela sentado frente a su pequeña mesita, dibujando de todo: barcos, mapas, espadas… En especial le gustaba dibujar katanas; se esmeraba en que quedaran bien diseñadas. En parte mantenía ocupada su mente con los dibujos para que las pesadillas no lo atormentaran, pero el sueño siempre acababa venciendo la batalla.
Repartió su vista por todo su pueblo, hasta llegar al horizonte, donde casi podía sentir el azul del mar. Normalmente, lejos de resultarle agradable, su odio hacia el agua le obligaba a apartar la vista. Podía llamarse extraño, ya que a todos en el pueblo les encantaba bajar a la playa, a bañarse y tomar el sol, a relajarse los días que podían. Pero él nunca había sido como los demás, y lo aceptaba. A veces le gustaría poder jugar y divertirse con los otros chavales de su edad (que en realidad eran pocos en la isla), pero cuando lo intentaba, sentía que desencajaba enormemente. Y eso era algo que no lo molestaba ni lo entristecía, como era de esperar, sino que era parte de él, como sus ojos o sus manos.
En el pueblo siempre le habían dicho que era un chico misterioso. Él tampoco se sentía así, simplemente era como era, y los demás debían aceptarlo. Se describía a sí mismo como una persona tranquila, que disfrutaba de la soledad, a la que le gustaba dar paseos por el pueblo o alrededor del bosque, el cual rodeaba las casas como un vallado. Tampoco le había hablado nunca a nadie de sus pesadillas, no le gustaba preocupar demasiado a la gente, y de todas formas no encontrarían la solución. Se había preguntado muchas veces sobre de dónde vendría aquel miedo al agua tan intenso, pero nunca encontraba un motivo lógico. Siempre había estado ahí, desde que tenía uso de razón.
Aquella noche no durmió nada bien. El mal sueño regresó en cuanto se volvió a dormir, derrotado por el cansancio, y cuando por fin el disco solar asomó por el horizonte, se sintió aliviado, a pesar de que le dolía el cuerpo de haber estado dando vueltas en la cama continuamente. Se vistió los pantalones rojos, las botas, y sin camiseta salió de su casa para dar un paseo por el bosque, que en ese momento era lo que más le apetecía. Ni siquiera se molestó en desayunar, no tenía apetito. En el bosque nunca había nadie, y podía disfrutar a gusto del silencio que lo envolvía.
Eso sí, acercarse al río ni soñarlo.
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- CAPÍTULO 1
Tierra a la vista
El sol ya comenzaba a declinar bajo la línea del mar, y sus rayos todavía sobresalían, como sin querer escapar. Poco a poco, la gran esfera se fue escondiendo, como tragada por una gran boca hambrienta. Una puesta de sol vista desde un barco, con el arrullo de las olas y la limpia y agradable brisa marina, con el azul del mar envolviendo cada rincón, era uno de los espectáculos más bellos que se podían encontrar.
El espadachín, embriagado por el movimiento del barco, que se mecía lentamente sobre el agua, ya comenzaba a cerrar los ojos. Esa noche le tocaba guardia, pero siempre se quedaba dormido. No importaba, de hecho, ya que sus agudos sentidos le avisaban sobre cualquier peligro, despertándolo. Antes de sumirse por completo en su sueño profundo, algo en la lejanía captó su atención. Frotó su cara con las manos para despejarse, y entornó los ojos para ver con más claridad. No, no lo había imaginado, llegaban a una isla.
Sabía lo que sucedía cada vez que descubrían un nuevo destino: El capitán empezaba a dar saltos de alegría con los ojos brillantes, la navegante se preparaba para estudiar el clima de la isla, el tirador fanfarroneaba acerca de los amigos que tenía en el lugar, el doctor junto con la arqueóloga se disponían a visitar alguna librería, el cocinero deseaba poder conocer y comprar más comida, el músico ansiaba poder tocar su violín en algún espectáculo, el carpintero se preparaba para poner el navío a punto en pos del desembarco… siempre igual.
“Maldición, justo cuando empezaba a conciliar el sueño…” gruñó, molesto. Pero su deber como vigía le obligaba a informar a todo el mundo de la situación.
El espadachín solo esperaba que pudiera tomar una botella de sake bien frío y relajarse un poco. Tampoco necesitaba más. Recorrió con su mirada la superficie del barco, y vio al capitán recostado en la barandilla, durmiendo. “Eso debería estar haciendo yo”, afirmó para sí, aún más cabreado. Seguramente estaría soñando con un gran trozo de carne.
- ¡Luffy! – le gritó al capitán. - ¡Acabo de ver una isla! – añadió mientras bajaba de un salto de lo alto del mástil, donde se encontraba. Se dirigió con paso decidido hacia él, pero la puerta de la cocina se abrió estrepitosamente. Tras ella apareció Sanji, el cocinero rubio.
- ¿Qué son esos gritos, cabeza de alga? – preguntó, empezando un cigarrillo.
“¿Pero acaso puede salir todo peor?”, pensó desesperado el espadachín.
- Si pegas esos portazos, asustarás a todos. – le dijo, ignorando el insulto del cocinero. – Además, ¿qué haces aún levantado? Esta noche me tocaba la guardia a mí.
- Bueno, me levanté a beber un poco de agua, nada más.
- Está bien – suspiró Zoro, el espadachín -. Decía que acabo de…
Una voz le interrumpió.
- Maldición, ¿qué hora es? Tengo hambre… ¡Sanji, comida! ¿Zoro? ¿Qué haces ahí? ¡Qué hambre! ¡Comida! ¡Comida! ¡Comidaaaaa! ¡¡¡Me muero de… - Luffy cayó al suelo cuan largo era, interrumpido por un golpe en la nuca. La navegante, Nami, acababa de aparecer tras él.
- Cállate de una vez, me pones histérica. ¿Qué pasa, qué son esos gritos?
Zoro respiró hondo y optó por mantener la cabeza fría. “Quizás si me hubiese escapado cuando tuve ocasión, ahora no tendría que aguantar a estos idiotas…”, pensó, recordando el día que Luffy lo rescató de la Marina, tiempo atrás. Parecía haber pasado una eternidad desde aquello. Dirigió su mirada a la navegante.
- Nami, acabo de ver… - su voz quedó interrumpida de nuevo a causa de una horrible música provinente de la proa del barco. La voz del esqueleto Brook, el músico, sonó estridente por todo el navío.
- ¡El sol sale desde las montañas! ¡¡¡Hora de levantarse!!! ¡Ah, pero si no es de día! – vociferó el esqueleto, que ya se había reunido con todos. Repartió su vista entre los presentes, para encontrarse con la mirada fría y asesina de Zoro. Decidió cerrar la boca.
- Espero no ser interrumpido esta vez – continuó Zoro –. Como iba diciendo, acabo de ver… - y señaló con el dedo el horizonte - …que nos acercamos a una isla.
- Vaya, tierra firme. Ya era hora – comentó Nami, al tiempo que miraba su Log Pose. Se acercó a la barandilla del barco y miró hacia donde señalaba el espadachín. Efectivamente, una isla no muy grande se distinguía a lo lejos – Bien, el Log Pose apunta directamente allí. Será nuestra próxima parada. Yo debería ir a ver si averiguo algo acerca del clima de la isla.
- Tenía ganas de pisar tierra firme. Además, tendría que comprar algo de comida. Se nos acaban las provisiones – dijo Sanji, exhalando una bocanada de humo.
- Sí, y a mí me gustaría visitar alguna librería, si hay. – la silueta de Robin, la arqueóloga, se hizo visible acercándose desde la proa del barco.
Zoro sonrió. De momento no se había equivocado en cuanto a lo que dirían sus compañeros al oír la noticia. “Mucho tiempo juntos”, admitió para sí.
- ¿Qué le ha pasado al capitán? – preguntó Robin con una carcajada contenida. Había advertido el enorme chichón en la nuca de Luffy.
- Bueno, no se callaba y tuve que tomar medidas. Tendremos que despertarle – dijo Nami, y se encogió de hombros.
- De eso me encargo yo - afirmó Brook con seguridad, acercándose a Luffy. Acto seguido, comenzó a tocar una horrible melodía, que hizo que la cara del capitán se crispara por el desagrado. Se incorporó bruscamente con expresión desconcertada.
- Eh, Luffy, acabamos de ver una isla. – le informó Zoro. El capitán abrió mucho los ojos, y enseguida corrió hacia el extremo de la popa.
- ¡Sí, genial! ¡Puedo verla! ¿Habrá carne? – comenzó a gritar, con los ojos brillantes de la emoción. Otro pronóstico acertado de Zoro.
- No tiene remedio… - murmuró resignado Sanji, mientras se retiraba hacia las habitaciones – Iré a avisar a los demás. Debemos estar preparados para desembarcar, aunque sea noche cerrada.
El chico había vuelto a casa de su paseo, y se había puesto a dibujar sobre su mesita. Había comenzado a trazar el boceto del bosque que acababa de visitar, intentando plasmar su silencio y tranquilidad sobre el papel. Para qué negarlo, se le daba francamente bien eso de dibujar. Sentía que era una forma de expulsar y expresar sus sentimientos, ya que no era capaz de hacerlo mediante las palabras.
Pero cuando despertó, no sabría decir cuanto tiempo después, le dolía salvajemente el cuello y la espalda. Se había dormido sobre la mesa, y cómo no, la pesadilla había vuelto. Descubrió que el dibujo del bosque que había hecho y que estaba casi terminado, ahora presentaba unas manchas emborronadas. Y su cara estaba un poco húmeda. Se llevó la mano a los ojos con cuidado, y recogió sin querer una lágrima discreta: había estado llorando mientras dormía; no era la primera vez que le pasaba.
Seguramente el cansancio acumulado de la otra noche, en la que no había dormido nada, le había pasado factura de golpe. Tal como había hecho la vez anterior, se sentó sobre el alféizar de la ventana. Descubrió que el sol acababa de esconderse, y la luna iluminaba el paisaje con claridad. Procuró no mirar directamente al mar, pero aquella vez, sin embargo, algo en la lejanía captó su atención. Tuvo un mal presentimiento, y cuando a través de la transparente oscuridad de la noche la silueta de lo que se acercaba se volvió más nítida, un sentimiento mezclado de terror y odio invadió su cuerpo y su mente. Lo que lentamente avanzaba hacia su isla eran las velas de un barco.
Golpeó fuertemente con el puño el alféizar, y se mordió el labio inferior, haciéndose daño.
Era un barco pirata.
- ¿Alcaide Magellan? ¿Alcaide? ¿Está usted ahí? – un oficial de la Marina andaba con paso nervioso por el pasillo de la cárcel. No le gustaba especialmente el lugar; aparte del calor, era húmedo y oscuro, y eso de las celdas con los presos por todos lados le incomodaba un poco. Él estaba más acostumbrado a tranquilas reuniones con sus superiores cercanos, en las salas luminosas y confortables de la fortaleza H-6, su lugar natural de emplazamiento. Pese a ello, hacía muy poco que le habían trasladado a Impel Down, donde se encontraba ahora. Lo mismo había pasado con algunos cientos de oficiales más, que ahora se encontraban divididos entre otras bases de la Marina, o también en aquella misma cárcel. Si esos malditos revolucionarios no hubieran tomado la fortaleza, ahora se encontraría bebiendo un café en su pequeña salita, mientras esperaba que le llegara el turno de guardia. Decidió no pensar en ello, y se centró en el problema que se le venía encima. A él le habían asignado el papel de dar la noticia al jefe, y un oficial de la Marina no debía amedrentarse. Por mucho que le aterrorizara el alcaide.
La voz de Magellan resonó tras una puerta al final del corredor. La puerta del baño. Unos instantes después, los pasos del jefe de Impel Down, la cárcel más importante del Gobierno, hicieron eco a través de todo el pasillo. El oficial esperó pacientemente a que llegara junto a él, adoptando la pose erguida de un subordinado cuando se dirige a su superior.
- ¿Qué quieres ahora? ¡Todo el mundo sabe que no estoy de humor en mis ataques de diarrea! – exclamó enfurecido, mientras dirigía su mirada al marine.
- Verá, alcaide Magellan… - bajó la mirada e hizo una pausa; no sabía por donde empezar. El jefe se enfurecería sí o sí, así que decidió soltarlo todo del tirón. - … resulta que en el Nivel 6 de la prisión, alguien ha conseguido burlar las defensas y… ha huido. Tenemos varias bajas de oficiales en toda la prisión, nada importante, de hecho. Parece que el preso se ha tomado la molestia de pasar desapercibido, y solo ha matado a quienes consideró necesario.
- ¿¡QUÉ!? ¡Eso es absolutamente imposible! ¿Y en el Nivel 6? Nadie es lo bastante poderoso como para escapar de este lugar tal y como se encuentra ahora, y mucho menos del nivel más profundo. – más que molesto, el alcaide estaba impresionado. Aquella cárcel era el edificio más impenetrable de todo el mundo, por algo era la prisión más importante del Gobierno. Si se hacía pública la noticia de que alguien había conseguido escapar, sería fatal para la Marina; seguramente los piratas tomarían confianza y las rebeliones serían constantes, y eso era algo inadmisible - Dime, ¿quién ha sido el desgraciado?
“Esto no le va a gustar nada. Si salgo vivo de aquí será un milagro”, pensó el oficial, bajando la mirada.
- Verá, jefe, se trata del preso número… - hizo una breve pausa, pero la impaciencia de Magellan le hizo continuar - … del preso número 754.
El soldado no pudo seguir hablando, ya que notaba cómo iba quedando dormido. Su vida se le escapaba gota a gota, gracias al efecto del veneno de Magellan. Un veneno producto del enfado, o simplemente de la incredulidad.
- No puede ser. Hay que avisar al Gorousei – murmuró para sí, mientras reflexionaba sobre la noticia. Un demonio andaba suelto por el mundo.
Nami se encontraba apoyada sobre la barandilla del barco, mirando hacia su nuevo destino. El lugar parecía apacible, el tipo de isla con temperaturas suaves, y eso la reconfortó. Acababan de salir de un barco fantasma, y necesitaban urgentemente unas vacaciones. Se dirigió con paso lento hacia Luffy, que se encontraba sentado sobre la barandilla al otro extremo de la popa.
-La isla parece agradable. Puede ser el momento de tomarse un descanso – dijo mientras acababa de llegar junto a su capitán.
-Nami… ¿podremos ir a comer carne? ¡Me muero de hambre! Hace años que no como nada… - dijo Luffy, mientras hacia una mueca. Pese a haber terminado de comer hacía unos minutos el resto de las provisiones que quedaban en el barco, Luffy no parecía cansarse de engullir. Poco importaba, de todas formas, en la isla podrían abastecerse. Sin esperar respuesta, el capitán bajó de un salto de la barandilla, y se dirigió corriendo hacia la cocina. Tras no encontrar nada en la despensa, optó por subir a lo alto del mástil para ver mejor.
“En fin, al menos podremos descansar y olvidarnos un poco de todo”, pensó Nami.
El chico bajó corriendo por el camino de tierra hacia la costa, con el corazón latiéndole fuertemente. Tal como esperaba, la gente de la aldea ya sabía la noticia, y pese a que el sol ya se había escondido por completo, un pequeño grupo se distinguía en la playa. Llegó exhausto hasta la fina arena, y repartió su mirada, ya que la luna se encontraba llena y lo iluminaba todo con una luz transparente. Había más gente de la que había esperado, alrededor de unos sesenta hombres, que portaban palas, rastrillos, antorchas… Todo lo que pudiera servir como arma. Los que tenían mayores recursos llevaban escopetas de caza, que se contaban por un total de doce o trece. Las mujeres y los niños se habrían quedado en casa, esperando que todo se solucionara.
“Maldición, ya están muy cerca”, pensó, y miró al barco pirata que se iba acercando sin variar el rumbo.
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- CAPÍTULO 2
Llegada
Extrañamente, cuanto más se acercaban, más crecía el mal presentimiento de Nami. Tenía la sensación de que no serían bien recibidos en aquella isla. Lo cual carecía de fundamento, ya que no conocían nada de aquel lugar, ni tampoco de sus gentes. Pero la intranquilidad de la navegante no hacía más que aumentar.
- Así que tú también lo has notado… No podía ser la única – dijo a su espalda Robin, esbozando una sonrisa. Sin duda había advertido la cara de preocupación de su compañera.
- Sí, tengo la intuición de que algo va mal, pero no sabría decir el qué. Por si acaso, les diré a los chicos que mantengan la guardia alta. No sabemos que puede haber allí, y siempre es mejor prevenir que curar – respondió Nami, y seguidamente se dirigió a la proa del barco.
Se encontraban allí Luffy, Sanji, Usopp, Chopper y Brook, discutiendo animadamente. Mientras Luffy gritaba que lo primero que haría sería visitar algún buen restaurante, Nami alzó su mirada para ver a Zoro en la cima del mástil, preparándose para recoger las velas en cuanto fuera necesario.
- Eh, chicos, Robin y yo tenemos un mal presentimiento sobre el lugar al que nos dirigimos – comenzó a decir mientras llegaba junto a todos -. Solo es una intuición, pero me gustaría que mantuvierais los ojos abiertos, por lo que pudiera pasar. No quiero más disgustos –. Haciendo caso omiso de las palabras con voz melosa de Sanji, se dirigió hacia el extremo de la proa y le comunicó lo mismo a Franky, el carpintero, que se encontraba comprobando el mecanismo del ancla. En unos minutos tendrían que soltarla.
- Bah, Nami es una agorera –oyó decir a Luffy-. ¡Yo solo espero que haya mucha carne! – dijo, riendo y gesticulando con las manos.
“No podemos mostrarnos débiles ahora. Debemos valernos por nosotros mismos, aunque el Viejo no esté” pensó el chico, pero lo cierto era que las dudas y la inseguridad asaltaban su corazón. Si no podían defenderse ellos mismos, ¿cómo iban a defender el propio pueblo? Mientras tanto, el barco pirata se acercaba cada vez más, y ya se podía distinguir el mascarón de proa. Una especie de… ¿león? A pesar de eso, el navío no parecía muy grande, lo que significaba que no podía albergar una gran tripulación, y eso le dio confianza. Si se trataba tan solo de escoria pirata podrían acabar con ellos.
- Oye, chico, ¿vas a pelear sin un arma? – le dijo un hombre de mediana edad, acercándose a él-. Esto te servirá, al menos – y le tendió una pequeña daga, que él aceptó agradecido. No le hacía mucha gracia tener que pelear contra unos piratas, pero si quería ayudar al pueblo y a su gente tenía que ser así. Arriesgaría su vida.
Tras unos minutos de espera, finalmente avistaron el barco en todo su esplendor. Tal como parecía de lejos, no era grande, lo suficiente para albergar unas catorce o quince personas. El mascarón de proa efectivamente representaba un león… ¿o era un sol? Pero lo que más le llamó la atención fue la bandera. Tenía la sensación de haber visto ese símbolo en alguna otra parte, y además muy recientemente, pero no sabría decir dónde.
Esperó algunos minutos más, que se le hicieron eternos, mientras el corazón amenazaba con salírsele del pecho. Sabía manejar una daga con cierta destreza, pero no sería suficiente si los piratas eran experimentados. La gente de la playa se encontraba igual que él, presos de la excitación. Al parecer, ninguno se había fijado en la bandera.
En la costa había… ¿gente? Robin se extrañó un poco de la situación. No era normal aquel recibimiento en una isla, y menos aún si no la conocían. Cuando, tras un pequeño periodo de tiempo, el acero relució ligeramente en la oscuridad, fue la navegante quien habló.
- Ahí está el presentimiento. Van armados – resumió.
- Así es. Perfecto, ni siquiera hemos desembarcado y ya hay pelea. Joder. – refunfuñó molesto Sanji, que acababa de llegar junto a ellas.
Aún tardaron un par de minutos en llegar a la costa. Zoro terminó de recoger la vela y Franky soltó el ancla. Uno a uno, fueron bajando del barco, pero apenas tocaron tierra, el grupo de hombres se les echó encima a la carrera, con las palas y rastrillos en alto. Y ellos que habían pensado que serían espadas…
- No parecen peligrosos. Yo me encargo – dijo Zoro, que había sido el último en bajar.
Ni siquiera el cocinero opuso resistencia. A nadie le apetecía luchar en aquel momento. Unos segundos después, Zoro desenvainó una de sus katanas, y en un par de movimientos acabó con todos los atacantes, que cayeron al suelo. Había sido fácil.
- ¡Zoro, no eran una amenaza! ¡No tenías por qué pasarte tanto! – le recriminó el doctor Chopper.
- Eh, eh, tranquilo. Les he dado con el dorso de la espada – se defendió el aludido, encogiéndose de hombros. En efecto, en la arena no había ni una gota de sangre.
Poco después, uno de los hombres se levantó y gritó algo, tras lo cual varios más los siguieron. Los que aún quedaban en la arena se miraron entre ellos, aturdidos, y después salieron corriendo como sus compañeros. Escapaban hacia el centro de la isla, pero los tripulantes no se molestaron en perseguirles.
Luffy, por su parte, que había estado contemplándolo todo desde la retaguardia, se encontró con la mirada de un chico joven, que aún no había huido con los demás. Una mirada extraña, que le hizo sentirse un poco incómodo.
“Tengo que huir. O me matarán.”, se repetía mentalmente una y otra vez. Pero lo cierto era que no podía moverse. Su mente y su cuerpo se encontraban desconectados por una extraña razón, y su mirada seguía fija en aquel pirata del sombrero de paja, que también lo miraba a él, y una mezcla de sentimientos lo invadieron: rabia, odio, miedo… Todo junto, como un torrente desbocado, e hizo que se mareara un poco. Rompió su contacto visual, y echó un vistazo al grupo que había bajado del barco. Aparte del chico del sombrero, había seis personas más de aspecto algo extravagante, un esqueleto y un pequeño ciervo. ¿Un esqueleto? Sí, se estaba mareando.
“¿Cómo ha podido uno de ellos derrotar tan fácilmente a sesenta hombres?”, pensó, mientras posaba su mirada sobre el espadachín, que había vuelto a envainar la katana. Tenía un aspecto terrorífico, y supuso que sería el capitán de la tripulación.
Mientras su cuerpo seguía incapaz de moverse, la banda se acercó con paso lento. Al verles más de cerca, lo cierto es que no parecían tan peligrosos. Es más, no parecían en absoluto peligrosos. Una ola de extraña confianza le invadió, y como movido por un resorte, comenzó a caminar hacia ellos. Aunque escondió la daga que le había dado aquel hombre en un bolsillo, solo por si acaso.
“¿Por qué no se habrá ido con los demás? ¿Acaso busca pelea?”, se dijo a sí mismo Sanji. No parecía dispuesto a salir corriendo, de todas formas, incluso estaba caminando hacia ellos, por tanto decidieron acercarse para hablar con él, y así quizás averiguar por qué les habían atacado los hombres de la isla. Luffy se adelantó un poco del resto, inconscientemente.
Cuando llegaron junto al chico, pudieron observarle con mayor detalle. Rondaría los diecisiete años. Era alto, como los mismos tripulantes. Llevaba el corpulento torso descubierto, pese a ser de constitución delgada, lo que le daba un aspecto ligeramente salvaje, y vestía unos pantalones rojos con grandes bolsillos hasta por debajo de las rodillas. Calzaba unas botas negras no muy gruesas. Su cabello castaño le caía por la nuca en largos mechones desordenados, pero sin embargo no daba la sensación de que necesitara peinarse. Su rostro era una máscara impenetrable, y tenía unos grandes ojos negros puestos en el capitán, como hacía unos segundos, que dejaban entrever algo que estaba misteriosamente oculto tras una sombra. Su mirada era increíblemente intimidatoria.
La imagen, en general, inspiraba respeto, algo bastante impropio en alguien de su edad. Su rostro seguía siendo inescrutable, y su mirada continuaba fija en el capitán. Fue este quien rompió el silencio.
- Hola, mucho gusto en conocerte. Somos una banda de piratas que hemos llegado a esta isla sin intención de invadirla ni de hacer daño a nadie. Lo único que deseamos es poder comer y descansar, llevamos a nuestras espaldas un largo viaje – dijo, en un tono de voz muy calmado, absolutamente impropio del capitán Luffy. Además, esas presentaciones tan cuidadas también chocaban demasiado con su despreocupada personalidad. Eso no le gustó demasiado al cocinero. - ¿Cómo te llamas? Yo soy Luffy, futuro Rey de los Piratas.
El chaval no hizo ningún gesto y ningún sonido salió de su boca. Seguía mirando fijamente a su interlocutor, como queriendo atravesarle.
- Eh, chico, di algo. No somos piratas malvados ni nada por el estilo. No nos tengas miedo – insistió Luffy, pero lo cierto es que en la expresión del chico no había miedo, ni tampoco desafío. Su semblante seguía mostrando una total seriedad.
Tras unos instantes de silencio, el rostro del joven se relajó, y una sonrisa se posó sobre sus labios. Pero era una sonrisa diferente a las de Luffy. Él no enseñaba los dientes, sin embargo emanaba seguridad y tranquilidad. A su modo, su forma de sonreír era tan peculiar como la del capitán.
- Encantado de conoceros – dijo al fin, con una voz absolutamente tranquila -. Mi nombre es Erik.
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- CAPÍTULO 3
Hogar
Pasaron unos minutos de conversación, que los piratas aprovecharon para presentarse. Erik quedó un poco sorprendido al descubrir que el que había supuesto que sería el capitán era el segundo de a bordo, y el líder de la banda era aquel chico con el sombrero de paja que había cruzado su mirada.
Los piratas, por su parte, fueron conociendo un poco mejor a Erik. Era una persona de pocas palabras, descubrieron rápidamente, pero se mostraba cortés y confiado. Si tenía algún tipo de preocupación o inquietud, desde luego lo disimulaba perfectamente. Al acabar su pequeña charla, decidieron irse a su propia casa. “Allí podremos descansar. Ya es tarde”, había dicho. “Además, hay sitio de sobra para todos”, añadió, lo cual sorprendió al grupo. Luffy, por su parte, pasado el momento de tensión inicial, había hecho muy buenas migas con el chico.
- ¿Dónde está tu casa? – preguntó Zoro, mientras se dirigían isla adentro guiados por Erik.
- Está a las afueras del pueblo – respondió este, sin dejar de avanzar por el estrecho camino de tierra. No parecía dispuesto a dar más detalles, por lo que el espadachín no insistió. Probablemente les tenía guardada una sorpresa, quiso creer.
Como la gente se asustaría si los veían por las calles, habían decidido que lo mejor sería bordear un poco el pueblo. Por suerte la casa de Erik se encontraba aislada del resto. Tras un rato caminando, finalmente dieron con el edificio, que efectivamente se encontraba separado del pueblo. Se trataba de una construcción enorme, de dos pisos, que contrastaba con las pequeñas casitas blancas que conformaban la villa. Era realmente impresionante.
- ¡Guau, qué pedazo de casa! ¡Es incluso más grande que nuestro barco! – fue la primera reacción de Luffy al verla. Erik fue el primero en entrar, seguido del capitán y del resto de piratas.
El piso inferior se componía de un amplio salón, con un sofá y una mesa de cristal. En la pared del fondo había una chimenea apagada, que servía de adorno, ya que era difícil creer que en aquella isla hiciera frío en algún momento del año. Aparte, había una lujosa cocina, una espectacular biblioteca, una sala con herramientas dedicada a la construcción, un salón de prácticas de tiro, un pequeño laboratorio, un acogedor cuarto que servía de bodega y un acuario parecido al que tenía el Thousand Sunny, el espectacular barco donde navegaba la tripulación. También contaba con tres baños, dos de ellos más pequeños, y uno con una gran bañera. Todos los cuartos aparecían distribuidos con exactitud en la planta, obra sin duda de un excelente constructor. Sí, realmente impresionante.
- Es una casa preciosa – comentó Robin, repartiendo la mirada en todas direcciones, para finalmente posarla sobre Erik -. Pero no es para una sola persona. ¿Vives solo?
- Sí – dijo simplemente. Robin intuyó que no iba a hablar del tema, y no insistió.
Todavía era noche cerrada, y Erik y los demás tenían sueño. El anfitrión decidió que, como había camas suficientes, se irían todos a dormir, y al día siguiente hablarían tranquilamente. Los piratas no opusieron resistencia.
Subieron las escaleras al piso de arriba, que aún parecía más grande que el inferior. Se encontraron con siete habitaciones, con dos camas cada una, excepto la de Erik, que era más pequeña que el resto y solo tenía una cama. Los cuartos estaban limpios, pero parecía que nadie los hubiese usado en mucho tiempo. Robin se preguntó de nuevo para qué querría un chico una casa tan grande. Al día siguiente intentaría descubrirlo, se dijo.
Aparte de las habitaciones, el piso superior también contaba con un gran baño, una sala de estudio con una mesa gigante (seguramente orientada al dibujo o al diseño) y una terraza. Este era el mejor cuarto de todo el edificio, porque daba directamente al pueblo, que se podía contemplar en toda su extensión. Brook lo adoptó inmediatamente como el lugar donde podría tocar su violín a gusto.
Pasada la sorpresa, los piratas se fueron cada uno a su habitación. Por aquella noche, Luffy se quedaría en la misma habitación con Usopp, Sanji con Franky, Chopper con Zoro, Nami con Robin, y Brook dormiría solo. Tras unas palabras de buenas noches, los tripulantes se acostaron en sus respectivas camas, y no tardaron en cerrar los ojos.
Sin embargo, Erik era incapaz de conciliar el sueño. Y esta vez no era por miedo a sus pesadillas, sino por la extraña confianza que había experimentado con el grupo de piratas. Se sentía totalmente desorientado.
Él, que era una persona solitaria.
Él, que nunca confiaba ni sentía la necesidad de confiar en nadie.
Él, que había odiado a los piratas desde tan pequeño.
¿Qué estaba haciendo ahora, ofreciendo su casa a unos desconocidos? Ni él mismo lo sabía. De lo que sí estaba seguro era que había experimentado un nuevo sentimiento para él con ese grupo de piratas. Podía llamarse… ¿amistad? Decidió dejar el tema por el momento, empezaba a dolerle la cabeza.
Dio una vuelta en la cama y comenzó a cerrar los ojos, dispuesto a descansar lo que quedaba de noche. Mientras iba durmiéndose, sin querer, la imagen de aquel joven del sombrero de paja le asaltó. Aquel rostro, con la cicatriz bajo el ojo izquierdo, simplemente le sonaba muchísimo. Tenía la profunda sensación de haberlo visto en alguna otra parte, al igual que le había pasado con la bandera de su barco. Y su nombre, Luffy, con un sombrero de paja… Luffy Sombrero de Paja…
Una vez más, la pesadilla volvió. Caía al vacío, a la oscuridad impenetrable. Chocaba contra el agua como un muñeco, y se hundía más y más… Pero conocía aquel sueño lo suficiente como para saber cuándo era el de siempre, y esta vez no lo era. A través del agua, por encima de la superficie, la escasísima luz le permitió distinguir una silueta… no, una no, nueve siluetas, que aparecían borrosas como espectros salidos de la nada. Uno de ellos, el que parecía estar más cerca, tenía la cabeza extrañamente redondeada.
No, no era la cabeza: llevaba puesto un sombrero.
Erik éstiró el brazo y acercó la mano en dirección a las siluetas, pero estaban demasiado lejos.
Pronto, el dolor le hizo cerrar nuevamente los ojos, mientras se sumergía más y más en aquella oscuridad que lo engullía, en aquel terror irracional.
Y la pesadilla volvió a ser la de siempre.
Al día siguiente, amaneció como pocas veces lo hacía. El sol salió radiante, iluminando todo con una luz vigorosa, y el azul del mar resplandecía como si se tratase de cristal.
Erik despertó temprano. Para no variar, había dormido mal, y lo que menos le apetecía era seguir en la cama. Se incorporó y fue al baño procurando no hacer ruido, se lavó la cara y se despejó. Acto seguido bajó las escaleras, en dirección a la cocina. Había pensado que era el primero en levantarse, y se sorprendió cuando encontró a la arqueóloga Robin sentada en una silla y bebiendo un café.
- Buenos días, Erik – le saludó, con una sonrisa. – No me gusta quedarme en la cama hasta tarde, y bajé a desayunar. Los demás siguen durmiendo. Ah, espero que no te importe que haya usado una de tus tazas.
- No, tranquila. Estás en tu casa – respondió el chico, al tiempo que se echaba también un poco de café en otra taza. Además de Luffy, había simpatizado especialmente con la arqueóloga. Tenía un carácter muy parecido al suyo, calmado y de pocas palabras. Aparte, parecía muy adulta, lo cual contrastaba con el resto de la tripulación.
Ninguno de los dos dijo nada, manteniéndose pensativos, ya que el silencio no era incómodo. Erik le daba vueltas a su nueva relación con aquellos piratas, y se sentía a gusto con ellos. ¿Por qué, si eran el tipo de gente que antaño le habían hecho sufrir tanto? No podía encontrar una explicación.
- Gracias – la voz de Robin sacó a Erik de sus pensamientos, sobresaltándolo – por prestarnos tu casa, digo – añadió, al ver el gesto confundido del joven.
- Ah, no hay de qué. Supongo que nadie en el pueblo os hubiera dado cobijo, y no hubiera podido abandonaros a vuestra suerte – respondió Erik, sonriendo. Lo cierto es que no había pensado en la reacción del pueblo. Habían huido, sí, pero no había vuelto a saber de ellos. Seguramente se encontrarían muy intranquilos por lo sucedido. Más tarde iría a hablar con ellos, para que no se preocuparan.
- No debe ser fácil confiar en unos piratas así, de primeras – dijo Robin con cierto misterio. Había dado en el clavo. Erik pronto comprendió que aquella mujer tenía la extraña habilidad de advertir las inquietudes de los demás. Por una parte, se sentía molesto; había cosas que prefería guardarse para sí, pero a la vez sentía la necesidad de poder confiar en alguien. De poder contar sus preocupaciones, de apoyarse en otra persona cuando lo necesitara.
- ¿Ocurre algo? – preguntó la mujer, tras unos momentos de silencio. Erik se descubrió a sí mismo con expresión preocupada. Además, no había contestado a la pregunta anterior, que la arqueóloga había formulado estratégicamente como si fuese una afirmación.
- No… No es fácil – asintió por fin, apartando la vista. No quería hablar del tema, no por ahora. Se sintió aliviado cuando descubrió que Robin no iba a insistir, ya que se encontraba con la mirada puesta en una pequeña estantería pegada a la pared. Erik intuyó qué era lo que le había llamado la atención.
- ¿Puedo coger ese libro? – preguntó, educadamente. Erik se encogió de hombros y asintió, y Robin dio el último sorbo a su café y se dirigió a la estantería. Cogió el grueso libro de pasta negra y volvió a la mesa. - ¿Es tuyo? – preguntó, mientras se sentaba.
- Así es. Me lo regaló mi madre cuando yo era muy pequeño. Me dijo que se trataba de un libro muy importante, pero el caso es que… bueno, yo no sé leer – dijo Erik, bajando la mirada ligeramente avergonzado.
Robin no dijo nada, ni hizo ningún gesto. Observó la tapa del libro, de un negro muy profundo. Le llamó la atenció el hecho de que no hubiera ningún título escrito, ni siquiera en el lomo.Intrigada, abrió el libro por la primera hoja. En las primeras líneas estaba escrito algo de la historia de la isla: “Godsea Island”, se llamaba, que quería decir “La Isla del Dios del Mar”. Bonito y adecuado nombre. También pudo leer algo sobre líderes antiguos, personajes importantes nacidos allí… Robin avanzó unas cuantas hojas más, hasta que vio algo que la hizo detenerse. El nombre del Rey de los Piratas, Gol D. Roger, aparecía escrito en una de las páginas. Estaba además acompañado de fragmentos de algunas de sus aventuras, y las de algunos piratas famosos, como Silvers Rayleigh, apodado “El Rey Oscuro”, el segundo a bordo del barco de Roger. Robin avanzó un par de páginas más, y cuando lo vio, su corazón se olvidó de latir por unos segundos.
Un pequeño fragmento del libro estaba escrito en Lengua Antigua, en la que también estaban escritos los Phoneglyphs, y el texto hablaba de las mismas piedras. La arqueóloga pasó la página con respiración agitada, pero cual fue su sorpresa al descubrir que las hojas que debían hablar sobre el Phoneglyph tan solo presentaban fragmentos recortados en los extremos. Habían sido arrancadas.
Robin suspiró, pero cerró el libro. Unos pasos delataron que algún miembro de la tripulación se había levantado. “Más tarde le pediré a Erik que me deje investigarlo”, se dijo.
La puerta de la cocina se abrió lentamente, para dar paso a Sanji y a Franky. Sin duda habían pensado que eran los primeros en levantarse.
- Oh… ¡ya estáis aquí! Y nosotros sin querer hacer ruido… - dijo el carpintero al verles. Sacó una botella de cola de una caja que él mismo había traído del barco, y que dejó en una esquina de la cocina. Sanji, por su parte, se acercó a la encimera y sacó los ingredientes necesarios para preparar unas tortitas.
- Si me hubierais esperado un poco más, os habría preparado el desayuno – sonrió, tras saludarles.
- No te preocupes. Además, los invitados no tienen por qué cocinar – respondió Erik, sonriendo también. De todas formas, no tenía mucho apetito. Bebió el último trago de su café y miró a la puerta, que se abrió para dar paso a una adormecida Nami. Tras ella apareció Brook, con su inseparable violín.
- Buenos días a todos. He dormido genial – dijo Nami, bostezando –. Huele bien.
- Las tortitas ya están hechas. Brook, ¿serías tan amable de despertar a los demás?
- ¡Por supuesto! – dijo el esqueleto, y subió al piso de arriba acompañado de una espantosa melodía, que bastó para que los demás se despertaran. Y al grito de “¡Tortitas!” Luffy, Chopper y Usopp irrumpieron en la cocina con los ojos brillantes. Zoro se presentó unos segundos después.
- ¡Huele genial! – exclamó el capitán, robando parte del desayuno que Sanji les había preparado.
Ya estaba toda la tripulación reunida. Erik observó a cada uno de ellos detenidamente, descubriendo que era un grupo bastante peculiar. Pese a ser todos tan diferentes entre ellos, parecían llevarse de maravilla. Una de las cosas que más le sorprendió fue que el capitán no trataba a los demás como subordinados, como sabía que hacían otros piratas, sino como amigos. Una patada por parte de Sanji al capitán por un segundo intento de robar las tortitas lo confirmó. Fue posando la mirada sobre cada uno de ellos.
Luffy, un chaval delgado, con un inseparable sombrero y una cicatriz bajo el ojo izquierdo. Su apetito parecía insaciable, ya que se comía las tortitas de diez en diez. A ese paso no quedarían para nadie; por suerte en su cocina tenía muchísimas provisiones.
Zoro, el espadachín de la tripulación, que había derrotado a cincuenta hombres de la aldea con un par de movimientos. Parecía amar a sus tres katanas tanto como el capitán a su sombrero. Tenía un aspecto bastante siniestro.
Nami, la navegante, con bastante mal genio. Parecía muy amiga de la arqueóloga, y tenía una especie de bastón que le había visto cuando desembarcaron. Erik se preguntó para qué serviría.
Sanji, el cocinero. Tenía una ceja extrañamente rizada, y el pelo rubio le tapaba un ojo. Cuando Erik probó una de las tortitas, descubrió que era un gran chef. Él y el espadachín no parecían llevarse precisamente bien.
Usopp, el tirador. Se llevaba muy bien con el capitán, y tenía una nariz kilométrica. También tenía gran apetito.
Robin, la arqueóloga. Ya había intercambiado varias palabras con ella, y le caía muy bien. Un carácter muy parecido al suyo. Erik se preguntó qué la habría sorprendido tanto de aquel libro que le había dejado.
Franky, el carpintero. Una especie de robot con la nariz metálica y con un gran tupé azul que desafiaba la gravedad. El enorme tamaño de sus antebrazos daba risa.
Chopper, el médico. Al principio había creído que era un mapache, pero cuando se lo llamó, este casi le tira una piedra a la cabeza. Después de aquello, jamás olvidaría que se trataba de un reno.
Brook, el músico. Un esqueleto parlante. Algo absolutamente normal. Nunca se separaba de su violín, y tenía la terraza del piso de arriba como si fuese un altar.
Cuando Erik terminó de observar al grupo, descubrió que Nami, la navegante, le miraba fijamente.
- Oye, Erik, ¿tú sabes por qué nos atacaron antes? – dijo. Evidente. Aún no se lo había explicado a nadie, y debían sentirse confundidos. Era una historia larga, pero debía aprovechar que estaban todos juntos. De todas formas, había detalles que procuraría mantener ocultos. Carraspeó ligeramente, y comenzó a hablar:
- Hay algo que me gustaría que supierais – dijo, y las miradas de nueve personas se posaron sobre él.
Un saludo.















